¿Enferma la persona?

La logoterapia es mucho más que una propuesta psicológica o psicoterapéutica. El estatuto epistemológico de sus afirmaciones es doble: por un lado, lleva a cabo afirmaciones de índole psicológica, acercándose al ser humano de modo empírico. Por otro lado, hace afirmaciones de carácter metapsicológico, esto es, de carácter filosófico y trascendental. Así, la validez práctica de la intención paradójica es una afirmación psicológica, de base empírica. Pero afirmar que una de las claves de comprensión de la vida humana es su voluntad de sentido, va más allá de lo empírico y se sitúa en el orden metapsicológico, esto es, trascendental.
Si pasamos ahora a considerar la afirmación logoterapéutica de que la persona no enferma, tenemos que entender bien en qué sentido se dice esto. Si lo entendemos en el plano trascendental, antropológico, es una verdad patente: la estructura óntica de la persona no es enfermable, por lo que la persona siempre es más que sus patologías. Pero si nos situamos en un plano empírico, creemos que se puede afirmar que hay personas cuya vida, en tanto que vida humana, está patologizada. Nos referimos a la vida de una persona que tiene patologías psíquicas, sino a una persona patologizada en cuanto persona, en su vivir como persona.
La hipótesis que queremos ahora presentar, y que he desarrollado en diversas publicaciones que verán la luz este mismo año, es que, siguiendo la tridimensionalidad de la antropología frankliana, que hunde sus raíces directas en Hartmann pero que tiene hondas resonancias bíblicas, es que no sólo es susceptible de enfermar el cuerpo y la psique, sino también la persona.
La importancia de esto radica en el hecho de que, en muchos casos, las patologías psicológicas, y aún biológicas en ciertas circunstancias, tienen su raíz profunda en patologías del vivir como persona. Por ello, si no se acomete la raíz antropológica de la enfermedad, no hay protocolo farmacológico ni psicoterapéutico que tenga una eficacia profunda, sanadora, más allá de la sospechosa eliminación de los síntomas (lo cual, adelantémoslo ya, no tiene nada que ver con la sanación. Al contrario: eliminando el síntoma extirpamos el indicativo que señala dónde se encuentra el problema y hacia dónde está la solución).

EL CASO DE LUIS X.

Sin saber muy bien por qué, un buen día, hace ya años, el señor X, en la madurez de su vida, comenzó a sentir cierto cansancio y apatía, a pesar de que no había motivos especiales para ello. El trabajo, la rutina diaria, los fines de semana, comenzaron a ser experimentados como monótonamente grises. Quizás fuese por ser otoño por lo que el adormecerse de los días fue paralelo a una cierta ‘desactivación’ interior. Poco a poco, los días resultaban más pesados y las actividades diarias fueron sufriendo una cierta ralentización: frente a la vida bien organizada de hace unos años (quizás porque había que atender a niños pequeños o a actividades fuera de casa), el horario se fue haciendo más flexible y comenzó a no irse a la cama a la misma hora (incluso a trasnochar bastante algunos días), a comer a deshora, a dejar de salir a los lugares acostumbrados y a ir rompiendo ciertas actividades fuera de casa. Durante la semana no tenía más remedio que ir al trabajo, pero en el fin de semana y en vacaciones, parece que ya nada le apetecía mucho. Progresivamente, se empezó a sentir con menos energía, con menos interés por todas las cosas, y con menos actividad de la que era capaz. Luego, sin saber cómo, llegó el desánimo, alguna noche de insomnio, una fatiga continua, progresiva incapacidad para concentrarse y la sensación de que no valía para nada. Al final, cundió el desánimo. Fue entonces cuando, charlando con un amigo que decía saber mucho de psicología, le explicó que lo suyo era una ‘depresión de libro’. Quizás también nosotros conozcamos personas que son capaces de hablar de religión, de fútbol, de política o de psiquiatría como si fuesen autoridad indiscutible, aunque no tengan una preparación específica. El amigo le habló de los ‘síntomas típicos’. El señor X se dio cuenta, gracias a su amigo, de que tenía síntomas de los que no se había dado cuenta y de la importancia y magnitud de los que ya tenía. Posteriormente, por indicación de otro amigo, leyó algún libro de divulgación psicológica descubriendo que cada día se acercaba más a lo que se denomina ‘depresión’. Desde entonces empezó a sentirse francamente mal, los síntomas se empezaron a hacer persistentes y claros. Comenzó a encerrarse en casa, a quedarse en cama cuanto más tiempo mejor, aplazando todas sus responsabilidades, lo cual comprendían los familiares y amigos ‘dado su estado’. Por fin, comprendió que ‘así no podía seguir… trabajando’, por lo que ya no dudó en acudir al psiquiatra, quien tras el relato minucioso y bien informado de nuestro señor X no dudó en diagnosticarle una depresión mayor y proponerle un tratamiento farmacológico a modo de prueba, invitándole a regresar a los quince días, dándole –por supuesto– la baja laboral. Aquel momento fue decisivo: ya sabía quién era: un deprimido. Y era lógico que se permitiese actuar en consecuencia. Desde entonces, se dedicó a dormir todo el día (aunque por la noche, como no tenía sueño, la dedicaba en parte a ver la tele o conectarse a internet), a despreocuparse de toda obligación y tarea (en ‘su estado’, los demás comprenderían que no se podía hacer cargo de nada en casa, en el vecindario, en el trabajo…). La gente, al comienzo, le comenzó a llamar para preguntarle que qué tal estaba, a lo que él comentaba habitualmente que mal, explicando con voz lastimera, sus síntomas terribles, y despertando con habilidad creciente la lástima en quienes le escuchaban. Había algún día en que parecía sentirse mejor, pero era siempre el preludio de un empeoramiento de ánimo.

La siguiente visita al psiquiatra sólo sirvió para confirmar su empeoramiento, por lo cual el psiquiatra optó por hacer un ‘reajuste en la medicación’ lo cual, hay que reconocerlo, le sirvió para experimentar un pequeño alivio al comienzo. Pero luego las cosas volvieron a empeorar: más insomnio, más angustia, más apatía y más sentimiento de inutilidad, fatiga, falta de interés por todo y descuido de la propia apariencia personal. Ya le han dicho que la situación es crónica por lo que los próximos meses toda su actividad será volver al médico ya no para consulta sino para recibir nuevas recetas para continuar con su tratamiento.

Ocho años después, el señor X sigue mal. Hasta ahora, él nunca ha hecho nada por querer salir de la situación. Se ha convencido de que él no puede hacer nada y que hay que confiar en los avances de la medicina. Por su parte, el psiquiatra, en varias ocasiones, ha variado la medicación tanteando qué tecla química tocar para que la cosa mejore. Pero cuando llega el momento de empezar a reducir dosis, los síntomas parecen hacerse resistentes. Parece tener cierta dependencia de los fármacos que toma hace años, aunque suele ingerir siempre los ‘últimos descubrimientos en el mercado farmacológico’. Y es ahora cuando, finalmente, se da cuenta de que no quiere seguir así toda la vida, aunque en este momento su necesidad del fármaco parece más fuerte que su deseo de empezar a tomar la vida en sus manos, entre otras cosas porque su identidad de deprimido ya no suele causar tanta compasión y pena entre sus familiares y conocidos, que se han acostumbrado ya a su situación.


REDUCCIONISMOS FARMACOLÓGICO Y CONDUCTUAL
¿No conocemos todos a algún señor o una señora X? El caso es más que común: Con cierta frecuencia, cuando una persona que juzga sufrir alguna alteración psicológica asiste a un psiquiatra, ocurre a veces que el grueso de la actividad del profesional, tras una más o menos prolongada anámnesis, se limita a colocarle la etiqueta de 'trastorno de ansiedad generalizada', 'trastorno obsesivo compulsivo', ‘episodio depresivo', 'distimia', 'trastorno bipolar', 'anorexia' o 'paranoia', para, a continuación, recetar diazepam, clonazepam, lorazepam, clomipramina, un neuroléptico o un ansiolítico, según convenga, en determinadas dosis.

Lo que ha tenido lugar, en realidad, ha sido una cosificación tanto de la persona como de la propia enfermedad. En estos casos, cada vez más frecuentes, la persona queda reducida a ser un organismo portador de un trastorno funcional que ha de ser eliminado mediante tratamiento farmacológico.

Con este tipo de tratamiento, quedan al margen la persona y su vida, la etiología profunda de su mal, el por qué y, sobre todo, el para qué de su alteración. Se tiende a eliminar síntomas para permitir el 'bienestar' entendido cada vez más como equilibrio homeostático y no como autenticidad.

No mucho más allá suelen ir algunos psicólogos clínicos de ciertas escuelas, que limitan su intervención a lograr un cambio de comportamiento o un cambio cognitivo mediante técnicas, sin duda eficaces, de modificación de conducta. Se evaluará al paciente muy académicamente, mediante entrevistas, cuestionarios y test, se le aplicarán técnicas diversas (como si la persona fuese mecanismo susceptible de arreglo), se le expondrá al estímulo, se le propondrá una reestructuración cognitiva, una re-programación de sus actividades y tareas, se le enseñarán técnicas de relajación, de control de estímulos, de reestructuración cognitiva... pero, al cabo, quedará al margen de todo ello la persona y su vida, su sentido existencial, la etiología profunda del mal, el por qué y el para qué de su alteración. Se procurará, con máxima eficacia, eliminar el síntoma para restablecer el bienestar meramente sensible, dejando en el olvido la persona y su crecimiento .

En ambos casos, se ha operado una enorme reducción. Se ha tomado a la persona como no siendo más que organismo estropeado, lo cual supone una reducción biologicista, o se ha tomado a la persona como un sistema comportamental disfuncional, lo que supone un reduccionismo psicologicista. Además, se ha cosificado a la persona, por identificarla con la enfermedad que le aqueja y, por último, se ha cosificado la propia enfermedad dándole una identidad propia a través de su categorización substancialista. Se ha supuesto que, al ponerle un nombre, al categorizarla, dicha patología era una realidad maligna que estaba en la persona y que incluso, afectaba a la persona tiñéndola negativamente de modo global. Quizás esta sea una de las tentaciones de los manuales diagnósticos como el DSM –Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, de la American Psychiatric Association–; o el MMPI –Inventario Multifásico de Personalidad de Minesota–; o el CIE-10 –Clasificación Internacional de las Enfermedades– de la OMS. Estos sistemas nosológicos, o clasificatorios de las enfermedades, han solido operar con la convicción médica de que toda enfermedad, física o psíquica, tiene que tener su base en una lesión física.


ERROR INTERPRETATIVO

Ha sido, y es, tradicional en el diagnóstico forense post mortem, la búsqueda de lesiones físicas que sean la sede y causa de la enfermedad que ha llevado a una persona a su muerte. Al mejorarse el conocimiento de la fisiología y la bioquímica, se amplió esta perspectiva buscándose como base de toda patología alteraciones fisiológicas o bioquímicas que explicasen el fatal desenlace. Llevado este esquema interpretativo al ámbito de las patologías psicológicas, se supone en ciertos casos que si alguien ‘tiene’ una enfermedad, de la cual es ‘síntoma’ su conducta, es que tiene algo en su organismo que le produce o posibilita ese malestar y alteración. Sin embargo, se cometen aquí, como decimos, algunos injustificables reduccionismos interpretativos. Se interpreta que la persona es una ‘enferma mental’ (en vez de darse cuenta de que la persona es más grande y distinta de su afección). De este modo, si ciertos fenómenos químicos acompañan a una disfunción o patología psicológica se interpretan como causa suya, incurriendo así en la conocida falacia denominada post hoc, ergo propter hoc, es decir, creer que X ha sido causado por Y ya que Y precedió a X. Así, se suele explicar en los manuales que el trastorno obsesivo compulsivo (también conocido por las siglas crípticas de ‘TOC’) tiene que ver –aunque no sólo– con una vulnerabilidad biológica: la insuficiente cantidad de serotonina. Por tanto, este trastorno se puede afrontar apoyando la inhibición en la reabsorción de serotonina. O se afirma también, que la aparición del Alzheimer tiene que ver con la activación de la proteína quinasa, denominada GSK 3, de modo que bastaría con evitar dicha activación para frenar la enfermedad. Sin embargo, la realidad es que esta substancia es sólo un hecho que coincide con la aparición del Alzheimer. ¿Significa esto que es su causa? Los propios especialistas terminan afirmando que hay ciertos factores de riesgo como son alteraciones genéticas o la edad (lo cual, más que una explicación científica, es una constatación pedestre, pues cuanta más edad tiene una persona más posibilidades tiene de desarrollar Alzheimer… y cáncer… y neumonías… y osteoporosis).

El caso es que clasificando un comportamiento y sus síntomas como patología, se pretende concederle existencia real. Hay concepto, luego hay realidad, se piensa. Lo que inicialmente era una descripción de un comportamiento, se termina por calificar de realidad operante en el sujeto. Se supone, por tanto, que algo funciona mal en el cerebro que produce la disfunción mental. Y, de este modo, se suelen dejar de lado en algunos casos las circunstancias personales, la trayectoria biográfica, la calidad de las relaciones personales, el modo de afrontamiento de los problemas, su madurez personal y se pretende reducir todo a un seguimiento químico o a un protocolo comportamental.

Sin duda, toda esta situación está sustentada en una determinada visión de la persona, reductivista y mecanicista, que tan bien ha estudiado Frankl en El hombre doliente y en Teoría y práctica de la neurosis. El resultado es que se llevan a cabo unas terapias parciales, que sin duda pueden ser necesarias, pero nunca suficientes, porque han dejado de lado el hecho de que es una persona la que sufre dicha disfunción o problema.

Por supuesto, el tratamiento farmacológico, del que se abusa, puede ser buen instrumento en momentos de crisis. Las técnicas conductuales o cognitivas, buen instrumento de apoyo. Pero la persona no es sólo cuerpo ni tampoco mera unión psicosomática. Lo psicosomático sólo se entiende desde una dimensión superior: la personal. En general, cualquier fenómeno personal, contemplado sólo desde una perspectiva biológica o psicológica, da lugar a comprensiones parciales y distintas del mismo fenómeno. Las reducciones (tanto en la comprensión como en el diagnóstico o terapia) son incapaces de comprender adecuadamente un fenómeno. Por ello, por ejemplo, un adecuado tratamiento de las adicciones necesita ir, más allá de lo farmacológico y lo conductual, a lo personal, a la reestructuración biográfica, al restablecimiento de lo personal.

Hasta ahora, las llamadas psicoterapias existenciales o psicoterapias humanistas son las que han dado los primeros pasos en la superación de estos reduccionismos y en mostrar cómo es desde lo positivo de la persona, tomado integralmente, desde donde cabe un tratamiento integral que lleve a la persona a crecer responsabilizándose de su vida. Muchas de estas nuevas terapias, de modo explícito o implícito, se situaron en una nueva perspectiva antropológica: la visión del hombre aportada por la filosofía existencialista. Las extraordinarias aportaciones de Frankl, Boss, Rogers o Binswanger tienen explícitamente a la vista las aportaciones de Heidegger o Sartre. Con ellos, queda suficientemente probado el valor heurístico y catalizador del contar, por parte del terapeuta, con una antropología que sustente su tarea como marco de referencia y como orientador de caminos terapéuticos. Pero también creemos que el recorrido de las terapias existenciales ha sido, hasta ahora, parcial e insuficiente por carecer de una sólida antropología filosófica como fundamento y de una axiología que actúe como horizonte. Así pues, parece que la tarea investigadora que han abierto Frankl, Boss o Binswanger está en sus albores

SALUD, ENFERMEDAD Y SANACIÓN DESDE LA PERSPECTIVA DE LA PERSONA

Sólo desde una perspectiva antropológica reductivista, meramente naturalista, se puede entender por salud el equilibrio homeostático o la plena funcionalidad orgánica y psicológica. Pero la persona es mucho más que estar 'en plena forma física' o 'estar a gusto consigo misma'. La persona es un equilibrio desequilibrado, un dar-de-sí, una flecha lanzada al infinito, un animal no fijado todavía. Coherentemente, la concepción que de la salud existe desde el personalismo comunitario es otra bien distinta. Así, para Guardini, "sano es lo que conduce a la mayor humanización; enfermo, por el contrario, lo que la impide" . El concepto de salud es, sobre todo, de orden personal, antropológico, y consiste en el proceso personal de dar-de-sí integralmente y en apertura comunitaria. Por ello, habrá que acudir a una visión integral de quién es la persona para entender cabalmente qué entendemos por enfermedad y por salud. Sólo así se podría entender, por ejemplo, qué significa un proceso radical de sanación de un adicto: no se trata sólo de superar un síndrome de abstinencia físico o de recuperar comportamientos adaptativos: se trata de que la persona retome las riendas de su vida desde un sentido orientador y vivida como compromiso con otros. Para ello debemos tener en cuenta qué entendemos por persona. Desde una perspectiva personalista comunitaria podemos describir a la persona como siendo una estructura de notas con un dinamismo propio: el de crecimiento hacia la plenitud desde un sentido existencial y en relación comunitaria con otros.
En este mismo sentido, podemos entender ahora el significado de la patologización del vivir humano. Para facilitar la reflexión sobre este hecho, hemos propuesto en nuestros trabajos el neologismo ‘prosopopatía’ (del griego prosopon, persona y; pathetós, lo que se sufre, lo que afecta y, por extensión, lo que enferma) por parecernos el más adecuado a la novedad sobre la que queremos centrar nuestra atención: las patologías propias del vivir de modo inadecuado como persona . La prosopopatía consiste en el hecho de que la persona no vive con firmeza su ser personal, de la persona in-firme. La infirmitas, en realidad, es condición inherente al ser humano, en cuanto realidad lábil, finita, provisional, sin acabar. Pero, justo por ser así, es orientación a la plenitud. La infirmitas a la que nos referimos aquí se identifica con los falsos caminos hacia la plenitud, con las formas de no caminar hacia plenitud.
En concreto, lo que proponemos es la siguiente hipótesis, a modo de idea matriz: que existe un enfermar físico, un enfermar psíquico y un enfermar de la persona (entendiendo que no es que la personeidad –en cuanto physis– enferme sino el modo de vivir como persona es el que no responde a la personeidad y por tanto decimos que no es firme, sino in-firme). La persona no puede enfermar ónticamente, pero sí empíricamente. ¿Cuál es la clave de la infirmación?: no ser fiel a uno mismo como persona, llevar una vida impersonal que no responda al orden objetivo y a los valores personales, que es tanto como decir, en términos existencialistas, como llevar una vida inauténtica, esto es, que no responda a la propia llamada. Lo que se produce, en este caso, es un mecanismo de sustitución, de enmascaramiento. Supone, además, una pérdida de lo real y de los límites y posibilidades de la propia realidad.

Es patente, además, que las patologías biológicas se manifiestan biológicamente (con resonancias afectivas), que las patologías psíquicas se manifiestan biológicamente o psíquicamente (o de ambas maneras) y que las patologías personales pueden manifestarse biológicamente, psíquicamente o no dar ningún síntoma, excepto el propio vivir despersonalizante.

En las infirmidades de la persona es el ser humano, como tal, lo que ha enfermado. Con Rosenzweig diremos “hemos ganado el convencimiento de que el hombre todo y sólo el hombre todo, de que el hombre como todo integral, se ha puesto enfermo” . La etiología de muchísimas enfermedades físicas y psíquicas encuentran aquí su causa última y, consecuentemente, la terapia debe hacer necesaria referencia a la dimensión personal.

QUÉ ES LA INFIRMACIÓN DE LA PERSONA

Tres dinamismos son esenciales en la persona: sus dones puestos en juego para lograr la plenitud, la actuación desde un sentido y la experiencia de apertura y de relación en un contexto comunitario. Si la persona "no realiza sus posibilidades, se enferma, del mismo modo que las piernas se atrofiarían si no camináramos nunca (...) Esta es la esencia de la neurosis: las posibilidades sin utilizar, bloqueadas por las condiciones adversas del medio y por los propios conflictos interiores" . Del mismo modo, sólo es posible el desarrollo personal con otros, y no de cualquier forma sino en forma de experiencia comunitaria. Por último, sería imposible cualquier actividad sin un sentido por el cual llevar a cabo esta actividad. Para todo ello, hay un requisito previo: la apertura y el contacto con lo real.

De este modo, creemos las principales causas de la infirmación personal son:
a. Bloqueo de muchas dynamis o capacidades personales por promoción sólo de alguna, que resulta absolutizada: actividad sólo intelectual sin compromiso práctico, desarrollo de las capacidades físicas sin cultivo intelectual, cultivo afectivo sin desarrollo de la inteligencia, etc. El fracaso de la función le revelará el fracaso más profundo: la de no poner en marcha lo que es.
b. Pérdida de sentido personal substituyéndolo por otro exterior. Esto supone substitución y negación de la vocación personal, proyecto inadecuado a la persona, malinterpretación de lo que sucede y distorsión en el encuentro con los otros, que son tomados como socios. Esta pérdida de sentido personal supone, al cabo, una desmoralización larvada, un no optar o no saber optar por lo adecuado a la persona. De un modo especial, esta pérdida de sentido manifiesta desconocimiento u ocultamiento de la propia vocación, incapacidad para leer la realidad como posibilitante y clausura respecto de los demás como fuente de sentido.
c. Pérdida de la dimensión comunitaria, viviendo en mundos institucionalizados, entre objetos, normas, instituciones, pero no en un mundo de personas. Se hace imposible el encuentro. Esta pérdida comunitaria se vive, empíricamente, como carencia afectiva. Es la falta de amor de otros lo que propicia la falta de amor por uno mismo, siendo esta causa de múltiples patologías y disfunciones comportamentales.
d. Ruptura del contacto con lo real (por enmascaramiento, por dispersión y repliegue). Se puede dar una atomización de la persona (perdiendo así aspectos de lo real, como ocurre cuando la persona se reduce a lo intelectivo, lo volitivo, lo afectivo o lo corporal), por substitución de lo real por lo imaginado, por ideologización, por adoctrinamiento.
e. Huída de la finitud, incapacidad para aguantar el dolor físico o espiritual, quizás fruto de sobreprotección en la infancia y juventud, y de huída en la edad adulta.

A la vista de todo ello, creemos que no se puede reducir la salud y la enfermedad sólo a procesos de buen funcionamiento biológicos o, incluso, psíquicos, pues estos estados pueden darse en personas realmente inmaduras, o insensibles axiológicamente, o pobres personalmente. Por el contario, muchas personas, precisamente gracias a su enfermedad física o psíquica han alcanzado mayores cotas de autoconocimiento, de comprensión ajena, de madurez, de valoración de lo importante. El nivel al que nos situamos es, pues, más profundo.

Estos factores producen una falta de firmeza en la vida personal, un repliegue respecto de la realidad, de las relaciones con otros, con el mundo, con su cuerpo. Y, por otro, dispersión en lo inesencial de sí, no desarrollar los propios mecanismos.
Por otra parte, el enfermar física o psíquicamente –como hemos señalado– es la otra cara de la moneda de nuestra finitud, de la que son especialmente conscientes los creadores, los santos, los hombres despiertos que perciben con nitidez la distancia entre lo que hacen y aquello que aspiraban a hacer, entre lo que son y aquello a lo que se sentían llamados. Tomar conciencia de la limitación, enfermedad y, sobre todo, la muerte, es causa de sanación y lucidez personales.

Xosé Manuel Domínguez Prieto
Instituto Emmanuel Mounier. España
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Domínguez Prieto, Xosé Manuel