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En las Raices de la Logoterapia las Raices de la Esperanza

1. Volver a dar dignidad al hombre.

La fe incondicional en un significado incondicionado >> de la vida. (Frankl 1998, p.164) no ha hecho ciertamente simpático a Frankl en el mundo de los psiquiatras, demasiado preocupados por encontrar sólo el vínculo entre la modalidad de existir y estructura neurológica, o tal vez aquél mundo de los sociólogos, orientados a ver únicamente los condicionamientos culturales, familiares, políticos, en lugar de ver la capacidad radical - jamás perdida - de la persona singular, que sabe asumir con dignidad y coraje una actitud en confrontación a los condicionamientos, y mas aún en aquel de los psicólogos, capaces de ver en medio de la psique las pulsiones inconscientes que amenazan con detonar cuando menos se espera, abdicando por tanto a cualquier posibilidad de decisión responsable.
Ya en 1945, causó estupor su declarada decisión y convicción contra el concepto de culpa colectiva. << Recibí tirones de orejas de diversas organizaciones >> - recuerda hace algunos años en un inolvidable encuentro con miles de personas en el aula magna de la Universidad Salesiana de Roma- << No obstante aquello, continué hablando contra la culpa colectiva y lo hice incluso delante de un general que comandaba las tropas francesas de ocupación, en ocasión a la que había sido invitado a ofrecer una conferencia en la zona ocupada de los franceses. Al día siguiente vino a verme un profesor universitario, en un tiempo oficial de la S.S, y me preguntó con lágrimas en los ojos donde encontraba el valor de declararme así abiertamente contra el juicio general. “Usted no puede hacerlo- le respondí-, porque hablaría pro domo sua. Pero yo, que he sido el detenido n.119.104 en Dachau, yo sí que puedo hacerlo. Es mas, debo hacerlo. Me toca hacerlo: es una obligación” >> (Frankl 1993, p. 102.)
Y de igual forma se expresó en la gran plaza delante del palacio municipal de Viena 50 años después, frente a miles de personas. Coherente con su profesión de fe en el hombre, en su libertad, en su dignidad y su responsabilidad, pronunció con voz firme su rechsazo a cualquier tentativa de minimización y reducción de la persona humana y simultáneamente su profunda convicción de que siempre y dondequiera, el hombre es capaz de trascenderse, de ver mas allá que sus estrechos horizontes cotidianos, de alcanzar la profundidad espiritual del propio inconsciente, mucho mas que único e inexorable receptáculo de instintos e impulsos ciegos, privados de cualquier rendija de auténtica libertad, así como ha enseñado el psicoanálisis por decenas de años (Frankl 1988.)

2. Descubrimiento del encuentro.

<< ¿Si no lo hago yo, quién lo hará? ¿Si no lo hago ahora, cuándo lo haré? ¿ Si lo hago sólo para mí, quién soy yo? >> Estas tres frases del rabino Hillel, que vivió hacia fines del primer siglo a.C., regresan como un estribillo en los textos de Frankl, para subrayar tres aspectos centrales de su pensamiento:

a) La unicidad de la persona, más allá de cualquier tentativa de masificación.
b) La unicidad del momento presente, más allá de cualquier refugio en el mundo ilusorio de la irresponsabilidad y de una eternidad impersonal y privada de relación con la tragedia cotidiana.
c) La orientación hacia el mundo de los valores y de la tarea que cada uno debe descubrir y realizar, día a día, sin esperar recompensa a cambio. Y todo en un contexto de redescubrimiento del encuentro como un lugar de fidelidad al ser, a la vida y a la relación, con la conciencia del fácil riesgo de la manipulación y de la despersonalización.

Y es esto, quizá, una de las contribuciones más significativas de Frankl a la historia, y no sólo de la psicología y de la psiquiatría, del hombre de hoy y del hombre de siempre: volver a dar al encuentro << un carácter esencial, es decir, un carácter adecuado al ser humano >> (Frankl, 1977 p. 275.) Lo que quiere decir preguntarse con sinceridad: ¿La persona que encuentro es para mí única? ¿Tiene para mi un nombre? ¿Atrás de su cara leo una historia? ¿Participo de su historia y él de la mía? ¿O es un simple títere, un personaje anónimo funcional a mi actividad y para mí, por tanto, estar de frente a él o a otra persona no hace ninguna diferencia?.
En último análisis: está él para responder a mis deseos, a mis necesidades, o soy yo en cambio quien se pone a escuchar atentamente su única e irrepetible existencia? (Punzi, 1994, p.76.)
El encuentro entre dos personas únicas e irrepetibles – subraya Frankl – es realmente auténtico en la medida en la cual recoge << la dimensión inmediatamente superior, aquella en la cual el hombre va tras la dirección de un significado y en la cual, toda la existencia se pone en confrontación directa con el logos >> (ibidem) De otra manera, un diálogo y un encuentro no abierto al sentido, y por tanto, no basado en una intersubjetividad autotrascendente, permanece como un diálogo y a un encuentro sin “logos”, una pura mistificación cerrada en el estrecho horizonte de lo inmanente, a la búsqueda sólo de las raíces, y además, en la única dirección de las necesidades a satisfacer, en lugar de metas objetivas, cargados de reclamos y de provocación, que tienen un carácter imperativo y piden ser realizados.
Desde que era un joven estudiante universitario, Frankl, manifestó la profunda pasión por el hombre y por su libertad responsable que caracterizó su rica actividad de psiquiatra, de escritor, de conferencista, de profesor universitario. El compromiso que tenía con los jóvenes desorientados, lo llevó en el lejano 1927 y cuando contaba apenas con 22 años de edad, a impulsar el Centro de Consultoría Psicopedagógica en Viena. Y las modalidades existenciales con las cuales encontró a numerosos jóvenes que pedían ayuda, testimonian una riqueza de humanidad poco común, hasta el punto de recoger las llamadas más intimas y de hacerlos sentir acogidos, comprendidos, amados y sobre todo con la convicción de que siempre y donde quiera, el hombre no pierde nunca el sentido de su propia existencia y todo se hace para ayudarlo a descubrir tal sentido y a traducirlo en el comportamiento y en la elección de cada día (Frankl, 2000.)

 

3. La imagen del hombre en el joven Frankl.

Pero otras ventajas derivan a Frankl de la intensa actividad volcada a favor de los jóvenes: logró contactar muchas personalidades, aún extranjeros que se interesaban en psicología y psicoterapia, y sobretodo, confirmó algunas intuiciones que había tenido en los años precedentes. Él, en efecto, atendiendo a los estudios de medicina y a las lecturas de filosofía entre las cuales destacan Max Scheler, Karl Jaspers, Martín Heidegger, Ludwig Binswanger, y Martín Buber, llegó a la convicción que era indispensable poner un acento sobre la persona humana considerada única, original, irrepetible, unidad corpóreo-psíco-espiritual, orientada hacia la individualización del significado de su existencia y hacia la realización del fin personal que se le ha legado. Además en la relación entre terapeuta y paciente consideraba que debía evitarse cualquier esquematización, estandarización o visión determinista del hombre y del problema psíquico, en cambio se debía evidenciar la singularidad de las situaciones específicas y la consiguiente individualización de actitudes de respeto, de comprensión y de profunda participación en los problemas del paciente.
El acento sobre la persona humana en una perspectiva global, que abarca varias dimensiones (biológica, psicológica, sociológica, espiritual-noética), caracteriza en forma muy clara y evidente los escritos del joven Frankl. Publicando, en 1925, en el Internacional Zeitschrift fur Individualpsichologie un breve ensayo sobre relaciones entre psicoterapia, valores y visión del mundo, él escribía así: <> (Frankl 1925, p. 251.)
En las últimas líneas del artículo, comentando la frase de Espinosa “ Beatitudo non est virtutis praemium, sed ipsa virtus”, Él agregaba, << el neurótico no puede ser feliz porque no es aficionado a la vida, la desprecia, la desacredita, la odia. Trabajo del psicoterapeuta entonces es aquel de restituirle en plenitud el amor por la vida y el valor de la comunidad, y esto, a través de una discusión crítica, en la cual el sentido de vida y los valores de la comunidad resultan evidentemente no demostrables pero dados, no buscados pero ya instalados en el interés personal; porque el camino que conduce a la felicidad personal, a la satisfacción, a la “beatitudo”, pasa a través del sentido de la comunidad, el valor de vivir, la “virtus ” >> (ibidem, p. 252.) ¡Cuándo escribía esta frase Frankl, tenía apenas 20 años!
De la autobiografía publicada hace no muchos años, sabemos que Frankl, en los años en los que perteneció a la sociedad Adleriana de psicología individual, tenía bosquejado un sistema de pensamiento en el cual profundizaba las bases filosóficas de una psicoterapia, que fuese mas allá del reduccionismo freudiano y pusiese al centro, la capacidad radical del hombre de buscar valores y significados para su existencia. El texto que debía ser publicado en 1927 de la casa editora Hirzel, llevaba el prefacio de Owsald Schwars en el cual se decía que el libro << ofrevcía a la historia de la psicoterapia una contribución comparable a aquél representado por la “Critica de la razón pura” de Kant para la historia de la filosofía. >> Es interesante notar que, delante a este lisonjero juicio, el mismo Frankl quedó de tal manera desconcertado que sintió la necesidad de agregar en forma de comentario: “No estoy en verdad convencido de esto” (Frankl 1997 p. 40.)
La ruptura con Adler y la salida, junto con Rudolf Allers y con Oswald Schwars, de la Sociedad de Psicología Individual, impidieron la publicación del manuscrito. Las ideas principales en él contenidas, fueron sin embargo profundizadas y verificadas en los años siguientes y encontraron una adecuada expresión en dos ensayos que aparecerían en 1938 y en 1939. En el primero, con título Zur gestingen Problematik der Psicotherapie , el joven Frankl delinea el punto de partida de su investigación y así también la revisión de las posiciones del psicoanálisis freudiano y de la psicología individual adleriana desde una triple perspectiva: Considerar al hombre también desde un punto de vista espiritual- noético, superando los límites del psicologuismo ( hablará presisamente, enseguida, de psicología de altura en contraposición a la psicología de profundidad ); individualizar la categoría de valores que resultan fundamentales para la búsqueda y realización del sentido de la vida; proyectar lo posotivo del dolor y la posibilidad de asumir siempre una actitud, aún en las situaciones
-límite. Y sabemos muy bien que estos tres núcleos han sido objeto de ulteriores reflexiones y profundizaciones en las numerosas obras publicadas por Frankl de la posguerra en adelante.
El punto de partida fue claramente la convicción de que << ser yo quiere decir ser conciente y ser responsable >> (Frankl 1938, p.34.) En consecuencia, << el psicoanálisis y la psicología individual toman en consideración cada una en su propio campo de visión, un aspecto de la existencia humana, de la cual extrapolan una interpretación de la afección neurótica. Esto, al menos, explica al mismo tiempo que los sistemas no se han elaborado casualmente, sino que, con una correspondencia científico-teórica, parten de una necesidad ontológica, y bajo este aspecto, su unilateralidad y su carácter antitético los hacen efectivamente complementarios >> (ibidem.)
Y analizando mas a fondo los presupuestos antropológicos, los objetivos y la práctica terapéutica de las dos escuelas, Frankl confirmaba lo que ya en años precedentes -y en contextos no todavía específicamente clínicos- había intuido: la exigencia de considerar a la persona capaz de ir mas allá del plano puramente psíquico, intrapsíquico, ambiental y de orientarse a través de la búsqueda de valores y de significados.
<< Preguntándose entonces - así escribía él - si además de la adaptación y la organización no haya, por así decirlo, una ulterior dimensión, en la cual la persona pueda encontrarse si se quiere curar, o bien, cual sea la última categoría por incluir en nuestro cuadro de la persona humana, si se quiere hacer justicia a su realidad psico-espiritual, llegamos a la idea de la realización del cumplimiento de un sentido. Es de notar a propósito, que la realización del hombre va mas allá de la formación de su vida, en el sentido de que, mientras que la formación es una realización extensiva, la búsqueda con la consiguiente realización de un sentido representa una grandeza vectorial. La búsqueda de sentido tiene una orientación, se enfoca hacia la posibilidad de valor reservado o para decirlo mejor, asignada a cada persona humana y que debe ser realizada; se dirige hacia aquellos valores que cada hombre en particular debe realizar en la unicidad de su propia existencia y en la singularidad de su propio espacio vital >> (ibidem, p.35.)

4. La relación terapeuta paciente en una perspectiva de apelación a los valores.

En un contexto antropológico, ello significaba poner los bases para una visión del hombre que, superadas las restricciones del psicologuismo y del reductivismo, aceptarse a pleno título la dimensión espiritual –noética. En referencia a la relación terapeuta-paciente, esto representaba un derrumbamiento de la idea de que la curación fuese de exclusiva competencia del terapeuta, en el sentido que tocase a él dar la “verdadera” interpretación etiológica del disturbio y, en consecuencia, proveer las “verdaderas” indicaciones del tratamiento, dejando al paciente como un puro y simple adecuamiento pasivo. En vez de que <> (ibidem p. 38.)
Retomando y profundizando algunas de estas ideas, Frankl publicó, en 1939, un artículo titulado “Filosofía y Psicoterapia”, Zur Gruendlegung einer Existenzanalys e, en el cual subrayaba una vez más, los límites del reduccionismo psicológico, gracias al cual << la imagen de la persona que viene delineada al nivel de proyección psicológica es por consiguiente parcial >> (Frankl 1939. p. 708.) Y haciendo explícita referencia al psicoanálisis, él recordaba que en él << no se abarca la totalidad de la persona (...) en cuanto a la triada Eros-Logos-Ethos, toma en consideración sólo el primer elemento con la consiguiente destrucción de la triplicidad de la antropología filosófica >> (ibidem.) Al contrario la psicoterapia << debe considerar la totalidad del ser humano. La visión de la persona como una unidad corpóreo-psico-espiritual, debe estar presente también desde el punto de vista de la persona psíquicamente enferma para poder así -y solo así- satisfacer en cierta medida las exigencias de la crítica de la conciencia >> (ibidem.)
Aceptar al hombre como totalidad quiere decir, para el joven Frankl, reconocer como pleno derecho la confrontación entre terapeuta y paciente sobre las cuestiones radicales de la vida, en la prospectiva de una Weltanschauung que ponga en primer plano la búsqueda de respuestas significativas y no la dinámica intra-psíquica de complejos o de sentimientos de inferioridad << 2x2 = 4 ¡incluso si es un paralítico el que lo afirma! Sin duda no advertimos un error de cálculo en cuanto a psiquiatras, sino solo rehaciendo las operaciones matemáticas.
Por este motivo, entonces, el médico debe esforzarse por darle la razón al paciente filósofo y no debe permitirse huir delante de las argumentaciones con un cómodo en lugar de refutarle objetivamente, afirmándose en el nivel de contraposición teórica >> (ibidem.)
Y es interesante realzar que en el ya citado artículo: Psichotherapie und Weltanschauung. Zur Grundsätzlichen Kritik ihrer Beziehungen, de 1925, él había afirmado que << en tales circunstancias, es tarea de la terapia, remover la sobre-estructura lógica de la visión del hombre y del mundo, junto con la infraestructura afectiva de los neuróticos: de otro modo, la ideología afectiva que permanece, ofrece un terreno fácil para reproducir nuevamente lo neurótico. Al mismo tiempo, no debemos sin embargo olvidar, que en determinadas circunstancias es necesario, antes que nada, agredir la sobre- estructura, quitando al neurótico, su sostén abstracto y sus fijaciones, para así, eliminarla más fácilmente. Esto será importante para aquellos individuos particularmente inclinados a las argumentaciones conceptualmente retorcidas en cuanto al propio programa de vida, pero que pueden ser contados desde un punto de vista intelectual entre los mejores de la sociedad.
Al confrontarlos -proseguía Frankl- debemos por consiguiente proceder con contra-argumentaciones filosóficas, por que cualquier otro argumento resulta inconsistente. No se puede de hecho ayudar a un pesimista, muy inteligente y conocedor, aconsejándolo nutrirse bien y hacer ejercicio, por que tales argumentos, como el resto de todo lo que atañe a la salud, no toca su filosofía >> (Frankl 1925 p. 250.)

5. De la neutralidad a la confrontación responsable.

Surge en este punto un problema esencial, y es el de la neutralidad al interior de la relación terapéutica. Por una parte, en efecto, parece suficientemente claro que el terapeuta tiene la posibilidad de influenciar la visión de la vida y del mundo del paciente. Por otra, es obvio que el paciente tiene el derecho de ver respetadas y no evaluadas sus convicciones, y sobre todo el de ser ayudado a obrar con libertad y responsabilidad.
<< Nos encontramos, pues frente al dilema: de una parte la necesidad y la presuposición de valores, por otra, la imposibilidad moral de una imposición. Y considero que es posible una solución, ¡pero sólo una determinada solución! En efecto, existe un valor ético formal que constituye la condición indispensable para cualquier otra valoración, sin por esto determinar alguna garantía: ¡la responsabilidad! Ella representa aquel valor límite de neutralidad ética, contra la cuál la misma psicoterapia, en cuanto procedimiento que expresa una valoración implícita o explícita, puede y debe adentrarse.
El paciente que en el tratamiento psicoterapéutico y a través de él adquiere un profundo conocimiento de su propia responsabilidad, como característica esencial de la propia existencia, consigue automáticamente las valoraciones que están en consonancia consigo mismo, con su personalidad única y con su propio e irrepetible destino.
La responsabilidad constituye, en cierto sentido, el lado subjetivo, mientras que en el lado objetivo se encuentran los valores: su elección y su reconocimiento vienen sin ninguna imposición por parte del médico. (Frankl 1939, p.708-709.)

6. Exigencias para un encuentro auténtico.

¿Cuáles exigencias son necesarias entonces, estando frente a un auténtico y responsable encuentro, como para ayudar a la plena maduración de motivaciones auténticas? Aquí exponemos brevemente algunas:

a) Salir del anonimato constituyendo una identidad fuerte, gracias a la cuál actuar con responsabilidad y con entusiasmo, sin medias tintas, sin escondites, sin máscaras. Salir del anonimato, quiere decir conquistar un modo de pensar, un modo de relacionarse con los otros, un estilo de vida, un corazón que late con quien sufre y que sabe tomar posición incluso en el respeto de estructuras excesivamente monolíticas, incapaces de flexibilidad y orientadas sólo a la observancia de normas de comportamiento frías e impersonales. Salir del anonimato quiere decir ser creativos en las iniciativas, participar activamente en el gozo y en el dolor, saber llamar por su nombre a cualquier persona, sea enferma o sana o incapacitada o de color o analfabeta.

b) Participar activamente, esto es en el sentido de que cada gesto, aunque pequeño y escondido, contribuye a la transformación del mundo, así como cada gota de agua va a alimentar de un modo u otro al gran océano, y es en el sentido de que es importante no estar en la ventana viendo aquello que otros, quizá por intereses privados, deciden sobre la piel de los otros. La participación exige un empeño social concreto, hecho de elecciones valientes, algunas veces contra la corriente, capaces de poner siempre en evidencia las exigencias y los derechos de las minorías, de los pobres, de los últimos, de los excluidos, de los marginados.

c) Sentirse parte de un grupo: ésto no solo representa la solución a la soledad que frecuentemente envuelve al hombre y le impide ser sereno ( solo estaremos en la perspectiva de las necesidades ), sino que constituye el lugar en el cual encontrar otros sujetos únicos y singulares, también en camino, también en la misma orientación hacia un fin, también animados por una profunda voluntad de significado. Pertenecer entonces quiere decir aceptación de la diversidad, comprensión de los límites, reconciliación consigo mismo ( porque quizá han surgido motivaciones erróneas en los principios de la propia elección de vida) y reconciliación con los otros ( porque también ellos pudieron haber obrado mal eligiendo sólo como fuga o como remedio.) Pertenecer significa realizar el transito de un sistema motivacional insuficiente y quizá reductivo, de poca cabida, a un sistema abierto, de amplio respiro, capaz de abrazar al otro en su pobreza y en su escasez demostrándole calor, soporte, amistad, fraternidad, solidaridad, consuelo, cercanía.

d) Escoger un guía espiritual que no substituya las propias decisiones personales y no se haga garantía indiscriminada de eventuales fallas, quitando la libertad y la responsabilidad, pero que camine al lado suscitando preguntas y respuestas, sosteniendo en las dificultades y regocijándose con en las alegrías, favoreciendo el esfuerzo y esperando con paciencia cuando el paso se hace un poco mas lento. Una guía espiritual obviamente no se comporta con una actitud de devoción casi histérica, con una sumisión impersonal y anónima, o con un continuo procesar intenciones y comportamientos.

7. Estrategia de la esperanza.

Hay una pregunta que surge al principio de la humanidad y que acompaña su historia en forma continua y penetrante y que se revela a cada hombre, en cualquier tiempo, en cualquier lugar, en cualquier situación: << ¿Dónde estás?, ¿Dónde te encuentras en este momento? >> Es la pregunta revelada por Dios al primer hombre que se oculta después de ser avisado dramáticamente de su finitud, de su límite, podríamos decir, de su muerte:
<< ¿Dónde estás? ¿Estás en camino? ¿Si sí, en que punto estás? ¿Y en cual dirección estas caminando? >>.
¿Cuándo se nos revela esta pregunta? Esta, concretamente surge, cada vez que un hombre se encuentra con otro hombre. Es el otro en efecto, el que estimula la pregunta. No somos nosotros los que la ofrecemos, es el otro con su misma existencia, quien pregunta
<< ¿Dónde estas? >>
El encuentro con la persona que sufre, con el anciano, con el enfermo terminal nos ofrece ciertamente la interrogación: << ¿Me ayudas? ¡Te necesito! >>. Pero a un nivel más profundo, mas intimo, pregunta a cada uno: <<¿Tu donde estas? ¿Qué quieres hacer de tu vida? ¿En qué dirección vas? >>
El mecanismo de la compasión, del cum patire, destruye en tal modo el aislamiento, el cerrarse en sí mismo, que hace salir de la concha y abre un respiro a cualquier cosa, a cualquiera que nos busca, abre la posibilidad del encuentro, de la acogida.
Recogiendo la pregunta que el otro me hace, por el simple hecho de que existe, que yo lo veo y lo encuentro, mi vida se convierte en camino y se transforma en estrategia de esperanza, porque su fuerza descansa en el valor de amar.

8. Encuentro en el amor.

Frankl afirma que quien vive una relación de amor descubre, mas bien anticipa a sí mismo, cualidades escondidas en la persona amada que piden ser realizadas. << El amor descubre y abre (....) las posibilidad de valor en su amado. También el amor en su penetrante mirada espiritual, anticipa cualquier cosa: se trata de las posibilidades personales, no realizadas todavía, que la persona amada en su concreción, aún esconde dentro de sí. >> (Frankl, p.39.)
Las situaciones más escabrosas, las más lacerantes, aquellas que parecen haber perdido todo rastro de humanidad, piden ser enfrentadas con un gesto absolutamente gratuito, un acto de amor que solo puede intuir las posibilidades de dignidad aparentemente desaparecidas.
Cada acto de amor no puede mas que ser un regalo, pero cada regalo solicita una respuesta. Cada acto de amor, cuando es verdaderamente tal, descubre la posibilidad, y plena de creación, mejora. Cada acto de amor, cuando se transforma en un encuentro sincero y gratuito con el otro, hace surgir el camino de la esperanza y es capaz de ir mas allá de la pura y simple satisfacción de las necesidades. Cada acto de amor, por tanto, salvaguarda la persona individual con su rico mundo interior, con sus pertenencias, con sus tensiones y sus inclinaciones. << Se acepta solo quien se conoce. Pero se conoce solo en el amor >>, escribe Romano Guardini (1992,p.30.) Y, por tanto, en la relación.
Cualquier tentativa de reducir al hombre, a cualquier hombre, va junto a la necesidad, o de considerarlo, aquello que no es, en su unicidad e irrepetibilidad, y hacerle y hacerse violencia. Pero en la violencia no hay conocimiento ni esperanza.
<< Conocimiento y esperanza es darse la posibilidad de llamar al otro por su nombre. Es construir lugares de autentica humanidad. Es tener el valor de programar la propia acción, la propia estructura y la propia existencia misma, de modo tal, que el espacio y el tiempo puedan ser contenidos. Es realizar una estructura en la cual se pueda romper el vínculo del << hacer >> para garantizar y proteger los momentos de crecimiento >> Punzi 1994, p.71.)
La confusión, la carrera, el ansia de producir, son el presupuesto de la torre de Babel: La ilusión, aquélla de alcanzar la máxima visibilidad, pero la imposibilidad trágica de no poder escuchar a aquel que está al lado y construye con nosotros.
El hombre que nosotros encontramos, el hombre herido, el hombre que vive en la noche, tiene delante dos posibilidades: rechazarse, o al contrario aceptarse a sí mismo. Y nosotros sabemos que se acepta solamente el que ha experimentado el amor, la verdadera acogida, la solidaridad. Es esta condición que conduce al hombre a tomar posición respecto a su presente y a su pasado. Es la realización de aquellos que Frankl llama << valores de actitud >> (Frankl 1977, p.85.)

9. Riegos del encuentro.

Cada encuentro, sin embargo, no es solo un lugar de fidelidad al ser, a la vida y a la relación, en la medida en la cual el horizonte es la autotrascendencia. Cada encuentro lleva consigo también riesgos. Frankl, refiriéndose a la acción terapéutica, nos indica dos: la cosificación del hombre y su manipulación (Frankl 1977, p.273-276).
La cosificación tiene lugar cuando el proceso de satisfacción de las propias necesidades ocupa la casi totalidad del espacio y del tiempo, en lugar de ser la ocasión para la manifestación y la comprensión del hombre en su totalidad.
La manipulación se verifica desde que cada uno pone la propia experiencia, los propios esquemas y los propios valores culturales, englobando o redimensionando aquello que es propio de la persona que encuentra <>, parecería así decir. El paso hacia el delirio de omnipotencia es, a este punto, breve.

10. Actitud para una auténtica apertura a la esperanza.

¿Cuál actitud asumir para realizar encuentros abiertos a la esperanza?
En general se puede decir que son necesarios el optimismo hacia todas las manifestaciones de la vida y de la realidad, la fe en la dimensión espiritual, en la capacidad de decidir y en la posibilidad de significado, siempre, como-sea y donde-sea, el sentido de la propia responsabilidad.
A nivel más específico, es necesario alimentar dentro de sí la acogida del otro como persona, sin esconderse ni defenderse dentro del propio rol y por esto, sin tratar al otro como un caso, sino reconociéndole plena confianza y total dignidad, cualquiera que sea su estado, aunque sea un barbón que hace años no se baña y apesta.
Es necesario en fin escuchar al otro y comprenderlo, así como aceptarlo en su globalidad, como es en realidad y no como quisieras que fuera. Y en fin consentirle que se exprese libremente y que tome decisiones con responsabilidad personal, de modo de percibir de la manera más amplia posible el propio horizonte intencional, y así encontrar caminos alternativos, ensanchando espacios y dimensiones de la vida.
La relación, entonces, antes de ser y delinearse en su dimensión-psicológica y social, representa el desarrollo de un encuentro entre dos personas que tienen dignidad. Y sobre este plano, primero aún que todas las palabras, todos los mensajes no verbales, que todas las esperanzas y todos los condicionamientos, se comunica esencialmente una única, gran verdad: <<¡Tú para mí existes! Y estoy contento de compartir contigo el camino fatigoso y, a veces, fallar en apariencia en la búsqueda de sentido >>.
Lo importante pues, es caminar juntos, porque solo un itinerario de solidaridad permite descubrir las infinitas posibilidades de significado encerradas en nuestra existencia. Y tenía razón por eso el psiquiatra Karl Jaspers al afirmar que << Aquello que el hombre es, lo es en virtud de lo que logra hacer suyo >> ( Frankl 1978, p.181.) Así como se vuelven de profunda actualidad las palabras de Kierkegaard, también hechas propias por Frankl: << Para mí, la puerta de la felicidad no se abre hacia adentro, así que lanzarse contra ella no sirve de nada; sino que se abre hacia afuera y por lo tanto no hay nada que hacer>> (Kierkegaad 1972, p.10.)
Un día hace muchos siglos, un rabino, perteneciente a un movimiento místico hebraico, entró en la sala en la cual algunos estudiantes de leyes estaban escondidos jugando damas. Temerosos por su aparición los muchachos pusieron rápidamente el tablero en otra parte. El rabino se dio cuenta y en lugar de reprobarlos, les quiso dar una lección de vida, trataba justamente del juego en el que se estaban entreteniendo. Y les dijo: “¿saben decirme cuales son las reglas de las damas?” Los muchachos se quedaron perplejos y no sabían qué responder. A lo que él agregó: “y bien, les explico yo: las reglas del juego de las damas son 3: 1) dar un paso por vez; 2) solo se puede mover hacia delante; 3) una vez que se llegó a lo alto, se puede ir a donde se quiera” El anhelo es que cada uno de nosotros, alimentando y calificando la propia concepción de la vida con la contribución de la logoterapia de Frankl, sea capaz de proceder con pequeños pasos, caminando siempre adelante, mirando con constancia y con empeño a la realización de encuentros únicos y originales, capaces de inundar la vida de sentido y de esperanza.

 

Bibliografía

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