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De la antropología del significado a la antropología del límite

A diferencia de Freud y de otros psicólogos que han querido mantenerse libres de toda influencia o carga filosófica (mentalidad característica del siglo XIX), en Viktor Frankl reconocemos una postura decididamente filosófica y aunque, en concreto, Freud no alcanzó su objetivo, pues no pudo evitar de enturbiar con su conato metapsicológico las relaciones entre la filosofía y la psiquiatría, Frankl logró sustentar una singular imagen del hombre sobre la cual levantó su teoría psicológica y desde la cual elaboró sus “utensilios” psicoterapéuticos propios.
De esta manera, la pretendida distancia con respecto a la filosofía ha generado una forma de “ideología del hombre” en lugar de la filosofía del hombre. ¿Con qué consecuencias?
En la visión ideológica, el hombre se ha visto reducido en una de sus dimensiones esenciales dejando como resultado un ser gobernado por instintos primarios que son el origen de la motivación humana y la explicación última de su conducta. Esta situación la encontramos particularmente en las orientaciones psicodinámicas, como en el caso del psicoanálisis freudiano y en otra medida, en la psicología analítica de Jung, no obstante su in discutible fuerza filosófica, por no enfatizar sobre la “ideología del hombre” dominante en la psicología conductual de J.B.Watson y de B.F.Skinner.
Los paradigmas teóricos introducidos por las corrientes arriba señaladas limitaron la decisionalidad y la trascendencia del hombre. Este terminó siendo interpretado en clave ambientalista, biologista o psicologista. Los “fenómenos” ocultaron lo que está detrás del hombre: la persona, el amor, la creatividad, la responsabilidad frente a sí mismo y ante los otros, su necesidad básica de significado, su autonomía, sus experiencias cumbres o límites, su referencia a los valores, en una palabra, terminaron eclipsando al hombre mismo. Este fue el panorama “científico” que encontró Viktor Frankl alrededor de los años 20.
¿Cuál fue la respuesta de Frankl a lo que él mismo denominó una “psicología sin espíritu”? Frankl denunció la excesiva atención a la energía instintiva, al placer, a la avidez de poder (como privilegiaba Adler), en otras palabras, a lo biológico y a la mera dinámica de la psique. A continuación, Frankl inició un metódico proceso de confrontación de las teorías psicológicas vigentes, especialmente, de Freud, de Adler y de Jung, de quienes fue desgajándose. Pero no se dedicó solo a demoler, “vocación” tan dominante en Freud que pudiera constituir su complejo personal, sino que su empresa se centró más en lo positivo de la superación y la renovación de la psicología que en lo negativo de la denuncia y el ataque. En esto consistió su vigoroso esfuerzo.
Concretamente Frankl se acercó al hombre desde un concepto que constituye el eje de su reflexión filosófica del hombre. Para ello se sirvió de una palabra exquisitamente filosófica y exquisitamente bíblica y en ambos casos explicitó, por extensión, un alcance inusitado, pero nada arbitrario, de dicho término. Como sabemos Frankl recurrió a la palabra “logos” para identificar un método terapéutico y a la vez para definir un sistema teórico centrado sobre la problemática de la significatividad de la existencia. Dicho constructo quedó bautizado como “logoterapia”, donde el término “logos” recogió en su nueva acepción la tradición religiosa veterotestamentaria y la tradición metafísica griega.
Aunque etimologicamente “logos” esta por “razón de ser”, “tratado”, “conocimiento”, “entendimiento”, “palabra”, “verbo”, en la extensión operada por Frankl, “logos” alude a “sentido” y a su sinónimo “significado”.
¿Cómo realiza Frankl este paso? Aunque no me resulta que él lo haya explicado, podemos suponer el siguiente proceso. En base a su carácter filosófico, el concepto de “logos” demanda una coherencia interna: es inherente a un “tratado”, y a un “conocimiento” su lucidez y su conexión interna. A su vez, la “palabra” o el “verbo” no es solamente una realidad fonética, sino una unidad, como dirían los lingüistas, portadora de un sentido.
Por otra parte, el mismo concepto metafísico tiene una relevancia teológica tanto para los hebreos como para los cristianos. Para ambas confesiones, la Palabra, el “logos”, el Verbo, da lugar a una teología dialógica. Permitanme que haga una breve incursión en las Sagradas Escrituras.
Para los judíos, y es el caso de Viktor Frankl, los “misvá”, los mandamientos o palabras, salen, “mosa´” de la boca de Dios. En el Dt.8,3 se dice que el hombre no solo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La creación estuvo confiada a la Palabra, la Alianza de Dios con Israel fue sellada con la Palabra. La Palabra es el vehículo de la promesa. No acoger la Palabra es exponerse a la muerte, como se dice en 1Re.20,36. En cambio, guardar la Palabra es la manera de conservar la dicha, como leemos en el Salmo 119. La palabra entonces es vida por que está asociada al sentido: el hombre la “siente” no sólo como sonido, sino como significado. La Biblia de los cristianos subraya la condición salvífica y vivificante de la palabra al definir a Jesús como Verbo, “logos”, es decir, como “luz” porque el Verbo, la Palabra, tiene la función de “iluminar” el entendimiento: “Luz que brilla en las tinieblas”, precisa el Evangelio de San Juan (1,4-5).
En el caso de Viktor Frankl el “logos” fue la luz que brilló cuando su existencia se vio cuestionada por la privación de la libertad. Al apelar al concepto de “logos”, Frankl empleará, por extensión, volvemos a repetir, la acepción que a raíz del mes de noviembre de 1942 le permitiría resistir como ser humano en un campo de concentración: el sentido de la vida. Precisamente en el lugar donde vio desfilar la muerte de sus seres queridos, donde lo matricularon como un objeto y donde asistió diariamente al espectáculo del dolor, de la vida humillada, degradada y frustrada en todas sus esperanzas, en ese lugar, donde otros perecieron a causa del trabajo, de la mala alimentación, del lodo y del frío, Viktor Frankl preparó unos apuntes, donde la palabra “logos” se difundirá reiteradamente como un concepto fundamental. Más tarde, en 1946, producto de la recopilación de los estenógrafos del campo de concentración, Frankl publicará su primer libro donde la palabra “logoterapia”, y las tesis ahí contenidas originaran polémicas y admiración en toda Europa. Para entonces una nueva orientación se abría espacio entre la psiquiatría y la psicología modernas.
Señalemos que por esa época muchos psiquiatras y psicólogos de Europa como Minkowski, Von Gebsattel, Binswanger, Straus, Boss, inspirados por la filosofía fenomenológica-existencialista, en auge después del primer conflicto mundial, reconocían que la psicología estaba lejos de encontrar al hombre como persona, con sus crisis espirituales, con sus inquietudes tremendas y su angustia existencial. Alrededor de los años 20 brotan las primeras manifestaciones de lo que más tarde, en el ámbito de la psiquiatría, recibirá el nombre de “Daseinanalyse” o movimiento analítico existencial.
Para 1950 la orientación Frankliana, con sus fases y conceptos básicos, estaba completamente desarrollada. Su fecunda actividad de escritor difundirá el concepto de “logos”, traducido como “sentido” o “significado”, en más de sus 30 libros traducidos a más de 20 idiomas.
Ahora bien, ¿qué visión del hombre nos propone Viktor Frankl? Para percibir a fondo la comprensión antropológica de Frankl conviene dividir la palabra “antropología” en sus dos raíces griegas originales, “ánthropos” y “logos” y dar a ésta última la acepción que el mismo Frankl le atribuyó. De esta manera, en vez de una mera “antropología”, tratado filosófico sobre el ser humano, Frankl realizó una “ántropos” - “logos”, es decir, una “antropología del significado”. A tal punto valorizó la importancia del sentido que toda su visión del hombre quedó gravitando alrededor de dicho término.
Cabe señalar que Frankl mismo nunca usó la expresión que hemos mencionado, sino que definió su sistema como un proyecto de “Antropología psicoterapéutica”. Pero, podemos hipotizar que el autor, que era sumamente celoso de sus ideas, incluso terco y obstinado, como ha reconocido Joseph Fabry, uno de sus principales discípulos, no renegaría del uso que hacemos del término antropología para aludir a su sistema.
Más que hablar de una visión filosófica del hombre habría que referirse a una concepción existencial del significado, donde a través de éste se resalta el carácter espiritual-personal del hombre. O dicho diversamente, partiendo del significado, Frankl introduce la dimensión espiritual-personal del hombre en el terreno de la psiquiatría.
Al carácter espiritual-personal de la existencia se llega, bien desde el hombre considera do en su totalidad (contra el reduccionismo que ignora precisamente la pluralidad de dimensiones del hombre), bien desde el significado afirmado como la orientación primaria del hombre. En ambos casos se alcanza la esencia espiritual del hombre. Por ambas vías se termina atestiguando la dimensión humana del hombre. Se pudiera concluir entonces que la dimensión específica del hombre es lo humano y que lo específico de lo humano es lo espiritual y que lo característico de lo espiritual es la demanda de significado. Estos tres pasos resumen su profunda comprensión de la realidad del hombre.
A la pregunta: ¿en qué consiste lo humano? Frankl responde que la pregunta es de proporciones ontológicas y no meramente psicológicas. De aquí que Frankl nos hable de una realidad autotrascendente, dotada de intencionalidad, capaz de autodeterminarse y por lo mismo libre y responsable frente a las circunstancias de la vida. Si de algo entonces no se puede privar al hombre es de su capacidad de elegir una actitud interior aun cuando no queda espacio para ninguna opción. Tal es la real autonomía del hombre.
De esta manera la Logoterapia resolvía y devolvía al campo de la psiquiatría la cuestión antropológica de fondo: el carácter decisional del hombre. Esta es la consecuencia de la inserción de la dimensión espiritual en el horizonte de la psicoterapia.
Desde esta “ánthropos” - “logos”, Frankl aborda una serie de problemas no sólo filosóficos, sino propiamente psiquiátricos. O podemos decir: se ocupa de una problemática que para el hombre presenta dos vertientes: la filosófica y la psiquiátrica. Nos referimos
al sufrimiento, a la dolencia espiritual de quienes han sucumbido a un enfermedad psicótica, a la crisis espiritual, al vaco existencial, a la apatía, a la desesperación y demás problemas espirituales que la psicología médica anterior a Frankl no supo catalogar ni tratar y que aun presentando una sintomatología idéntica a la de los cuadros clínicos patológicos, poseen sin embargo una diversa etiología.
La novedad de la Logoterapia fue la de ofrecer una neta distinción entre lo espiritual y las patologías psíquicas. Por tal razón, lo espiritual no es patológico: enfermarse es propio del organismo psicofísico y no de la persona, que es una realidad espiritual. Frankl dirá que su sistema está muy lejos de la psicoterapia clásica cuya misión se reducía a capa citar al hombre para trabajar y gozar. Se hace también necesario capacitar al hombre para sufrir. ¿Por qué motivo? Porque la existencia no es primordialmente búsqueda de placer, sino búsqueda originaria de sentido en cualquier circunstancia, especialmente cuan do el padecimiento emocional y espiritual se vuelve inevitable, porque la vida incluye el amor desgraciado, la infecundidad, el envejecimiento, la soltería obligada y el agobio generado por múltiples circunstancias absurdas. Por ejemplo, ¿que sentido presenta la vida para quien sufre de Alzhaimer, mal de Parkinson, sida o cáncer terminal o para quien debe acompañar a un pariente con tales enfermedades o vivir toda la vida al lado de un hijo con síndrome down, autismo, esquizofrenia o de alguna grave cerebropatia? Pues aun en esas circunstancias la vida conserva un valor y presenta un sentido que podemos percibirlo cuando abandonamos la actitud hostil frente a aquellos aspectos ineludibles, insondables, insanables ( e insolentes) de la vida. Como explica Frankl: “La vida no se colma solamente creando y gozando, sino también sufriendo”.
La “antropología del significado” nos deja pues en presencia de lo humano y no del instinto, nos coloca de frente a lo espiritual. Es aquí donde Viktor Frankl chocó la mentalidad psiquiátrica de su época con su tesis original de la existencia en el hombre no sólo de un inconsciente impulsivo o instintivo, descubierto por Freud, sino de un inconsciente espiritual.
Si es cierto que todo lo humano está condicionando, también es cierto, como sostiene Frankl, que solo es propiamente humano aquello que supera su propio condicionamiento. Esta superación es facultativa. ¿De qué manera se cumple esta facultatividad?
Trascendiendo la vida fáctica a través del sentido. Decidiendo de sí mismo a través de la actitud que se toma ante los determinismos caracteriales, instintuales y ambientales que se padecen. La capacidad de tomar una actitud frente a los reales condicionamientos de la vida da un significado a la existencia en esas situaciones en que la vida se ve sin posibilidad de salida. El sentido se encuentra y se realiza a través de los valores, valores que no son nunca abstractos, valores en si, sino valores encarnados en algo, en una relación, o en alguien. A este propósito, los valores, en su más alta expresión, son valores actitudinales, afirma Frankl, radican en la actitud que asumo ante el destino, al punto de asimilarlo y cambiar el metabolismo del destino mismo; es decir, asumiendo y de esta manera transformando una situación ineludible. Esta es, para Frankl, la tarea fundamental del hombre: conservar el sentido de su existencia pese a las condiciones y circunstancias adversas que se presenten. Como diría Yehuda Bacon: “El dolor realmente tiene sentido cuando tú mismo realmente te conviertes en otro hombre”.
¿Cómo puede ser esto posible? El hombre decide de sí mismo, y aquí alcanzamos la columna que sostiene la Logoterapia, porque su yo más profundo se enraízo en el inconsciente espiritual. Aquí se origina la conducta humana del hombre: desde aquí surge la posibilidad y la capacidad de tomar una posición y de guiar la propia existencia. Aquí, pues, en esta dimensión inconsciente espiritual, está la persona. Este es el santuario del hombre. Desde aquí el hombre puede mirar sus condicionamientos, su propia contingencia y desde aquí mismo aceptar, como diría Norbert Wierner, “el triunfo de haber existido en algún momento de tiempo en un universo que parece mirarnos con indiferencia”.
Hasta aquí un esbozo de la teoría filosófica del hombre de Viktor Frankl que hemos calificado como una “teoría filosófica del significado” y por esta razón, la antropología termina en terapia.
Para abordar el segundo asunto de nuestra relación, la Antropología del límite, formula remos algunos preguntas que están relacionadas con la Logoterapia. En efecto, si hablamos de responsabilidad: ¿cuál es la primera y la última responsabilidad del hombre? Si hablamos de valor actitudinal: ¿cuál puede ser el valor actitudinal más alto, supremo, que el hombre pueda ejecutar? Si hablamos de libertad: ¿cuál es la primera y la última manifestación de libertad que el hombre puede cumplir? Y si hablamos de trascendencia, para referirnos a otro de los conceptos claves de la Logoterapia: ¿cuál es la primera acción trascendente que realiza el hombre? Y con respecto a la problemática del sentido, ¿no hay acaso un paso previo que llevar a cabo para que la vida tenga sentido? A este punto queremos cambiar de canal antropológico y referirnos a la Antropología del límite, una teoría filosófica del hombre que tiene como punto de partida la misma condición limitada del hombre, su finitud.
Los honrosos límites de espacio y de tiempo me obligan a referir algunos de mis libros para quienes quieran ahondar en este enfoque filosófico que sustenta una teoría psicológica denominada Terapia de la imperfección, correctiva de la neurosis del perfeccionismo (Ver: Una terapia para la persona humana, Cittadella editrice,Italia, 1994.Trad. al español: Conocer los propios límites, Editorial San Pablo, Madrid, 1995; Onora il tuo límite, Cittadella editrice, Italia, 1997. Trad. al español: Honra tu límite, Editorial San Pablo, Madrid, 1997).
Para la Antropología del límite la demanda de significatividad de parte del ser del hombre se cumple siempre y cuando el hombre se oriente previamente hacia su propia realidad limitada. Queremos decir, de antemano a lo que vamos a plantear, que la cuestión del sentido es posterior a la cuestión de la orientación del individuo hacia su realidad defectuosa y contingente, fuente de inseguridad, de tribulación y de incertidumbre permanente.
La Antropología del límite coloca como categoría central el concepto de indigencia. La aparición de la indigencia es la primera manifestación antropológica en el mundo de los organismos vivientes. El animal, en efecto, vive cerrado en el mundo de la necesidad. El desplazamiento de la necesidad a la indigencia constituye la primera forma de conciencia del propio ser limitado y con esta chispa de autoconciencia aparece el hombre. La autoconciencia, que en primera instancia es conciencia de ser limitado, es el primer acto de trascendencia que el hombre cumple con respecto a sí mismo. Es la primera lección de trascendencia. La indigencia a que nos referimos no proviene entonces del plano del tener, sino de la misma experiencia que hace el hombre de su ser, del plano de la existencialidad, para usar una expresión de Frankl, de lo que el hombre es en su dimensión más íntima y profunda:
“Esta es la ‘naturaleza’ de la indigencia: ser súplica de ser. La indigencia radica en la conciencia de querer ser. El hombre es mendigo de lo que ha recibido una vez: el ser. Su ser le ha sido entregado, obsequiado, pero bien sabe que su propio ser es subsidiado, pues todo lo que ha recibido es la mera contingencia de ser. Como consecuencia, aun siendo, el hombre no se basta a sí mismo. Existir es una forma de pedir.” ( Ricardo Peter, Etica para errantes).
Pero si el ser es lo dado, ¿qué otra cosa puede convenir al ser sino la de ser tomado, aferrado, aceptado? Como vemos aquí se encierran dos cuestiones que pudiéramos aclararlas recurriendo a la metáfora del regalo y del gesto. Con la palabra “gesto” aludimos a una opción por la indigencia, con la palabra “regalo”, a la opción de una posibilidad, entre otras, considerada la más valiosa en un momento dado de nuestra vida en una situación específica. A este propósito diremos que el gesto es lo primero y el regalo, lo segundo.
De hecho, cuando aceptamos un regalo, automáticamente lo estamos considerando precioso independientemente del precio y del valor o significado que tenga para nosotros. Pudiéramos decir que el primer “regalo” es el gesto, el hecho mismo, no el regalo como tal. Pero quien rechaza el don, no sólo desvaloriza el gesto, la acción, sino lo obsequia do. Igualmente, el hombre recibe, le es dado, el ser y el primer asunto que se le plantea es la actitud que asume ante lo dado. La actitud de aceptación o de rechazo no decide ni modifica, claro está, la condición de lo regalado, pero si afecta su valor y el gesto mismo.
Aquí resalta el carácter imparagonablemente paradójico de la indigencia. Para el hombre la indigencia de ser deriva de la conciencia de ser necesitado. En otras palabras, el hombre tiene que apropiarse de su propia indigencia, pues, la indigencia, el ser, es el gesto, y la natural finitud, el ser limitado, es lo que le ha sido regalado. ¿Cuál puede ser entonces el valor supremo, la primera y la última responsabilidad, el acto de libertad más decisivo y definitivo, la mayor expresión de trascendencia de parte del hombre? Perdón que mi respuesta sea repetitiva: el valor supremo es acoger el gesto, en primer lugar, y el regalo de su existencia limitada; la primera responsabilidad es ante el gesto, en primer lugar y el regalo su existencia limitada; el acto de libertad más decisivo se cumple de cara al gesto y al regalo de su existencia limitada y , por consiguiente, la mayor expresión de trascendencia es con relación al gesto, en primer lugar, y al regalo de su existencia limitada.
Volviendo a nuestra temática general, la relación entre ambas antropologías, el juego de palabras entre el don y lo donado, entre el gesto y el regalo, es solo una manera de introducir la prioridad del asunto de la dirección sobre el asunto del sentido. No aceptar el gesto equivale, en nuestro caso, a extraviar lo fundamental, a perder lo que cuenta, a desorientarse con respecto al don. No aceptar el gesto equivale a comprometer la dirección, la indigencia, no el sentido, el valor de la indigencia. Y sin la aceptación del don se pierde el valor de lo donado: sin dirección no hay posibilidad de descubrir el valor del regalo, de significar la existencia.
Así, la problemática de la indigencia viene antes de la problemática del significado. La problemática que plantea el recibir el ser viene antes del significado del ser.
Todo el acontecer del hombre tiene como punto de partida la indigencia. Se pudiera objetar que “gesto” y “regalo”, prosiguiendo nuestra metáfora, coinciden en la indigencia; que dirección y sentido se confunden y que estamos hablando de sinónimos, prácticamente de lo mismo. Pero en base a la experiencia clínica se puede responder que no toda dirección tiene sentido y que no todo sentido ofrece una dirección válida para la vida.
En el caso de la patología del perfeccionismo el individuo tiene un ideal, una dirección, que sin embargo termina conduciéndolo al rechazo de su ser indigente, de su existencia defectuosa. Pero al no haber dirección, porque el perfeccionista pierde de vista su indigencia, se extravía el sentido de la vida: quien no encuentra su indigencia, no alcanza un sentido. Por otra parte, en la búsqueda de bienes, de placer, prestigio, poder, riqueza, éxito, etc., hay un sentido, sin embargo nada de eso ofrece una dirección válida a la vida.
De hecho, ambos términos, dirección y sentido, derivan de raíces latinas diversas: “dirección” habla de gobernar, de regir, en otras palabras, de administrar lo que poseo; mientras “sentido”, es relativo a percibir. Es como decir: si no tutelo y me apodero de mi vida, tampoco puedo percibir su valor. Citándome a mi mismo diría:
“En efecto, lo que queda amenazado, en primera instancia, al contacto con un límite existencial no es el sentido de la vida, como pensaría Viktor Frankl, sino la misma orientación o dirección del ser ante su indigencia, es decir, la posición o alineación del individuo ante la propia realidad finita”.
“La orientación precede a la significación. La voluntad de sentido en una dimensión pro funda es indigencia de orientación. Esta afirmación no equivale a sostener la existencia de dos voluntades (de sentido y de orientación). No se introduce pues un nuevo modelo de voluntad, una nueva hipótesis teórica. Se trata de llevar a sus últimas consecuencias la intuición original de Frankl”.
“La falta de sentido (sentido entendido como significado) de que habla Frankl, produce los rasgos consecuentes a esta neurosis tales como aburrimiento crónico, apatía, falta de “sabor” por la vida, sensación de provisoriedad, y las perturbaciones psicosomáticas y funcionales que puedan desencadenarse a raíz de la frustración existencial, pero, en todo caso, el sentido de la vida es solo una consecuencia de la actitud que asumimos ante la indigencia que expresa la insuperable finitud del ser”.
“Dejemos claro entonces que la significación es fruto de la dirección u orientación hacia la indigencia. Si no hay respeto de los propios límites (que no son sólo existenciales, si no ontológicos, genéticos, circunstanciales y opcionales), tampoco hay sentido de la vi da. El sentido de la vida implica volver a la indigencia, encontrarla (aunque ya ella nos haya encontrado a nosotros) y abrazarla. La dirección es la condición de la significación de la vida. La búsqueda de sentido como significación es posterior a la búsqueda de sentido como dirección. Quien en la vida tiene dirección (es decir se orienta hacia su propia indigencia) tiene a su vez un sentido. La indigencia resulta por lo tanto el horizonte hacia el cual tender cada vez que se pierde el sentido en ambas acepciones”. (Ricardo Peter, Etica para errantes).
En el lenguaje propio de la Logoterapia pudiéramos decir que la dirección u orientación hacia la indigencia es un valor de actitud. Pero no se trata de cualquier valor, sino de un valor de actitud suprema. La aceptación de la indigencia es el primer agente de significación de la existencia.
Reconocemos una conexión entre dirección y sentido. Pudiéramos decir que orientación y sentido son la pareja fiel a la vida y que la infidelidad a la dirección hará vana e infructuosa la búsqueda del sentido. Para que esta pareja funcione debe existir una permanente forma de dialogo entre dirección y sentido. Algo así como preguntarnos a raíz de cada dificultad para encontrar el sentido a la vida, si me estoy llevando bien como mi propia realidad indigente o si acaso el obstáculo no sea debido a la actitud que asumo ante la “triada” del límite: los limites inevitables que provienen de uno mismo; los límites inevitables que provienen de los demás y los límites inevitables que provienen del mundo en qué vivimos. En pocas palabras, mi actitud ante la problemática de la indigencia.
Lo más frecuente es que esta pareja, dirección y sentido, se vuelva infiel y que el mal compañero sea la dirección. ¿Por qué motivos? Descubrirnos indigente, topar con nuestros límites, suscita miedo. La sola idea del límite nos traumatiza: “todo límite, como decía en otra ocasión, por pequeño que sea, nos enfrenta con el miedo fundamental a ser limitados. Cada límite, a su manera, nos anuncia que a consecuencia de ser limitados, se puede dejar de ser y que infaliblemente dejaremos de ser”.
Si el objetivo de la Logoterapia, como afirma Frankl en su “ensayo de patodicea” es el de capacitar al hombre para encontrar un sentido al sufrimiento; el objetivo de la Antropología del límite es el de capacitar al hombre para aceptar su indigencia, fuente de todas las actividades propiamente humanas y depositaria de una insatisfacción que dura más tiempo del tiempo que se pueda vivir. De aquí que la Antropología del límite mueva y encamine todos sus recursos hacia la comprensión del ser, que es lo mismo que decir, a la compasión por el ser indigente.
El objetivo de la Antropología del límite es reorientar al hombre las veces que, seducido por el ideal de la perfección, evade, huye o rechaza su ser cimentado en el límite. Esta reorientación a la indigencia es precursora de la revalorización de la vida, del dolor, del trabajo y del amor:
“ Desde este punto de vista, la aceptación del propio ser limitado constituye un problema no sólo psiquiátrico o psicológico. Se trata fundamentalmente de un problema filosófico y, más exactamente, del problema antropológico como tal” (Ricardo Peter, Honra tu límite, op. cit., p. 18).
La Antropología del límite plantea entonces que el modo de colocarnos ante el problema de la indigencia, que jamás seremos capaces de colmar, es la verdadera cuestión antropológica y psiquiátrica. Pudiéramos afirmar que el problema del significado de la existencia es un aspecto del problema de la indigencia. Responsabilizarnos de nuestro ser indigente no es solo un acto de libertad y de trascendencia, sino de valorización y significación de la misma. A la aceptación de la indigencia está vinculada la posibilidad de significar la existencia.
La Antropología del límite puede ser una buena pareja de la Logoterapia. La Antropología del límite, como cualquier psicología humanista, tiene deudas impagables con la Logoterapia, la más conspicua y observable, la introducción en el terreno de la psiquiatría y de la psicoterapia de la dimensión espiritual a través de la afirmación del inconsciente espiritual. Pero una y otra vez habría que recurrir a la expresión de Burton, que el mismo Frankl solía citar en los años 50: “Un enano que está sobre las espaldas de un gigante puede ver más lejos que el gigante mismo” y aplicarla en nuestro caso afirmando que la visión de Viktor Frankl tiene el efecto de un catalejos: gracias a él se puede ver más horizonte.