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De la soledad sentida al sentido de la soledad

INTRODUCCIÓN

Soledad, soledad…. Algo en nuestro interior se ha movido desde que tenemos memoria al escuchar esta palabra. Como que tiene una resonancia especial, un eco entre mágico y melancólico, y así ha continuado resonando dentro de nuestro ser hasta que ha encontrado su lugar con nosotras y en nosotras.

Comenzaremos este viaje acompañadas de nuestra soledad en el lugar donde tienen explicación las palabras, donde encontramos los significados que, a veces, nos pueden aclarar un poco: el diccionario.

Soledad:
1. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
2. Lugar desierto, o tierra no habitada.
3. Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.

Esas son las definiciones que aparecen con mayor frecuencia en diversas publicaciones de diccionarios. Mientras las leíamos nos dábamos cuenta de que algo que siempre hemos pensado aparece también reflejado en estos libros: la connotación que se le da a la soledad suele ser en tono negativo, como de carencia.
Y así, desde el comienzo, aparece la sensación de incomplitud al hablar de soledad, esa sensación de pérdida y desorientación que estuvo en nosotras durante mucho tiempo…

I. LA SOLEDAD SENTIDA

Las dos caras de la soledad

“La soledad puede aliviarnos y llevarnos a un lugar secreto de donde gozaremos de una libertad real e individual. También puede llevarnos a caer en un abismo infinito lleno de dolor y desesperación” J. Martín García R.

*Egresada de la especialidad de Logoterapia
**Egresada de la especialidad de Logoterapia

El sentido común sugiere que las relaciones humanas son la clave para el bienestar, por lo que la soledad es, en consecuencia, una señal de anormalidad. Pero, la soledad también tiene su lado positivo. Durante siglos, poetas, místicos y religiosos han reportado sus
efectos creativos y enriquecedores. Los psicólogos han comenzado a encontrar a personas sanas que en parte toman la soledad para usos beneficiosos.
Y es que, el hecho de que disfrutemos de períodos de soledad, no significa necesariamente que experimentemos rechazo por el mundo externo. La soledad nos permite, no sólo explorarnos a nosotras mismas, sino también nuestra relación con las personas y el mundo que nos rodea, como señala el psicólogo McIntosch: "Es un modo de ponernos a tono con el mundo".

La soledad es una batalla interna que sienten millones de personas diariamente. No hay persona en esta tierra que no haya experimentado el sentirse solo, ignorado o deprimido.
Así encontramos que la soledad nos puede dominar y también puede ser una dócil compañera. Por esto tenemos que estar alerta y aprender a saberla manejar y convivir con ella para que no se convierta en dominante, porque acá es donde nos podemos sentir perdidos, encarcelados…. Y solamente tener ojos y oídos para nuestros lamentos.
Cuando la soledad domina no hay nadie más, al menos así se siente y se cree.

Actualmente gozamos de poder estar solos y disfrutamos nuestra soledad cuando la necesitamos. Si retrocedemos en el tiempo y nos situamos en el mundo tradicional del medioevo, encontramos que no había lugar en el quehacer cotidiano del hombre para la soledad.
La única manera para poder tener un espacio de soledad era a través de la lectura, sólo así era entendible el deseo de querer estar solo. Usando las palabras del poeta portugués del pasado siglo Fernando Pessoa “Ser poeta no es una ambición mía: es mi manera de estar solo”

Con el paso de los siglos, la sociedad y las costumbres se han ido modificando hasta llegar, en nuestro mundo actual, a encontrarnos con un individuo que se desvincula de casi todo y actúa con frialdad al referirse a su propia soledad.
Las consecuencias de esta “nueva soledad” pueden ser: el narcisismo, la autocontemplación, el egoísmo….. Este nuevo “sujeto solitario” aparece con una indiferencia cuasi indolente hacia los demás y con pocas aspiraciones, pasos que lo llevan irremediablemente al vacío existencial.
El hombre “ultramoderno” suele estar desprovisto de obligaciones, de compromisos y de vínculos sentimentales, características todas estas que lo abocan al individualismo y a la soledad más fría y deshumanizada.

Regresando a las definiciones de soledad para nosotras soledad es también poner nuestro centro fuera de nosotras mismas, usar al otro para hacer que gire nuestra vida y, cuando el otro se va…..nos quedamos solas, y nuestra sola presencia nos amenaza porque no encontramos la manera de poner el centro de nuestra propia existencia en el lugar que debe estar, ¿dónde? En nosotras mismas.
Porque, “por amor”, nos encargamos de dividirnos y regalarle al otro, llámese pareja, hijos, amigos, la parte más indivisible de nuestro ser.
Y la soledad llega porque en la multiplicidad de divisiones imposibles nos perdimos a nosotras mismas, y al querer retomar los trozos de existencia nos dimos cuenta que faltaba lo más importante, que nos perdimos en el camino y en él se quedó por un tiempo el proyecto de nuestra vida….

“Toma la vida en tus propias manos.
¿Y qué sucede entonces?, una cosa terrible, que no tienes a nadie a quien poder echarle la culpa.” Josefina Vázquez Mota (1999, p. 115)

Cuando nos dimos cuenta de lo que pasaba, de lo que estábamos aceptando, de lo que estábamos dejando, algo en nuestro interior se comenzó a mover, a incomodar…..Y es ahí donde comenzó el camino de nuestro crecimiento, de desarrollo y de encuentro con nuestra plenitud y felicidad.

Jorge Bucay al hablar de autodependencia se efectúa tres preguntas que nos conducen automáticamente a pensar en el tema de la soledad: ¿quién soy, a dónde voy y con quién? Porque sentimos que la soledad viene de no conocernos y de no saber respondernos estas preguntas. Creemos que nuestro sufrimiento está provocado por la ausencia y el abandono del otro. Sin embargo, lo realmente doloroso, es darnos cuenta que somos nosotras las que nos hemos ausentado y abandonado a nosotras mismas. Ninguna relación puede aliviar el dolor de sabernos y sentirnos solas.

Es difícil, muy difícil, romper el paradigma que desde la infancia vive en nuestro interior: es el otro el que nos va a hacer feliz. Y con este cargamento en nuestras espaldas, caminamos por la vida responsabilizando a quien se deje y poniendo en los demás nuestras propias expectativas de felicidad.

Con todo esto no queremos decir que para aceptarnos existencialmente tengamos o debamos de prescindir de compartir nuestras experiencias con el mundo y las personas que nos rodean y que amamos.

En ocasiones, es cierto que nos quedamos en nuestras luchas internas, en nuestro propio desierto de dudas y soledad, pero es justo de ahí de donde ha surgido el sentido de la propia identidad.
Porque es en soledad, y he aquí una gran paradoja, donde realmente encontramos las respuestas, antes desconocidas, a las preguntas que tanto lastimaron nuestro corazón.
Día a día, aún en compañía y con cariño, en soledad es donde enfrentamos nuestros temores, donde comprendemos nuestra unicidad y conocemos nuestros recursos para poder salir adelante. Entendimos que con las únicas personas que podemos contar incondicionalmente es con nosotras mismas. Que nadie nos va a dar lo que nosotras no seamos capaces de otorgarnos.
Somos seres solitarios, aún cuando vivamos rodeados de gente, nacemos solos, morimos solos y eso significa tener garantizada nuestra propia compañía en el momento en que nos aceptamos y amamos.

“Quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre la multitud.” Antoni Marí

II. EL SENTIDO DE LA SOLEDAD

“Sólo puede hablar de la soledad aquel que posee la experiencia de ella” Marie Madeleine Davy

La propia experiencia y la historia de nuestros conocidos, familia, sociedad… nos enseña que las personas tratamos de establecer vínculos afectivos, y el amor se muestra como uno de los temas más persistentes en las quimeras de los seres humanos.
De hecho, hay personas que mantienen una relación sin amor y sabiendo que no funciona la continúan como la solución a la tristeza de estar solas.

Encontramos un sentimiento que está en la misma raíz de nuestra conciencia, y que nos acompaña acurrucado en nuestra subjetividad: Desde el nacimiento a la muerte, afrontamos momentos de soledad.

Y pudiera ser precisamente este radical desamparo el aspecto que nos lleva en ocasiones a vivir el amor como una necesidad, porque al tomar conciencia de la soledad sentimos miedo, incertidumbre, que estamos desprotegidas... y vamos aprendiendo que tal ánimo mejora con la proximidad de personas significativas. Sabemos a ciencia cierta que sólo atenuamos el malestar, pero vamos haciéndonos dependientes de la compañía en el intento de huir de la tristeza. Y hay algo que nos susurra, casi al oído, que la tristeza se queda con nosotras hasta que podamos y sepamos estar en soledad, hasta que encontremos nuestro propio sentido de la soledad.
Y esa voz susurrante cuando nos damos tiempo y espacio para dejarla salir, nos indica el camino a seguir, porque esa es” la voz de la conciencia”:

La voz de la conciencia

Uno de los dones, de los regalos más preciados con los que el hombre cuenta en su esencia, es poseer la compañía y guía de la conciencia. Por ella nos diferenciamos del resto de los animales, y gracias a ella nos percatamos de lo que sucede a nuestro alrededor, pudiendo así distinguir los impulsos y los instintos de las posturas que adoptamos en nuestro actuar frente a cualquier situación, necesidad, problema…y desde ahí decidir libre y responsablemente que queremos hacer.

El ser humano tiene la capacidad de poder ser testigo de su propia vida, de poder observarse y así a través de los recuerdos transportarse al pasado y, de esta manera, revisar y aprender de experiencias vividas con anterioridad, para así distinguir lo provechoso de lo nocivo en su existir.
En Logoterapia la conciencia es el órgano del sentido, que es “la capacidad de percibir el sentido único que corresponda a cada situación” A. Unikel (2002, p.50).
La conciencia es una parte intrínseca al ser humano. Con ella vinimos al mundo; no es cuestión de suerte tenerla o no; viene con nosotras desde el día que nacemos, vive dentro de nosotras y solamente deja de existir cuando nosotras muramos.
Si aprendemos a escuchar la voz de la conciencia nos sentiremos acompañadas, porque contamos con una parte sabia en nuestro interior, como una luz que nos va a iluminar todo camino que queramos transitar.
Esta parte sabia nos va a hablar desde nuestro ser con toda la sencillez, severidad, honestidad, paciencia y amor que necesitemos; es nuestra realidad, realidad que guste o no guste, posee el valor de nosotras mismas.
Para poder escucharla necesitamos hacer silencio dentro y fuera de nosotras, y para ello es necesario tener un encuentro con nuestra soledad.

Para nosotras la importancia principal de escuchar la voz de la conciencia es intentar obtener un mayor nivel de autoconocimiento, un mayor nivel de libertad y de confianza, para decidir desde nuestras necesidades y no desde las de los demás, en otras palabras, para poder hacernos responsables de nuestra propia existencia.

El perdón

Cuando nos referimos a los momentos de soledad necesarios para poder encontrarnos con nosotros, para poder retomar las riendas de nuestra vida y hacer un viaje a través de lo que ha sido nuestra existencia, llega hasta nuestra mente y corazón una palabra que conlleva una de las experiencias más fuertes en la vida de todos y cada uno de los seres humanos: el perdón.
Hablar de perdón y soledad tiene muchos nexos, como también tiene diferentes aristas y vertientes. Intentaremos exponer las que para nosotras son las más relevantes.

¿Qué es el perdón? Etimológicamente perdón se compone de dos palabras: Para y Dar.
Deteniéndonos en este análisis encontramos que al perdonar lo que realmente hacemos es darnos a nosotras mismas la oportunidad de liberar nuestro corazón y nuestro espíritu del yugo del sufrimiento. Sin embargo, no todos estamos en un contacto profundo con nuestro ser y nuestra conciencia; no todos hemos experimentado la dicha que supone perdonar para continuar más ligeros nuestro camino.

Existen personas que no han logrado encontrar el sentido del perdón. Viven inmersos en un mundo de dolor, amargura, rencor…. por miedo a ver todas sus partes débiles y vulnerables. El no perdonar lleva consigo miedo, rigidez, condicionamientos y una oscuridad tal que impide ver el camino que tenemos frente a nosotros.
La falta de perdón inmoviliza los sentimientos, la felicidad….trae hasta nosotros todas las emociones que niegan el estado superior de nuestro espíritu: el amor. Porque si no existe perdón no hay amor, y el miedo obstruye al amor.
Sin perdón el alma pierde el calor y los hombres enfrían su corazón, además de quedar unidos a las personas que no perdonamos por una cadena más fuerte que el acero.
Si realmente queremos desligarnos de quien creemos que nos lastimó, lo mejor es soltar y así romper la cadena que nos unía. Porque si no lo hacemos, paradójicamente, continuamente va a estar en nosotras recordándonos el daño, el sufrimiento que nos produjo. Y, ¡lo que es la vida!, al estar envueltas en estas emociones, en estos sentimientos negativos, poco a poco vamos apartando, alejando de nuestro lado a quienes alguna vez nos amaron y a los que creímos nosotras también amar. Y de esta manera, la falta de perdón nos lleva a la más triste y dura de las soledades, la de sentirnos vacías e inundadas por el dolor.
“Perdonar es el camino de la sanación…es el dejar marchar la dureza que se tenía hacia una persona…”
“Perdonar es un proceso que dura toda la vida….” Robert DeGrandis S.S.J. – Linda Schubert.
Por eso es tan importante el contacto y el conocimiento que podamos tener de nosotras mismas. Porque a lo largo de toda nuestra existencia tenemos que hacer altos en el camino para revisar todo lo que nos duele y así poder perdonar. De esta manera es que podemos llegar a una existencia más plena.
Entendemos que perdonar no es fácil, no se da por arte de magia. Perdonar es un acto de humildad tremendo, es sentir que nos estamos traicionando, abandonando, olvidando de nosotras mismas, cuando lo que en realidad sucede es todo lo contrario: es un reencuentro amoroso y sin condiciones con nosotras mismas.

“El perdón, ciertamente, no surge en el hombre de manera espontánea y natural. Perdonar sinceramente en ocasiones puede resultar heróico” Juan Pablo II, 1-1-97.

Perdonar es comprender las necesidades del otro y no sólo las mías. Es ponerme a un lado para entender qué le sucedió a quien me ofendió, cuáles fueron sus razones y qué momento vivía. Porque perdonar no es lo mismo que justificar, que excusar u olvidar, pero si es lo necesario para continuar adelante sin cargar el peso inmenso que nos generó no perdonar.
Perdonar es recordar sin dolor, es respirar por la herida sin amargura, sólo así sabemos que hemos logrado perdonar. Perdonar es autotrascender, es derribar la barrera inmensa del dolor y dejar que salga lo mejor que hay en nosotras para poder ver al otro y a nosotras mismas con ojos nuevos.

Tal vez la batalla más difícil de librar en el perdón es la de poder otorgárnoslo a nosotras mismas.
Con nadie somos más rígidas y duras que para con nosotras. Es necesario perdonarnos por haber permitido que nos dañaran y que nos hicieran sufrir. Al permitir que nos hirieran tendemos a culparnos y a pensar que si alguien nos ofendió debió haber sido por nuestra culpa.
¿En qué fallamos? ¿Qué hicimos mal? Como en automático, algo se dispara dentro de nosotras que nos hace sentir tremendamente culpables. Ubicadas en este sentimiento de culpabilidad es donde tenemos que cuidar en extremo el no caer en la culpa insana, la que nos puede destruir, y modificar nuestra conducta profundamente dolorosa utilizando el acicate de la culpa sana como trampolín para salir hacia la sanación.
Es aquí donde necesitamos hacer un alto y regresar a nosotras mismas, dejando a un lado la rigidez y la dureza con la que solemos juzgarnos para ser compasivas y vernos con amor para de este modo rescatarnos y otorgarnos el perdón: un perdón que nos libera de nuestras ataduras.
“Perdonar es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa sabe amar” Gandhi.

La libertad

Una vez liberadas por el perdón nos encontramos con un aspecto nuevo y diferente, algo que en nuestra recién estrenada y apacible soledad nos inquieta y, a veces, nos asusta: qué hacer con la libertad recién adquirida.
Puede ser que este temor ante la libertad provenga del poco ejercicio, de la poca práctica en la elección, en decidir qué hacer con todo el tiempo que aparece frente a nosotras.
Nos damos cuenta que al elegir desde nosotras ya no hay excusas para nuestros errores pero, por otro lado, también nosotras seremos las receptoras de nuestros aciertos.
Vista la libertad desde esta óptica, desembocamos necesariamente en la responsabilidad.
Es imposible hablar de elecciones y decisiones libres sin que partan de la responsabilidad. Tal vez sea por esto que la libertad nos asusta en un principio, porque no estábamos acostumbradas a elegir nosotras solas, esperábamos que alguien más nos dijese lo que si queríamos y lo que no. Siempre había alguien a quien responsabilizar si las cosas no eran lo satisfactorias que deseábamos. Vivíamos en el camino de la dependencia porque éramos dependientes del otro para poder decidir, actuar, sentirnos con alguna “seguridad”…en definitiva, dependíamos del otro para vivir.

Ahora, desde nuestra soledad elegida, las únicas responsables de nuestra vida somos nosotras y esto, al principio, asusta.
La práctica de la libertad responsable es el responderle a la vida partiendo de nosotras mismas, de lo que realmente somos. Para poder ejercitarnos en todo esto tenemos que partir de una libertad infinitamente efímera e intangible, pero no por eso menos importante, sino al contrario importantísima: nuestra libertad interior; esa libertad que nadie más que nosotras puede poseer y en la que nos sentimos a disposición de nosotras mismas. “Ningún cautiverio, prisión o castigo es capaz de suprimir este nivel de libertad”. R. Yepes/ J. Aranguren.
Recurriendo a la experiencia de vida de V. Frankl y haciéndonos eco de sus palabras podemos decir que todos y cada uno de nosotros vivimos nuestro propio cautiverio, nuestro singular campo de concentración y en nuestras manos está el quedar prisioneros o el liberarnos por medio de la fuerza de nuestro espíritu y de nuestra libertad interior. Desde aquí parten las decisiones sustentadas, maduradas y responsables con las que intentaremos manejarnos en nuestra vida que comienza.

Vivir en esta mezcla de nuevas experiencias y sentimientos puede resultar un poco desgastante en un principio, pero con el transcurrir del tiempo, cuando podemos recoger los frutos de nuestra libertad responsable es algo que no alcanza comparación con nada. Porque somos nosotras las que conocemos nuestras necesidades partiendo desde nuestra esencia, desde nuestro ser único y, desde ahí, respondiendo a la vida.

Al igual que con el perdón, reconocemos que alcanzar este estado de libertad interior es difícil, requiere de un trabajo constante con nosotras mismas, de un profundo conocimiento de quienes somos y qué andamos buscando en nuestra vida. Es un estar en búsqueda de nuestro sentido y cada día ir descubriéndolo.

Una de las grandes dichas que tiene el conocernos en profundidad y gozar de libertad interior es encontrar nuestro equilibrio ante cualquier momento de dificultad en nuestra vida. Es buscar en la balanza de nuestra existencia el punto exacto para responder. Esto implica una lucha entre los opuestos que habitan dentro de cada una de nosotras (deber / querer, controlar / soltar….), a través de autoconocernos es que podemos llegar a aceptarnos en nuestras dos caras: de sombra y de luz; entendemos que es innecesario rechazar a alguna de ellas porque las dos son imprescindibles para que juntas hagan de nosotras los seres que somos, o sea, seres integrados. Con esto no queremos decir que como seres humanos estemos “terminadas”, “perfectas”, lo que queremos decir es que al conocer nuestras ambivalencias, nuestros opuestos, estamos en el proceso de integrarlos trabajando en ellos, estamos en proceso de perfectibilidad, entendido como el ser mejor, un proceso que nos lleva toda la vida.
“La sabiduría no tiene nada que ver con el conocimiento; tiene que ver con la libertad. Cuando eres sabio, eres libre de utilizar tu propia mente y de dirigir tu propia vida”. Dr. Miguel Ruiz (1999, p. 81).

Buscando el sentido

Tranquilizadas por la ayuda que nos supone la presencia de los otros, hacemos pocos intentos, por no decir ninguno, para encontrar alivio en nosotras mismas. Llevamos dentro un vacío que nos negamos a observar, y si alguna vez lo hacemos, nos duele tanto que, salimos en busca de quien pueda llenarlo. El problema va surgiendo cuando descubrimos que tenemos poco que ofrecer a los demás porque tenemos una escasa idea de nosotras mismas, pues ese agujero de la soledad, es precisamente un espacio donde podernos encontrar. Siendo incapaces de ver a la soledad como una condición propia de la persona y, en consecuencia, uno de los caminos de autoconocimiento, como todas las otras facetas de nuestra individualidad, cerramos la puerta interior donde queda encerrado aquello que nos sustenta, y de nada nos sirve huir estableciendo vínculos apresurados, pues tarde o temprano mirando profundamente en quien nos acompaña, terminamos encontrando ese hueco que solo ocupa su propia identidad y nos evoca la nuestra reprimida y casi desconocida.

Llegadas a este punto, es cuando comprendemos que podemos estar solas, aun disfrutando de compañía y también entendemos la fuerza que nos aporta sentirnos amadas, hasta el punto de ser el impulso para irnos conociendo interiormente en muchas ocasiones. No es el caso de quien mira solamente la imagen del otro, esa parte de la que carecemos, pero admiramos y que intentando poseer al ser amado, creemos conseguir también. Sino la ocasión de ir entreabriendo nuestro interior sin temor, con ánimo de búsqueda, habiendo dejado estacionada la idea de como pueden ser las cosas, interesadas ya, en cómo son.

Al encontrar sentido a la soledad nos abocamos de lleno a temas de nuestra existencia; el sentido de la soledad nos lleva a la libertad, a la aceptación, al perdón…porque al sabernos solas entendemos la soledad única del otro, porque hay tantas soledades y sentidos de ellas como individuos para vivirlas.

CONCLUSIONES

Cuando pensamos en un tema para elaborar nuestro trabajo final en la especialidad, concluimos que para nosotras era muy importante hablar de algo que nos hiciera sentido, algo que nos tocara y llegara, que después de haber transitado por un enorme dolor se hubiese convertido para nosotras en parte de nuestro sentido de vida. Así fue gracias a la Logoterapia como encontramos sentido al sufrimiento inevitable y, partiendo de aquí, pudimos modificar nuestra actitud.
Por este motivo fue que elegimos el tema de la soledad.
Las dos, por razones parecidas, experimentamos un encuentro durísimo con la soledad no elegida. La vida nos presentó una situación en la que no había posibilidad de dar marcha atrás. Todo lo que anteriormente representaba estabilidad, sustento, seguridad….se desmoronó y nos quedamos en el desamparo de lo conocido y cruzando un desierto inhóspito de soledad que transitamos con mucho dolor.
Fue en ese momento en el que necesitábamos de un rumbo, de una brújula en nuestro camino, en donde coincidimos buscando un nuevo sentido a nuestro existir. La vida se encargó de situarnos en el mismo tren para que juntas fuésemos creciendo y aprendiendo. Y a raíz de ahí surgió entre nosotras una unión basada en el cariño y respeto mutuo y que nos llevó más allá del entendimiento de nuestro propio dolor.

La soledad sentida era la que experimentamos al quedarnos solas de nuestra seguridad. Hubo un tiempo en el que, como la gran mayoría, vivimos de cara al escaparate, moviéndonos en las expectativas y gastando mucha de nuestra energía en el exterior. Sentíamos que nuestras vidas eran dirigidas y felizmente fincadas en los demás, cualquier persona podía movernos y opinar sobre nosotras. No importaba si en ocasiones éramos casi anuladas, lo importante era entonces estar acompañadas para no sentir la responsabilidad de nuestra propia existencia.

Ahora podemos decir y, realmente lo sentimos, que estábamos en un profundo error, que muchas veces permanecimos inmóviles por el miedo al cambio y a lo desconocido. Al igual que muchos otros quisimos construir una vida estable en todos los aspectos y nos olvidamos que lo único constante es la impermanencia. En nuestro intento de permanecer en lo conocido, de no enfrentar nuestros temores, fue que comenzamos a sufrir las consecuencias por continuar aferradas a introyectos, costumbres, creencias… Ahí fue el momento más duro de la soledad sentida.
Cuando comenzamos a aceptar que lo que nos sucedía era sencillamente algo que teníamos que vivir, fue que comenzó a darse el cambio. Estábamos solas, esa era nuestra realidad y también era nuestra responsabilidad decidir qué hacer con ella.

La sabiduría popular dice: “nunca está más oscuro que antes del amanecer” y así nos sucedió. Llegó a nuestras vidas la luz de la logoterapia. Y como todo lo importante llegó en el momento justo, en el que estábamos listas para recibir todo lo que ella tiene para darnos. Con esta teoría comenzamos a aceptarnos, a conocer el camino del perdón y la dicha que portaba, las culpas poco a poco fueron dejando de asfixiarnos y fuimos aprehendiendo el sentido del dolor, el para qué y su misión en nuestras vidas.
En este camino aprendimos a gustar y a apreciar nuestra soledad, esa misma que tanto nos asustó tiempo atrás y que ahora nos reporta un universo de autoconocimiento y tranquilidad, así como también de madurez y seguridad.
Por todo esto es que quisimos “reivindicar la mala imagen” y el mal estar que provoca la soledad. En ella hemos encontrado el lugar justo para ordenar nuestra vida para rescatarnos desde la parte más honesta, profunda y real, alejadas de todo juicio, aceptándonos en esta nueva realidad y entendiendo que la soledad es necesaria en muchas facetas de nuestro día a día, más no erigiéndola como fundamento de nuestras vidas, porque sabemos que el hombre necesita del otro, hay probabilidad de podernos conocer, de tener conciencia de lo que somos si nos lo refleja otro ser humano.

Con los otros nos conocemos en sociedad, descubrimos por medio de ellos los recursos de que disponemos para compartir la vida en compañía, interactuamos y reaccionamos, según las circunstancias, pero es en soledad donde realmente descubrimos quienes somos y qué queremos. Es en soledad donde reconocemos el dolor, las frustraciones, las alegrías, nuestro valor y nuestras carencias. Es en los momentos íntimos de soledad donde desnudamos nuestra alma y no existe ninguna posibilidad de engaño para con nosotras, porque nos hemos liberado de lo externo para quedarnos con lo profundo y verdadero. En estos momentos buscamos el silencio interior y exterior y cada una a nuestra manera, hacemos contacto con nuestra parte sabia. Existen diferentes métodos para lograr este estado de silencio y paz, es cuestión de encontrar cual es el óptimo para cada quien.

Este mundo recién descubierto de soledad con sentido que puede sonar fácil, no sería posible sin la sabiduría de la logoterapia, porque gracias a ella conocimos que nada es castigo, que la vida nos muestra opciones y que en nuestras manos está el tomarlas o dejarlas pasar. Nadie más que nosotras somos responsables de lo que nos sucede.
Gracias a la logoterapia es que pudimos aceptar nuestra realidad poco placentera y amable en aquel entonces, y con un cambio de actitud poder modificar nuestro destino, porque elegimos dejar de ser víctimas y protagonizar nuestra historia de vida buscando el sentido a través de nuestra propia autotrascendencia.

Experiencia personal

“Oh soledad, dime si algún día habrá entre tú y yo buena amistad.....” Desde hace bastantes años atrás ese pensamiento formaba parte de manera preocupante de mi vida.
Y es que la soledad me daba un miedo atroz, casi paralizante diríamos. Porque estaba convencida, cierta, que necesitaba de alguien más para no sentirme sola; para ser alguien en este mundo debía tener brazos ajenos para asirme y en los que apoyarme.
Y pasaban los años, cambiaban los escenarios y, si faltaban los brazos, mis sentimientos de soledad y de dolor se hacían inmensos. Para no sentirlos, para no padecerlos, estaba dispuesta a pagar cualquier precio.

Desde siempre por educación, costumbres, cultura.... me creí incapaz de poder estar sola y conseguir mis metas. Creo que fue aquí donde comenzó mi camino de “soledad”, porque no contaba conmigo, porque creía que solamente estando con alguien, teniendo brazos y ojos ajenos a los míos, podría salir adelante y, lo más importante, que nunca me sentiría sola.... ¡nada más alejado de la realidad!
Y en esta búsqueda de alguien más que llenara los huecos que estaban dentro de mí, me encontré conmigo. Al principio era una relación tan desconocida y desconcertante que me asustaba. Pero con el paso del tiempo comencé a sentirme a gusto, cómoda en mi propia compañía.
Comencé a “sanar mis heridas” de soledad; presté atención a mis temores y, con lo que me iba conociendo, pude empezar a verlos cada vez con mayor firmeza. Aprendí que por negar las cosas, los sentimientos, los sucesos….estos no dejaban de existir, al contrario, solamente se escondían y cuando salían lo hacían de una manera mucho más dolorosa.
Pasaron los meses y también algunos años para que fuese cada vez un poco más capaz de vivirme en las circunstancias que día a día se me presentaban. Y el milagro sucedió: ya casi no había rastros de aquella soledad amenazante, me descubrí disfrutando de mi compañía, agradeciendo la presencia de los otros cuando de veras querían estar conmigo, gozando los momentos de tranquilidad y soledad tanto o más que de los de algarabía y gentes alrededor.
Y fue aquí donde todo lo que estaba esperando silencioso en mi interior salió a la luz. Fue desde aquí que pude salir al encuentro con los otros. Cuando pude rescatar desde mi soledad mi unicidad como ser humano es que acepté la grandeza e importancia de los demás. Porque sin los demás yo no tendría conciencia de mi existir único e irrepetible; y desde mi existencia es que puedo valorar la importancia de todos lo que me rodean.”

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

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Páginas de Internet

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