"Fundamentalmente,
pues, cualquier hombre podía, incluso
bajo tales circunstancias, decidir
lo que sería de él -mental y espiritualmente-,
pues aún en un campo de concentración
puede conservar su dignidad humana.
Dostoyevski dijo en una ocasión: 'Sólo
temo una cosa: no ser digno de mis
sufrimientos' y estas palabras retornaban
una y otra vez a mi mente cuando conocí
a aquellos mártires cuya conducta
en el campo, cuyo sufrimiento y muerte,
testimoniaban el hecho de que la libertad
íntima nunca se pierde. Puede decirse
que fueron dignos de sus sufrimientos
y la forma en que los soportaron fue
un logro interior genuino. Es esta
libertad espiritual, que no se nos
puede arrebatar, lo que hace que la
vida tenga sentido y propósito." (PG.
69-70). "El hombre tiene
la peculiaridad de que no puede vivir
si no mira al futuro: sub specie aeternitatis.
Y esto constituye su salvación en
los momentos más difíciles de su existencia,
aun cuando a veces tenga que aplicarse
a la tarea con sus cinco sentidos.
Por lo que a mí respecta, lo sé por
experiencia propia. Al borde del llanto
a causa del tremendo dolor (tenía
llagas terribles en los pies debido
a mis zapatos gastados) recorrí con
la larga columna de hombres los kilómetros
que separaban el campo del lugar de
trabajo. El viento gélido nos abatía.
Yo iba pensando en los pequeños problemas
sin solución de nuestra miserable
existencia. ¿Qué cenaríamos aquella
noche?. ¿Si como extra nos dieran
un trozo de salchicha, convendría
cambiarla por un pedazo de pan?. (...).
¿Qué podía hacer para estar en buenas
relaciones con un 'capo' determinado
que podría ayudarme a conseguir trabajo
en el campo en vez de tener que emprender
a diario aquella dolorosa caminata?
Estaba disgustado con la marcha de
los asuntos que continuamente me obligaban
a ocuparme sólo de aquellas cosas
tan triviales. Me obligué a pensar
en otras cosas. De pronto me vi de
pie en la plataforma de un salón de
conferencias bien iluminado, agradable
y caliente. Frente a mí tenía un auditorio
atento, sentado en cómodas butacas
tapizadas. ¡Yo daba una conferencia
sobre la psicología de un campo de
concentración!. Visto y descrito desde
la mira distante de la ciencia, todo
lo que me oprimía hasta ese momento
se objetivaba. Mediante este método,
logré cierto éxito, conseguí distanciarme
de la situación, pasar por encima
de los sufrimientos del momento y
observarlos como si ya hubieran transcurrido
y tanto yo mismo como mis dificultades
se convirtieron en el objeto de un
estudio psicocientífico muy interesante
que yo mismo he realizado." (PG. 75-76).
"Había sido un día muy
malo. (...). Hacía unos días que un
prisionero al borde de la inanición
había entrado en el almacén de víveres
y había robado algunos kilos de patatas.
(...). Cuando las autoridades del
campo tuvieron noticia de lo sucedido,
ordenaron que les entregáramos al
culpable; si no, todo el campo ayunaría
un día. Claro está que los 2500 hombres
prefirieron callar. (...). Los estados
de ánimo llegaron a su punto más bajo.
Pero el jefe de nuestro barracón era
un hombre sabio e improvisó una pequeña
charla sobre todo lo que bullía en
nuestra mente en aquellos momentos.
Se refirió a los muchos compañeros
que habían muerto en los últimos días
por enfermedad o por suicidio, pero
también indicó cuál había sido la
verdadera razón de esas muertes: la
pérdida de la esperanza. Aseguraba
que tenía que haber algún medio de
prevenir que futuras víctimas llegaran
a estados tan extremos. Y al decir
esto me señalaba a mí para que les
aconsejara.
Dios sabe que no estaba en mi talante
dar explicaciones psicológicas o predicar
sermones a fin de ofrecer a mis camaradas
algún tipo de cuidado médico de sus
almas. Tenía frío y sueño, me sentía
irritable y cansado, pero hube de
sobreponerme a mí mismo y aprovechar
la oportunidad. En aquel momento era
más necesario que nunca infundirles
ánimos.
(...)
Seguidamente hablé del futuro inmediato.
Y dije que, para el que quisiera ser
imparcial, éste se presentaba bastante
negro y concordé con que cada uno
de nosotros podía adivinar que sus
posibilidades de supervivencia eran
mínimas (...). Pero también les dije
que, a pesar de ello, no tenía intención
de perder la esperanza y tirarlo todo
por la borda, pues nadie sabía lo
que el futuro podía depararle y todavía
menos la hora siguiente. (...) Por
ejemplo, cabía la posibilidad de que,
inesperadamente, uno fuera destinado
a un grupo especial que gozara de
condiciones laborales particularmente
favorables, ya que este tipo de cosas
constituían la 'suerte' del prisionero.
Pero no sólo hablé del futuro y del
velo que lo cubría. También les hablé
del pasado: de todas sus alegrías
y de la luz que irradiaba, brillante
aun en la presente oscuridad. Para
evitar que mis palabras sonaran como
las de un predicador, cité de nuevo
al poeta que había escrito: '(...),
ningún poder de la tierra podrá arrancarte
lo que has vivido'. No ya sólo nuestras
experiencias, sino cualquier cosa
que hubiéramos hecho, cualesquiera
pensamientos que hubiéramos tenido,
así como todo lo que habíamos sufrido,
nada de ello se había perdido, aun
cuando hubiera pasado; lo habíamos
hecho ser, y haber sido es también
un forma de ser y quizá la más
segura.
Continúa...
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