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El proceso de perdón, una vía al sentido

 

En el mundo en que vivimos hoy la tecnología avanza vertiginosamente en todos los campos, ya sea en la bio-médica, en la cibernética o en las comunicaciones, pareciera que se quiere tener  el control para tener una vida más confortable y segura. Sin embargo, en las relaciones humanas siguen los procesos de aciertos y desaciertos, de encuentros y desencuentros.

 

Es el  espacio subjetivo del individuo donde también se buscan mejores maneras de vida. Es en los últimos siglos que la filosofía se va centrando más en el individuo, en la persona. Y más reciente, en los últimos cien años la psicología trata de desentrañar el misterio de la persona humana, lo que la constituye y su dinámica. Cada una de las corrientes, desde su muy particular forma de ver a la persona, va aportando y desarrollando modos para que el cotidiano vivir sea mejor, más sano y más evolucionado. Sin embargo, poco se ha profundizado sobre ese aspecto de la relación entre las personas donde se fractura, se lastima, se aíslan por ver al otro  desde su limitada realidad subjetiva. Es ahí donde se gesta el resentimiento y con él muchos sentimientos que traen dolor y sufrimiento. Es difícil ver el mundo del otro desde el propio subjetivo, difícil entenderlo. Parece mucho más simple en el mundo de los niños cuando se ajustan cuentas con “las

cortamos... y las chocamos”, quizá intuyendo que más adelante al estar jugando juntos volverán a sentirse a gusto entre ellos. En los adultos, y entre los jóvenes también, este “las chocamos” se vuelve mucho más complejo. Es ahí donde el dolor irrumpe al perder los afectos y no se encuentra como recuperarlos.

 

Se oyen las voces de los escépticos en la reconciliación y el perdón y,  por otro lado, aquellos que se preocupan por estos quebrantos, por un proceso de restauración de las relaciones, de la sanación integral y del crecimiento a través de la crisis.  Este es el interés en este trabajo.

 

 

 

¿QUÉ ES EL PROCESO DEL PERDÓN?

 

La palabra “perdón”  para cada persona suena distinto y más aun ante diferentes circunstancias. En momentos nos pueden causar preocupación, deseos de huir, o bien alegría por la posibilidad de que se arregle alguna situación que lastima y se desea que se restaure.

 

Se dice que es un proceso porque después de la herida que se causa a la persona comienza a descubrir toda una gama de sentimientos hacia la persona o situación que lo causó y que antes no había vivido de esa manera.

 

Para muchos el que tan sólo  se les insinúe el perdonar les produce mayor enojo del que sentían. Por esto se  hace necesario clarificar lo que es y lo que no es el perdón. Perdonar no es justificar el daño que se hizo. Tampoco es aprobar, ni mucho menos asentir que estuvo bien lo que se hizo. Perdonar no es quedarse pasivo ante el daño que se recibió, menos aún validando ese daño.  Muchas veces se piensa que si se perdona es como permitir que se repita el daño, y eso tampoco es perdonar. Ha de cuidarse también que al perdonar no se sienta que se queda a un nivel superior que el agresor. Lo que sí es, liberarse de los efectos debilitadores como la rabia, el resentimiento y del rencor crónico.

 

Hay diferentes actitudes ante el daño recibido. Una es negar que el daño haya afectado; otra que de manera inconsciente se reprima por la intensidad de éste; también que de manera consciente se reprima por miedo, por vergüenza o por dolor. En estos casos u otros en los que no se tocan los sentimientos que la ofensa produjo quedan tapados, pero latentes. De alguna manera surgen, puede ser que de manera inexplicable y desproporcionada, bien sea el enojo, el miedo y la tristeza. La persona misma no se explica porque reacciona así.

 

El primer paso es reconocer que  ha sido lastimado, sea grave o leve el daño. Enfrentando la realidad que está viviendo, cuanto más se apartan de ella, más infelices y confundidos se vuelven. Reconocer los sentimientos, ya sean de amor o de odio en el camino al perdón da la oportunidad de conseguir una mejor integración de los  afectos. Es un darse cuenta de lo que es real en la persona.

 

De las emociones que poco se aprenden a manejar son la ira, rabia o enojo. Reconocer que se les tiene es un buen primer paso dentro del proceso del perdón, así como en las relaciones humanas. Puede ser una virtud si se expresa y maneja adecuadamente, ya que mueve a esclarecer situaciones y da la energía necesaria para actuar con acierto. Se puede decir que la ira, así como las otras, protege a la persona ante probables daños ulteriores. Recordando de no reprimirla, ni suprimirla para que no se presente una reacción exagerada.

 

La ira enterrada se convierte en resentimiento, amargura y culpa y así  se va echando hacia adentro permaneciendo en el nivel inconsciente o en el consciente. Es común  encontrarse con personas que se ven apacibles, condescendientes y súbitamente al enojarse se transforman, aprietan las mandíbulas y se quedan en silencio, volviendo a reprimir estos sentimientos que no supieron ser manejados a través de un cauce adecuado. La ira reprimida con mucha frecuencia causa depresión. Es común encontrar pacientes deprimidos, que al tocar y trabajar su ira en terapia sanen de su depresión con mayor rapidez. La ira no reconocida o no atendida es una de las causas asociadas a algunos de los desórdenes mentales que implican un escape de la vida y de la realidad. Suele reprimirse por miedo a herir al otro o por miedo a dejar de ser querido o por miedo a la ira del otro. El riesgo es que al tener miedo a la ira del otro se perciba dominado e intimidado por la persona. Si  se siente incómodo con la propia ira fácilmente se amedrentará con la de los demás. La ira también puede salir por medio de risa, es un ajuste creativo dentro del manejo de este sentimiento. De todas estas maneras se pierde libertad. La ira o enojo no significa violencia. La violencia es más bien la ira fuera de control.

 

La ira y el rencor son emociones muy fuertes que desgastan nuestra energía de muchas maneras. Al estar en contacto con ellas se encuentra que encubren sentimientos de impotencia, desilusión, inseguridad, aflicción y miedo. Si no se toca esa ira quedan atorados ahí los otros sentimientos. Al seguir en ese re-sentir sin tocar  los sentimientos la persona se convierte en su propio carcelero. Al ir reconociéndolos y desdoblando los sentimientos se va dando el derecho de establecer límites, ya que se están respetando los propios. Es comenzarse a habitar en sí, en el cuerpo y permitirse sentir desde las sensaciones hasta los sentimientos más sutiles. El daño o la salud  están en la persona total.

 

Reconocer la propia ira es vivir en sintonía con lo que se piensa, se siente y se hace. Aceptarse con sentimientos de enojo es saludable. Un buen manejo de estos sentimientos es salud y madurez mental y hacen más auténticas las relaciones humanas. Esto lleva a la persona a ir viviendo sin miedo y sin culpa. Un buen ejercicio en el sano vivir es ser compasivo con los propios sentimientos.

 

En la relación con el otro se puede herir al expresar la ira o enojo aun adecuadamente, esto puede hacer sentir mal, pero no culpable. Se puede,  al no expresarse,  desarrollar una actitud destructiva y el resentimiento y la amargura se pueden hacer más profundos. Ser congruentes y sinceros lleva a vivir de manera más sana y  ayuda a ser más íntimos consigo mismo y tener más apertura para amar.

 

Hay beneficios al aferrarse al resentimiento y al enojo. Esto da a la persona la posibilidad de hacer sentir culpables a los demás y desde  manejarse a través del control. La persona que se instala ahí tiene la sensación de poder y dominio sobre los demás. También puede servir de impulso para que se hagan las cosas, lo que convierte a cualquier liderazgo en algo desagradable y negativo. La rabia sirve para evitar comunicarse y  así queda protegida la vulnerabilidad de la persona, se protege de expresar sus sentimientos y en muchas ocasiones la salva de decir la verdad de manera clara y completa sobre el evento en conflicto. En muchos casos es el vínculo para relacionarse, esto se observa en las parejas, que se aferran a la relación sólo desde esta lastimosa forma de enojo y pleito.

 

Hay otros dos “beneficios” que se convierten en graves riesgos. Uno es el construir la fortaleza para desde ahí vivirse como víctima hasta que se hace como una forma de vida y puede justificar sus errores y agresiones por lo recibido en el pasado. Es el victimismo que se convierte en verdadera neurosis, ya que interiormente va destruyendo lentamente su relación con los demás. La víctima se llega a convertir en alguien que necesita ser lastimado para confirmarse en su papel y en su resentimiento culpar a los demás. El riesgo es el aislamiento del individuo. El otro es la no responsabilización, que va de la mano con la anterior,   ya que al estar instalada la persona en lo que “me hicieron” se justifican los errores, las omisiones y “todos” los fracasos de la vida. Es mucho más que eso, es como si el maquinista de un ferrocarril se sentase en el último carro dejando el control de todo, no importando un descarrilamiento, o bien que no se llegue al destino esperado, o más aún a destinos más atractivos, sólo porque se soltó el poder de llegar a mejores destinos en aras de lo que hicieron los demás en “mi vida”.  Esto es más común de lo que se piensa, ya que se confunde lo que es una causa con una justificación. Es muy sutil y bastante común en nuestra cultura de hoy.

 

Buscando profundizar en lo que es el perdón se descubre que es algo olvidado por los profesionales de las grandes escuelas de la psicoterapia, tal pareciera que siendo un asunto de importancia en el campo de la religión y de la moral, deja de serlo para los profesionales que se ocupan de la psicología del individuo. Sin embargo, está ahí en la persona humana, en la cotidiana relación con los demás y consigo misma. Es parte del dinamismo natural e intrínseco de ésta, tocando lo más profundo de su ser y distorsionando o dándole sentido a su psicología y su existir. Quizá para muchos no tenga valor o interés el hecho de perdonar, y se vive la otra opción que es no perdonar. Se puede  reprimir, evadir o simplemente negar y el conflicto ahí subyace. Es ese individuo, ese “in-dividuum”, ése que como dice V. Frankl que no admite partición,(1) el que no puede dejar a un lado del camino incursionar en el proceso del perdón, porque está en él.

 

El perdón es una respuesta ante la vida, que ayuda a sanar heridas y a encontrar sentido. Se decide cancelar la deuda del ofensor con el deseo de “soltar” los sentimientos que se produjeron. Esto “no elimina automáticamente las tendencias emocionales, los sentimientos generados por la agresión, pero lleva a no consentirlos y a poner los medios para tratar de modificarlos progresivamente”(2). La decisión va acompañada de un cambio de enfoque, de ver más allá de las actitudes del agresor, tratar paulatinamente de ver la esencia del otro, su parte dañada.  De esta manera y con el tiempo se va adquiriendo la capacidad de ser compasivo.

 

El proceso lleva al cambio de actitud, de irse responsabilizando de cómo se percibe a sí mismo. Es un ir echando a andar el engranaje da la propia responsabilidad, ya no más de lo que se fue víctima, sino de cómo se quiere vivir de aquí en adelante. Este es un proceso de maduración reconociendo el verdadero ”yo” en el evento para autodescubrirse y darse a sí mismo una dirección más libre a la propia vida. “Nos convierte gradualmente de víctimas de nuestras circunstancias en poderosos y amorosos cocreadores de nuestra realidad”(3)

 

Al irse abriendo a esos sentimientos que  dañan, reconociéndolos  y  propiciando que se vayan diluyendo, se va adquiriendo compromiso con las percepciones propias, ya sin temor. Se abren nuevos conductos para  amar más de manera espontánea. Así va llevando a la paz y a descubrir la verdadera fuerza, la que surge del propio “yo”.Lleva tiempo vivir con los sentimientos, no hay tiempos establecidos para nadie; sin embargo, esas cicatrices son signo de que  es capaz de ir más allá, de que se tiene esa voluntad, esa fuerza que antes  se desconocía.

 

Los estudiosos del proceso del perdón, bien sean orientadores, psicólogos, terapeutas o religiosos, al desarrollar sus teorías aportan  de manera implícita  pasos para el proceso. Algunos de ellos tienen cursos de manera formal  que son a la vez talleres en los que se trabaja el proceso. Uno de estos es el que han venido impartiendo Dennis Linn y Mathew Linn por más de treinta años. Ellos en su ministerio como terapeutas cristianos se dieron  cuenta que las heridas o conflictos que se instalan y se viven como resentimientos, son como pequeñas muertes. Descubrieron que las etapas para perdonar a una persona  son como  aquellas cinco etapas que la doctora Elisabeth Kübler-Ross observó en sus pacientes terminales. Es un modelo que ha ayudado a mucha gente y ha sido reconocido por asociaciones profesionales y universidades. Ellos como otros estudiosos descubren la conexión que hay entre las emociones y la salud física y, al mismo tiempo, la espiritual y cómo el proceso del perdón favorece la salud en las personas.  Otro fin en estos cursos es favorecer la no violencia, esto es, la paz exterior e interior.

 

Basándose los hermanos Linn en lo que descubre E. Kübler- Ross desarrollan en sus talleres de manera dinámica y clara, las cinco etapas del perdón:

 

“-Negación, no acepto que estoy herido.

-Ira o enojo, es culpa de ellos que esté herido.

-Regateo, impongo condiciones que deberán cumplirse antes de que esté listo a perdonar.

-Depresión, es mi culpa que esté herido.

-Aceptación, espero crecer a partir de la herida.” (4)

 

Todo esto evidencia que perdonar es un proceso. Es ir trabajando con los juicios y percepciones del pasado que se están proyectando en el presente y valientemente soltar la propia posición para abrirse al futuro a un nivel más elevado ya que por lo vivido, por la apertura, por una nueva manera de percibirse necesariamente está más crecido y más maduro.

 

 

 

LA LOGOTERAPIA Y EL PROCESO DEL  PERDÓN

 

La cuestión es si la logoterapia, así como el análisis existencial pueden ver al proceso del perdón como algo propio de su estudio y práctica. Se sabe  que la logoterapia parte de la dimensión existencial-espiritual, que es propio de ella el mundo de los valores, así como parte esencial la búsqueda del sentido, que es una filosofía de vida, además de serlo en la psicoterapia. El análisis existencial precisamente es el análisis sobre la existencia humana que ve a ésta desde su individualidad, con su singularidad de las experiencias cotidianas y en un ámbito histórico social determinado. Es éste un análisis hacia lo espiritual teniendo como constitutivos básicos la libertad y la responsabilidad.

 

Viktor Frankl cuando habla de la persona dice que es dinámica por la capacidad que tiene de distanciarse y apartarse de lo psicofísico manifestándose lo espiritual. Dice “Ex – sistir  significa salirse de sí mismo y enfrentarse consigo mismo, y eso lo hace la persona espiritual en cuanto se enfrenta como persona espiritual a sí misma como organismo psicofísico. Sólo este autodistanciamiento de sí mismo como organismo psicofísico constituye a la persona espiritual como tal, como espíritu.”. (5)  El proceso del perdón justamente es ese autodistanciamiento de sí mismo para estar de otra manera. Es como diría S.Kierkegaard, el vivir en la experiencia, el concientizarse de la propia humanidad a través de ir trabajando con el evento en lo propio de la existencia. La persona puede percibirse distinta al hecho, descubriendo y explicándose lo que le ha sucedido  y cómo lo ha vivido. También incursiona en lo que es su finitud y en descubrirse contingente,  arriesgándose a ver al otro contingente y finito como ella. Esto la hace espiritual yendo más allá de lo psicofísico, siendo un ser facultativo logrando ir más allá. En ese ex – sistir  el ser humano se conoce más y conoce al otro, se tolera más y respeta al otro, se ama más y ama al otro. Es un ir viviendo más en la esperanza y en la confianza.  Es ir viviendo más en la conciencia de las relaciones consigo mismo y con los demás. Así llega a la responzabilización  de la propia vida tomando postura con mayor conciencia de la propia libertad.

 

La logoterapia ve al individuo con la necesidad de descubrir y vivir una vida llena de sentido. Lo que está viviendo le duele o no le gusta o le hace sentir que le falta algo y  sólo así se explica el hecho de que se presente ante una persona que desconoce y abre lo más íntimo de su ser cuando va a una terapia, buscando intuitivamente por el momento un sentido a lo acontecido y una nueva dirección de estar en el mundo, un nuevo sentido a su vivir. Es esta, la Voluntad de Sentido, la motivación humana básica que va moviendo al ser humano en esa búsqueda. En ese  “ no sé qué pasó en ese momento”, “no entiendo porqué tengo que vivir esto.....  pero estoy muy enojado ... pero estoy muy triste... no sé qué hacer.. odio a ése ... me odio por lo que hice” y  es ahí el momento en el que el logoterapeuta acoge al paciente para que se descubra y  comience el proceso,  y a través de este caminar descubra el o los sentidos para vivir de una manera más plena.

 

La persona puede llegar con esta información a la terapia; sin embargo, hay que atender delicadamente aquello que no trae el paciente en un “primer plano”  y que es importante advertir lo que ya sucedió, que no se atendió, que sólo se dejó pasar, siendo éste  el campo de los “asuntos inconclusos”. Es aquello que fue reprimido como  un sentimiento, el recuerdo de un evento, la frase que se quiso decir y no se expresó, dejando de manera consciente o inconsciente una sensación de no acabado. Esto queda grabado hasta en el  organismo. Hay energía acumulada y malestar inexplicable, todo esto por no haber sido atendidos. Esto genera tensiones físicas, emocionales y mentales. Se hace necesario detectarlos bien sea por medio del diálogo socrático, de las fantasías, de las metáforas o de los sueños y atenderlos, ya que necesitan ser atendidos porque  estas situaciones quitan energía y calidad de presencia en lo que se va viviendo y sintiendo. Se puede decir que se vive en “gris”.  En ocasiones se llega hasta el estrés. Los eventos o circunstancias que generaron el resentimiento y el rencor son asuntos inconclusos, pues se han reprimido, ignorados o bien vividos en la hiperreflexión, pero  han sido desatendidos. Es en la terapia dónde se deben detectar y darles cauce para iniciar el proceso.

 

 

Todo este vivir, todo este sentir entra en la dimensión existencial – espiritual  que es propia del ser humano y  es la logoterapia la que se apoya básicamente en los recursos del espíritu.

 

 

   Aportaciones de la Logoterapia al proceso.

 

Lo primero que se busca es que la persona contacte con su poder desafiante del espíritu y desde ahí pueda elaborar su proceso del perdón. Para esto es necesario que se dé cuenta que tiene ese poder que la lleva a trabajar con el daño recibido para que desde ahí pueda enfrentar saludablemente el proceso.

 

¿Cómo puede la persona contactar esa dimensión espiritual? Contactando a través de su conciencia, a través de explorar caminos que la llevan a descubrir sentidos. Es la consciencia la que le va dando la dirección  al sentido. Es por medio de las señales del camino que puede descubrir los sentidos, es la vía para desbloquear la dimensión espiritual de la persona. 

 

 

1. – Caminos o áreas hacia el sentido.

 

 

Autodescubrimiento.

 

Después de experimentar una herida y vivir con los sentimientos que ésta produjo, ya sea ira, resentimiento o cualquier otro, la imagen o autoconcepto que tiene de sí la persona queda opacado o nebuloso. Aún antes del evento es común que se viva con “máscaras” que protegen ante lo no resuelto para poder vivir.  Así que se hace necesario ayudar a la persona a que se auto descubra y encuentre que ella no es el síntoma,  que el evento y el resultado de su herida están ahí,  pero ella es independiente de esto, y lo que es más, al descubrir su verdadero yo da una mirada al sentido y que en su potencial está como se puede proyectar hacia sus metas.

 

Los ejercicios son de acuerdo a la persona, a su temperamento y al momento en que se encuentre. Pueden ser:

 

-       Hacer una lista con los aspectos que más le gustan de sí y otra con los que menos le gustan.

-       Traer a la memoria cuentos o canciones de la infancia y analizarlos en la sesión llevando a la persona a entrar en algunos de los personajes o situaciones y desde ahí expresarse.

-       Escribir ella misma un cuento y si es pertinente que sea con el tema de su resentimiento poniendo en el personaje lo que surja espontáneamente de su conciencia.

-       De manera proyectiva como si ella fuera un objeto o un animal.

 

 

Todo este trabajo se hace, por supuesto, a través del diálogo socrático. También trabajando en contacto con su consciencia para que las respuestas  vengan desde ahí,  desde lo profundo de sí.

 

 

Búsqueda de alternativas.

 

Si algo ha hecho una herida para que la persona permanezca en el resentimiento es atraparla  en un laberinto del cual no ve, ni sospecha que hay salida y mucho menos salidas. Es esencial en el ser humano la capacidad de elección, de hecho es lo que hace a cada momento, lo lastimoso es carecer de conciencia de que se tiene este potencial y que no se ha explotado de manera adecuada ni suficiente.

 

La persona ha de descubrir  que hay una parte que no puede cambiar y otra que sí está en sus manos modificar o cambiar.  La que no se puede cambiar es el evento, situación o herida que ya sucedió, pero encuentra que ella puede escoger cómo la quiere vivir de aquí en adelante.  En este cambiar la manera de vivirla está la diferencia en la actitud lo que la lleva a encontrar sentido. Como dice J. Fabry “Aquí la opción no es aceptar o rechazar la situación penosa, sino si debe uno ser destrozado por la cruel realidad o encontrar alivio en alguno de los aspectos positivos de esas circunstancias”.(6)

 

Ejemplo: una chica vive con su mamá porque sus padres están divorciados. La mamá enferma de cáncer  y le aconseja a la hija que cuando muera no viva con nadie ya que  considera que está lista para bastarse a sí misma. Muere cuando tiene diecinueve  años y haciendo caso a la mamá se queda en su casa viviendo sola. Todo se resuelve favorablemente, pero al casi no tener familiares  pasa tres o cuatro Navidades sola. Va a la iglesia y regresa a su casa, quedándose a cenar sola.  Es algo que fue profundamente triste para ella, haber perdido a la mamá, que el papá fuera tan frío con ella y que los pocos familiares que tenía no la hubiesen invitado en esa especial fecha. Se casa y ya teniendo su propio hogar con su esposo e hijos celebra las mejores fiestas navideñas invitando a muchos familiares a su casa. Tuvo las dos opciones ante lo que había vivido: amargarse y evitar celebrar la Navidad o dejar a un lado el resentimiento y disfrutar ahora lo que no tuvo y es más, trascender abriendo las puertas de su casa a muchos familiares.

 

Cuando se encuentran las relaciones rotas entre dos personas que sí se quieren, pero hay dolor o resentimiento por lo sucedido hay varias opciones a elegir:

 

Opciones                                         Positivo                                   Negativo

 

Enviarle una carta                  Aclara y dice cómo             Hay riesgo de cambiar      

                                              se siente.                             de opinión y quedar                                                                                              

                                                                                          de manera permanente

                                                                                          lo expresado.

 

Hablar personalmente.          Expresa lo que sien-           Se siente demasiado     

                                         te y lo que pasó.                  vulnerable

 

Nunca volverle a hablar        Evita la confrontación.          Riesgo de perder la                                                                                           

                                                                                            relación.

                                                                                              

Hablar juntas estando           Puede ser más sereno          Se corta la 

un mediador.                        el diálogo.                               espontaneidad.

 

 

Esperar a que pase              Ve las cosas con

más tiempo                          con mayor tranquilidad

                                            y objetividad.

 

 

La persona se da cuenta que tiene múltiples opciones, que está en sus manos decidir los tiempos y la manera de hacerlo. Esto propicia que vaya descubriendo el poder desafiante del espíritu en ella. Es así como va viendo que hay opciones, que lo que la ha tocado vivir no la tiene en un callejón sin salida. Así que puede decidir hacerlo más adelante volviendo a cuestionarse lo positivo y lo negativo de la solución que tome.

 

Si la persona que causó el daño ya no vive o es imposible tener diálogo con ella están los recursos de:

 

-       La silla vacía para que pueda tener experiencia de cómo se percibe a sí misma y al otro.  Clarifica lo sucedido y puede estar en contacto con sus sentimientos, lo que es muy sanador, y desde ahí elegir cómo quiere seguir viviendo en cuanto a sus  sentimientos y sus actitudes.

 

-       Escribir una carta expresando sus sentimientos en general y diciendo porqué actuó de determinada manera. Esto ayuda a que descubra que en ese preciso momento no tenía otra manera de haberlo vivido. Así puede aminorar su juicio sobre lo sucedido, desde las limitaciones de ambos.

 

En momentos posteriores puede reflexionar sobre lo que le ha servido la o las experiencias, así lo que ha aprendido de esto y, sobretodo, a seguir con su vida en la confianza de que hay otras alternativas.

 

 

Unicidad de la persona.

 

Un trabajo importante para el logoterapeuta es lo que hace en lo relativo a la unicidad con la persona. Para recordar y entender un evento, una pérdida, o una nueva etapa de vida,  y toda la carga emocional, de enojo o resentimiento que tiene la persona,  solamente a través de una mayor conciencia de su unicidad puede ir comprendiendo y aceptando su manera de actuar y de sentir y así  evaluar sus aciertos y errores y poco a poco ir siendo más compasivo consigo mismo.  También y sólo desde ahí puede llegar a tener menos juicios sobre el otro, y sin conceder que esté bien el daño recibido, puede soltar más fácil el resentimiento hacia la otra persona. No se trata de justificar el daño, se trata de soltar ese veneno que no permite que se valore a sí mismo, distanciándose de su síntoma para volver a la creatividad en sus relaciones. De hecho, V. Frankl define el amor como la habilidad de descubrir la unicidad de otra persona, incluyendo potencialidades  de las que nadie más se ha dado cuenta y la facultad de ayudar a la otra persona a actualizarlas. Esta unicidad ayuda a que la persona se descubra fuera de creencias y patrones familiares y culturales, para que llegado el momento de sus acciones y decisiones sean desde ella misma, de lo que verdaderamente le dice la voz de su conciencia, lo que va de acuerdo a su esencia y a su ser. ¡Cuánto bien le haría a los miembros de comunidades y naciones distanciarse de odios y rivalidades que no son propios y que los destruyen! . En palabras cotidianas es un decir “hasta aquí, eso es tuyo... y esto otro es lo que verdaderamente pienso y siento yo”.

 

El logoterapeuta puede recurrir a preguntas que lleven a la persona a descubrir su peculiar manera de sentir, pensar y actuar en la que se descubre diferente a los demás. Por ejemplo:

 

-       ¿Qué cararacterísticas tuviste como gerente de piso que dio como resultado que las cosas marcharan tan bien, y ahora que  ya no trabajas ahí y has regresado a visitarlos te reportan que todo está “de cabeza”, que las cosas ya no funcionan como antes?

-       ¿Porqué razones fuiste escogido para coordinar el evento tú y no los otros aspirantes?

-       ¿Porqué crees que te esperó tu tía para mudarse de casa hasta que regresaras de viaje?

 

Otra manera menos directa y más profunda es a través de que describa su casa, o bien su habitación de la manera en que están dispuestos los muebles y adornado. Una vez que lo describe se le pide que hable como si fuera alguno o varios de los objetos que están ahí, que expresen  para que sirven y cómo se sienten ahí. A través del diálogo socrático se le lleva a tocar a mayor profundidad para que descubra  lo que significan desde ella. Puede también descubrir su unicidad cuando hable de sus proyectos y anhelos. Tiene más energía si se lleva a cabo mediante una técnica espacial durante la sesión.

 

 

Responsabilidad y libertad.

 

Un aspecto bastante doloroso en el resentimiento es que se asume responsabilidad por lo que no se tiene que asumir y no se ha asumido en lo que sí se tiene que hacer, y de esta manera no se descubre el sentido. El hecho que causó la herida ya pasó y no puede ser cambiado en sí.  Ya murió el ser querido o ya fue insultado o calumniado, o ya se dio la ruptura en la relación con su pareja, o bien, ya fue vivido el abuso, del tipo que fuere.  El camino que se recorre en adelante es asumir lo que sí ha de ser asumido para encontrar el sentido.

 

Ejemplo: Una mujer que llega a consulta porque se siente con bastante ansiedad y bajísima capacidad para decidir sobre asuntos importantes y aún sobre los más insignificantes. Su plática en consulta y fuera de ésta gira invariablemente sobre las circunstancias que antecedieron a la muerte de su marido hace ya seis años. Se culpa de no haber llevado a su esposo al doctor tiempo antes, “bueno, lo pude haber hecho aún contra su voluntad.... claro que era leve el dolor...pero si yo lo hubiera hecho... ¿verdad que todavía estaría vivo?”. No dejaba de atormentarse sintiéndose responsable. 

 

Es importante trabajar en la terapia los aspectos del evento, cómo reaccionó la persona ante los daños e injusticia que experimentó, incluyendo lo que llegó a creer acerca de ella y lo que hizo al haber sido lastimada. Puede causar frustración, depresión y un injusto sentimiento de culpa, por lo que debe ser atendido.  Es importante también  que descubra cómo está viviendo al día de hoy,  por la manera en que se auto valora, también por la manera  cómo está respondiendo ante circunstancias similares. Así se da cuenta que aun percatándose  que falla y es desatinada en sus reacciones no lo puede evitar si no hace algo, si no mueve su energía de diferente manera. En el caso de esta viuda que descubra lo que fue responsabilidad de su marido, que aceptara la limitación humana tanto en su marido como en ella y ya después que se perdona a sí misma. Y de aquí en adelante que asuma su responsabilidad ante su propia vida, respecto a  su salud física, emocional y espiritual, y también atender la relación con sus hijos que la necesitan con una mejor calidad de presencia.  

 

Por medio del diálogo socrático clarifica que ella no es el síntoma. Si fue víctima de abandono por sus padres, ella no es una “abandonada”, la acción la cometieron los padres; si fue golpeada, ella no es de segunda ante los demás. Lo que importa es que la persona deduzca que es más que el hecho, que es distinta al hecho y que no es la responsable de lo que sucedió.

 

Estando en contacto  con la conciencia va descubriendo respuestas que la llevan a ver de manera fenomenológica lo sucedido. Es un delicado trabajo con la responsabilidad propia y del otro. Así se van abriendo espacios de libertad.  Sólo ante la propia responsabilidad se puede ir soltando el pasado y comenzar a perdonarse, pedir perdón y perdonar al otro.

 

Ubicada en el hoy, asumir como propia la responsabilidad sobre las situaciones que sí puede controlar en el aquí y en el ahora. Si sufrió abandono por sus padres que revise cómo está amando a los demás, qué tan equilibrada es en sus relaciones y, algo que es muy importante, qué tanto cuida de sí misma.

 

Es necesario que vaya descubriendo el poder desafiante del espíritu para dejar de  vivir como víctima de lo que sucede y sucedió y así  poder  abrirse a cambios de actitud, a ser más creativa y espontanea y a disfrutar con mayor conciencia del sentido del humor y de la belleza al derredor de la persona. Cuando ella se da cuenta que a pesar de la adversidad ha podido sobrevivir y se percata de que ha tenido dañadas unas áreas, pero de manera intuitiva se han abierto otras, comienza a encontrar que tiene una fuerza propia y que no había reconocido en ella antes.  Así mismo deja de culparse y de sentirse mal consigo misma porque se da cuenta  que ante las circunstancias hizo lo mejor que pudo.

 

Elisabeth Lukas propone un ejercicio de cinco pasos para la búsqueda de sentido por medio de la responsabilidad:

 

“1.- ¿Cuál es su problema?

 2.- ¿Dónde se ubica su área de libertad?. Este paso requiere que se relacionen aspectos sobre los que se tiene control y aquellos que tienen que aceptarse como son.

 3.- Enlistar las alternativas dentro del área de la libertad.

 4.- ¿Cuál de ellas tienen más sentido para uno?

 5.- ¿Cuál sería el primer paso a dar en el sentido seleccionado?”

 

Este ejercicio es para aplicarlo después de algunas sesiones cuando ya se conoce  el problema de la persona. Es útil porque propicia el autodistanciamiento y la persona logra encontrar desde ella cómo vivir en adelante dentro del área de la libertad. Al surgir desde su espíritu se responsabiliza de lo que ha elegido.

 

El trabajo sobre la responsabilidad y la libertad  se hace en relación al problema del resentimiento y el rencor y también,  para  las demás áreas de la vida de la persona, ya que se busca que sea una forma de vida el encontrar el sentido con elecciones personales, pero  con responsabilidad.

 

 

Autotrascendencia

 

Autotrascender es ese salir de sí mismo para tocar o llenar con generosidad el momento, el día o la vida del otro. La pregunta que salta es “quiénes son los que trascienden” o “cómo se llega a trascender”. Tener un record  con el perfil de los que sí lo logran y los que no, resulta  bastante difícil y fuera del tema que aquí nos ocupa. Aquí se habla del que sufre y busca respuestas, aquél que abre su corazón hablando de sus heridas. Es justamente ahí dónde se abre un espacio fabuloso, cuando al tocar su dolor se abre a la indigencia del otro.

 

El sufrimiento es el “personaje” al que se le saca la vuelta.  Pareciera que si se le tocara muy de cerca contagia con su “mal”, así que sólo se dice que es un misterio, siendo que hombres y mujeres de todas las edades lo viven. Este personaje, el sufrimiento, es la energía que sirve al ser humano para que de manera consciente o inconsciente pueda moverlo hacia delante. El sufrimiento desinstala al ser humano  y le abre caminos desconocidos hasta ese momento. Se presenta como ilógico y absurdo. Ahí está parte del misterio. La experiencia enseña que algunas personas que están pasando por el sufrimiento se van acercando sin darse cuenta o viceversa, al gozo del encuentro con el otro. Es frecuente escuchar a personas relatar como al estar en la sala de espera de terapia intensiva entran en contacto fácilmente con otros que están padeciendo lo mismo y sin conocerse se establecen lazos de cariño y compasión. También los familiares de adictos que están en grupos de apoyo colateral a la de estos forman fraternidades de personas bastantes disímbolas. ¿Se puede decir que el sufrimiento suelta amarras de egocentrismo en el espíritu?.  Lo que  se ve es que algunas personas que sufren trascienden, sueltan más fácil su pasado; descubren otros sentidos, otros valores que hacen que empiecen a decrecer los recuerdos y  resentimientos, dejan de estar en ese especial lugar.

 

Es interesante que esta generación del inicio del tercer milenio se interpelara sobre la  forma de afrontar el sufrimiento, claro que se está hablando del sufrimiento que es destino, no del neurótico  y que al confrontarse de frente  ante las personas que trascienden a su dolor y que dan lo mejor de sí a los otros, discurran si puede descubrir un sentido para ellos donde hoy por hoy hay un deseo de huir, o bien, de atorarse y amargarse.

 

Se puede trascender directa o indirectamente dentro proceso del perdón. Directamente cuando se ha trabajado  con una herida  y al final del proceso   resuelven que su experiencia los lleva a ayudar a otros. Es el caso de aquellas personas que de manera trágica, ya sea por accidente o por alguna enfermedad incurable pierden a un hijo y después de su proceso resuelven formar grupos de apoyo para ayudar a otras personas en las mismas circunstancias.  De manera indirecta cuando espontáneamente se dan a los otros como fruto de una experiencia dolorosa, pero sin percatarse que es una reacción inconsciente por lo vivido. Como el caso de una mujer que al ser invitada acepta  dar cursos de autoestima a una comunidad de personas de escasos recursos y  después de tres o cuatro meses, siente que ya es el tiempo de dejar su terapia en la que ha estado por más de cuatro años. La razón por lo que llegó a esta terapia fue por un problema de incesto y en el momento que ella empezó a ayudar a otros a trabajar con su autoestima dejó de ser  su herida  el foco de atención en su vida.

 

Las personas que trascienden están más cerca de perdonar porque han encontrado otros sentidos en su vida.  Se eleva su autoestima  y ya no necesitan situarse en el pasado para vivir, pueden dejar el dolor y alejarse de la injusticia. Puede quedar la cicatriz, pero ya no se siente con la intensidad que antes. Es más fácil que descubra que esa energía que estaba puesta en el rencor  la puede distribuir para atender a los demás y a sí misma.  En ese caminar de manera diferente, descubre que el perdón es ir hacia delante.

 

El acto de perdonar  per-se, es autotrascender, es ese salir de sí mismo, soltando los sentimientos que eran identidad para sí y lanzarse a buscar nuevos sentidos para la existencia.

 

Desgraciadamente no todas las personas logran autotrascender ese resentimiento y es ahí donde la mística de la logoterapia ofrece trabajar con la parte espiritual del individuo  en la búsqueda del sentido.

 

 

Los valores

 

Así como la logoterapia se ocupa de estas cinco áreas para llegar al sentido,  también trabaja con  otros auxiliares que  sirven a la conciencia para descubrir la dirección y estos son los valores. Existen los valores universales, los transmitidos bien sea por la cultura o los familiares y están los que la persona ha ido acuñando con el tiempo y sus experiencias. Estos ayudan a ir caminando en automático y de muchas maneras son prácticos en lo simple o cotidiano, pero en  otros momentos pueden no coincidir unos con otros y así ocasionar dudas, conflictos y hasta neurosis.  Así se da dentro del proceso del perdón; se presenta un verdadero torbellino en el interior de la persona entre lo que siente, lo que piensa, el recuerdo doloroso de lo vivido y sus valores.

 

 De manera ideal, los moralistas dirían que “los valores son los valores en toda circunstancia”, pero la experiencia simplemente evidencia que los valores se pueden contraponer después que se ha sido dañado, así mismo se pierde la objetividad cuando el enojo y el resentimiento, o cualquier sentimiento que está rebasando a la persona. Es ahí el papel del terapeuta que por medio, primero que nada de un acompañamiento empático,  y después con un buen acompañamiento a través del diálogo socrático, va guiando a la persona a encontrar respuestas y desde ahí descubrir  los sentidos y así  darse cuenta que se da un nuevo orden en su escala de valores.

 

La persona puede ir descubriendo “la otra realidad”, la que ya vive, aquella que está fuera de los fantasmas del resentimiento, pero que no tiene la conciencia de que sí la desarrolla. Esta “otra realidad” es la de los valores de creación y toca al logoterapeuta guiarla para que se dé cuenta  que es capaz de dar algo al mundo, que tiene el potencial de ofrecer algo a través de su trabajo, quehaceres o compañía. Esto la autodistancia de la situación y va encontrando asuntos valiosos en su vida. Así que de manera natural va creciendo su mundo interior. Si se da el caso que no encuentra en sus experiencias algo que considere como valor de creación es labor del logoterapeuta que por medio de las logopistas la oriente a realizar esos valores de creación.

 

“La otra realidad” también se descubre con los valores de experiencia que nutren a la persona cuando va despertando su sensibilidad ante todo lo que es don, puede ser en la naturaleza, en el arte o en las relaciones personales. Quizá ante un patrón familiar viciado sólo se resalta lo negativo de la vida y se deja de lado lo bello, lo bueno, así que el llamado aquí es para rescatar ese mundo que ha quedado oculto. A mayor descubrimiento de lo positivo menor energía en lo negativo o tóxico. Es el momento de re- valorar a las personas que han sido significativas en su vida y que han dejado una huella de ternura, de amor o que fueron aquellas o aquella que la rescató y hoy puede encontrar sentido ante ese momento clave de su vida. Y si ha sido difícil descubrir en los valores de creación algo significativo, quizá  así se sienta motivada para también ella, como la persona que la rescató, puede hacer algo por otra persona que lo necesite. Puede así en el encuentro con el otro irse convirtiendo en una persona más plena.

 

El proceso del perdón está directamente relacionado con los valores de actitud, ya que estos hacen referencia a una postura activa del ser humano que está rebasado y confrontado por algo más allá de él, esto es algo que ya sucedió y que no puede cambiar. Sin embargo, tiene la capacidad de ejercer su libertad espiritual para tomar una actitud ante el hecho que le está tocando vivir. Es el valor de actitud el que se enfrenta a la triada trágica del sufrimiento, culpa y muerte. El proceso del perdón toca esos tres aspectos del padecer humano. El sufrimiento es ante el recuerdo de la herida recibida y como se ha venido cargando con aquellas disminuciones en la manera de vivir los valores de creación y experiencia; la culpa cuando se reconocen los errores  que han  causado daño a otros, o bien, lo que ya se dijo antes, la falsa culpa o culpa neurótica ante el evento  que se vive como una distorsión de esa realidad, centrándose en su pasado y lo que la puede llevar hasta la autodestrucción. Y en cuanto a la muerte, cuando ha habido la pérdida de una persona amada y que en este proceso de duelo puede suceder que no se perdone a “la vida”, o bien al que murió, a sí mismo o a Dios. Se hace necesario con cuidado y paciencia que viva las etapas, como es el enojo, el regateo y la depresión y así que fluya todo aquello que está atorado para que así  ante la muerte del otro o la probable muerte propia, la persona se cuestione profundamente sobre el sentido que puede tener en su vida, el resentimiento y todos los enojos guardados que no se resolvieron en su tiempo. Lo que pudo haber sido una fuerte convicción comienza a tambalearse y empieza a carecer de sustento real. Esto no significa que se debe pasar por alto todo el daño recibido, no. Lo que importa es la re- valoración de las actitudes: una sincera búsqueda de la verdad, mayor apertura ante lo que se reflexiona y descubra y porqué no decirlo, un ejercicio más genuino de la humildad. Es justamente ante la muerte que el ser humano cuestiona profundamente el peso real de cada uno de sus valores.

 

El ser humano tiene el potencial de reparar  lo sufrido desde su parte espiritual. No es el que se queda ahí pasivamente, resignado y sin luchar. Iniciar un proceso de perdón es irse irguiendo, pararse en sus dos pies, reconociéndose en su dimensión humana con toda su capacidad de decidir. Así con esta actitud de responsabilidad y libertad podemos ir más allá de lo que ya se dio. La persona puede detenerse e interpelarse: ¿Es el espíritu el gran impulsor que en su vuelo pasa por encima del rencor y las cuentas llevadas meticulosamente?. Cuál es sino la grandeza a la que está llamado el hombre desde su inconsciente espiritual.

 

El trabajo con los valores en el proceso del perdón lleva a encontrar nuevos  sentidos. Es la oportunidad de descubrir otros valores que si no se hubiese atrevido  a entrar en el proceso hubieran permanecido ignorados. Es un ir más allá de cómo se concebía y vivía la vida. Es elevarse en el presente sobre el pasado para vivir una vida con mayor plenitud en el futuro.

 

 

Las técnicas de la Logoterapia.

 

 

 Diálogo socrático:

Es el instrumento que más se emplea en la labor logoterapéutica para ayudar al paciente a entrar en contacto con su consciente o inconsciente espiritual, en ese espacio donde se encuentra lo más genuino de sí mismo para que llegue a encontrar el sentido y que pueda hacer uso de sus recursos. En un proceso de perdón es invaluable, ya que por la unicidad misma de la persona, es ella la que enfrenta el evento del pasado, el contacto con sus sentimientos, la sencillez para mirarse a sí misma y ver al otro, así como  permitirse sentir cuando el momento de soltar los  sentimientos que lastiman y poder perdonarse y perdonar al otro.

 

 Derreflexión:

La persona se encuentra fijada con mayor o menor fuerza en el síntoma. Puede llegar a sentirse víctima de algo que es incapaz de solucionar y vivir esto en hiperreflexión.  La derreflexión destraba esta manera de permanecer, aleja a la persona de la observación intensa  y la ayuda a descubrir  un enfoque diferente  del problema, nuevos intereses, logros y metas significativas.

 

 

 

Modificación de actitudes:

 

Lo primero que se hace ante la persona que sufre con el resentimiento y el enojo, es alejarla del síntoma que lo causa para que así descubra que las actitudes no están determinadas por las situaciones sino por la persona misma y ya estando ahí que descubra nuevos significados ante esa situación.

 

Intención paradójica:

El proceso del perdón no es un campo para  esta técnica, ya que el centro de la situación son sentimientos de sufrimiento, dolor y enojo, mas que situaciones de miedo. Sin embargo, si hay conductas exageradas como consecuencia de relaciones fracturadas quizá, y con mucho conocimiento del caso y de la persona, se utiliza esta técnica, pero más bien recurriendo al sentido del humor para llegar a la risa. De esta manera se puede quitar carga negativa a aquello que lo amerite.

 

 

 

EN CONTACTO CON LA CONCIENCIA

 

El ejercicio de Contacto es una de las herramientas constantemente usadas dentro de la logoterapia para entrar en contacto con la conciencia.  Es llevar al paciente para que lo que está pensando, recordando y descubriendo, lo viva también dentro de otra dimensión: la del  CUERPO. Durante el proceso terapéutico se experimentan toda la gama de sentimientos y estos han de ser atendidos. Claro que aquellos sentimientos que se consideran positivos no presentan problema y se aprecian como valiosos más no por eso son suficientemente reconocidos y atendidos, por lo que la persona se pierde de vivir a mayor plenitud. Es importante que sean apreciados y reconocidos, ya que al relacionarse con afecto se produce un crecimiento, una sanación, una expansión, y un apoyo a la integración.

 

Cuando los sentimientos que se manifiestan son los “malos”, que lastiman o disgustan, fácilmente se cae en evasión  al asirse a cualquier cosa que sea un medio de escape.  Va de cosas tan obvias como drogas, alcohol, sexo y trabajo hasta actividades como el servicio a desvalidos, a familiares en desgracia “ayudándoles” a resolver sus vidas, ir de compras o hablar por teléfono. Es labor del terapeuta ir al origen desenmascarando las conductas externas.

 

Lo que fueron descubriendo Carl Rogers y su discípulo Eugene Gendlin fue que  cuando en cliente atendía sus sentimientos avanzaba más rápidamente en sus procesos, era tan sólo ese permitir que dedique un tiempo en silencio al sentimiento para que fuera un poco más que darse cuenta, y en ese  “acompañar” lo que está ahí  se desarrolla y avanza. Más adelante lo que encontró el Dr. E. Gendlin  fue que debajo de las sensaciones y emociones más obvias para las que tenemos palabras como “enojado”, “asustado”, “mareado” o “confuso”, existe  una zona  visceral de conocimiento corporal.  En este conocimiento no hay conceptos cognoscitivos. Su forma de expresión es a través de imágenes, recuerdos, palabras, sentimientos y aún sensaciones que no han conectado todavía con dicho conocimiento y es lo que le llama la “sensación sentida”. Es como un sentimiento que está ahí sin estructura ni forma que está en relación sobre “ lo vivido en la orfandad”, “lo que me sucede en esta etapa de vida”, “los miedos que no me dejan”, y así sucesivamente, es lo que se está viviendo, o bien se vivió con todas sus facetas. Es algo que no se expresa con palabras  y que sólo tiene sentido para la persona que lo experimenta. En el momento de permanecer ahí, de “acompañar” esto que se manifiesta, se  desarrolla y toma cauces que no han sido buscados ni propiciados por nada ni nadie, simplemente es la sabiduría corporal.

 

Hay un salto cualitativo considerable dentro de lo que es el Enfoque Interior  respecto a lo que  han ido descubriendo a través del tiempo y la observación. Dos colegas y alumnos de E. Gendlin,  Peter A. Campbell y Edwin M. McMahon, creadores del Enfoque Bio- Espiritual, ambos  psicólogos que por más de cuarenta años de observación sistemática han llegado a la conclusión que el enfoque interior más que ser una técnica psicológica es una vuelta a estar con todo nuestro ser, como en los ambientes más naturales y en los primeros tiempos. El ser, la persona total incluye el cerebro mental y el cerebro corporal. Estamos acostumbrados a que conocer, pensar y relacionarnos es a través de los procesos cognitivos que se dan en la razón, sin embargo, también admitimos tener modos de relación que no surgen de la razón. Si  hablamos de “inspiración”, “intuición”, “corazonada”, “creatividad”  no se derivan de un proceso racional pero se dan, están en nosotros y enriquecen profundamente la existencia. Si estamos presentes en nosotros holísticamente descubrimos que están integrados a nosotros y surgen de algo o de algún lugar y éste es el  Cerebro Corporal.

 

Nutrimos nuestro cerebro mental constantemente. Se estudian carreras, maestrías y doctorados; se cuantifican los conocimientos; se pasan horas en la computadora y se optimiza el tiempo sin desperdiciar momento alguno. Y por otro lado no nutrimos nuestro cerebro corporal. Un primer paso para nutrirlo es estar con calidad de presencia ante aquello que siempre ha estado ahí y lo hemos dejado pasar, como saborear un alimento, disfrutar de la naturaleza o bien estar ante una persona amada dejándose tocar por su presencia. Es ese permitirse dejarse tocar efectivamente sin cambiarlo, únicamente estando.

 

Nutrimos nuestro cerebro corporal también cuando nos resolvemos a estar con aquel o aquellos asuntos dolorosos, difíciles  o que nos dan miedo.  Lo primero es darse cuenta que algo nos está incomodando y una vez que nos damos cuenta, darle su espacio por medio del silencio. Generalmente va acompañado de una sensación y con lo que surge del asunto,  nos permitimos estar ahí con lo que está siendo real en nosotros. La manera de estar ahí es importante porque es como nutrimos al cerebro corporal. Se permanece “honrando”, “respetando”, “atendiendo” y así sucesivamente, siendo que  la finalidad es permanecer con una “presencia cálida y amorosa”. Es como abrir la puerta de un recinto sagrado donde al  tocar un tesoro que ha sido guardado por mucho tiempo se le trata con sumo respeto en espera de entrar en una relación más íntima y de encuentro. Se  permanece en espera a que, como dice E. Gendlin,”que cuente su historia”. Es un expresar alógico, por medio de palabras, imágenes o recuerdos que surgen espontáneamente y va propiciando que los sentimientos sean cada vez menos amenazantes,   lo que hace que  todo se vaya desarrollando como un proceso.

 

Escucharnos es como escuchar a una persona bilingüe, si escuchamos a nuestro cerebro mental nos habla en una lengua y si escuchamos al corporal nos habla en otra lengua.

 

En las últimas décadas se ha descubierto, en el área de anatomía y biología celular que nuestro cerebro que está en el cráneo tiene un gemelo y éste está en la cavidad abdominal localizado en los tejidos del esófago, estómago, intestino delgado y colon, y que casi todas las sustancias que ayudan a controlar y mover la fisiología del cerebro también se encuentran en las células de las vísceras humanas, la mayoría de los neurotransmisores como la serotonina, dopamina, glutamato, norepinefrina, dióxido nítrico y  dos docenas de proteínas cerebrales llamadas neuropéptidos que están en el vientre. También están  ahí como células del sistema inmunológico las encefalinas, propias del sistema nervioso central y de la circulación, así como uno de los tipos opioides naturales en el cuerpo. La lista de similitudes es muy larga y  existen sorprendentes paralelos entre el cerebro y  el centro del cuerpo, por lo que descubren una integración armónica de todo el cuerpo, cuando tradicionalmente se le consideraba al sistema digestivo como algo donde se asimilaba y se desechaba siendo ahora un sitio primordial de las sensaciones. 

 

Es sorprendente y fascinante palpar la manera como convergen los diferente tipos de estudiosos del fenómeno humano y se va dibujando primero, para poco a poco después ir tomando consistencia un descubrimiento tan grandioso como éste. Ahora la cuestión es ¿qué más nos ofrece el Enfoque Interior?, o bien ¿pertenece al Enfoque un asunto como es el proceso del perdón?. Es prioridad para el enfoque precisamente la reconciliación con nosotros mismos. Pocas personas pueden entender realmente lo que significa la experiencia encarnada, o sea esa que se da en el cuerpo, que está involucrada con el proceso de reconciliación. Desde esta dimensión somos capaces de perdonarnos unos a otros hasta que podamos perdonarnos y reconciliarnos con lo que está aislado o temeroso dentro de nosotros.

 

“ La culpa, el resentimiento, el enojo y el miedo son llevados en nuestro cuerpo. Necesitamos el don de un proceso en el CUERPO que va más allá de la razón para sanar nuestras heridas. <Pensar correctamente> no es un sustituto de experimentar cambio en la forma en que nuestro cuerpo está cargando algunas experiencias negativas. Hay un proceso diferente involucrado en la transformación de los sentimientos humanos. Un proceso corporal, no un proceso mental” (7)

 

Hay un sentido interno de comunicación a través de la presencia corporal que es bastante diferente del sentir que resulta de explicar ideas. La mayoría de las personas logran el cambio de lo mental a lo corporal prácticamente sin darse cuenta, pero sí sintiéndolo. Por ejemplo cuando se abraza a un bebé, la forma en que se le acerca al pecho, cómo se le pone la mano en su espalda para comunicarle seguridad, cómo acariciarlo y besarlo en silencio para comunicarle nuestro amor.

 

Con cuánto amor recuerdo estar sentada al lado de mi Abuelo por largos momentos, era un hombre verdaderamente silencioso y ahí estábamos juntos, plácida recorriendo con mis dedos las venas de su mano, sin más que eso. Cuánto cariño guardo de esos momentos, era un estar sin más que amar. Años después durante un retiro de enfoque y haciendo un ejercicio se nos pidió que con la imaginación  fuéramos a un lugar donde se sintiera estar plenos, aceptados, sin necesidad de cambiar nada y lo que surgió en mí  espontáneamente fue ese estar ahí con mi Abuelo.

 

Perdonarse a sí mismo significa traer una calidad semejante de presencia corporal hacia los propios sentimientos de culpa, miedo, resentimiento, ira y confusión. Se llama una “presencia gentil y cariñosa”. Así es la manera en que se produce un crecimiento hacia la integración. Lo que causa en la persona es aceptarse a sí misma como lo que es, es más, de la manera que está. Es una conciencia corporal, encarnada en lo que es real en ella. “Es una presencia sentida” que no es controlada y que está abierta a permitir el desenvolverse de las historias escritas en nuestro conocimiento corporal. Es por ello que es parte del proceso del cambio. A esto dice C. Rogers, “deben dejar que su propia experiencia les diga sus propios significados: en el momento en el que tú le digas lo que significa, empiezas a estar en guerra contigo mismo”.(8)

 

La clave está en el clima de aceptación interna,  sentida orgánicamente para que se dé el cambio. Sin embargo, es necesario soltar el control, abandonarse en la sensación para que cuente su historia y debido a eso se de ese cambio. Ese darse el cambio es un don. Si se tiene fe en Dios o en un poder superior se puede aceptar el término de “gracia”, si por el contrario no se cree en ello  se le puede llamar don y confiar que es un regalo del cuerpo o de la vida.  La gracia o don es algo que escapa a nuestro poder, que no lo provocamos o alcanzamos con tan sólo desearlo, pero es un potencial que se manifiesta al inhabitarnos.

 

La presencia gentil y cuidadosa  propicia que una herida interna sea como una “maestra” en lugar de una “enemiga”. Tenemos que aprender más allá de los patrones de oposición y control que son las formas en que por lo regular nos acercamos a esos sentimientos difíciles. Es sanador crear puentes de confianza para que se dé la reconciliación desde dentro de nosotros y, por ende, con los demás. Aprendemos a acompañarnos en eso sagrado para nosotros y así vamos adquiriendo la sensibilidad  también de considerar al otro, de darle su espacio.

 

Hay factores objetivos en la vida respecto a los demás que no cambian o que no pueden ser cambiados;  lo que importa es cómo los cargamos y los sentimientos que tenemos respecto a esas situaciones. Desde dentro de nosotros hemos de estar corporalmente en contacto con nuestros  sentimientos para que se desarrollen y se reconcilien. Nuestra responsabilidad es con nuestros sentimientos.

“Hay una historia debajo de cada uno de nuestros sentimientos, una historia que el Enfoque Interior y una presencia gentil y amorosa, van a permitir que empiece a desenvolverse. La reconciliación dentro de nuestro propio cuerpo que resulta de la integración y de la congruencia que crecen dentro de nosotros, nos darán no solamente una dirección o un juicio más claro acerca de nuestra situación actual, sino que también abrirán puertas que ni nos imaginamos, de nuestro potencial para crecer espiritualmente” (9)

 

Al animarnos a estar ahí con lo que es real en nosotros, desaparece la guerra interior y es lo que va a abrir las puertas a “estar en el otro” y esto es primordial para la maduración y el crecimiento de las relaciones humanas. ¿Qué si no es la vida, sino un camino constante, un “verme y verlo”, pero es mucho más amplio y más integrador cuando este “estar” es en una comunión encarnada. En las Sagradas Escrituras  se nos revela la noción de “conocer”, como un significado diferente al “conocer” del razonamiento griego. En hebreo es entrar en intimidad, es que la persona está en Dios y Dios en ella. Por ello al “estar en” y “creer en” es una concepción del lenguaje corporal de la integración. Cuando podemos arriesgarnos a estar en nosotros mismos, en todo nuestro ser, entonces podemos arriesgarnos a estar en la presencia corporal de Dios y a creer en Dios como algo más que una elaboración de nuestra mente.  Es esto algo muy diferente de lo que nuestra cultura occidental nos ha enseñado, más aún, como hemos sido formados, por lo que no parece ser Dios en nosotros cuando tenemos terrores y miedos en nuestro interior.

 

Podemos imaginar que al decorar una sala queda muy bella, pero es poco espaciosa, por lo que se decide poner en el muro del fondo un gran espejo. Al entrar en este sitio la percepción es que la sala es bella e inmensa, más al caminar e irse acercando al fondo del lugar nos percatamos que es el espejo y cobramos conciencia del tamaño real del lugar. En el enfoque es de manera contraria. Se entra al recinto y al llegar al fondo de éste, en el espejo no termina la sala, continúa “de la otra manera”, el espejo es tan real como todo lo demás por lo que pasamos a la otra dimensión avanzando a una profundidad sin fin. En esta dimensión todos los asuntos se profundizan, se re-dimensionan, se complementan y se armonizan, por lo que es común experimentar la paz. Es aquí donde la relación con nosotros mismos, con los demás y con Dios se da  en la “realidad encarnada”.

 

“Cada vez que yo me dejo ir en fe dentro del misterio de otro o del mío propio, y cada vez que recibo el regalo de crecimiento y de vida nueva, estoy siendo atraído más allá del mundo angostísimo del ego y del control. El Misterio Mayor se manifiesta dentro de lo ordinario y común de la vida diaria.” (10)

 

Al enfocar se desbloquean los sentimientos de ira, resentimiento, culpa y confusión que habían estado atorados por experiencias religiosas o bloqueos psicológicos, así como patrones familiares. Por tanto, vale la pena este trabajo para dar paso a la sabiduría corporal.

 

La invitación es a vivir en esa “presencia gentil y amorosa” para nuestros sentimientos y así asombrarnos del don,  o sea de la “gracia”  desde dentro donde puede surgir la reconciliación para transformar nuestra vida diaria.

 

“Alcanzando profundamente dentro de la fábrica del conocimiento humano, descubre la experiencia que el cuerpo tiene de la Gracia, del Espíritu y de la presencia escondida de Dios.” (11)

 

 

 

EL SER QUE ESTÁ EN EL PROCESO.

 

 

Dice J.P. Sartre que “el hombre está condenado a ser libre”, lo que causa escozor en muchos de los que sienten orgullo con ese atributo propio del hombre que es la libertad. Sin duda que la capacidad de elegir es lo que va constituyendo al ser humano como persona humana. Ante las leyes del mundo animal, de la biología todo se desarrolla de acuerdo al “programa” sin la angustia existencial de elegir. No por esto se puede pensar que haya alguien que quisiera pasar a pertenecer al reino animal. ¿O sí?.  Más bien,  y la experiencia lo dice, el hombre es el ser que va tomando postura ante la vida, por lo cual decidirse por una u otra cosa es materia del propio existir. Vivir es un constante estar eligiendo de manera consciente o espontánea, constantemente eligiendo, aun cuando no se opta por algo  eso ya es una elección.

 

Este don, que es tener la capacidad de elegir,  se comienza a complicar cuando escoger implica saber lo que se quiere y en qué dirección se está yendo y mucho más cuando se desconoce qué hay más allá de la elección. Ante esto cobra sentido la frase de Sartre en cuanto a “estar condenados”. Parece ser que se está ante una consciencia brutalmente aguda de responsabilidad cuando se asevera lo que dice Sartre más que ante un pesimismo existencial.

 

El ser humano es  un rastreador hacia adentro  y hacia afuera de sí. Es hacia dentro cuando  va descubriendo sus potencialidades, se va percibiendo en su inteligencia, en su inventiva y creatividad, en su poder para aprender y seguir conociendo y también se descubre a sí mismo en sus sentimientos y cómo los va viviendo. Es un rastreador hacia afuera cuando entra en contacto con los demás y sigilosamente se va acercando y descubre quién es ante sí y ante los demás.  Es con mayor fuerza un RASTREADOR cuando toca ese anhelo de ir más allá, cuando con mayor conciencia quiere completar, agrandar, romper fronteras e ir más allá de donde se encuentra. Este anhelo es como una vocación, como un llamado interior es llegarse a completar como un ser ideal. En este camino descubre que junto a su potencial, es él  a la vez un ser indigente. No todo lo que emprende, hace, discurre y lleva a cabo se realiza como él quisiera. Así que se va dando cuenta que es un ser que está llamado a irse completando, que su vocación es inherente a él, pero que vive en un proceso en el que hay limitaciones, equivocación y  fracasos. Ahora el llamado para él es seguir siendo un RASTREADOR para no traicionar su vocación, un rastreador para ir encontrando dónde están sus limitaciones, e ir haciendo uso de su libertad sí, pero ante las realidades y circunstancias que se le presentan.  La libertad es para escoger la dirección que va tomar y descubrir hacia donde quiere llegar.

 

El rastreador, o sea este ser humano en proceso de irse completando, se va dando cuenta que  esto se realiza “a pesar de y a través” de su indigencia, esa manera de ser defectuoso,  que a la vez ahí radica su grandeza, la que se forja a través de cada momento, ante cada error y acierto y con todo este irse creando con lo que es propio de su naturaleza. ¡Con benevolencia ha de aprender a tratarse!. Aquí es de donde emerge la compasión. Es a través del acto compasivo que el ser humano evita caer en un torbellino de errores y fracasos. También es este acto el que lo lleva a aceptarse  cumpliendo con esa bondad hacia sí mismo. Es así, ante esta aceptación que puede ver hacia delante y descubrir sentidos de lo pasado y, por supuesto, los  sentidos para dirigirse hacia el futuro.

 

“Cuando surge lo humano se evidencia pues la fragilidad en cualquiera de los dos significados mencionados: lo humano como fuente de error o lo humano como fuente de compasión. En otras palabras, lo humano es la experiencia de nuestra indigencia, en cualquiera de los dos sentidos, ya sea en el sentido de haber sido activados <por> ella, y sufrirla en términos de errores y fracasos ineludibles, ya sea en el sentido de activarse <desde> ella, y compadecerse. Si no ocurre este experiencia, este contacto con la indigencia, tampoco ocurre la compasión, pues la raíz de la compasión es la experiencia de la indigencia....” (12)Cuando el ser humano logra verse desde esa fragilidad, la de ser precisamente humano, su visión de los demás, del otro, adquiere otro significado. ¡Claro está que es un proceso!. Es darse la oportunidad de ir develando respetuosamente la propia existencia para que de la misma manera  comience paulatinamente a abrirse a la existencia humana del otro.  La intolerancia ante los errores y las faltas propias es la misma que se proyecta ante las de los demás. El actuar con misericordia ante la propia existencia humana va más allá de lo “óptimo”, lo “perfecto”, “lo que debe de ser” para así dar paso a la grandeza humana que se mencionó en párrafos anteriores, ésa  que es propia del que trasciende a su realidad que falla. Es un darse cuenta que el conocimiento de la propia realidad es limitado  y, a la vez, distinto  del otro.

 

Al instalarse en eso “perfecto”, “óptimo”, “lo que debe de ser”, se bloquea la realidad humana y se instala en el ego, desde ahí se vive la persona como inadecuada y es causa de depresión. Se crea un vacío existencial, ya que se aísla y se aparta de la viabilidad de tener encuentro con el otro al perder la posibilidad de ser íntimo a sí mismo.

 

Cuando la persona está en contacto consigo misma vive en la compasión para sí y para los demás y así puede  dar paso a  la alegría aceptando que es parte de la vida el error, lo chusco y poder encontrar lo gracioso del momento que se vive. Así puede ser de sencillo en muchos casos y poder perdonar lo que en el momento se descubre como  pequeño, intrascendente y propio del errar.

 

El proceso del perdón a sí mismo da miedo porque confronta a la persona con su falla. Porque hay sufrimiento y éste se vive sólo. Es rastrear en el interior y duele, da miedo ir más allá y descubrir aún más de eso que disgusta. Esto es vivir un dolor existencial, no neurótico, pero al fin es dolor. La invitación es empezar a aceptarse como un ser que falla, que se es indigente, compadecerse de sí mismo para no caer en ese laberinto de errores y fracasos. Si se acepta el error hay crecimiento y apertura a otras maneras de estar con el error, se descubren sentidos y, más que eso, se aprende para no repetir para más adelante cambiar el rumbo y no volverse a lastimar. Al soltar esa autorrecriminación comienza a fluir la vida de manera diferente, experimenta más vida. Perdonarse a sí mismo es dejar entrar la luz en el interior para ir alcanzando la sabiduría.

 

El proceso del perdón hacia el otro parte de la ofensa, de la injuria lo que hace que la persona, una vez pasado el evento, se resguarde en el rencor para sobrevivir y no volver a ser dañado. Bien... claro que está bien... hay un tiempo para todos. ¿Y después de esto? .....La invitación es calzarse las sandalias de la propia indigencia

Hay que hacer un espacio y detenerse, comenzar a  ser consecuente con la propia vida,  ubicarse y reubicarse en el proceso de reconocerse en la  manera de fallar,  en la experiencia de vivir acertando y desacertando, en ser finito, es decir, limitado. El paso significativo es gigante, es aceptar que así como la persona reconoce que falla, que yerra, admitir que el otro también. Desde su indigencia puede atisbar la indigencia del otro, y desde su limitación también  puede ver la del otro.

 

Esta actitud ante la vida está enraizada en la esencia misma de la persona, surge de su propio existir.

 

Un proceso del perdón no pretende  ser una práctica religiosa o moral, más bien lo que se busca es tocar la esencia misma del ser, así que se trabaja acorde a lo que es real en él.  Es así como se madura, se crece y se trasciende.

 

En el proceso de perdonar hay que considerar la realidad del otro respetando sus propios tiempos, su cultura respecto al perdón y su proceso interno. Pedir perdón o perdonar es una acción que parte del interior de la persona. No necesariamente tiene que ser de cara al otro, ya que éste puede ya no vivir, o bien ser imposible una reanudación de la relación. A lo que se aspira llegar es a: “vivir tocando mi indigencia para descubrir la suya”.

 

 

 

EL ENCUENTRO, VOCACIÓN HUMANA

 

 

Al hombre se le ha definido de muy diversas maneras, de acuerdo con las diferentes corrientes filosóficas y científicas. En las últimas décadas algunas corrientes científicas lo han reducido a la categoría de un autómata manejado por fuerzas biológicas e impulsos psicológicos sobre los que no ejerce ningún dominio. Si bien es cierto que comparte con algunas especies ciertos rasgos e instintos, existe en él una  dimensión que es privativa de su especie y ésta es la Noética. El hombre tiene las tres dimensiones, que para ser más exactos ES  tres dimensiones, ya que existe una interacción incluyente de las tres que lo constituyen. Son su dimensión física, psíquica y noética o espiritual. Su esencia humana se manifiesta cuando se eleva a la dimensión noética siendo el núcleo más profundo de él, su yo.

 

El área de libertad se yergue ante cualquier tipo de determinismo que pueda existir en el hombre y le ofrece la oportunidad de cambiar, renunciar y de oponerse a sí mismo cambiando de actitud. “El poder desafiante del espíritu humano (que) le permite al hombre oponerse a las fuerzas del instinto y del medio y elevarse por encima de todo condicionamiento al que pudiese someterlo el destino”(13) Es precisamente la voluntad en el hombre lo que le lleva a ir más  allá de lo que está siendo destino para él y con mayor fuerza cuando la libertad se encuentra acotada por las circunstancias de la vida.

 

Es por la dimensión noética que el hombre eleva la interacción psicofísica al nivel humano. Desde ahí vive la relación consigo mismo con los otros y con Dios, adoptando el lenguaje, a través de sus sentidos, sensaciones, hacia el nous, donde reside la conciencia intuitiva, su inconsciente espiritual y muy especialmente a través de su actitud de amor, desde donde puede encontrarse con el otro. Es esto por lo que surge la elección mutua del Yo por el  Tú.

 

El ser humano es un asombroso misterio donde fluye la revelación más profunda desde lo sagrado en un diálogo entre el cuerpo, las sensaciones, las imágenes y los sentimientos pareciendo que ahí pudiera empezar y  terminar el misterio, como si fuera un <uni-dinamismo>, como si pudiera vivir sólo en sí. Sin embargo, el dinamismo va más allá,  va hacia la relación con el Tú, ese Tú que llama a la elección y entrega de esencias, donde los espacios se abren y  “el estar en” cada vez es diferente, nuevo. En estas relaciones están los sentimientos que son de muy diferentes especies dependiendo de las experiencias, la cercanía, su percepción de vida, en fin, es todo aquello como se carga lo que se ha vivido. Todos tienen su historia y a la vez sus matices, pero hay una diferencia con ese que es el amor. “A los sentimientos se los <tiene>; el amor es un hecho que <se produce>. Los sentimientos habitan en el hombre, pero el hombre habita en su amor. No hay en esto metáfora: es la realidad. El amor es un sentimiento que se adhiere al Yo de manera que el Tú sea su <contenido> u objeto; el amor está entre el  Yo y el Tú.” (14) Dejarse ir en ese amor que nos envuelve provoca ver lo amable que hay en los demás. Así es como se puede entender acciones altruistas en las que a los ojos del pragmatismo de la vida no se explica que dejen su comodidad para atender personas con sida o tocar y confortar a los leprosos, así como limpiar las heridas de personas quemadas en un hospital o como arriesgar la propia seguridad para entrar en relación con prisioneros peligrosos y llevarles comprensión y consuelo. Más aún, dar la propia vida a cambio de la de un padre de familia y entrar de pie a un horno crematorio. Es ese contacto con la fuente de amor que envuelve al Yo y lo lleva de manera espontánea a ver al Tú, entrar en lo espiritual de la persona.

 

¿Qué pasa entonces con el Yo? Se llena de gozo al establecerse una corriente que fluye entre ambos y de manera fugaz se da el encuentro.  Si el amor envuelve al Yo se puede entender que se experimente armonía y paz, ya que las experiencias cotidianas de generosidad y aceptación del otro van acordes a esa energía profunda. Más aún, el amor iguala al Yo con el Tú, por lo que las ansiedades y angustias de ser amado, aceptado, reconocido, quedan yendo y viniendo en los sentimientos, pero es el amor el que da el soporte. Ahora la pregunta es ¿porqué no se vive en una continua relación de amor?. Precisamente la respuesta a este misterio es el sentido propio de la misión de existir. Existir es ir enlazando, ir creando puentes entre la periferia  y el Yo. En la periferia están los sentimientos que más que ser buenos o malos son  un extremo del puente antes de pasar al Yo, al amor. Estando ahí se cuantifican  y se cosifican las relaciones y esa es la limitación humana  pero a la vez es  su grandeza.

 

 La grandeza está en ese brutal potencial de viajar constantemente entre una punta y la otra del puente. Siendo que a fuerza de ir y venir, cada vez va siendo más clara, más propia, la fuerza intrínseca de la que se llena el ser con la relación de amor.

 

Ese es el reto cuando se está atrapado en el laberinto del resentimiento, aceptar que se es limitado porque a partir de palpar la propia limitación  suavemente descubre la limitación del otro. Aceptar que se es finito, ya que ninguna situación de vida es la totalidad y que los propios estados de vida tienen una caducidad, así como los del otro. Y porqué no, abrirse a la humildad soltando “las certezas” de lo que es el otro para estar dispuesto a ver a la otra persona de una manera nueva.  Ahora sí disponerse a  sentir el anhelo de complitud que está inscrito en el propio ser. Es el momento de darse el espacio en lo interior para hacer contacto con “lo sagrado”, donde se da la presencia pura del Yo injertado y sustentado por el amor. “Yo me digo que lo sagrado se instaló en mi interior y me habla a través de mi cuerpo.....Surge con el “calorcito” que siento al abrazar mis afectos y recibir el cariño de los demás. Lo sagrado lo siento también cuando sufro por algo y me retiro a observar mi sufrimiento para saber qué me está queriendo decir. Cuando me siento débil y temeroso, y cuando se me acorta la respiración por la aparición de mis fantasmas” (15)Es ahí precisamente donde el amor abraza al Yo y le da ese soporte y consistencia para que los sentimientos dejen de rebasar y se transformen en amor para vitalizarse y ponerlo en el Tú. Que sea experiencia del Yo amarse con todo lo que tiene y todo lo que es y así dar ese amor al Tú.

 

Ahora sí soltar las amarras, hacer propio el poder desafiante del espíritu y dejarse tocar por la gracia que está implícita en el amor, ya que no hay amor que no venga del Amor que es la de la fuente misma. Ahora sí soltar esas experiencias que deambularon sólo en los sentimientos para que al ser tocados por ese amor se donen al Tú, siendo el receptor de esa tierna y nueva experiencia de amor. Los sentimientos son perecederos, y el amor es eterno porque se adhiere al Yo. Somos nosotros en nuestra limitación que sentimos la necesidad de eternizar los sentimientos ya que es nuestra seguridad, lo que conocemos, más al ir teniendo experiencia de amor, del Amor ahí en lo sagrado, en el interior de cada hombre suavemente se va alejando de un mundo caduco para abrirse al amor y  ponerlo en las manos del Tú.

 

Se escuchan voces diciendo que al perdonar se queda a un nivel más elevado del que es perdonado. Sin duda se da así cuando se vive como una práctica externa al yo profundo. En la reconciliación con los propios sentimientos, como se experimenta en el contacto con la conciencia, nace esa especial sensibilidad ante lo propio lo que va propiciando poco a poco abrirse a la imperfección del otro. Es ese permitirse tocar la propia indigencia para abrirse a la del otro. Pero más aún, el perdón es un movimiento del espíritu por medio del cual se sueltan los sentimientos, esos que sí son válidos pero que están en la periferia o más bien en la antesala para ir al Yo. Al pedir perdón se hace desde el reconocimiento del error, de la falta o del agravio y partiendo del Yo en la esperanza de que un día el otro llegue a ser un Tú. Se hace necesario reconocer que al que se le pide perdón también tiene su tiempo y su proceso.

 

 Hay otro aspecto en la relación y esto es que si no se pide perdón, ahí ante la propia consciencia sí se queda más abajo, baste con saber que se ha agraviado al otro y se corre el riesgo de vivir gastando energía en las justificaciones ante sí y otras veces ante los demás. Pedir perdón es cruzar el puente, de los sentimientos al sentimiento prístino que es el amor. El amor no desaparece, no caduca y si no se encontró con un Tú aún así la persona se revitaliza con el amor que se generó en la búsqueda del Tú. Ya no hay deuda y lo que queda es el haber trascendido al abrirse a la búsqueda del encuentro con el otro. Cuando se da el encuentro en el perdón se da el Yo –Tú, es ese encuentro de esencias en un fugaz momento. La experiencia alimenta la esperanza ante los futuros desencuentros, guardando una actitud de búsqueda, de apertura y  un anhelo de trascendencia.

 

 

EL SENTIDO EN EL PROCESO DEL PERDÓN

 

 

El proceso del perdón es un espacio en el que la persona se permite tocar el dolor, la tristeza, el abandono, la soledad, así como la pequeñez, la indigencia y el propio errar en su vida y la manera en que se da esto en su relación con el otro.  Es así mismo un espacio para clarificar lo vivido y autodescubrirse ante la propia realidad. Es un crisol por el cual con la crisis, en la crisis y a causa  de ésta se pasa a otro estadío, a uno con mayor, madurez y responsabilidad. Es la oportunidad que da la vida de redimensionarse no como una calificación, sino más bien como un descubrir la manera en que vive cuando la vida es bálsamo, sin pesares o cuando es angustia y pesar.  Lo valioso de esto es ir cobrando conciencia cada vez más de quién se es y cómo  vive la crisis. Es irse convirtiendo cada vez más en persona e irse humanizando más.

 

Es precisamente orientarse hacia la búsqueda del significado de la vida lo que le va a dar coherencia a lo que se vive. El significado se busca en toda circunstancia y con mayor razón ante un acontecimiento que genera rencor y resentimiento. Cuando se carece de significado, es cuando se vive en el Vacío Existencial y desde ahí no  hay respuestas, se desconoce lo que se quiere, por eso ante los momentos dolorosos o los errores propios, se teme  enfrentarlos y es preferible ocultarlos o negarlos ya que la propia oscuridad asusta, no hay luz porque no hay sentido que ilumine y así surge la desesperanza. La vida va quedando con asuntos sin resolver, situaciones inconclusas que no dan luz al presente para seguir viviendo con propósitos de vida más claros y definidos. Sucede que cuando se desconoce el significado y se evade el procesarlo, se puede convertir en una actitud de no resolver, de evadir las situaciones que se relacionan o que son similares al evento de origen y así se establece en la persona un patrón de dejar sin resolver las situaciones y careciendo de sentido.

 

Hay que aprovechar el momento privilegiado del proceso para  iluminar el pasado buscando los sentidos que están ahí ocultos, pero que hablan de la importancia y el valor de lo vivido. Es el momento de acercarse a lo que se ha dejado sin resolver y que la persona descubra el o los sentidos, dándole su valor y  su propio peso a las cosas y así lograr una “voluntad de sentido”. Es como el minero que en la entraña de la tierra se guía con su intuición y la ayuda de su lámpara en el casco. Va picando y eligiendo el sitio. Extrae el trozo de roca y tierra, duro y lodoso y a fuerza de pequeños golpes va quitando lo que cubre al diamante y cada vez con mayor precisión lo libera de la roca y del lodo. ¡Ahí está hermoso y radiante! . Valió la pena todo el trabajo para obtenerlo. Así sucede con el ser humano cuando se resuelve a entrar en la caverna, sólo con su luz y su piqueta, dándole la oportunidad a su intuición y escuchándose, al momento de obtener el diamante siente que él lo da a la vida y verdaderamente le habla de sí mismo. Es un momento privilegiado, ya que se trabaja ahí, al derredor de algo difícil que de no aventurarse queda oculto y carente de todo beneficio. Encontrar el sentido es encontrarse con la parte espiritual, es una experiencia concreta y plástica de ir más allá de dónde se estaba, pero ahora a otro nivel.

 

La persona misma es la que debe hallar el significado. Es la propia conciencia el medio para encontrarlo y además, de manera innata, la persona tiene una  organización perceptual  por lo que llega al significado. Es J. C. Crumbaugh quien ha demostrado que la atribución de significado tiene que ver con la percepción guestáltica y puede verse en los términos de las leyes de la percepción. Él describe como para V.Frankl el hombre no sólo está en ese percibir el fondo y la figura, sino que aspira a encontrar un propósito a cumplir en lo que le hace figura, y por ello hallar así una significación para su existencia. “El deseo de significado del que habla Frankl puede considerarse como otra forma de llegar al mismo concepto, pese a que en él hallamos una ventaja, que es la de que se trata de una idea esencialmente humana, resaltando la capacidad distintivamente humana de percibir o hallar significado no simplemente por lo que es, sino en lo que puede ser.”(16)Así pues, la capacidad del hombre no se circunscribe a descubrir lo que le hace figura, sino que en la búsqueda del sentido encuentra experiencias a un nivel superior. Por eso se dice que es hallar un diamante por que lo que se descubre es a nivel ontológico, lo que se descubre es un sentido.  

 

Al recobrar la experiencia al nivel de la dimensión espiritual por haber encontrado el sentido ocasiona que la persona se percate de que es más que su herida, que el sufrimiento no fue un callejón sin salida y que lo que importó fue  la actitud que tomó  ante él. Viktor Frankl nos dice en su análisis existencial de la conciencia  que tanto ésta como  la responsabilidad son dos fenómenos irreductibles inherentes al ser humano con su capacidad de decisión. “De hecho, la conciencia alcanza profundidades inconscientes y se abona el terreno inconsciente; es precisamente en esos momentos cuando tienen lugar las decisiones verdaderamente auténticas, sin reflexión alguna  y, consecuentemente, de forma inconsciente. Precisamente en el momento en que se origina, se puede decir que la conciencia se adentra en el inconsciente.” (17)   Son muchas las experiencias que se escuchan en la sesión de terapia, de asuntos “inexplicables”. Una mujer que vive con gran resentimiento hacia su padre porque fue un hombre muy duro y había una ausencia total de ternura y así relata la imposibilidad de acercamiento con él. Un día lo acompaña en el hospital porque estaba  enfermo y estando dormido él, ella sólo se limitaba a observarlo en silencio. De repente de manera inexplicable sintió gran compasión por él. Se dio sólo así, sin ningún razonamiento sin cuestionamiento alguno, como diría V. Frankl, de manera prelógica. Sin embargo, esta experiencia verdaderamente la nutrió para seguir en todo el proceso de su enfermedad a su lado, sintiendo que era adecuada su presencia ahí, lo cual era inexplicable al nivel racional.

 

La función de la conciencia es algo radicalmente humano del inconsciente espiritual que  da al hombre esos mensajes que se han denominado como “la voz interior”, o  “la parte sabia”, por eso lo que la persona realizó a partir de la herida pudo haber sido a un nivel inconsciente, de manera intuitiva y que se manejó como un ajuste creativo y así fue resolviendo su vida. El trabajo del terapeuta, por un lado, es precisamente apelar a la existencia espiritual en cuanto a la libertad y la responsabilidad. De esta manera, se buscará evitar una actitud neurótica como resultado del evento. Por otro lado, el trabajo es con la voz intuitiva de la conciencia para acompañar a la persona a que desentrañe la manifestación de eso primario y primordial que al surgir de lo profundo da los significados de lo vivido. La conciencia tiene esa “facultad intuitiva para descubrir, para <intuir> la gestalt única de sentido inherente a una situación, para aprehender  <lo que se significa> en una situación concreta”. (18)La conciencia con su intuición descubre sentidos, elementos rescatadores de esa parte oscura que se instala en la persona como algo connatural a su existir. Los sentidos nutren el yo profundo del individuo y todo aquello que es un sentido en el vivir como el resentimiento, enojo o ira, dejan de rebasarlo para “sentir” que la totalidad en su vida no es la sombra, que hay una claridad, que le da una fuerza creativa y una dirección  nueva a su vida. La energía que estaba puesta en la oscuridad ahora pasa a la luz, al sentido descubierto.  

 

Es el caso de Elvia quien fue víctima de abuso sexual y psicológico en su infancia, el ambiente para ella era muy hostil dentro de su familia. Fue creciendo y ya en su vida adulta vivía aparentemente sin recordar lo sucedido. Se dedicó a dar catequesis a niños pequeños con gran amor y respeto para ellos. Más tarde organiza y crea todo un sistema de catequesis para varias comunidades. Cuando viene a terapia reporta sentir que no vale gran cosa como persona y que se siente debajo de los demás por lo que no tiene energía para enfrentar varias situaciones. Recuerda todo lo que le tocó vivir en su familia y experimenta un gran dolor. Después de varias sesiones sigue sintiendo que no puede con lo que le está tocando vivir en esta etapa de su vida. En un momento de la terapia descubre que aunque  sufrió las agresiones y abusos, ella fue capaz de dar ternura a cientos de niños y no sólo eso, sino que capacitó a muchas personas y las enseñó para dar  un cuidado amoroso a los pequeñines fortaleciendo el espíritu de los niños. Y en verdad que esto fortaleció su propio espíritu, de ahí en adelante pudo trabajar con eso que fue tan difícil en su infancia y  pudo darse cuenta de lo valioso que era como persona. Elvia descubre que a pesar de lo que sufrió, o quizá  como consecuencia de lo sufrido, ella ha construido un mundo nuevo, con valores que no eran usuales en su familia y que esto mismo le ha dado a ella un gran sentido para vivir. Descubre también que durante muchos años y en los peores momentos de desilusión  y tristeza, ella se nutría gracias al trabajo que efectuaba con los niños. Cuando la persona descubre el sentido de lo que vivió o como consecuencia de lo vivido, se da cuenta que ha trascendido aquello que no buscó y que le tocó vivir y ha encontrado algo que es significativo para ella. Es precisamente el ser humano un ser que se relaciona y que su existir es ese entrar en relación con el otro, que se orienta hacia ese mundo que no es “el mismo”. Ahí es donde encuentra los sentidos a la vez que se interesa por los otros.

 

Hasta aquí se ha visto como durante el proceso del perdón se van encontrando los sentidos, como la persona se percata que aún con lo doloroso del proceso encuentra que hubo algo más; que el interesarse por otros le ayuda a descubrirse a sí misma y valorarse en su presente; que al poner la mirada en el otro puede ser más sincero consigo mismo  y cómo queda abierto un espacio para abrirse más. Cuando la persona descubre el sentido se acerca a perdonar ya que deja de ser ese ser pasivo que recibió la ofensa para pasar a descubrir que brotó en ella desde su parte espiritual aquello que la dinamizó para ir más allá, se descubre como un ser trascendente por esencia. Entiéndase el término dinamizar como en su sentido original del griego dynamisque significa “poder”, es ese poder inherente al ser,  el ser en el espíritu que está llamado a  transformar y a transformarse.

 

Se puede descubrir otro sentido y éste es el de eliminar un sufrimiento que sea evitable. El evento es inevitable, es algo que ya sucedió, está en la memoria y en el pasado. Lo que puede ser evitable es el sufrimiento que causa el enojo y el resentimiento. La persona después de haber encontrado el sentido está en el umbral de soltar esos sentimientos. Aquí también se da una dynamisante la decisión de “soltar”, es ese poder desafiante del espíritu propio del ser humano el que permite soltar el resentimiento y así consecuentemente y poco a poco otros sentimientos que lo atan en desolación y así  dejar de aislarse propiciando la posibilidad de un encuentro.  El sentido está en dejar de sufrir a causa del resentimiento o del enojo. Decidirse a dejar estos sentimientos puede ser que sea ante la persona que causó el daño o no, bien porque no se den las circunstancias o porque ya esté muerta. Este soltar ya es en sí un sentido porque el ser humano se descubre capaz de ir más allá y también porque abre la posibilidad de cambiar un patrón de quedarse en sí mismo para descubrir su capacidad de trascender.

 

El proceso del perdón de manera inherente es una vía al sentido. El hombre se descubre, como dice V.Frankl, orientado “hacia el mundo que está ahí fuera, y estando en ese mundo, se interesa por dar sentido a las cosas, así como también se interesa por otros seres humanos”. (19)La bondad del proceso es vivir de cara a ese mundo, reconsiderando las relaciones con los demás  e ir descubriendo los sentidos, que lejos de ser una pesadumbre se puede tornar en la oportunidad de crecer e ir hacia delante. La energía ahora está en los sentidos descubiertos, ya que la manera de cargar los asuntos deja de ser desde el evento en sí.  La labor del terapeuta está en ello, en la clarificación de lo que se ha vivido, el descubrimiento de los sentidos y de manera especial en el autodescubrimiento del paciente para que desde ahí se viva  de forma diferente. La muralla que existió entre la persona  y el otro deja de ser tan insalvable hasta que llega a desaparecer.

 

 El terapeuta no decide por el paciente, pero sí por medio del diálogo socrático y sus comentarios proporciona al paciente la evidencia de lo que puede hacer a través de su voluntad. Al respecto expone  I. Yalom que se hace necesario guiar al paciente para que se de cuenta que sólo él puede cambiar el mundo que se ha creado, así como que para alcanzar lo que realmente quiere tiene la fuerza para cambiar. También a que si la manera en que vive sus relaciones lo lastima y hay aún dolor respecto a esto,  puede cambiar y que no hay riesgo en el cambio. Una vez más que el ser humano es el encargado de darle dirección a su vida.        

 

 

CONCLUSIÓN

 

 

El ser humano es aquel que está en un constante anhelo de irse completando. De ahí que vivir sea ir hacia un algo que es LO COMPLETO. Por eso la vida del hombre es establecer relaciones naturales con su cosmos, con la naturaleza y gozar de las cosas como los alimentos, de la luz, los colores, las formas, los encuentros y las personas, no sólo como un observador pasivo sino como un ser en relación. No es una pura funcionalidad o relación utilitaria sino, más bien, la vida por esencia. Gozar de todo esto ya nos habla de trascendencia, aquella que atisba LO TOTAL. En este anhelo de querer  “llegar a....” se gesta la ansiedad y la angustia cuando se topa con su imperfección y limitación propia, de lo otro y los demás, lo que ocasiona dolor y sufrimiento. El gran misterio está en que, en el dolor y en el quebranto también se descubre lo bueno y el bien, se descubren los sentidos. Desde ahí el ser deja de estar en lo absurdo y lo fatal. Los sentidos iluminan y completan la realidad.

 

Realidad es toda la existencialidad. Realidad es el idioma corporal que nos descubre nuestras sensaciones y sentimientos hasta escuchar la voz de la conciencia, también lo es la actividad intelectual Es, así mismo, la forma como cargamos el pasado y vivimos el presente, y de la misma manera, realidad es esa fe que surge desde el sentido descubierto, fe en que hay algo más y así nos seguimos completando. Justamente el hombre quebrantado se re- integra y se re- hace con la fuerza del sentido. El sentido es unión y dirección hacia irse completando.  Ahí se descubre que la vida puede ser mejor y que en la vida misma está el potencial de estar yendo más allá, en otra forma de ser reales y   que al tocar los sentidos descubiertos hay   esperanza, hay nuevos amaneceres.

 

La bondad del Proceso del Perdón es que a través de descubrir el  sentido la persona  toca toda su realidad, deja de vivir en la parcialidad para experimentarse de manera diferente, integrándose y completándose.

 

¿Y el Perdón?. Perdón es un sustantivo, perdonar es una realidad existencial. La acción de perdonar está inmersa en el gran misterio en eso que es dolor y quebranto donde se descubre lo bueno y el bien, donde se encuentran los sentidos. Perdonar es asumir la responsabilidad de lo propio para permitir que el otro  lo haga con lo suyo y abrir las puertas para que ambos recobren conciencia de seres humanos.

 

Perdonar es un don que cuando lo aceptamos se diluyen la ansiedad y la angustia. Es la posibilidad de dejar de estar en pie de guerra socavando la propia libertad. Perdonar es el don  para llenarse de nuevos encuentros, con nosotros mismos con los otros y con Dios.

 

Resta decir que  precisamente eso,  LO COMPLETO es lo que va dando ese anhelo de irse completando. Es como la brillante claridad de los rayos del sol entre los grises nubarrones, que si se dirigen los pasos hacia allá las nubes van desapareciendo para irse deleitando con la luz y el cielo azul. LO COMPLETO es esa fuerza, ese dinamismo que desde la parte sabia habla al hombre, es ese TÚ que modela los encuentros, es ese OTRO que da la sensibilidad de responsabilizarse del otro y de sí mismo como un fluir desde las realidades de indigencia y con sus propias potencialidades, desde ahí concibo yo el llamado a un PROCESO DEL PERDÓN  con el gozo de descubrir los sentidos, y también, a partir de la voluntad de la persona el PERDONAR como vía inequívoca a la trascendencia. 

 

     CITAS BIBLIOGRÁFICAS:

 

 

1. - Viktor E. Frankl, La Voluntad de Sentido, p. 106

 

2. – Francisco Ugarte Corcuera, del Resentimiento al Perdón, p.43

 

3. – Robin Carsarjian, Perdonar, p. 43

 

4. –Dennis Linn, S. Linn, M. Linn, No Perdones Demasiado Pronto, p. 49

 

5. – Viktor Frankl, Op. cit. p113

 

6. - Joseph B. Fabry, Señales del Camino Hacia el Sentido, p. 105

 

7. – Edwin M. McMahon, Peter A. Campbell, La Gracia de Perdonarte a tí mismo a través del Enfoque Interior, p.3

 

8. – Ibidem p. .5

 

9. – Ibidem p.7

 

10. – Ibidem p.8

 

11. – Ibidem p.9

 

12. – Ricardo Peter, Ética para Errantes, p. 67

 

13. – J. Fabry La Búsqueda del significado, p. 50

 

14. – Martin Buber, Yo y Tú, p. 16

 

15. – Alejandro Unikel, Sentirme Lejos y cerca de Mí, p. 76

 

16. – V. Frankl, El Hombre en busca del Sentido Último, p. 149

 

17. – Ibidem, p. 49

 

18. – J. Fabry, La búsqueda del Significado, p. 104

 

19. - V. Frankl, El hombre en Busca del Sentido Último, p. 184

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

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