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El Quehacer Pendiente en la Logoterapia

Resumen:
El concepto de responsabilidad, no el de sentido, es, en primera instancia, la problemática central de la Logoterapia. Pero en su tarea de orientar al hombre hacia su responsabilidad, la Logoterapia deja claro que la responsabilidad es sobre todo una posición ante el problema del valor y éste se asume como experiencia, es decir, es sentido, no alcanzado racionalmente. Sin embargo, la responsabilidad no se agota de cara al asunto del sentido de la vida, como subraya la Logoterapia, sino que hace frente al vivir mismo, a lo que la Terapia de la imperfección denomina el sentido del ser. De hecho, se es responsable no sólo de la existencia, sino también del existir. A este propósito, la Terapia de la imperfección señala que el corpus doctrinal de la Logoterapia demanda una ulterior reflexión, un avance en la tarea de alcanzar la cuestión del sentido en su totalidad, misma que rebasa el sentido de la vida y comprende el sentido del ser, que es donde el hombre se manifiesta primaria y radicalmente responsable.

 

 

Trabajo:
El esfuerzo revolucionario de la Logoterapia ha sido el de extender el horizonte psicológico más allá de lo meramente psicológico. La Logoterapia, en efecto, se solidifica como teoría en torno a cuatro elementos original y exquisitamente filosóficos que son los conceptos de persona, libertad, sentido y responsabilidad. Esta dilatación de lo psicológico hacia lo filosófico ha permitido a la Filosofía volver a ocupar un lugar en el campo de una corriente de la psicología contemporánea.

De aquí entonces que a diferencia de otras teorías psicológicas, la Logoterapia, entendida como sistema doctrinal, no en términos de método terapéutico, se caracteriza por estar centrada entorno a una filosofía explícita del hombre. Sin embargo, si nos preguntáramos cuál de esas cuatro nociones es el verdadero eje del entero sistema doctrinal, diríamos que la totalidad del aparato teórico de la Logoterapia, incluyendo tanto su horizonte psicológico como su práctica terapéutica, se aglutina y responde a una visión del hombre cuyo foco, centro y soporte, si podemos hablar así, no es, en primera instancia, el concepto de sentido, como suele creerse, sino el de responsabilidad.

Podemos, por tanto, sin temor a ser impugnados ni siquiera por el mismo Frankl, aseverar que con la expresión logoterapia, su autor ha revestido la problemática primordial de la responsabilidad, para exhibir y resaltar, posiblemente por motivos terapéuticos, la problemática del sentido, que, en realidad, es segundona en su concepción antropológica.

Así que la verdadera problemática de fondo del asunto humano que encara Frankl no es la del sentido, sino la de la responsabilidad. En términos estrictamente filosóficos, la problemática del sentido, repitámoslo, es dependiente, auxiliar, subsidiaria, de la problemática fundamental de la responsabilidad.

La problemática del sentido, que es la que resalta en primer plano cuando se habla de Logoterapia, representa solo una extensión, una dilatación, de la problemática central de la responsabilidad. Para Frankl, en efecto, “ser hombre en último análisis significa ser responsable” . La responsabilidad es, pues, el fundamento y la esencia de la visión logoterapéutica.

Y si bien, en el calificativo de Logoterapia, que fue la denominación favorita de Frankl, la palabra logos está por sentido, se me ocurre que su entera cosmovisión, pudiera también denominarse, sin menoscabo alguno, con el nombre de spondeoterapia, en vez de Logoterapia.

Spondeoterapia, del verbo latino spondeo, significa responder, sin embargo, su alcance etimológico no es meramente el de dar respuesta a una carta, a una persona que se escucha, de refutar a alguien o cosa por el estilo, sino de responder por alguien, salir fiador de alguien, comprometerse a favor de alguien, obligarse ante alguien. En resumidas cuentas, afirmar a alguien. Ahora bien: ¿quién puede ser ese alguien de quien salir fiador, por quien comprometerse y a quien afirmar si no es, en primer lugar, uno mismo? Pero, además, cabe todavía preguntarse: ¿fiadores y comprometidos de qué? ¿garantes de qué? Fiadores de la propia persona.

Este es el sentido pleno de la palabra responsabilidad: ser responsables de nosotros mismos es ser fieles, solidarios y buenos administradores de nuestra persona, lo que equivale a decir, de nuestra vida y de nuestro ser. Ser cabalmente responsables es ser dignos no sólo de lo que vivimos y de lo que sufrimos, sino dignos también de ser. Repetimos, de la propia vida o existencia y del propio ser.

En tal caso, cuando Frankl se pregunta dónde comienza lo antropológico, donde despunta la realidad que constituye al hombre en cuanto ser específicamente humano, cuando se pregunta dónde se detecta lo propiamente humano, comienza planteándose una pregunta que es, no cabe duda, de interés psiquiátrico, pero que, en última instancia, no es psicológica, sino filosófica. Trasciende el terreno de la psiquiatría y de la salud mental, rebasa la realidad psicofísica, lo impersonal, para penetrar la realidad existencial, se adentra en la dimensión personal del hombre. Y su respuesta ha sido inequívoca: la realidad del hombre inicia y se ostenta con la responsabilidad. Frankl sostiene que la capacidad de autodeterminarnos, la capacidad de tomar la responsabilidad de nosotros mismos, es lo que “hace de nosotros seres humanos” .

En la óptica de Frankl, el concepto de responsabilidad parece devolver al hombre su dimensión antropológica más esencial, es decir, su carácter decisional. La capacidad de decidir de sí es un aspecto talmente cardinal en la psicoterapia de Frankl que la llamada neurosis noogena surge precisamente con la disminución de la responsabilidad. Es decir, “el hombre no es sólo aquello que él es, sino aquello que él decide ser...El hombre no sólo decide ‘sobre’ algo o ‘de’ algo, sino que constantemente decide de sí mismo” . Lo humano se funda entonces en el carácter decisional.

De esta manera, al concepto de responsabilidad se anexa ahora de manera inseparable el concepto de libertad y ambos, a su vez, esbozan y proyectan la dimensión espiritual de la persona que caracteriza la visión logoterapéutica del hombre.

Sin embargo, al topar con la realidad de la persona, el mismo concepto de responsabilidad se trasmuta y asume ahora la expresión de sentido, siendo el asunto del sentido la expresión más cabal del concepto de responsabilidad. A este punto, el concepto de responsabilidad queda radicalmente referido al concepto de sentido.

De forma más sencilla y directa, pudiéramos también pensar que, en su esfuerzo por preservar la humanidad en el terreno de la psicología, al despejar el concepto de responsabilidad, Frankl topó inevitablemente con la problemática del sentido. Ahora sí vale la expresión de que todos los caminos llevan a Roma. En nuestro caso, los “caminos” de la responsabilidad y del sentido conducen a la dimensión espiritual de la persona.

Además, podemos ahondar en el asunto de la denominación de la Logoterapia y decir que también resulta paradójico que Frankl haya recurrido al término de logos en vez de utilizar directamente la palabra griega axia que se traduce por valor (en latín aestimabile, apreciación, estimación, evaluación, valor), y que concierne a los objetos de elección o de preferencia ética, porque lo que realmente subyace a la problemática de la responsabilidad y a la problemática del sentido es una cuestión de valores. La responsabilidad y el sentido son funcionales sólo en la relación y realización de valores.

Según Frankl, la responsabilidad de cara a la existencia se traduce en una toma de posición concreta frente a los valores, teniendo presente que en este terreno no hay posiciones neutrales o indiferentes. No hay terceras opciones.

El valor, para Frankl, es una “razón”, entre comillas, que se capta no a través del juicio o del conocimiento racional, porque el valor no es una lección, un escarmiento, un aprendizaje, sino a través de la intuición, pues el valor es una vivencia que se percibe en la experiencia misma de la vida aquí y ahora.

La Logoterapia quiere conducir al hombre hacia la vivencia del valor, es decir, hacia el sentido, que es lo mismo que decir, hacia el ejercicio de la responsabilidad.

De este modo, en la visión filosófica de la Logoterapia, la responsabilidad, la libertad y el sentido forman un tejido inseparable con la visión filosófica de la persona para quien la cuestión del valor es un asunto vital. Diríamos, de vida o muerte antropológica.

El valor es vital, es decir, es sentido, es algo experimentado, vivido, que carga o dota la existencia de significado. Es una experiencia, algo que hay que realizar, frente a un determinado acontecimiento, adverso, trágico, siniestro y que, en esa situación específica, sustenta la vida, la apoya, la impulsa, la inspira y sobre todo, la afirma. Afirmar es la verdadera función del valor.

El valor no es otra cosa que una experiencia de afirmación de la existencia. Pero, ¿cómo se afirma la vida? Frankl responde sin rodeos: la única manera de afirmar la vida es aceptándola. Aceptar la vida es dotarla de significado.

Pero es en este terreno, en la cuestión de la aceptación de la vida, donde queremos señalar una zanja o fosa que hay que rellenar y donde la Logoterapia tiene un quehacer en curso, una tarea pendiente.

Es claro que tratando de zanjar algo ideológico podemos encontrar resistencias, oposiciones, ortodoxias indiscutibles. El desacuerdo, sin embargo, no sólo es una necesidad mental: la divergencia es también necesaria a la verdad, que es un proceso, un desarrollo, no un embotellamiento del pensamiento.

Los movimientos ideológicos pueden oponerse a las diversas creencias que surgen en su seno y que de alguna manera parece que se alejan de la doctrina inicial, pero no pueden reprimir el desarrollo interno que, tarde o temprano, brota y tiende a desenvolverse desde su interior.

Por suerte, Víktor Frankl era suficientemente lúcido como para presumir que la Logoterapia, su construcción teórica, estuviera finiquitada. Era suficientemente perspicaz y genial para considerar su obra perfecta. Cuando una doctrina alcanza su acabamiento, en ese momento se acaba como doctrina y aunque un movimiento ideológico esté bautizado y confirmado, la discrepancia permite hallar nuevos surcos de crecimiento. De hecho, la Logoterapia no expira con la obra empezada y realizada por Frankl a lo largo de sus trabajos.

Además, digamos de paso, que en la visión de la nueva epistemología, particularmente en la de Popper, se reconoce la fuerza de la discrepancia, la pujanza del error. Una dosis de divergencia es pues necesaria al progreso y a la actualización de una doctrina.

Los casos de disidencia que conocemos como desviaciones, han tenido un gran cometido para la comprensión del hombre. Freud perdió a Adler y a Jung, pero, como consecuencia, la psicología ganó dos nuevas perspectivas. Adler perdió a Rudolf Allers y a Víctor Frankl, pero con ello, la psicología cosechó nuevos horizontes. El binomio resistencia-innovación, es fecundo, siempre que ésta última, la innovación, abra verdaderos espacios y perspectivas a la doctrina porque una doctrina, en sí misma, es inagotable.

Algunos pudieran pensar que al lado de la Logoterapia sólo puede existir la misma Logoterapia de siempre, la Logoterapia inicial, acuñada originalmente por Frankl; otros, en cambio, pueden pensar que la Logoterapia de Viktor Frankl sólo fue el comienzo de una investigación revolucionaria cuyo aspecto más revolucionario es precisamente que aún sigue desarrollándose.

Desde hace un tiempo, la Terapia de la imperfección viene señalando que Víktor Frankl se limitó a una hondura o profundidad de la problemática del sentido, pero no abarcó la entera problemática. Frankl concentró sus energías sobre el costado existencial del problema del sentido, no sobre su extremo o fondo y, por consiguiente, el concepto clave de responsabilidad quedó igualmente anclado a este nivel.

Pero sabemos que la existencia no agota el existir, que la vida no se remata con el vivir. Que entre mi ser y mi vida hay un trecho, un “intervalo” como señalaba Gabriel Marcel para quien “el ser y la vida no coinciden”, pues, argumenta el mismo Marcel: “yo no soy mi vida” .
El valor del ser es más que el valor de la vida y mucho más por supuesto que el valor del tener, que indudablemente suele ser, en el mundo del hombre, el valor más dominante y arraigado en la cultura. El ser no sólo da peso a la vida, sino que el ser es el asidero de la vida.

Es preciso entonces que los logoterapeutas fieles al pensamiento de Frankl, que afortunadamente es un pensamiento abierto al futuro, continúen su quehacer. Es necesario acudir a la demanda ontológica de la problemática de la responsabilidad, de los valores y del sentido, realizar un paso ulterior en la reflexión desarrollada por Frankl, ahondar en la problemática total, llegar el fondo de la misma y alcanzar de manera explícita y sistemática el nivel ontológico, donde la responsabilidad nos deja ver su finalidad y cometido más profunda.

De hecho, el problema fundamental de la problemática de la responsabilidad no es sólo descubrir y realizar el significado de la vida, que es una valiosa forma de responsabilidad ante los valores. El problema fundamental, dando a la palabra fundamental su origen etimológico de base, cimiento, está a un nivel que trasciende la existencia o espacio del sentido de la vida y confluye en el nivel ontológico o espacio del sentido del ser. Es aquí, en la actitud que se asume ante el sentido del ser, donde arranca la exigencia de la responsabilidad y donde arranca también la problemática del sentido.

A nivel ontológico, la situación que venimos examinando, se presenta de modo muy diferente del nivel existencial. Mientras en la esfera de la existencia se requiere, tal como propone la Logoterapia, de la búsqueda y del descubrimiento del sentido, en la esfera ontológica el ser no solicita que se le busque y rotule un sentido. El ser ilumina la vida desde su propio sentido. De aquí la expresión sentido del ser usada por la Terapia de la imperfección .

El ser es fuente de sentido. Es en esa acepción que usamos la expresión sentido del ser, y en momentos en que se dificulta descubrir algún sentido existencial, el ser es lo único que puede aportar valor y, como los fundamentos de una construcción soportan el peso del entero edificio, sostenernos en base a la valía de hecho de existir.

Si la finalidad propia de la Logoterapia es conducir al hombre hacia la responsabilidad del sentido de su existencia, la tarea propia de la Terapia de la imperfección es llevar al hombre hacia la responsabilidad ante su propio ser que, aun revelándose defectuoso y limitado, es fuente del sentido primario y radical, y que según expresión de Lévinas, constituye “el sentido de los sentidos”.

Es a este nivel profundo, donde se plantea la verdadera necesidad de la responsabilidad. Para la Terapia dela imperfección, la humanidad se funda en la responsabilidad que surge y asumimos ante el ser. Toca al hombre pues amparar, custodiar, sostener y proteger el sentido del ser que se ve afectado por el rechazo que genera el trastorno del perfeccionismo. Pero con respecto a esta disfunción profunda, el perfeccionismo, en los limites de espacio de estas reflexiones sólo podemos concluir denunciando que su dinámica alcanza y socava el sentido del ser .