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Sobre las adicciones y la rehumanización

La Humanidad de finales del segundo milenio ha visto surgir la implantación de la Educación Universal, ha proclamado con solemnidad distintas Constituciones y Cartas de Derechos Humanos, y ha conocido como nunca antes avances espectaculares de la ciencia, entre otros logros irreversibles. Sin duda estos logros de Humanización han configurado un paisaje esperanzador, pero junto a ellos no podemos olvidar la Deshumanización que han supuesto las grandes guerras del pasado y del presente, la esclavitud aún existente en muchos rincones del planeta, y las no menos esclavitudes de sí mismos que representan para millones de seres humanos en la actualidad su dependencia de las drogas y de las adicciones. El tercer milenio nos ha de servir para proyectar un futuro más humano, un futuro próximo que será el tiempo de la Rehumanización o no será.

Edmund Husserl (1859-1938) en su escrito de madurez "La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental", publicado póstumamente en 1954 sobre un manuscrito de los años 1935-36, intensificó la meditación acerca de la deshumanización de las ciencias tras la hecatombe espiritual provocada por la Primera Guerra Mundial. Nada más comenzar su obra escribe: "La exclusividad con la que en la segunda mitad del siglo XIX se dejó determinar la visión entera del mundo del hombre moderno por las ciencias positivas y se dejó deslumbrar por la 'prosperity' hecha posible por ellas, significó paralelamente un desvío indiferente respecto de las cuestiones realmente decisivas para una humanidad auténtica. Meras ciencias de hechos hacen meros hombres de hechos [...] En nuestra indigencia vital -oímos decir- nada tiene esta ciencia que decirnos. Las cuestiones que excluye por principio son precisamente [...] las cuestiones relativas al sentido o sinsentido de esta entera existencia humana" .

A mediados de siglo también Karl Jaspers (1883-1969), en un tono apocalíptico propio de las dos grandes guerras, comparó la época científico-técnica de la energía atómica con la primera época técnica (la prehistoria) en la que el hombre aprendió a utilizar el fuego, y advirtió del riesgo que corre la Humanidad: "La pregunta por lo que puede ser del hombre a causa de la técnica es de tal magnitud, que hoy la técnica es tal vez el tema capital para comprender nuestra situación. No se exagerará nunca lo bastante la importancia de la técnica y sus consecuencias para todas, absolutamente todas, las cuestiones de la vida".

Las dos Guerras Mundiales -sesenta millones de muertos, en su mayoría personas jóvenes- pusieron en evidencia el drama de la violencia y la muerte en el mundo a escala planetaria, magnitudes sin precedentes en la Historia. El existencialismo de Jaspers, como el pensamiento existencial de G. Marcel (1889-1973); la filosofía existencialista de A. Camus (1913-1960) o de J.P.Sartre (1905-1980); el personalismo de E. Mounier (1905-1950); el pensamiento dialógico (Ebner, Buber, Haecker, Pziwara), el pensamiento humanista de Viktor Frankl (1904-1997), y otros muchos pensadores después, surgieron en este contexto histórico, en un intento de responder al drama humano colocando en primer plano la idea filosófica del sentido o el sin-sentido de la vida. En general, los filósofos del periodo de "entreguerras" fueron muy sensibles al proceso de deshumanización de la persona, conscientes de que ese proceso estaba conectado con el siglo XIX y el mito del "eterno progreso", y advirtieron lúcidamente la necesidad de una rehumanización venidera si se pretendía una Humanidad futura en paz.

Para Gabriel Marcel, por ejemplo, una interpretación de la historia desde el postulado del progreso "ciego" sería la causante última de hacer desaparecer del mundo el amor, la fidelidad y la esperanza y, en definitiva, de la abolición progresiva del mundo humanista del misterio en favor del mundo deshumanizado del problema. Por eso dirá que los filósofos que siguen "haciendo filosofía" en abstracto no conocen al hombre. Es más, es el mismo espíritu de abstracción el causante de las guerras ("L'esprit d'abstraction, facteur de guerre"), el que produce "el aplastamiento sistemático de millones de seres, reducidos a una impotencia total", y a ellos, a los más débiles, deben dirigirse las reflexiones de los filósofos existenciales sobre la rehumanización.

Después de la filosofía existencial, en fin, vinieron otros autores, otras conferencias célebres y otros textos relevantes para la Filosofía y la Historia del siglo XX, todos convergentes en esta línea de deshumanización de la Humanidad y, consiguientemente, en la necesidad de abrir en la brecha de la Historia una nueva línea de rehumanización: Bloch, Guardini, Teilhard, Maritain, Zubiri, Popper, Ricoeur, Vattimo, Fukuyama, Juan Pablo II. De ellos se desprende que ha terminado el siglo XX con grandes logros en pro de la humanidad, incluidos la ciencia y la técnica y la educación generalizada, pero que ha dejado también un lastre de deshumanización demasiado pesado como para proyectar un siglo XXI de ingenuo progreso sin más, como sucedió con la Ilustración en el XVIII, o una fe ciega en el poder ilimitado de la razón técnica, asociada a la creencia incondicional en el eterno progreso, como sucedió a finales del XIX.

Si identificamos esta deshumanización del hombre contemporáneo en la violencia como causa de las dos grandes guerras, y en las adicciones como causa de la esclavitud existencial de las personas, necesitamos que se abra paso un nuevo paradigma de rehumanización, auténtica clave hermenéutica para la Filosofía y la Historia venidera abierta a la utopía de la convivencia en un mundo responsable y solidario. La Humanidad de la segunda mitad del siglo XX, además de haber arrastrado las consecuencias de las peores guerras de la Historia, también ha sido deficitaria en humanización cuando se ha entregado al nihilismo de las adicciones, y quizá por eso ha llegado al final del siglo agotada, igual que el filón de una mina sobreexplotada. Así como se da en la persona una alta correlación entre ser violento y ser adicto, la violencia colectiva de la guerra -arquetipo que diría Karl Jung-, sería un modo de desembocar en la adicción del vértigo de la dominación y la esclavitud a escala estructural del sistema.

Así, pues, junto con las guerras y la violencia, las adicciones se han convertido por derecho propio en un nuevo paradigma existencial y, por ello, en uno de los principales temas de nuestro tiempo. En el año 1994 la ONU estimaba ya entonces que, al menos, cuarenta millones de personas consumían drogas de forma regular en el mundo, de modo que el problema se habría extendido a niveles de pandemia llegando a todos los rincones del Planeta, y estableció como definitivo el doble postulado de "policonsumo" y de "inicio cada vez a edades más tempranas".

El interés de las adicciones para la filosofía actual procede, sobre todo, de su amplitud existencial, es decir, del nuevo posicionamiento del hombre en el cosmos (Scheller) y, por consiguiente, en la Historia futura que proyecta. Si extendemos la visión epistemológica sobre el tema y se amplía nuestro horizonte de comprensión (Gadamer) podemos alcanzar a ver cómo el tema de las adicciones hoy nos afecta a toda la Humanidad de manera más directa de la que a simple vista pueda parecer. En la primera sesión del Consejo de Seguridad de la ONU del recien estrenado milenio (10-I-2000), el Vicepresidente de EE.UU. Al Gore afirmó que "el SIDA se cobrará más vidas en la primera década del siglo XXI que todas las guerras del siglo XX", y reclamó la atención del mundo sobre una pandemia que se ha convertido en una amenaza global para la seguridad y la estabilidad planetaria.

Si postulamos que la pérdida del sentido de la vida es la causa principal de la adopción de las actitudes violentas, y particularmente de las adicciones, necesitamos dar alguna clave que nos permita salir de este hermético mundo que amenaza en convertirse a través del SIDA en la peste del siglo XXI. Para ello enfocamos el problema desde una filosofía existencial, es decir desde la estrecha relación que media entre violencia y adicciones y el sin-sentido de la vida, y la posibilidad de salir de esa fatalidad existencial desde la que hemos dado en llamar "Filosofía de la rehumanización". La tesis principal la podemos sintetizar en una idea con marcado carácter evolutivo ascensional, válida para una Filosofía de la Historia no determinista, que contempla al hombre desde sus orígenes hasta su final: De la deshumanización a la rehumanización.

El concepto de rehumanización lo encontramos en el contexto teórico de la logoterapia de Viktor Frankl, en su conocida obra El hombre en busca de sentido , y en concreto en un epígrafe que titula "La psiquiatría rehumanizada". Luego lo dio a conocer en una conferencia pronunciada en la Universidad de Filadelfia, en 1980, titulada "Hacia una rehumanización de la psicoterapia". El trabajo por la rehumanización es una idea central de Frankl que podemos rastrear en sus obras, pero en su conjunto no recoge la gran cosecha filosófica que ofrece la idea. Por ejemplo, a propósito de la frustración existencial del hombre contemporáneo, escribe Frankl que la medicina y la psicología precisan de una rehumanización , pero no desarrolla antropológica ni filosóficamente dicho concepto de rehumanización, la idea aún no aparece desplegada en su razón filosófica plena, en su "logos" existencial, ni tampoco se aplica al conjunto de la Historia.

Además de la Logoterapia de Frankl, los fundamentos teóricos de esta rehumanización existencial los podemos rastrear en las corrientes filosóficas del humanismo europeo de este siglo, en la fenomenología, en el pensamiento existencial, en el personalismo y el pensamiento dialógico, en la Gestalt mediante su concepto de persona que apunta a una totalidad de sentido pleno, y, en general, en todas las teorías y corrientes modernas de pensamiento humanista . Ahora bien, en bastantes círculos teoréticos la filosofía humanista del sentido existencial todavía es admitida con reticencias, quizás porque su concepción filosófico-científica, su modelo explicativo, como hace notar una discípula de Frankl, Elisabeth Lukas, "contiene un factor extraordinariamente débil, que podríamos llamar la confianza en el hombre" .

Notemos que la génesis de estas ideas humanistas surgió precisamente en una época histórica sin esperanza, en la que se habían resquebrajado casi todos los tipos de confianza en el hombre, la época en torno a la Segunda Guerra Mundial, cuando en ella hizo quiebra "el mito del eterno progreso" y la casi ilimitada creencia del hombre en el poder de la técnica para "salvarle". Fue la época en la que "las técnicas favorecen una erupción de las posibilidades nihilistas en toda la población convertida en masa"; fue cuando el hombre europeo comenzó a cuestionar todo y, particularmente, a cuestionarse a sí mismo. Entonces, junto a la aparición del concepto de la nada de las filosofías del absurdo, apareció también una imagen del hombre basada en conceptos humanistas como "dignidad humana", "conciencia de responsabilidad", "orientación de sentido", "voluntad de sentido", "rehumanización".

Lejos de perder vigencia, en el paradigma de la rehumanización que reclamamos, la filosofía actual necesitaría renovar estos conceptos si cabe con mayor urgencia de actualización, y "forzar" en la historia brechas esperanzadoras de nuevas utopías responsables y solidarias. Las actitudes deshumanizadoras del siglo XX han conducido al "estancamiento de la historia" presente. Jaspers destaca la singularidad existencial de la persona para que podamos hablar de sentido en la historia. Primero es la existencia personal singular y luego la colectiva, y no al revés. Es más, sólo para poder hablar de historia es preciso afirmar a la persona como ser único, pues "cuando concebimos la historia mediante leyes generales (conexiones causales, leyes morfológicas, necesidades dialécticas), con estas generalidades nunca poseemos la historia misma [...]la historia es, en su carácter individual, algo absolutamente único que no se repite" es decir, igual que el hombre en su singularidad existencial personal, porque "cuanto más resueltamente existe lo único, cuanto menos repetición idéntica hay, tanto más propiamente existe historia" .

En las conclusiones del Congreso Mundial de Filosofía celebrado en Ginebra (agosto 1998), distribuidas a los gobiernos de todo el mundo por la UNESCO, se recordó a los países que el inmenso legado que posee el hombre a través de sus diferentes culturas deberá servir en el siglo XXI para desarrollar un nuevo sistema de valores basado en el humanismo, la razón, la tolerancia y el amor al prójimo. Las ideas del hinduismo, de Buda, de Cristo o del marxismo -se dijo- no han perdido vigencia, en la aspiración a cambiar las relaciones entre los pueblos de modo que se conviertan en interacciones más humanas. También se dijo en ese foro que el hombre deberá desarrollar un cierto grado de humildad en el siglo XXI y superar la actual arrogancia que exhibe en los campos de la técnica, toda vez que nuestra supervivencia en el planeta dependerá de cómo tratemos a los demás seres vivos y al medio ambiente. Y además, se concluyó que "nuestro siglo pasará a la historia como el siglo de la tecnología, pero el próximo (por el problema del fin de las ideologías y el agotamiento del post-modernismo), deberá ser, tal vez, el siglo de la espiritualidad".

¿Van las grandes culturas mundiales -oriental y occidental, europea y americana, árabe y africana-, que han constituido la mayor riqueza patrimonial de la humanidad, al encuentro unos de otros para proyectar una Humanidad utópica ideal? El reto del nuevo milenio es un reto educativo de rehumanización, basado en el sentido de la vida -no en la violencia de las guerras o en el absurdo de las adicciones asociadas al sin-sentido nihilista- en la tolerancia superadora de conflictos, y orientado hacia una educación que prepare a las futuras generaciones para la responsabilidad y la solidaridad. El sentido de la vida, la libertad, la tolerancia y la paz también se enseñan. Encontrar sentido a la existencia, ser tolerante, ser libre y pacífico sobre todo son conquistas del espíritu humano y, como tales, exigen también sus ritos, sus mudas fidelidades y sus lentas germinaciones. Por eso, después de deshumanizar siempre es urgente en la Historia futura educar para rehumanizar.

Una educación para la rehumanización del género humano pondría de relieve que el hombre es un ser orientado hacia la esperanza, constituido hacia la esperanza de llegar a ser persona en un mundo utópico en paz. Incluso en las circunstancias más adversas y en las situaciones límite, siempre les será posible, tanto al hombre violento como al ser adicto, hacer la experiencia de la esperanza. Cuando Sófocles, por boca del coro en Antígona, expresó que "hay muchas cosas portentosas en el universo pero ninguna tan portentosa como el hombre", sin duda que daba a entender la capacidad de conversión del hombre ante las situaciones adversas, la capacidad de ejercitar su creatividad en las situaciones más difíciles y "forzar" al destino.

La filosofía y la educación no pueden perder de vista que la esperanza, tanto del ser-en-el-mundo-personal como la del ser-en-el-mundo-social, a lo largo de la Historia ha ido asociada a la calidad de sus creencias: "Es probable que la futura creencia siga moviéndose siempre en las posiciones fundamentales y categorías del tiempo-eje, de las que también procede la religión bíblica, porque para una concepción de la historia la primacía espiritual de aquellos siglos del origen es hasta ese punto grande [...] porque la disolución del pensamiento moderno no puede ofrecer nada valioso y sustancial del propio origen como superación [...] Pero lo que parece seguro es que la decisión acerca del futuro de nuestro ser de hombres occidentales estriba, en último término, en la relación de nuestra creencia con la religión bíblica" .

Quizá la conclusión más realista para la coexistencia humana es que hay esperanza en la humanidad. Afirmar que ser-persona-en-el-mundo significa salir de la esclavitud existencial de las adicciones, y que los pueblos pueden abandonar la violencia de las guerras y llegar a ser libres de verdad, supondría una genuina rehumanización. En realidad, sólo nos vale una conclusión esperanzadoramente optimista: que se puede salir de la escalada bélica y de las adicciones, tanto las personas como los pueblos, y que se puede enseñar a hombres y mujeres a vivir sin violencias ni adicciones de ningún tipo.