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Consentir la pérdida.

 

Desafortunadamente, el equilibrio de la naturaleza estipula que la superabundancia de sueños se paga con el aumento de las pesadillas. 

Peter A. Ustinov

 

El pensamiento siempre implicar la interpretación de la realidad. Somos lectores impenitentes de las circunstancias, es decir, de todo lo que acontece en nuestras vidas. Sin embargo, la interpretación no surge necesariamente desde un pensamiento razonable, lógico, justificado, sino desde nuestra concreta y personal biografía, esto es, desde nuestros supuestos ideológicos y culturales. Esto significa que leemos y descodificamos la realidad basándonos en presuposiciones y no en hechos. La presuposición está a la base no solo de lo que los científicos y filósofos piensan del universo y de la naturaleza, de la vida y del más allá. Sin ir más lejos, la presuposición guía nuestras diarias interpretaciones acerca de lo que las personas piensan de nosotros y de lo que nosotros pensamos acerca de las circunstancias de la vida, es decir, de los otros, de los hechos, de las cosas y de las situaciones.

Pero, ¿es saludable presuponer algo? Hemos convertido nuestra mente en un proyector de presuposiciones. La presuposición está a la base de nuestros anhelos, empeños, pretensiones y voluntades. Pero, ¿qué sucede cuando creemos en lo que presuponemos?, ¿qué efectos tienen las presuposiciones en la mente, a nivel de nuestros pensamientos y de nuestras emociones? 

 

Investiguemos cuál es el alcance de la presuposición en nuestras vidas cuando empezamos a presuponer y preguntémonos: ¿qué sería nuestra vida sin presuposiciones? ¿Qué tal si viviéramos un día no digo sin mexicanos sino sin presuposiciones?

 

 

Varados por nuestras presuposiciones

 

1. Nos pasamos la vida haciendo presuposiciones y luego nos apegamos a ellas.

Presuponemos que para ser felices es necesario tener éxito, prestigio, riqueza o poder. Presuponemos que los demás tienen que ser amables, que nuestras parejas no deban provocarnos, que nuestros      padres tengan que apreciarnos, que nuestros hijos deban escucharnos, que los amigos deban llamarnos. Presuponemos que tiene que irnos bien en las iniciativas y decisiones que tomamos. Presuponemos que los otros no deberían juzgarnos. Presuponemos que nuestro matrimonio tiene que durar, que nuestra pareja tiene que ser fiel,  Presuponemos que tienen que tomarnos en cuenta en el trabajo o en las cosas importantes. Presuponemos que “querer es poder” y que basta decidir para hacer milagros con nuestras vidas, con nuestras personalidades.

 

 A nivel de género, las mujeres presuponen que los hombres deban caer rendidos a sus pies, que deben ser sensibles a sus miradas, provocaciones y seducciones; los hombres, por su parte, presuponen que su virilidad y valentía están mancomunadas con sus éxitos amorosos, con sus correrías afectivas y sexuales.

 

El problema, sin embargo, no es el mero hecho que pasamos la vida haciendo presuposiciones, sino que luego nos apegamos a ellas, nos acoplamos a algo que no existe. La presuposición tiende a establecerse, a guiar nuestras interpretaciones De aquí la necesidad de tener presentes los límites de nuestro pensamiento en relación con la realidad que está afuera.

 

2. Las presuposiciones engendran otras presuposiciones.

Presuponemos que tenemos que ser dichosos. Pero también presuponemos que las calamidades tocarán otras puertas, no las nuestras. Presuponemos que nuestra salud tiene que ser de hierro. Pero presuponemos también que podemos darnos licencia para desenfrenarnos con el alcohol, el tabaco, el sexo, las aventuras o las drogas. Presuponemos que los demás tienen que ser correctos, veraces y responsables. Pero presuponemos también que podemos ser deshonestos, falsos e irresponsables en determinadas circunstancias. Presuponemos que podemos darnos el lujo de mantener una relación extraconyugal, pero luego presuponemos también que, en cualquier momento, sabremos como terminarla o atajarla.

 

La lista de nuestras presuposiciones prácticamente es inagotable. La verdad es que estamos repletos de presuposiciones. Presuponemos que lo que ha pasado no debería haber pasado. Presuponemos que la vida es injusta, que el mundo es malo, que los hijos deberían hacernos caso, que hay un lugar para cada cosa, que cada asunto tiene su momento, que es necesario saber lo que hay que hacer, que la vida debería tener un sentido.

 

 

3. La presuposición es mi realidad, no la realidad.

La presuposición no es la realidad, sino la realidad tal como la entendemos y pretendemos. Las presuposiciones mitigan el choque con la realidad que está fuera de nuestra mente y sobre la cual no tenemos control. Construimos presuposiciones para ocultar lo que realmente acontece e irrumpe en nuestras vidas con impacto, como un detonante de la tristeza, del sufrimiento, de la soledad, del engaño, de la frustración, de la desilusión, de la falta de sentido

 

La presuposición es un pensamiento que nos permite hacer llevadero “lo que es tal como es aquí y ahora”y suplir esa realidad, en esos momentos de conflicto, con nuestra propia y casera “realidad”. Empleamos la presuposición para invalidar la dura realidad y suplirla con nuestra complaciente “realidad”.

 

Se deriva entonces que para mantener en pie nuestra “realidad”, presuponemos muchas cosas, pero lo que no suponemos es que precisamente, muchos de nuestros problemas con la vida se deben a que presuponemos muchas cosas.

 

4. Suponer no es lo mismo que presuponer.

El asunto puede resultar un poco técnico pero necesitamos analizar la discrepancia entre ambos términos. Hay una diferencia sustancial entre suponer y presuponer. Suponer es conjeturar, en cambio, presuponer es plantear demandas, poner condiciones, establecer prerrequisitos ideales a la realidad: a las cosas, a las personas, a los hechos y a las circunstancias de la vida. Quien presupone no sólo tergiversa la realidad, sino que la suplanta. Percibe las cosas, las personas, los hechos y las circunstancias de manera que sostengan sus expectativas. De esta manera, las presuposiciones le garantizan una realidad estable.

 

Si bien, los términos suponer y presuponer tienen cierta afinidad entre sí, ambos son procesos racionales, la “parentela”, sin embargo, no es tan estrecha. Digamos que son más allegados que consanguíneos.  Efectivamente, cada término acontece en el campo de la lógica de forma dispareja y con resultados diferentes.

 

Suponer, según el diccionario de la RAE es “dar existencia ideal a lo que realmente no la tiene”. Compro lotería porque supongo que me puedo sacar algún premio. En este caso, la suposición no se sale del terreno de lo especulativo. Pero, si además de suponer que me puedo sacar el premio que suele ser el “gordo”, fantaseo igualmente la manera como voy a invertir el premio, si hago cuentas sobre cómo pienso gastar el dinero del premio, me salgo de lo abstracto, irreal y estoy dando “por sentado” lo que supongo. Esto es ya presuponer, lo cual es motivo de una cierta ruptura con la realidad.

 

La diferencia entre suponer y presuponer no se reduce, pues, a una cuestión de prefijo. En el primer caso, en la suposición, se atribuye a algo existencial meramente racional. La existencia en este caso es imaginaria, abstracta, pero sabemos que ese algo en verdad no existe. En la filosofía escolástica se usaba el término “ens rationalis”, ente de la razón, para clasificar este tipo de “existencia”. La suposición queda en el ámbito de lo inmaterial, fantástico, imaginario. Lo supuesto es quimérico. Una ilusión.

 

Presuponer, en cambio, es “dar por sentado algo”, es afirmarlo, fundamentarlo, respaldarlo, instituirlo a través del manejo o negación de la realidad. ¡Qué extraño y curioso razonamiento! Mientras la suposición da carácter de existencia ideal a algo que no existe, la presuposición da carácter de inexistente a algo que si existe. Niega la realidad: al presente no sólo no dispongo del dinero del premio de la lotería, sino que ni siquiera dispongo del premio. La realidad (al momento no tengo posibilidades de adquirir nada) es sustituida o embrollada por la “realidad” de la presuposición, la forma como investiré el dinero del premio.

 

Bajo este aspecto, podemos considerarla una “hipótesis deductiva”. La presuposición es una teoría construida a partir de otra teoría, la suposición. Es una quimera ostentada como realidad. La presuposición no nos deja ver la realidad.Nos zambulle en nuestra aislada e impermeable “realidad”.

 

En el terreno de las relaciones interpersonales, el problema es creado por lo que nosotros presuponemos que los otros suponen.

 

5. La presuposición pareciera positiva pero no lo es.

Nuestras presuposiciones construyen “realidades” que con el tiempo se revelan dolorosas y se vuelven contra nosotros. La presuposición es una forma de polución del “medio ambiente” mental. ¿Con qué resultados?

 

Los efectos secundarios de la presuposición son el enojo, la desilusión, el desengaño, el desaliento, la desmoralización y la confusión como meta final del proceso. Lo que ocurre nos lleva a exclamar: “¿por qué a mí?”: Esta fue la declaración, en su primer encuentro con los medios, de Natascha Kampusch, la austriaca de 18 años que duro más de ocho años secuestrada en un escondite bajo un garaje cerca de Viena: “Me preguntaba una y otra vez por qué entre millones de personas me tuvo que pasar esto a mí”. Pero pudiéramos ir más allá de la confesión de Natascha y afirmar que si una vicisitud, un obstáculo, una desgracia pasara a un millón de personas, la pregunta “¿por qué a mí?”, permanecería ilesa. Cuando llegan los infortunios, gritamos “¿por qué a mí?”, “¿por qué yo”, aunque los malos tiempos afecten a todos. Se trata de algo difícil de demoler.

 

Cuando la madre abadesa vio llegar a la hermana cocinera con la bandeja, preguntó:

- ¿Para quién ese enorme plato de sopa?

- ¡Para Usted, Madre Abadesa!”

- ¿Para mí esa sopita?

 

Las expresiones “no es posible”, “no puede ser”, están en contraste con la realidad, pues eso que “no puede ser” es lo único que ha sido y ha tenido el éxito de acontecer. La realidad “es” e, inapelablemente, eso es todo.

 

Las expresiones “esto no debería ser”, “esto no debería haber sucedido” o “esto debería haber sucedido” son expresiones que reflejan nuestra “realidad” o presuposiciones sobre la realidad. Pero con estas expresiones, presuponemos la inexistencia de la verdadera realidad.

 

Por consiguiente donde quiera que hay un “debería” o un “no-debería”, hay una “condición previa”, un requerimiento, para validar o invalidar la vida, ahí hay una presuposición y, por lo mismo, un inconveniente, un conflicto, una dificultad, una confusión, un altercado, con la realidad. Donde se presupone un “debería” o un “no-debería” (por ejemplo, la gente no debería burlarse de mí, criticarme, meterse en mi vida, engañarme, mi marido debería apreciar mi trabajo en casa, mis hijos deberían ordenar sus cuartos, etc.), ahí estamos en apuros con la ineludible, irremediable e irrevocable realidad.

 

 

De lo saludable a lo dañino: de la suposición a la presuposición.

 

En sí, suponer no es dañino. El filósofo, el científico y el hombre de la calle lo hacen a menudo. Lo que se supone no alcanza la categoría del “debería”. Yo puedo suponer que es mejor ser rico, que pobre, estar sano que enfermo, ser guapo que feo. A primera vista mis suposiciones podrían parecer inobjetables. Supongo que un rico puede vivir más tranquilo y seguro que el pobre (pero habría que ver), que la persona que la pasa bien, sin enfermarse, evoluciona interiormente más que quien está en un hospital, enfermo (pero habría que ver) o que el guapo tiene menos riesgos y problemas existenciales que el feo (pero habría que ver).

 

Las suposiciones proporcionan alivio y nada más. De hecho, las cosas no están como las suponemos. Un pobre puede llevar una vida menos complicada y azarosa que un rico (aunque habría que ver), una persona sana puede ser más inmadura que un enfermo (aunque habría que ver) y un feo puede tener menos apuros y problemas que un galán (aunque habría que ver). Estas suposiciones pueden tener la finalidad de tranquilizar frente a otro tipo de consideraciones.

 

Las suposiciones pueden  sostener cualquier mentira y refutar cualquier evidencia, sin provocar daños a nadie.

 

Un ejemplo: afirmar que la vida es juego, es una suposición. En sí misma inofensiva. Incluso, la vida vislumbrada como juego puede resultar exaltante como una taza de café fuerte en un día deprimente. La mente se anima a base de ideas o conceptos guías. Otros han conjeturado que la vida es sueño, lucha, travesía, etc. En todo caso, habría que añadir a la suposición “la vida es juego” que la vida es, además, el más irreversible, convincente y absoluto de los juegos, lo cual, podemos presumir, deja de ser suposición, para volverse una inferencia, una deducción, una conclusión, un silogismo bien razonado de la suposición.

 

Esto equivale a decir que de una suposición puede nacer una teoría personal o científica, según el fenómeno o asunto que se considera o intuye.

 

Bajo esta conjetura, cuando nacemos –visualizando la suposición que estamos manejando- entramos en una especie de Casino planetario donde no podemos permanecer como observadores ajenos, distantes, a lo que sucede en este “local”, sino que estamos obligados a jugar. Jugar es entonces una forma de estar en coherencia con la vida. Jugar es la manera más profunda de respetar las reglas del “lugar”, es decir, de la vida.

 

Sin embargo, en la manera de jugar este juego podemos encontrar un disparate, un impedimento al juego, una presuposición plantada por la razón. La razón a través de sus presuposiciones parece dificultar la participación en el juego de la vida. ¿De qué manera?

 

Presuponiendo o sea “dando por sentado”, que el propósito o  el sentido del juego de la vida es ganar, que el juego en cuestión tiene como condición la ganancia.  Se trata de una pura presuposición.

 

Así, de una suposición inofensiva, la vida es juego, nos deslizamos a una presuposición peligrosa y funesta para la salud mental: hay que jugar a ganar. En este caso, la presuposición que estamos manejando no tiene conexión con la realidad. No hay ilación ni ninguna relación.

 

 

La razón, disfruta ganando.

Esto parece lógico y lo cierto es que es muy lógico. Pero la razón se traba cuando en lugar de ganancias hay quiebras, percances y desventajas, que es lo más frecuente en el “juego de la vida”, debido a su defectuosidad insuperable. La razón en efecto presupone que hay que vivir como jugadores que nunca tienen que perder.  Esta lógica, no obstante, no es funcional. Es ilógica. No se traduce en salud, aunque cuadre lógicamente en nuestro sistema mental.

 

La idea o suposición que la razón tiene de la vida como juego se ve afectada por la presuposición de que se trata de un juego que hay que ganar y no por una sola vez, sino por toda la vida, esto es, por todas las veces que se “apuesta”, que se juega.

 

No cabe duda que intentar ganar de por vida es lo más razonable para la razón. Lo ideal es siempre lógico. El nudo de la cuestión es que esta presuposición choca desde el principio pues el “juego” entero de la vida se pierde desde el momento mismo que se inicia la “partida”. Cuando por chiripa un espermatozoide se liga un óvulo, el resultado definitivo de este romance está abocado al fracaso.

 

Esto es lo que la razón no sospecha. Imagina –pasa de la suposición a la presuposición- que tenemos el poder para jugar y ganar el juego de vivir.

 

Me he referido a la muerte, en primer lugar. Esta claro que el juego de vivir finaliza con el morir que es el fin no sólo de la suposición de la vida como juego, de la idealidad, sino de la vida misma, de la realidad. No hay más remedio que ponerle buena cara a semejante pérdida total no sólo de vínculos familiares, lazos afectivos, raíces culturales y sociales, sino del desastre por completo del juego. Con la muerte nos retiramos del Casino.

 

Pero no es necesario recurrir al tema de la muerte para argumentar contra la presuposición de jugar el juego de la vida para ganar cuando el juego en su desenlace total está definitivamente perdido.

 

Desde que pueden nuestros padres, escuelas e instituciones religiosas y sociales nos contagian a la presuposición de jugar  a ganar el juego de la vida y, coherentemente con esta presuposición, nos entrenan únicamente para ganar.

 

Se juega para “ser el primero”: “Hay un juego para el segundo lugar, pero es un juego para perdedores, jugado por perdedores”, sostenía Vince Lombardi, mito del fútbol americano. Ya que participamos en el juego de la vida, deberíamos (se presupone) ganar.

 

Cuando nos “sueltan” ya no podemos evadir o salirnos de ese “entrenamiento”, que es, en realidad, una programación a la frustración, al sufrimiento continuo, a la marea de la confusión, a la pérdida del sentido y a la desorientación de nosotros mismos.

 

La razón funciona estableciendo suposiciones y presuposiciones sobre la estructura del mundo, de la naturaleza y de la vida cotidiana. Pero esas presuposiciones quedan desmentidas por como realmente marcha el mundo, por como realmente funciona la naturaleza y por como realmente se desarrolla la vida diaria.

 

A veces, las presuposiciones alcanzan incluso la categoría de las teorías y de paradigmas científicos. La teoría del marxismo, por citar un ejemplo, procedió  de suposiciones metafísicas y de ahí pasó a presuposiciones económicas y sociales. Del materialismo dialéctico, las rígidas leyes que rigen la lógica de la historia, se pasó al materialismo histórico y a presuponer unos movimientos sociales que el hundimiento de los gobiernos comunistas, desmanteló también  junto con las presuposiciones. 

 

A veces en base a lo observado se quiere predecir lo no observado u observable y esto da origen a presuposiciones que retrasan el conocimiento.

 

Las revoluciones científicas que nos han hecho pasar de la teoría de Copernico a la de Newton y de éste a la de Einstein, terminan manifestando que aun en ese terreno tan autorizado la “estirpe” de las suposiciones y presuposiciones tienen sus días (o sus siglos) contados.

 

Siguiendo nuestro asunto: las presuposiciones crean contradicciones y las contradicciones complejidades y las complejidades, complicaciones. Esto sucede en el ámbito científico: cada tanto tiempo se renueva nuestra concepción del mundo y del universo.  Sucede también en el campo de nuestra vida personal, que es el ámbito donde más nos golpean las presuposiciones.

 

Las presuposiciones son fuente de problemas, conflictos y dificultades en las relaciones interpersonales.  Al final, nos encontramos en aprietos.

 

A este punto, la razón recurre a las “matemáticas”. ¿Si tengo tal problema, cuál puede ser la solución? En efecto, la razón presupone que los problemas tienen soluciones. Pero a partir de entonces, todo el interés de la razón es la solución, la cual no hace más que crear más presuposiciones: más problemas. De esta manera el juego de la vida, volviendo a nuestra suposición original, se vuelve el tormento de la vida.

 

Las siguientes consideraciones escuchadas en el consultorio, frases que casi todos hemos tenido ocasión de oír, encubren o descubren presuposiciones:

 

 

  • Desde que era niña, el esquema familiar era que uno se comportara bien: jamás una palabra incorrecta. Tengo una lucha interior entre ser tierna y ser correcta. Vivo en esa polaridad. Me remito a mi infancia. Mi papá siempre me pedía que estuviera a la altura de los demás. (Daño ocasionado por presuposiciones de los padres)

 

  • Tengo una tendencia nata a la perfección. Siempre me ha regido el perfeccionismo y tiendo a exigirme más perfeccionismo. No son los demás, sino que soy yo misma que me lo exijo. No me perdono cuando me equivoco y no perdono a los demás cuando me fallan. (presuposición personal: los demás no deben fallarme)

 

  • Soy cruel conmigo misma cuando me yerro. Me portaba bien desde niña para ser aceptada. Me enseñaron dos cosas: no salirme de lo establecido y hacer las cosas bien hechas. (presuposición de la familia reforzada por la escuela).

 

  • Me molesto mucho conmigo misma cuando las cosas no son como yo quisiera. (presuposición personal).

 

  • Vivo sin la tranquilidad de tener una estructura. ‘Tengo que tener más estructura’, me digo. Esto me crea tensión: al mismo tiempo que quiero ser como debería ser, no puedo por la falta de estructura. Lamento no haber recibido estructuras de exigencias. (presuposición personal).

 

  • Las cosas se hacen bien o no se hacen. (presuposición socio-cultural).

 

  • En mi vida se dan muchos aires de rigidez (presuposición personal). Quiero ser recta, no rígida.

 

  • Una persona igual a mí me chocaría. (presuposición personal).Tendría dificultades para relacionarme con ella. Mi reacción primera sería el rechazo.

 

  • Perdón, Señor por no saber hacer bromas. (presuposición personal: ¿será realmente cierto que “no sabes” hacer bromas?)

 

  • Necesito que la vida tenga una estructura para sentirme segura. (presuposición personal: ¿estamos seguros que la estructura te dará estabilidad?)

 

  • Mi humor y mi autoestima varían de acuerdo a lo que los demás piensan de los zapatos que traigo puestos. (presuposición personal: ¿será totalmente cierto que los demás se ocupan de tus zapatos?).

 

A su vez, cuando en los laboratorios de Terapia de la imperfección pregunto: “qué es lo que más te molesta de ti”, las respuestas suelen ser del tipo siguiente:

  • La inseguridad para realizar ciertas actividades
  • Que me preocupo demasiado
  • Que me humillen
  • Que tomo muy a pecho las cosas
  • La falta de constancia: me propongo cosas y no las logro y esto me enoja conmigo mismo
  • Sentirme infeliz
  • Encontrar un error en mis actividades
  • La tendencia a desvalorarme
  • No entregarme tiempo para mi misma
  • Pensar que las cosas dependen de mí
  • No hacer rápido las cosas que quiero hacer
  • Cuando me descubro que no fui libre para algo
  • El no abrirme a los otros
  • Las molestias y achaques de la edad
  • No tener tiempo para el descanso
  • Cometer errores y equivocarme
  • No saber dar respuestas adecuadas
  • Dejarme condicionar por otras personas
  • La aprehensión con que tomo las cosas

 

¿No serán las presuposiciones presentes en cada una de las respuestas la verdadera causa de la molestia?

 

Y, a la pregunta ¿qué te molesta de los demás?, las respuestas son del tipo:

  • la falta de lealtad
  • la infidelidad
  • las críticas
  • que se entrometan en el terreno de mis intenciones

 

¿Cómo podemos jugar el juego de la vida con el tipo de entrenamiento que arrojan tales comentarios?

 

A su vez, cuando propongo la siguiente dinámica explorativa: “¿Qué opinas de la vida a estas alturas?”, recibo respuestas contaminadas por las presuposiciones del tipo:

 

  • es la oportunidad para expresarme como soy y de conocer cada día algo nuevo
  • sólo puedo decir que es algo maravilloso, un privilegio, una aventura sublime
  • un regalo constante  y una oportunidad para aprender a ser feliz
  • una espléndida oportunidad  de ser y disfrutar, de lograr metas
  • a través de la vida desarrollo todos los dones que Dios me ha dado
  • algo que hay que vivir a plenitud
  • es una canción
  • una ocasión para ser feliz, para disfrutar al máximo
  • algo maravilloso, dinámico, algo bello, divertido, apasionante, con aprendizajes valiosos para disfrutar y compartir con quienes me rodean
  • un tiempo de crecimiento
  • es buena, es linda es segura, digna de vivirse
  • es benévola, está llena de colores, un constante gozar y alcanzar los  éxitos planeados
  • es poder disfrutar del sol, el verde, de toda la naturaleza, del amor de la pareja y de los hijos
  • es esperanza, perfección, crecimiento, ilusión, amor
  • es progreso constante de nuestras habilidades, de forma ascendente y persistente hacia la perfección

 

Pero, cabe preguntarse: las presuposiciones acerca de la vida que contienen las frases elencadas arriba, ¿no vuelven el juego de vivir más complejo, difícil e incomprensible?

 

 

La presuposición tiene que ver con la inadecuación.

 

A raíz de estas presuposiciones, las personas que así responden, confiesan que experimentan una sensación de inadecuación cuando la realidad no tiene que ver con la propia “realidad”, cuando es diversa.

 

En efecto, cuando la razón no encuentra correspondencia entre sus presuposiciones y las circunstancias de la vida, tiende a interpretar sus “jugadas”, su vida en general, como algo que no va, como algo que no funciona bien y, a partir de tales interpretaciones, se genera, como respuesta, una necesidad de corregir, de arreglar, de enderezar, de reparar. Se experimenta una necesidad de controlar, manipular y reparar la realidad con nuevas presuposiciones.  Pero, reparar no es solo mirar con cuidado algo, sino pararse una segunda vez. Como quien dice oponerse dos veces al mismo golpe de la realidad.

 

Surge, lo que la Terapia de la imperfección denomina necesidad de estructurar, un arranque de control total sobre los propios pensamientos, sentimientos, relaciones interpersonales y sobre el mundo que nos rodea, las circunstancias, las personas, las cosas y los eventos.

 

La combinación de la sensación de inadecuación y la necesidad de estructurar, (como dinámica producida para atajar o eliminar la sensación de inadecuación), da lugar al trastorno del perfeccionismo que la Terapia de la imperfección describe como “perdida del sentido de orientación”. El sujeto deja de tener su condición limitada como referente, se extravía con respecto a su propia realidad defectuosa e imperfecta. En estas condiciones se adentra el perfeccionista en el “Casino” para jugar el juego de la vida.

 

 

Manejando las presuposiciones.

 

Los seres humanos aprendemos a pensar desde lo que la Terapia de la imperfección conceptúa como perspectiva de la indefectibilidad, o sea, desde la presuposición de la no defectuosidad, esto es, desde la negación o exclusión del límite. Dicho también de otra manera, desde la pretensión o presuposición de una realidad desprovista, despojada, de sus insuficiencias, defectos, fallos e irregularidades.

 

Enfocamos entonces las circunstancias de la vida rechazando lo que tiene carácter de torcido, equivocado, fracasado, imperfecto: las carencias, los defectos, los errores. A causa de este “paquete” de material excluido (pensamientos, sentimientos, hechos, cosas, personas que nos causan sensación de inadecuación), dañamos la posibilidad de jugar el juego de la vida.

 

La perspectiva de la indefectibilidad choca insalvablemente con lo que es, con la realidad sin los oropeles y tratamientos estéticos de nuestras presuposiciones.

 

Desde esta presuposición (o perspectiva de la indefectibilidad) del juego de la vida, es fatigoso preservar la propia existencia. Lo primero en saltar en pedazos es el sentido de la vida. El sentido, en efecto, se retrae, nos evade, cuando no se toma en cuenta el asunto del límite. El sentido de la vida florece con la inserción del límite y desaparece con su exclusión, negación o rechazo.

 

Podemos decir, siguiendo el glosario de la Terapia de la imperfección, que el sentido sucumbe con la perspectiva de la indefectibilidad y se recupera con la perspectiva de la defectibilidad, esto es con la inclusión del límite en nuestra percepción y relación con la realidad. Pero cuando el sentido de la vida se hace pedazos, el juego se viene para abajo.

 

¿Cómo podemos entonces transformar el juego en contra que estamos llevando a cabo por el juego a favor de nosotros, pues, el motivo del juego no es, básicamente, ganar el juego, sino cuidar o ganar al jugador?

 

 

Para salvar al jugador: aprender a perder.

 

El trastorno del perfeccionismo se caracteriza por una invadente y progresiva sensación de inadecuación que genera una dinámica de necesidad de estructurar. A través de las presuposiciones el sujeto perfeccionista  quiere dar horma a la realidad, meterla y mantenerla dentro de un molde, “regularla”, sujetarla a sus propias reglas.

 

El perfeccionista espera ser salvado por sus presuposiciones: “la vida no debería ser así”, se autoconsuela cada vez que la vida, en cambio, es así como es y no como presupone. Quiere determinar la existencia con sus  presuposiciones.

 

Creemos que manejarnos con nuestra “realidad”, fruto de nuestras presuposiciones, nos daña menos que encarar la realidad misma. Pero las cosas están de otra manera: nada es más desfavorable a nuestra vida que nuestras presuposiciones y fantasías sobre la realidad.

 

La verdadera realidad no golpea tanto como nuestras presuposiciones sobre la realidad.  Así, pues, lo peor que nos puede suceder no es la realidad en sí con toda su aspereza, rigor e inclemencia,  sino nuestras blandas presuposiciones sobre la realidad.

 

Las presuposiciones (los “deberías”) son conceptos o pensamientos que subyacen a nuestros procesos cognitivos de la realidad. En otras palabras, vivimos pidiendo “peras al olmo”. Este recurso, sin embargo, no nos impide ser alcanzados por la realidad. Esta nos golpeará igualmente, como cuando muere un ser querido, cuando perdemos a alguien por divorcio o separación, cuando la vejez hace sentir sus achaques, cuando la vida carece de sentido, etc.

 

El escudo conceptual de las presuposiciones (o “deberías”) causa nuestros problemas. Hemos empapelado la verdadera realidad con las presuposiciones (“deberías” y “no deberías”). ¿Con qué motivos? Con la única finalidad de controlarla. La locura consiste en presuponer: en querer controlar lo que sucede.

 

Siempre suponemos muchas cosas. No dejamos que la realidad nos alcance y nos quite la venda de los ojos. 

 

Desestructurar la mente o dejar de presuponer

 

La forma para sentirnos adecuados es dejar de presuponer. En otros términos, lo que requerimos urgentemente para jugar el juego de la vida (nuestra suposición inicial) no es jugar a ganar (nuestra presuposición), que es el entrenamiento que hemos recibido y la forma como estamos jugando, sino aprender a jugar a perder.

 

Cuando la mente declara la guerra a la realidad con sus presuposiciones hay “ganadores”. Lo que ocurre es que esa “ganancia” resulta un verdadero problema.  Vivir en un mundo donde el juego de la vida se convierte en un juego para evitar los errores, nos hace fallar como seres humanos.

 

Las perdidas en el juego de la vida se dan para conocer la vida. Y este conocimiento parece estar mediado por la inevitabilidad del error, de la falla, del fracaso, del sufrimiento, de la pérdida. Lo que aprendemos cuando perdemos es lo que, tarde o temprano, teníamos que aprender. La vida le dio a esa circunstancia la particular oportunidad de enseñarnos a perder.

 

Sin pérdidas no hay conocimiento,  tampoco hay sensación de vivir. No hay experiencia de la vida.

 

Las circunstancias de la vida tal como acontecen nos proporcionan conocimiento de nosotros y de los demás. Las cosas que nos suceden, sobrevienen para que nos descubramos y nos comprendamos. Para calar en lo que es.

 

Es la presuposición o rechazo de la realidad, la que provoca dolor. Afortunadamente, la realidad termina haciendo pedazos nuestras presuposiciones.

 

Así, pues, detrás del sufrimiento, hay una teoría, detrás de la teoría, hay una presuposición (“debería”) y detrás de una presuposición, hay una perspectiva perfeccionista.

 

El pensamiento perfeccionista no es más que un intento de querer controlar la vida. Lo que salva -al menos así piensa la Terapia de la imperfección- no es jugar a ganar (es decir, a no fallar) sino aquello que nos dispone a disfrutar nuestra humanidad. Consentir la pérdida es un compromiso con nosotros mismos.

 

-“Quizá no existan los errores, me decía un paciente que estaba aprendiendo a perder, porque si existen entonces significa que existía una alternativa perfecta”.

 

La realidad nos abre a nuevas historias y nos ofrece muchas posibilidades sin necesidad de presuponerlas. La presuposición establece una bipolaridad entre mi realidad y la realidad, además, no permite abrirnos a otros sucesos, oportunidades, perspectivas y horizontes.

 

La sensación de adecuación, la paz con nosotros mismos, la autoaceptación es una manera de pensar sin presuposiciones.

 

Para la Terapia de la imperfección, la realidad nos ofrece todo lo que necesitamos para sanar nuestra tendencia a presuponer. Pero para ello se requiere un nuevo punto de partida: la perspectiva de la defectibilidad: la inclusión del límite en nuestra relación con las circunstancias de la vida, es decir, la reconciliación con la realidad.