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Viktor Frankl: recuerdos personales

VIKTOR FRANKL: RECUERDOS PERSONALES

Joseph Fabry

Traducción de Gabino Islas González

 

Conocí a Viktor Frankl, al igual que lo hicieron muchos otros, a través de su libro “Man’s Search for Meaning”. En la primavera de 1963 mi hija me lo regaló y, al igual que sucedieron con muchos otros, este libro determinó un cambio en mi vida.

 

Yo mismo había pasado por el holocausto, aunque en condiciones bastante menos severas que las del Dr. Frankl. Perdí a mis padres y a la mitad de mi familia, y estuve expuesto a las chicanearías de los Nazi y de las autoridades de otros países que me negaron refugio manteniéndome en prisión y en un campo de detención, bajo la permanente amenaza de ser regresado a la Alemania Nazi.

En 1963 me establecí en Berkeley, tuve una familia, fui editor en la Universidad de California y presidente del Comité de Programas de la Iglesia Unitaria local. Pensé que en ese momento las ideas de Frankl serían de interés para los miembros de nuestra iglesia y le escribí pidiéndole más información. Sucedió que más tarde en ese mismo año, él iba a dar una conferencia en San Francisco, y ahí nos encontramos. Estaba encantado de encontrar en la lejana California alguien con quien podía hablar no sólo en alemán, sino también en su amado dialecto Vienés. Prometió enviarme “algunas cosas”.

Resultó que tales “algunas cosas” consistía en alrededor de 20 libros, artículos, folletos y presentaciones por radio, todo ello en alemán.

Entre más leía yo más me convencía de que Frankl tenía un mensaje que los americanos podrían acoger. Aquello era Berkeley en los años sesenta, una sociedad opulenta y hedonista en búsqueda de algún significado más allá de las cosas materiales y los placeres. La juventud especialmente sufría de lo que Frankl llamó “vacío existencial”, un vacío interno que trataban en cierta forma de llenar con drogas, sexo y violencia.

Yo quería que él escribiera un libro para el lector americano inteligente poco informado. Estaban disponibles entonces solamente dos libros en inglés, uno acerca de la conmovedora narración de sus experiencias en los campos de concentración, con sólo alguna muy breve referencia a la logoterapia. El otro, una introducción a sus ideas, escrito para profesionales. Sus libros en alemán eran también técnicos, filosóficos o médicos.

Durante el siguiente par de años tuvimos un vívido intercambio trasatlántico de ideas, y hablamos sobre el proyecto de un libro de divulgación, cuando lo introduje a una serie de citas, entrevistas y conferencias durante dos viajes preparados para él en el área de San Francisco. Aprendí a quererlo como persona, admirar su penetrante y agudo intelecto, pero me desesperaba la terquedad con la que insistía en detalles nimios. Consideramos varias posibilidades: que él escribiera el libro en alemán y yo lo tradujera; que yo lo escribiera por él, o publicarlo con el formato de una entrevista.

Nada funcionó. Su inglés estaba lejos de ser perfecto, pero cuando yo señalaba que el fraseo que utilizaba no sonaba bien, simplemente replicaba: “Pero esa es la forma en que quiero decirlo”. Cuando escribiendo el libro por él según la segunda alternativa, escribía yo algo que lo mostraba como una persona brillante, decía: “No puedo alabarme a mí mismo de ese modo”. En cambio, si utilizaba palabras que lo hacían ver bajo una luz desfavorable, exclamaba: “Ya hay mucha gente que me critica. No tengo porqué criticarme yo mismo”.

Eventualmente me dijo: ¿Por qué no escribe el libro bajo su nombre?, Así puede usted decir lo que quiera y en la forma que quiera. Será su responsabilidad. Así fue que escribí y publiqué “The Pursuit of Meaning”. Pero tuve mucho cuidado de no incluir nada con lo que él pudiera no estar de acuerdo, y fue muy fructífera su revisión del manuscrito.

En mis viajes con Frankl tuve oportunidad de ver cómo trabajaba, cómo vivía y qué platicaba. Mencionaré para el caso, dos ejemplos.

Después de una conferencia en un colegio cerca de San Francisco una mujer pasada de peso lo paró y le dio las gracias. Hacía tiempo había estado muy deprimida y al borde del suicidio a consecuencia de su obesidad. Un año antes, se la habían presentado a Frankl como una paciente a través de la cual demostrara sus métodos ante una clase de estudiantes de psicología. El no la había visto antes, pero sabía por su expediente clínico que la obesidad era causada por el desorden de una glándula para el que no se conocía ningún tratamiento médico. Durante la demostración el no le habló acerca de dietas o ejercicios, sino sobre las cosas que le gustaba hacer –ir a conciertos, tomar clases de piano, leer, regresar al colegio. Entonces le dijo a ella algo que es la quintaesencia en logoterapia, aplicable en todos los casos de sufrimiento inevitable: “Usted no es culpable por ser obesa. Su cuerpo es el que le hace eso a usted. Pero sí es responsable de vivir como una persona que se ve forzada a hacerlo en un cuerpo obeso. No puede ser una bailarina de ballet, pero tiene la capacidad de hacer muchas de las cosas que le gusta hacer”.

Y ahora, un año más tarde, ella le dijo a Frankl: “La media hora que estuve con usted me hizo más bien que años de psicoanálisis”.

Posteriormente a otra conferencia en el área de San Francisco, un jefe de guardias de la cercana prisión de San Quintin se acercó a Frankl. Uno de los internos había leído en la biblioteca de la prisión, “Man’s Search for Meaning” y cambió completamente su visión de la vida. Ese hombre había oído que Frankl estaba en el área -¿podría quizá platicar con él unos minutos?. Para consternación de todos los que habíamos elaborado una apretada agenda de conferencias y entrevistas para Frankl, este prometió entrevistarse con el interno a la mañana siguiente. Era ésta una ilustración de un principio por el cual vivía y que mencionaba a menudo: “Si un paciente me pide hacer algo que puede atender alguien más, dejo que mi asistente lo haga. Pero si soy él único calificado para hacerlo, lo hago yo mismo”.

Conduje a Frankl a la prisión y se me permitió estar presente cuando habló con los prisioneros. Me maravilló la habilidad de Frankl para infundir en el hombre un optimismo realista que lo capacitaba para “decir sí a la vida a pesar de todo”, como lo dice el título de uno de sus primeros libros publicados.

El guardián quedó tan impresionado que preguntó a Frankl si estaría de acuerdo en volver en alguna próxima oportunidad para hablar a todos los internos, cosa que prometió hacer. Cumplió su promesa, y me pidió encargarme de los arreglos necesarios. Habló en la capilla de la prisión, y sus palabras se transmitieron a todas las celdas, incluyendo las de la sección de los condenados a muerte.

Más tarde hablé con algunos de los presos, y muchos dijeron que no acostumbraban asistir a conferencias de psicoterapeutas. “Ellos siempre nos decían que éramos víctimas de nuestra niñez, de nuestra educación y del medio en que vivimos –el pasado colgaba de nuestro cuello como rueda de molino. Si venimos a oír a Frankl fue porque él mismo estuvo en la peor prisión posible, aún en la antesala de las cámaras de gas. Y él atestigua que la vida tiene sentido bajo las peores circunstancias, que nunca somos víctimas completamente indefensas, que siempre tenemos una esperanza”.

Recibí las lecciones más directas de logoterapia durante nuestros viajes a Viena, cuando Frankl no estaba bajo la presión de un intenso horario de actividades. Ahí mi esposa y yo observamos como vivía cada momento, encontrándole significado no importa qué tan trivial pareciera. Una vez, caminando por la calle, repentinamente nos hizo entrar a un café y exclamó excitado: “¡Huelan!, ¡Huelan!, ¡Café vienés recién preparado!”. Unos pasos adelante nos introdujo a una panadería: “¡Huelan!, ¡Pan vienés acabado de hornear!”.

Frankl era extremadamente consciente del valor del tiempo. Cuando el Presidente de un próspero club le ofreció $9,000 por que impartiera un seminario un fin de semana, Frankl no aceptó. Entonces el presidente trató de convencerlo elevando la cantidad ofrecida, pero Frankl le explicó: “¿Para qué podría yo utilizar ese dinero?. Para comprar lo que más necesito en este momento, que es tiempo. Pero el tiempo es lo único que no está en venta.” Pero cuando un interno de una prisión en Florida le pidió orientación para establecer grupos de logoterapia en el lugar, Frankl dedicó horas a diseñar un curriculum y enviarle algún material de interés.

Tiempo bien empleado, para Frankl, significaba tiempo para difundir el mensaje de la logoterapia en los lugares donde más se necesitaba. Había otra actividad a la que consideraba que valía la pena dedicarle tiempo, y era escalar montañas. Decía a menudo que le era posible relajarse solamente cuando se enfrentaba al reto del montañismo, y las mejores ideas para un libro, un artículo o una conferencia le venían mientras escalaba.

El y su esposa Elly pasaban su tiempo libre en la montaña Rax, que quedaba a cosa de una hora de manejo de Viena. Mi esposa y yo pasamos muchos fines de semana con los Frankl en ese lugar, donde tenían su propia habitación en una posada que se ubicaba en la cima de la montaña. Caminábamos juntos por la meseta durante una hora hacia las empinadas paredes rocosas donde los Frankl se detenían. Durante nuestras caminatas por la meseta bombardeaba yo a Frankl con infinidad de preguntas, y así recibí una educación incomparable en logofilosofía. En este puro aire alpino Frankl improvisaba ideas, llegando a menudo a enunciados que uno no puede encontrar en sus libros, al menos no en una forma tan clara. Allí me explicó la diferencia entre trascendencia y autotrascendencia. Trascendencia, decía, es un logro que viene de una dimensión suprahumana, un concepto religioso. Autotrascendencia, por otro lado, pertenece completamente al nivel humano –un logro orientado hacia otra gente o hacia causas en las que creemos.

Aquí, en la cima de la montaña, formuló una definición de “sentido” que nunca había visto en sus escritos. El usualmente define sentido, como “aquello que se quiere significar”. Yo me quejé de que eso no tenía mucho sentido para mí. Empezó a hablar acerca de su a menudo citada idea de que cada momento de nuestra vida conlleva una demanda especial sobre nosotros, y nos ofrece diversas posibilidades algunas de las cuales convertimos en realidades. Sentido, como finalmente lo formuló, está presente cuando seleccionamos la posibilidad más valiosa para nosotros en la situación específica de ese momento.

Durante esas elucubraciones socráticas en la montaña Rax se me aclararon muchas de las mejores ideas de la logoterapia, como por ejemplo que no interesa tanto lo que nos suceda, sino la forma como lo tomamos; que usted puede adoptar una actitud significativa y sensata en condiciones que por sí mismas carecen de sentido; y que el sentido más profundo y más caro proviene de enfrentar con valor los inevitables vendavales del destino. Cuando encontramos el sentido de lo que hacemos, cambiamos nuestro entorno mejorándolo. Pero si encontramos el sentido convirtiendo un sufrimiento inevitable en triunfo humano, somos nosotros mismos los que mejoramos.

En la cima de aquella montaña aprendí a conocer y a querer a Frankl, no como un maestro, o un filósofo, sino como un ser humano. La mayoría de los turistas no sabían quien era, y él les hablaba en el rudo slang austríaco. Una vez tomábamos cerveza en un pequeño restaurante al aire libre en la cima de la montaña. Frankl notó que uno de los meseros tenía dificultad para atender las órdenes de los clientes y le ayudó llevando los vasos usados a la cocina. Uno de los comensales le ordenó otra cerveza. Frankl se la trajo y aquel quiso darle propina. Frankl la rechazó pero el hombre le dijo: “Vamos, se merece la propina, tiene usted una sonrisa tan agradable”. Frankl quiso darle las monedas al mesero, quien no quiso tomarlas puesto que correspondían a un trabajo que no había hecho. Después de algunos dimes y diretes, Frankl me dio las monedas a mí, de modo que el Instituto de Logoterapia de Berkeley obtuvo una contribución de 37 centavos.

Aunque para Frankl la meta más importante de su vida era la difusión del mensaje de la logoterapia, tenía un punto negativo. Sentía una gran aversión a dar la imagen de que se autopromovía. Rechazó la idea de establecer su propio Instituto de Logoterapia y aún a apoyar abiertamente a los diversos institutos que se habían establecido alrededor del mundo. Fue después de varios años de lucha que nos permitió usar su nombre para nuestro Instituto de Logoterapia Viktor Frankl. Se oponía a adiestrar a estudiantes o terapeutas personalmente, e insistía en que aquellos que estuvieran interesados en aprender logoterapia lo hicieran a través de sus libros. Era un firme creyente en la “biblioterapia”. Sus libros eran para él como la Biblia. No toleraba ninguna desviación. Esto tuvo consecuencias bizarras pero devastadoras. Los editores de Readers Digest, revista que llegaba a millones de lectores, enviaron a un entrevistador a Viena. Cuando vio el borrador del artículo que le llevaba, prohibió su publicación porque contenía pasajes con los que no estaba de acuerdo. Ya había mostrado antes esta obstinación. Si consideraba que unas cuantas frases no eran consistentes con sus ideas, prohibía la publicación del artículo completo. Esto era igualmente cierto para las entrevistas en TV. Insistía en ver las preguntas previamente, o si estaban grabadas, sobre su derecho a censurarlas. Con muchos problemas preparamos una entrevista con Phil Donahue cuyo programa era visto por unos cincuenta millones de personas. Cuando Frankl insistió en la censura, la entrevista se canceló. Estos dos casos, el artículo de Readers Digest y la entrevista con Donahue hubieran dado a conocer la logoterapia en todos los Estados Unidos. En cuanto concernía a la publicidad, él mismo era su peor enemigo. Decía con frecuencia: “La logoterapia es solamente lo que está establecido en mis libros. La gente puede cambiar algo si lo desea, pero no quiero que esos cambios sean acreditados a mi nombre.”

Se limitó a escribir y dar conferencias y, aunque algunas veces habló ante audiencias de miles, ello era solo una gota en un vaso. Platicamos acerca del futuro de la logoterapia cuando lo vi la última vez en 1995 en que la ciudad de Viena celebraba el 90 aniversario de Frankl con un festival en la más grande sala de conciertos de la ciudad. El mismo hizo sólo una breve aparición y luego fue llevado al hospital con fibrilaciones en el corazón. No podía recibir visitas.

Pocos días más tarde, fuimos invitados por su hija y su yerno, Gaby y Dr. Franz Vesely. Para nuestro placer, Viktor y Elly entraron cuando tomábamos té en el jardín de los Vesely. Frankl había sido dado de alta en el hospital aquella misma mañana. Platicamos acerca del futuro de la logoterapia y, como eras costumbre, adoptó una actitud positiva en una situación más bien incierta. Predijo que “la logoterapia sobrevivirá pero probablemente bajo diferentes nombres. La gente esta hurtando mis ideas a diestra y siniestra. Pero mis ideas sobrevivirán”.

Parecía estar en paz con ese pensamiento. Como lo había predicado toda su vida, lo importante no era la fama sino el sentido. Y contempló el sentido de la logoterapia no en el nombre sino en sus contenidos.

 

 

Joseph Fabry

Principal heredero del mensaje de la logoterapia de Viktor Frankl

Pionero de la logoterapia en Norteamérica

Autor de varios libros de logoterapia

Actualmente es editor de la Revista sobre la búsqueda de sentido. foro internacional de la logoterapia. Publicación oficial del Viktor Frankl Institute of Logotherapy.

 

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