Internamiento
en el campo
"Unas
1500 personas estuvimos viajando en
tren varios días con sus correspondientes
noches; en cada vagón éramos unos
80. Todos teníamos que tendernos encima
de nuestro equipaje, lo poco que nos
quedaba de nuestras pertenencias.
Los coches estaban tan abarrotados
que sólo quedaba libre la parte superior
de las ventanillas por donde pasaba
la claridad gris del amanecer". (PG.
19). "Como el hombre que se
ahoga y se agarra a una paja, mi innato
optimismo (que tantas veces me había
ayudado a controlar mis sentimientos
aun en las ocasiones más desesperadas)
se aferró a este pensamiento: los
prisioneros tienen buen aspecto, parecen
estar de buen humor, incluso se ríen,
¿quién sabe?. Tal vez consiga compartir
su favorable posición.
Hay en psiquiatría un estado de ánimo
que se conoce como la 'ilusión del
indulto'..." (PG. 20). "Nadie
podía aceptar todavía el hecho de
que todo, absolutamente todo, se lo
llevarían. Intenté ganarme la confianza
de uno de los prisioneros de más edad.
Acercándome a él furtivamente, señalé
el rollo de papel en el bolsillo interior
de mi chaqueta y dije: 'Mira, es el
manuscrito de un libro científico.
Ya sé lo que vas a decir: que debo
estar agradecido de salvar la vida,
que eso es todo cuando puedo esperar
del destino. Pero no puedo evitarlo,
tengo que conservar este manuscrito
a toda costa: contiene la obra de
mi vida. ¿Comprendes lo que quiero
decir?'. Si, empezaba a comprender.
Lentamente, en su rostro se fue dibujando
una mueca, primero de piedad, luego
se mostró divertido, burlón, insultante,
hasta que rugió una palabra en respuesta
a mi pregunta, una palabra que siempre
estaba presente en el vocabulario
de los internados en el campo: '¡Mierda!'.
Y en ese momento toda la verdad se
hizo patente ante mí e hice lo que
constituyó el punto culminante de
la primera fase de mi reacción psicológica:
borré de mi conciencia toda vida anterior"
(PG. 24). "Mientras
esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez
se nos hizo patente: nada teníamos
ya salvo nuestros cuerpos mondos y
lirondos (incluso sin pelo); literalmente
hablando, lo único que poseíamos era
nuestra existencia desnuda. ¿Qué otra
cosa nos quedaba que pudiera ser un
nexo material con nuestra existencia
anterior?. Por lo que a mi se refiere,
tenía mis gafas y mi cinturón, que
posteriormente hube de cambiar por
un pedazo de pan." (PG. 24).
"Las ilusiones que algunos
de nosotros conservábamos todavía
las fuimos perdiendo una a una; entonces,
casi inesperadamente, muchos de nosotros
nos sentimos embargados por un humor
macabro. Supimos que nada teníamos
que perder como no fuera nuestras
vidas tan ridículamente desnudas.
Cuando las duchas empezaron a correr,
hicimos de tripas corazón e intentamos
bromear sobre nosotros mismos y entre
nosotros. ¡Después de todo sobre nuestras
espaldas caía agua de verdad!" (PG.26).
"Lo desesperado de la situación, la
amenaza de la muerte que día tras
día, hora tras hora, minuto tras minuto
se cernía sobre nosotros, la proximidad
de la muerte de otros -la mayoría-
hacía que casi todos, aunque fuera
por breve tiempo, abrigasen el pensamiento
de suicidarse. Fruto de las convicciones
personales que más tarde mencionaré,
la primera noche que pasé en el campo
me hice a mí mismo la promesa de que
no 'me lanzaría contra la alambrada'.
Esta era la frase que se utilizaba
en el campo para describir el método
de suicidio más popular..." (PG. 27).
"Pasados los primeros días,
incluso las cámaras de gas perdían
(...) todo su horror; al fin y al
cabo, (...) ahorraban el acto de suicidarse."
(PG. 28).
La vida
en el campo
"El prisionero
pasaba de la primera a la segunda
fase, una fase de apatía relativa
en la que llegaba a una especie de
muerte emocional." (PG. 31).
"Estuve algún tiempo en un barracón
cuidando a los enfermos de tifus;
los delirios eran frecuentes, pues
casi todos los pacientes estaban agonizando.
Apenas acababa de morir uno de ellos
y yo contemplaba sin ningún sobresalto
emocional la siguiente escena, que
se repetía una y otra vez con cada
fallecimiento. Uno por uno, los prisioneros
se acercaban al cuerpo todavía caliente
de su compañero. Uno agarraba los
restos de las hediondas patatas de
la comida del mediodía, otro decidía
que los zapatos de madera del cadáver
eran mejores que los suyos y se los
cambiaba. Otro hacía lo mismo con
el abrigo del muerto y otro se contentaba
con agenciarse -¡imagínense qué cosa!-
un trozo de cuerda auténtica. Y todo
esto yo lo veía impertérrito, sin
conmoverme lo más mínimo. Pedía al
'enfermo' que retirara el cadáver.
Cuando se decidía a hacerlo, lo cogía
por las piernas, (...) y lo arrastraba
(...). Acto seguido nos distribuían
la ración diaria de sopa. (...). Mientras
mis frías manos agarraban la taza
de sopa caliente de la que yo sorbía
con avidez, miraba por la ventana.
El cadáver que acababan de llevarse
me estaba mirando con sus ojos vidriosos;
sólo dos horas antes había estado
hablando con aquel hombre. Yo seguía
sorbiendo mi sopa. Si mi falta de
emociones no me hubiera sorprendido
desde el punto de vista del interés
profesional, ahora no recordaría este
incidente, tal era el escaso sentimiento
que en mí despertaba". (PG. 32-33).
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