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La responsabilidad del terapeuta consigo mismo. Basicamente Humano.

El limite es la captación de nosotros mismos,
es nuestro sentido de la realidad,
la decisión de volvernos más humanos.

Toda terapia, cualquiera que sea su enfoque, para que sea eficaz y facilite la recuperación personal, desarrolla un cuádruple proceso que podemos describir en términos de autoexploración, autoconciencia, autocomprensión y automodificación de actitudes y conductas del cliente, en orden a favorecer la disminución de su sufrimiento emocional y acrecentar su capacidad de flexibilidad y elasticidad ante los acontecimientos de la vida que tienen un impacto negativo.

¿De qué depende el resultado positivo de la terapia? A este propósito, hoy en día está bien claro que el elemento fuerte de la terapia no radica fundamentalmente en el tipo de técnicas, estrategias o modalidades de tratamiento que se manejan, sino, como ya señaló Rogers en los años 50, en la calidad del funcionamiento del terapeuta como persona, que constituye la dimensión fundamental del entero proceso terapéutico. Este punto de vista se reveló correcto.

Aunque Rogers disipó debidamente esta cuestión, la mejor respuesta parece aportarla Carkhuff, discípulo de Rogers, quien en 1969, al elaborar un modelo de relación de ayuda más completo, subrayó dos cosas fundamentales: primero, que el funcionamiento del terapeuta como persona se define en términos de 9 variables que son la empatía, el respeto, la autenticidad, la especificidad, la confrontación, el impacto de personalidad, la autorevelación, la relación al momento y la autorrealización y, segundo, que sólo un alto nivel de funcionamiento como persona en tales variables (según una escala de cinco niveles de funcionamiento), podía estimular el crecimiento o el mejoramiento del cliente. 

Al destacar no sólo la importancia del funcionamiento del terapeuta como persona, cosa que ya había hecho Rogers, sino, sobre todo, la influencia del nivel que el terapeuta alcanza en su funcionamiento como persona en las nueve variables mencionadas, Carkhuff amplió el modelo anterior y ofreció, finalmente, una base sólida para la formación de los terapeutas. 

En realidad, teniendo en mente la interacción compleja entre dos dimensiones (la persona del terapeuta y la persona del cliente) Carkhuff transfirió la atención de la persona del terapeuta a su nivel de funcionamiento y de esta manera identificó el aspecto que constituye la eficacia de la psicoterapia, donde una de las dimensiones, la del terapeuta, se maneja a un nivel de ayuda (nivel tres en adelante) en las 9 variables mencionadas. 

Es así como la conducta y la actitud del terapeuta ofrecen al cliente una propuesta, una indicación más productiva, un modelo de cómo modificar sus actitudes y conducta y vivir de manera más eficaz y funcional. Pero también quedó confirmada la consideración contraria: si el terapeuta no funciona a un nivel superior al del cliente, éste puede empeorar y la terapia volverse potencialmente dañina.

Sin embargo, al hablar del funcionamiento como persona, Carkhuff y los demás maestros de la escucha terapéutica, omiten encarar algo esencial como es la actitud que el terapeuta asume ante su propia condición limitada, o si queremos, ante un amplio espectro de limitaciones que caracterizan la experiencia humana del terapeuta. ¿Es que los terapeutas están exentos de contradicciones y dilemas? ¿A qué se debe esta omisión o silencio?

Carkhuff no menciona, en efecto, qué lugar ocupan la falla, el error, y en general, los desarreglos o irregularidades inevitables del terapeuta en la empresa de funcionar como persona a un alto nivel. Pero entonces ¿un alto nivel de funcionamiento como persona (nivel cuatro o cinco, según la escala de Carkhuff) significa desempeñarse de manera intensamente correcta, sin posibilidad de manifestar desarreglos de ninguna clase? ¿Esta negación no será debida a la concepción que se tenga del término persona y, consecuentemente, de qué significa funcionar como persona a un nivel que sea satisfactorio para los fines de la terapia? ¿No estamos en realidad ante un modelo, y los mismo dígase de otros enfoques psicoterapéuticos, que genera expectativas perfeccionistas de alcanzar un nivel de funcionamiento como persona “libre-de-defectos”?

De hecho, entre las variables del modelo que estamos considerando no figura el error, siendo que el error está entrelazado con la persona y con su nivel de funcionamiento en su calidad de ser acosado por la limitaciones de su existencia.

Posiblemente el problema, que es ante todo filosófico y no meramente psicológico, reside en el mismo punto de partida del modelo, o sea en la visión filosófica de la persona. El mismo recurso a este tipo de concepto de persona -imperante en los diferentes modelos de relación de ayuda- así parece manifestarlo. 

El concepto que no se aclara en el modelo de Carkhuff es el de persona ¿Qué significa ser persona? ¿Ser persona es sólo cuestión de desempeñarse en 9 variables que implican eficacia, afirmación y valores positivos? ¿Qué papel - y esta es nuestra pregunta- juega la propia condición limitada del terapeuta en la tarea de abrirse camino como ser que intenta comunicar un alto nivel de funcionamiento como persona? 

Sería contraproducente para el éxito de la terapia que al resaltar la importancia y el nivel de funcionamiento que el terapeuta logra como persona se pretendiera que éste sea un dechado de cualidades psicológicas, estable y maduro en todas las circunstancias de la vida, dotado de una salud emocional a prueba de bombas, inmune o resistente a las dificultades existenciales. Un ser que no conociera crisis o que viviera los propios “pasajes”, mutaciones y cambios sin repercusiones desfavorables a su sistema mental y a su organismo en general. 

Sin embargo, un ser que siempre sintoniza con los demás, empático veinticuatros horas al día, que se “pierde” en la experiencia del cliente, capaz de expresar siempre respeto, genuino y sincero, directo, sensata y oportunamente automanifestativo, eficaz, constructivo, sensible, integrado, desinteresado, con motivaciones profundas, cuyo magnetismo personal provoca un buen impacto de personalidad, imparcial, que controla su cólera y, por último, que en base a sus estudios y experiencias tiene siempre a mano las respuestas a las crisis que atormentan a sus clientes, un ser así, decimos, aun no existe y no se va a lograr con ninguna formación o entrenamiento.

Una concepción así, que puede existir en quienes quieren ver de manera idealizada la vida del terapeuta, estaría no sólo altamente distorsionada, sino que eliminaría el núcleo mismo de lo que es ser persona. 

Tradicionalmente la sociedad parece pensar al terapeuta como a un individuo especialmente dotado para tratar los asuntos mentales e inmune a problemas de esa naturaleza. Y aunque, de hecho, el terapeuta sepa mucho de la vida, no sólo porque ha encontrado todo tipo de desordenes emocionales, sino porque ha percibido una extraordinaria variedad de creencias y estilos de vida, no se puede arrancarlo de su condición de mortal. 

Cuando nos referimos a la condición limitada del terapeuta hablamos de una trabazón consistente de limitaciones inherentes a su misma existencia, que está a la base de su existir concreto. También el terapeuta, por lo mismo, puede manifestar una cierta disfunción personal, pasar crisis, conocer la falta de sentido de la vida por el estrés de la pérdida, del divorcio, de la jubilación, de la falta de trabajo, por el envejecimiento o por causa de sus combates personales con los límites existenciales, y como consecuencia de esto, deteriorarse, agotarse y experimentar síntomas patológicos. 

Pero, claro está, no es la opinión vaga e idealizada que en términos generales tiene la gente acerca del terapeuta la que puede preocuparnos en esta ocasión, sino la visión de quienes proponen modelos de relación de ayuda. Pero, ¿acaso un modelo para ser efectivo tiene que formular la perfección? ¿La eficacia del modelo tiene que ver únicamente con la elaboración y propuesta correcta del mismo?

No cabe duda de la bondad del modelo presentado por Carkhuff quien para facilitar el entrenamiento del terapeuta, construye un patrón o ejemplar de relación de ayuda que permite medir y evaluar las habilidades del individuo como terapeuta. En su totalidad el modelo de Carkhuff (ampliado posteriormente en el 1978) es uno de los más ricos y científicos que existen en este ámbito. Solo que, como ya señalamos, la gran ausente del modelo es la contingencia misma del terapeuta, su finitud, cuyo nivel de funcionamiento como persona no puede considerarse como el de un ordenador compuesto de unidades lógicas.

Por supuesto: con estas reflexiones no queremos restar importancia a la enseñanza universitaria ni a la debida preparación en habilidades propias del manejo de la psicoterapia, ni a la calidad de la experiencia requerida, del trabajo de campo y la probada competencia en la práctica terapéutica. Es cierto que hay sujetos que no son aptos para ejercer esta profesión y toca a los responsables del proceso de admisión, de formación y de selección de eliminar a tiempo a los candidatos crónicamente inestables o con graves desordenes de personalidad sin posibilidad de cura. 

Precisamente lo relevante en el caso del terapeuta no es exclusivamente la formación académica en determinadas teorías psicológicas o el entrenamiento en un determinado enfoque psicoterapéutico, sino el desempeño o nivel de funcionamiento como persona. La eliminación de los aspirantes no idóneos puede ocurrir incluso durante el periodo de supervisión de la práctica clínica.

Pero, dando curso a nuestra reflexión, cabe resaltar que la pregunta que planteamos lleva por otro lado. Concretamente: ¿qué hacer con la participación o condicionamiento de los residuos de ambigüedades, incoherencias y de todo ese material compuesto de pequeños, medianos y grandes sucesos personales adversos que aun puedan pasar sus cuentas, de taras heredadas, de conductas familiares alteradas inducidas en la infancia, de heridas que aun no han cerrado o sanado del todo, de duelos de algún tipo, de errores que puedan pesar objetivamente, de opciones relevantes desafortunadas, de síntomas y manías domésticas? 

¿Qué hacer con el paquete de imperfecciones de la vida del terapeuta que derivan de su insuperable condición limitada y ejercen su influencia en el curso de ese proceso íntimo que es la terapia? ¿Qué hacer con relación a sus batallas en el terreno del sentido de la vida y del sentido del ser? . Y si alguien quisiera ahondar en este tipo de consideraciones podría examinar los resultados de las numerosas investigaciones recogidas por James D. Guy que permiten constatar la pluralidad de motivaciones no sólo funcionales, que las hay por supuesto, sino también disfuncionales y perturbantes que pueden animar a un individuo a emprender la profesión de psicoterapeuta . 

Todo lo anterior no debe sorprender a nadie pues sabemos que aun las opciones profesionales más racionales o de estados de vida moralmente elevados no son químicamente puras y que aún las carreras más nobles o caritativas que ofrecen un indiscutible servicio asistencial a la sociedad pueden estar simultáneamente afectadas, en su origen primitivo, por causas inmaduras y hasta disfuncionales, que sin embargo influyen en dichas elecciones.

Pero ¿acaso todo este “material” invalida al terapeuta para funcionar a un alto nivel como persona y para orientar a otros a que funcionen como personas? ¿Habría que pedirle que se abstenga de ejercer la práctica terapéutica hasta que no procese, destile y supere su propio material perturbador archivado y sedimentado en su vida? ¿Hay que insinuarle que cierre el negocio hasta nueva orden o qué se presente a la sesión sin su propia dosis de defectuosidad?

Además, el terapeuta tiene familia, normalmente está casado y tiene hijos, lo cual comporta otra dosis de disfuncionalidad o de conflictos que compartir, cargar, tolerar o asumir. La familia aporta motivos de satisfacciones, de euforia y bienestar, pero agrega también una carga adicional de estrés de naturaleza emocional y económica.

Para responder qué significa funcionar como persona, es necesario entonces aclarar qué es ser persona o descubrir desde qué posición filosófica estamos utilizando el concepto de persona.

Para la Antropología del límite el concepto de persona esta bien claro. Esta no es tal si no abraza sus límites. En efecto, para el hombre su “resultado” de ser humano está necesariamente referido a la aceptación del límite y a su afirmación en el límite. 

Así, pues, en coherencia con la visión filosófica de la Antropología del límite, el nivel de funcionamiento de la persona está referido a su nivel de aceptación de su condición limitada y a la posibilidad de devenir humano, que se manifiesta en la práctica de algunos valores actitudinales tales como la aceptación y la afirmación en las propias limitaciones.

Creemos, entonces, que la propuesta principal del terapeuta consista precisamente en esto: en que sus clientes puedan devenir humanos y, por lo tanto, personas que como tales funcionen al más alto nivel posible de orientación hacia la propia realidad limitada y de su aceptación. 

Esta es la transformación básica que opera la psicoterapia. Posiblemente el problema fundamental de la psicoterapia esta concentrado todo aquí: en la capacidad de devenir humano ante el reto de la propia inconclusión y finitud. 

El grito o el eco del grito que resuena sin cesar en el trabajo psicoterapéutico es “que nada se pierda” (Jn.6,12) y si algo lamentablemente se ha perdido, la tarea de parte de ambos actores de la terapia, cuyo cumplimiento provocará gozo y crecimiento, es dedicarse a su recuperación. Y es más, si algún fragmento de la experiencia humana no sólo está perdido, sino incluso “muerto” (autorechazo) la función terapéutica consistirá en operar el milagro de devolver lo muerto a la vida (Lc. 15, 32) .

Si el terapeuta es, pues, un agente de la resignificación (tomando prestado el objetivo de la Logoterapia) y de la reorientación (según la propuesta de la Terapia de la Imperfección) de la experiencia del cliente ante sus limites, fracasos, errores y equivocaciones, este mismo proceso el terapeuta está llamado a realizarlo, en la medida de sus posibilidades, y evidentemente a experimentarlo también en carne propia a través de su modo de ser ante su propia condición limitada que plantea sin cesar la necesidad resignificar y reorientar.

En estos términos, el terapeuta está siempre implicado en el proceso del cual es causa y también efecto. Pudiéramos decir que, de alguna manera, el proceso terapéutico comienza y termina en “casa”, que el efecto alcanza nuevamente la causa.

Después de todo, en una cierta medida, los síntomas, los fracasos, los errores y las imperfecciones, en otras palabras, el “material” al que hemos aludido, forma parte de la normalidad del ser humano. En realidad, este material por lo que respecta al terapeuta no lo vuelve menos creíble. Todo lo contrario, lo vuelve más creíble y tal vez hasta más profesional.

En complemento con lo que hemos dicho anteriormente, la Terapia de la Imperfección sostiene que a un nivel estrictamente terapéutico, la manera como el terapeuta encara y vive su ser limitado, es un elemento importante para ambas dimensiones (terapeuta-cliente) en el proceso terapéutico. 

Dicho en otras palabras, el nivel de funcionamiento del terapeuta como persona debe estar referido a un par de “variables”, para usar el mismo lenguaje de Carkhuff, que constituyen el núcleo del individuo como persona y que son sus cualidades específicas como ser. Concretamente:¿a qué nos referimos cuando hablamos de la condición limitada del terapeuta? ¿De qué “variables” hablamos y en qué consisten?

La práctica de la psicoterapia es una oportunidad privilegiada para manifestar o revelar que el error, el fracaso, la equivocación y la falla son aspectos de la calidad de ser humano, como, a su vez, lo es la compasión, que actúa como un medicamento del error. 

El proceso terapéutico permite familiarizarse y trabajar con este par de “variables”. Pero también se trata, no cabe duda, de una ocasión para desidealizar la figura del terapeuta ya sea en la percepción que el terapeuta pueda tener de sí mismo por el hecho de ser terapeuta, ya sea en la idea que el cliente tenga del terapeuta y ayudar a ambos a limpiar la mente de las expectativas perfeccionistas, donde el error es considerado incompatible con la existencia.

Ambas “variables”, entonces, el error y la compasión ante el error, vuelven al hombre un ser específicamente humano, con la salvedad de que una de ellas, el error, se produce espontáneamente, es una “variable” inevitable, no necesitamos programarla, calcularla o prepararla; la otra “variable”, en cambio, la compasión ante la falla, es una “variable” por disposición propia, es decir, hecha a propósito, determinada, ejecutada casi con osadía, de manera valiente e intencional. La aplicación de la compasión necesita de los valores actitudinales de la tenacidad y de la resistencia del hombre consigo mismo, porque, paradójicamente, el hombre es el primero en oponerse a su ejecución. ¿No decía Plinio que “el mayor número de males que padece el hombre proviene del hombre mismo”?

En suma, el concepto de persona, según la Antropología del límite, se sustenta o descifra en el concepto de humano y éste se describe como la insuperable aptitud para la falla y la capacidad para experimentar compasión ante quien falla. Ambas variables hace de la persona un ser específicamente humano. Esto es lo que significa ser humano. Y desde este punto de vista el nivel de funcionamiento como persona tiene que ver directamente con estas dos variables esenciales. La falla y la compasión ante quien falla son dos aspectos característicos del funcionamiento humano y por ende, del funcionamiento como persona.

Pero así como estas dos variables componen lo humano, por otra parte, el desprecio, la dureza, el desdeño, la crueldad, el despotismo frente a las propias fallas, errores y equivocaciones, en otras palabras el autorechazo, junto con el afán de la perfección, del ser siempre impecable e intachable, que lleva a experimentar rechazo, forman lo inexorablemente inhumano. 

Por esta misma razón, el perfeccionista, aunque pueda exceder en conductas intachables y altamente eficientes, manifiesta, desde el punto de vista de la Terapia de la Imperfección, un bajo nivel de funcionamiento como persona. Su tolerancia a la defectuosidad es muy baja.

De aquí que el trabajo del terapeuta puede consistir en deshacer ese par de entuertos que el cliente pueda igualmente estar practicando y sosteniendo consigo mismo. De hecho, el neurótico es un sujeto irresponsable frente a sus límites, los evade o toma la actitud de rechazarlos. El resultado de tales conductas es algún tipo de patología.

El terapeuta se dedica a ayudar a recobrar los fragmentos de humanidad perdida o rechazada, a adquirir la capacidad de ser compasivos ante las propias fallas, a mejorar el nivel de funcionamiento en términos de autorientación y de autoaceptación de parte del cliente. 

Pero en ese proceso de recuperación, repetimos, el terapeuta no es un observador que pueda hacer omisión de su propia contingencia. Y es aquí donde el proceso terapéutico envuelve, desafía o alcanza constantemente la condición de persona del terapeuta y su nivel de funcionamiento como persona. 

Precisamente, la humanidad del terapeuta, el verdadero núcleo de su calidad de persona y su nivel de funcionamiento como ser humano es lo que proporciona al cliente un cierto alivio y respiro en lo tocante a su propia vulnerabilidad. De aquí entonces que el terapeuta no necesite sentirse como Dios para desempeñarse profesionalmente bien. Sus derrotas no disminuyen su valía. 

Como dice Rollo May “una de las principales razones de la situación ambigua y difícil en la que nos encontramos los psicólogos es que hemos evitado permanentemente la confrontación con el dilema del hombre. A causa de nuestra tendencia a la reducción, aparentemente omnipresente, omitimos aspectos esenciales del funcionamiento humano. Y terminamos sin la ‘persona a la que ocurren estas cosas’. Nos quedamos sólo con las ‘cosas’ que pasan, suspendidas en medio del aire. El pobre ser humano desaparece en el proceso” 

En consecuencia, el topar, probar o conocer la vulnerabilidad del terapeuta, su condición de ser herido por lo finito, es también un elemento clave de la terapia misma. Los clientes no piden peras al olmo. Los clientes en la medida en que maduran saben, a su manera, que hay niveles de salud mental que tampoco pueden provenir del terapeuta. 

El psicoterapeuta debe entonces caracterizarse por brindar al cliente, en la asombrosa variedad que ofrece la vida, la posibilidad de intentar ser humano en relación consigo mismo y con los demás. 

Este sería, desde el punto de vista de la Terapia de la Imperfección, el objetivo fundamental del proceso psicoterapéutico. ¿Por qué motivos? Por la sencilla razón de que muchos de los trastornos se asientan, por así decirlo, sobre dos rasgos que son la actitud de dureza con las propias fallas, errores y defectos y sobre conductas viciadas por grandes autoexpectativas, o sea, por esquemas mentales perfeccionistas que funcionan con previsiones condicionantes de cómo deberían ser las personas o cómo debería ser la vida (la propia, la del otro y la del medio en que vivimos) y de esta manera evitar o rechazar los efectos de la contingencia de la vida. Estas dos rasgos, que en realidad pueden reducirse a uno solo, el rechazo, remiten al trastorno del perfeccionismo.

Podemos estar seguros de que muchos procesos patológicos con componentes mentales tales como las enfermedades psicosomáticas como dolores de cabeza, dolores de espalda, colitis, úlceras del estómago, gastritis y muchos trastornos de ansiedad, de depresión, de anorexia y bulimia nerviosas, de timidez y otros tienen que ver con una actitud base de autocastigo, de autoevaluación desmedida o con alguna expresión de rechazo. 

La Terapia de la Imperfección señala que por debajo de muchos trastornos hay una expresión de rechazo de sí mismo, que es lo propio, como señalamos, del perfeccionismo.

Las expectativas, por lo antes dicho, requieren entonces de especial atención de parte del terapeuta. En cuanto paradigma mental, constituyen un esquema que tiene la función de exorcizar lo que no nos gusta que suceda y de anhelar y esperar, en cambio, que suceda lo que nos agrada que suceda. Las expectativas son productos de un pensamiento dicotómico que “bifurca” la realidad en agradable y desagradable, en buena o mala.

Las expectativas funcionan como dispositivos inconscientes que generan demandas perfeccionistas acerca de nosotros mismos, de los hechos, de las personas, de las cosas y, por ende, actitudes y conductas de rechazo. 

En última instancia las expectativas se alimentan con el tipo de perspectiva desde la cual nos percibimos a nosotros mismos, a los hechos, a las personas y a las cosas y que conocemos como perspectiva de la indefectibilidad. 

La psicoterapia debe sujetar las expectativas al test de la realidad o a la prueba del límite, al cual debemos remitirnos para conservar una saludable percepción de la vida. Las grandes expectativas son propias de individuos que se manejan al estilo de “mejor, imposible”. De aquí que se sugiera que es mejor manejar preferencias que expectativas; esperanzas en lugar de falsificadores de la realidad limitada.

De esta manera, para la Terapia de la Imperfección el concepto de humano constituye el núcleo, lo específico de la persona y, a su vez, las cualidades de lo humano son el error y la compasión, de donde el nivel de funcionamiento como persona está determinado por el nivel de aceptación y de compasión que se alcanza con respecto a la propia capacidad de fallar. 

En cambio, desde este mismo enfoque, la peculiaridad de lo inhumano es el rechazo y, por consiguiente, toda forma de rechazo es índice del bajo nivel de funcionamiento como persona. 

El rechazo es un peligro no sólo para la empresa de devenir humano, sino para la salud mental, pues aquí la expresión “devenir humano” no tiene un sabor literario, para adornar el texto, antes bien, es la adecuación del hombre a su realidad limitada y básicamente a la posibilidad de vivir y de crecer a tenor con lo que es.

¿De que forma, entonces, el terapeuta se ve desafiado por el proceso terapéutico del cual es el agente principal? ¿Cómo puede repercutir el mismo proceso terapéutico sobre el terapeuta? 

Pudiéramos decir que con respecto a la tarea de devenir humano o, en otros términos, de favorecer la salud mental, el terapeuta tiene, usando una expresión de James D. Guy, un asiento de “primera fila”. Esta involucrado en primera persona. Lo deseable es entonces que gracias a su nivel de funcionamiento como persona en el sentido que hemos manejado, el terapeuta pueda ocupar un lugar entre esos asientos.

Cualquiera que sea su enfoque o su estilo como psicoterapeuta su función es facilitar que el cliente asuma el rol único de portarse humanamente consigo y con los demás. Ayudarle, independientemente del tipo de trastorno que presente y que deba atenderse, a dejar de herirse y de herir a los demás, que en el fondo es otra forma de autoagresión. A generar un sentimiento, un hábito o un proceso de reconciliación continua consigo mismo. 

¿Qué pide o espera, en el fondo, el cliente del terapeuta? Es importante que en la experiencia del encuentro con el terapeuta el clienta pueda abandonar la filosofía de los absolutos y que en este aprendizaje el terapeuta sea su guía y su maestro. Enseñar al cliente a usar el error a favor de la propia contingencia de la vida. A disponer a través de la relación terapéutica de nuevos hábitos mentales que incluyan el límite y fomenten la conciencia del límite. Claro que la manera como se aborda este tipo de proceso desde el punto de vista de la Terapia de la Imperfección está fuera del alcance que mueve estas reflexiones.

¿Qué hacer entonces cuando los propios defectos salen a gala? ¿Cuándo el terapeuta se percata de un error real? En este proceso, el terapeuta y el cliente, están acomunados por el mismo ejercicio y por la misma tarea: aprender a estimar y revalorizar las experiencias pasadas. Manejar las autointerpretaciones desde lo que la Terapia de la Imperfección denomina perspectiva de la defectibilidad. Desde esta perspectiva, fracasar no es ser un fracasado. El valor de conducta no es el valor de la persona. 

Hablar y etiquetar de “fracaso” es plantear mal el asunto. Es mantener una perspectiva no sólo equivocada, sino despiadada de sí mismo. Fracasar de varias maneras y en varios intentos pueden constituir una cuota de errores, pero no el fracaso de la vida, pues vivir, como alguien ha dicho, es siempre un éxito. La derrota, como señaló Charles Peguy, es una forma de alcanzar una profunda comprensión de la vida y esto es ya un buen resultado. El verdadero fracaso sólo se cumple en la falta de compasión ante los propios errores.

La terapia es un intento de ser humano a pesar de todo y de avanzar en este intento. Parafraseando a Víktor Frankl habría que decir: “pese a todo, sí a la compasión”. La tarea del terapeuta es antes que nada reconciliar al hombre consigo mismo, ayudarlo a perdonarse por el hecho de ser limitado y llevar comprensión a quienes están sumidos en la lucha encarnizada de ser humanos. En esta batalla en campo abierto, la responsabilidad del terapeuta es funcionar como persona, esto es, conservarse básicamente humano. Este es su triunfo.