No sabía si mi mujer estaba viva,
ni tenía medio de averiguarlo (durante
todo el tiempo de reclusión no hubo
contacto postal alguno con el exterior),
pero para entonces ya había dejado
de importarme, no necesitaba saberlo,
nada podía alterar la fuerza de mi
amor, de mis pensamientos o de la
imagen de mi amada. Si entonces hubiera
sabido que mi mujer estaba muerta,
creo que hubiera seguido entregándome
-insensible a tal hecho- a la contemplación
de su imagen y que mi conversación
mental con ella hubiera sido igualmente
real y gratificante: 'Ponme como sello
sobre tu corazón... pues fuerte es
el amor como la muerte' (Cantar de
los Cantares, 8,6.).
(...)
A medida que la vida interior de los
prisioneros se hacía más intensa,
sentíamos también la belleza del arte
y la naturaleza como nunca hasta entonces.
Bajo su influencia llegábamos a olvidarnos
de nuestras terribles circunstancias.
Si alguien hubiera visto nuestros
rostros cuando, en el viaje de Auschwitz
a un campo de Baviera, contemplamos
las montañas de Salzburgo con sus
cimas refulgentes al atardecer, asomados
por las ventanitas enrejadas del vagón
celular, nunca hubiera creído que
se trataba de los rostros de hombres
sin esperanza de vivir ni de ser libres.
A pesar de este hecho -o tal vez en
razón del mismo- nos sentíamos transportados
por la belleza de la naturaleza, de
la que durante tanto tiempo nos habíamos
visto privados.
(...)
Mientras trabajaba, hablaba quedamente
a mi esposa o, quizás, estuviera debatiéndome
por encontrar la razón de mis sufrimientos,
de mi lenta agonía. En una última
y violenta protesta contra lo inexorable
de mi muerte inminente, sentí como
si mi espíritu traspasara la melancolía
que nos envolvía, me sentí trascender
aquel mundo desesperado, insensato,
y desde alguna parte escuché un victorioso
'sí' como contestación a mi pregunta
sobre la existencia de una intencionalidad
última. En aquel momento y en una
franja lejana encendieron una luz,
que se quedó allí fija en el horizonte
como si alguien la hubiera pintado,
en medio del gris miserable de aquel
amanecer en Baviera." (PG. 45-48).
"Mi suerte se vio incrementada
(...). Al cuarto día de mi estancia
en la enfermería y a punto de ser
asignado al turno de noche -lo que
habría supuesto mi muerte segura-,
el médico jefe entró apresuradamente
en el barracón y me sugirió que me
ofreciese voluntario para desempeñar
tareas sanitarias en un campo destinado
a enfermos de tifus. En contra de
los consejos de mis amigos (y a pesar
de que casi ninguno de mis colegas
se ofrecía), decidí ir como voluntario.
Sabía que en un grupo de trabajo moriría
en poco tiempo y si tenía que morir,
siquiera podía darle algún sentido
a mi muerte. Pensé que tenía más sentido
intentar ayudar a mis camaradas como
médico que vegetar o perder la vida
trabajando de forma improductiva como
hacía entonces. Para mí era una cuestión
de matemáticas sencillas y no de sacrificio."
(PG. 55-56). "Pasé una
última visita rápida a todos mis pacientes
(...). Me acerqué a un paisano mío
(...). Con la voz cascada me preguntó:
'¿Te vas tú también?'. Yo lo negué,
pero me resultaba muy difícil evitar
su triste mirada. Tras mi ronda volví
a verlo. Y otra vez sentí su mirada
desesperada y sentí como una especie
de acusación. Y se agudizó en mí la
desagradable sensación que me oprimía
desde el mismo momento en que le dije
a mi amigo que me escaparía con él.
De pronto decidí, por una vez, mandar
en mi destino. Salí corriendo del
barracón y le dije a mi amigo que
no podía irme con él. Tan pronto como
le dije que había tomado la resolución
de quedarme con mis pacientes, aquel
sentimiento de desdicha me abandonó.
No sabía lo que me traerían los días
sucesivos, pero yo había ganado una
paz interior como nunca antes había
experimentado. Volví al barracón,
me senté en los tablones a los pies
de mi paisano y traté de consolarlo;
después charlé con los demás intentando
calmarlos en su delirio." (PG. 63).
"Por segunda vez, mi amigo y yo decidimos
escapar. Nos dieron la orden de enterrar
a tres hombres al otro lado de la
alambrada. (...). Hicimos nuestros
planes (...). Después de tres años
de reclusión, me imaginaba con gozo
cómo sería la libertad, pensaba en
lo maravilloso que sería correr en
dirección al frente. Más tarde supe
lo peligroso que hubiera sido semejante
acción. Pero no llegamos tan lejos.
(...) venía un delegado de la Cruz
Roja de Ginebra y el campo y los últimos
internados quedaron bajo su protección.
(...). Ya no teníamos necesidad de
salir corriendo ni de arriesgarnos
hasta llegar al frente de batalla.
(...)
El guardia que nos acompañaba (...)
se volvió de pronto extremadamente
amable. Vio que podían volverse las
tornas y trato de ganarse nuestro
favor: se unió a las breves oraciones
que ofrecimos a los muertos antes
de echar tierra sobre ellos. Tras
la tensión y la excitación de los
días y horas pasados, las palabras
de nuestras oraciones rogando por
la paz fueron tan fervientes como
las más ardorosas que voz humana haya
musitado nunca." (PG. 64-65).
"Los que estuvimos en campos de concentración
recordamos a los hombres que iban
de barracón en barracón consolando
a los demás, dándoles el último trozo
de pan que les quedaba. Puede que
fueran pocos en número, pero ofrecían
pruebas suficientes de que al hombre
se le puede arrebatar todo salvo una
cosa: la última de las libertades
humanas -la elección de la actitud
personal ante un conjunto de circunstancias-
para decidir su propio camino" (PG.
69).
Continúa...
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