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El dilema humano

Introducción

Uno de los grandes problemas que estamos vivivendo como seres humanos es el tremendo y acelerado avance de la ciencia moderna que han llevado al hombre a un progreso sin precedentes; pero también a problemas no previstos. Se puede hablar de un avance en el conocimiento de los secretos de la naturaleza, de una economía de la abundancia, de un enorme adelanto en los conocimientos científicos, médicos y culturales… Sin embargo, existen grandes limitaciones: los peligros de un mundo dividido, una fuerte pobreza, violaciones ecológicas (amenazas de guerra químicas y aun nucleares), y no se ven soluciones serias. Todos deseamos la supervivencia, pero probablemente la solución deberá depender menos de la tecnología y más de una mejor comprensión de nuestros sistemas sociales y de nosotros mismos. Así como una vivencia más elocuente y significativa de los valores humanos y religiosos del hombre.

 

La Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual, del Concilio Vaticano II (1956), (G.et Spes), dice en su proemio:

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia”.

La misma Constitución dice que en nuestros días, el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de las cosas y de la humanidad.

La Iglesia, en boca del Concilio Vaticano II (ibid.) expresa que la mayor prueba de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana es dialogar con ella de todos estos problemas, aclarárselos a la luz del Evangelio y poner a disposición del género humano el poder salvador que la Iglesia, conducida por el Espíritu Santo, ha recibido de su Fundador. Es a la persona a la que hay que salvar. Es la sociedad humana a la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre, todo entero, cuerpo, alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad, quien será objeto de este proceso. De la misma manera, la psicología se ha preocupado por esta problemática. Así, dice H. Cantril, citado por Coleman y Hammen (1977 p. 4):

“A medida que más y más personas a lo largo del mundo se sumergen más y más en la era científica, las consecuencias psicológicas de ésta en su pensamiento y en su conducta se tornan cada vez más complicadas. El impacto surge en diversas formas: la gente empieza a sentir las potencialidades de una vida más abundante que puede ser alcanzada por medio de la tecnología moderna. Se vuelven conscientes de la inadecuación de muchas instituciones y prácticas actuales de tipo religioso, político y social. Advierten los peligros que el poder y las relaciones de estatus existentes pueden tener para su propio desarrollo. Vagamente perciben la inadecuación de muchas de las creencias y códigos aceptados por sus mayores y, posiblemente, por ellas mismas, a temprana edad. El resultado es que más y más gente está adquiriendo una esperanza de “una vida mejor”, así como un sentimiento de frustración y ansiedad por no poder vivir esa vida potencialmente mejor, que sienten que debería estar a su alcance”.

Es un hecho que el mundo cambia con increíble rapidez. Con mucha frecuencia los estudios realizados son obsoletos al terminar la licenciatura. Frankl dice que el hombre ha perdido su instinto, como el que tiene el oso, de dormir durante el invierno, pero también nuestras costumbres, tradiciones y aun valores han cambiado con el mundo. Ya no se tiene claro lo que se “debe hacer”, como en generaciones pasadas, pero tampoco se sabe lo que se “quiere hacer”. Existen grandes problemas de comunicación entre padres e hijos, entre maestros y alumnos, incluso entre los jóvenes y los mayores. Para muchas personas los valores se han hecho totalmente subjetivos: los acepto si me gustan o los rechazo si me disgustan. Asimismo, se están dando fuertes cambios sociales, en donde este problema comunicacional se vive entre la organización e institución y el individuo.

La tensión de la vida moderna dentro de nuestra sociedad se revela por las grandes cantidades de drogas, alcohol, tranquilizantes. Las consecuencias son alienación del individuo, las identidades perdidas y la deshumanización en general. Estamos viviendo, también, una enorme violencia y desajuste de la personalidad con grandes desórdenes mentales. Por otro lado, existe, como un mal de nuestra época, un fuerte vacío existencial que ha agudizado el suicidio entre los jóvenes. En muchos casos ni siquiera es consciente, se rebeló de su “madre” de muchos siglos.

Uno de los temas que tienen en común con la religión es el de la felicidad. De hecho ésta ha sido la búsqueda ancestral del hombre, aunque en ocasiones no con mucho éxito, ya que se ha desviado al buscarla directamente y no como una razón para ser feliz, esto es, “como una voluntad de sentido”, como apunta Frankl.

Se trata de una de las ideas más acariciadoras del ser humano, la meta más ambicionada de cualquier persona. La realización más adecuada de todo individuo. Se puede decir que la auténtica felicidad se encuentra en el fondo de la persona. A pesar de que no es una tesis nueva, con frecuencia se rechaza, o se olvida con facilidad.

Como construimos nuestro mundo personal

Powell, S.J., (1997 pp. 15-16), al hablar de que la felicidad es una condición natural y que debemos aceptarnos como somos, dice:

“Tendemos a aferrarnos a las cosas, incluyendo las ideas. Nos rehusamos a sacrificar ideas, como quién soy. Sin embargo, es indispensable renunciar a ciertas ideas viejas para crecer. Debo aprender cómo desprenderme de la imagen fija de quién soy. Si quiero crecer debo desengancharme de mi pasado. Debo darme cuenta de que soy quien soy, una persona en proceso que está siempre aprendiendo, cambiando y creciendo. La única realidad importante es quién soy en ese momento. No soy quien solía ser. Tampoco soy todavía quien seré. Y, por sobre todo, debo saber esto: soy quien se supone que sea, y estoy cabalmente capacitado para hacer cualquier cosa que se supone que haré con toda mi vida.”

Aristóteles decía que “no hay nada en la inteligencia que antes no haya pasado por los sentidos”. De aquí que en nuestra vida estamos captando continuamente una serie de informaciones a través de nuestra percepción. Las variaciones en los estímulos físicos conducen a cambios de percepción, pero que nuestras mentes son incapaces de comprender todo estímulo. Selectivamente atendemos a ciertos aspectos del ambiente.

Aquello que atendemos está afectado:

a) Por las características del ambiente.
b) Por factores internos, como motivación.

De aquí que seamos únicos e irrepetibles. Cada persona, de acuerdo a su propia experiencia, las explica de un modo diferente. Por esta razón, las interpretaciones que realiza cada quien a lo largo de su vida, varía de las demás. Generalmente estamos formando un “mundo personal”.

Uno de los procesos básicos para determinar cómo percibimos un estímulo dado, es la categorización; esto es, relacionamos los estímulos con los conceptos que hemos formado en el pasado.

Obviamente, existe en “este mundo” una gran fragilidad en cuanto a la objetividad de nuestras percepciones, ya que sin darnos cuenta, añadimos elementos que pueden desfigurar o distorsionar el dato recibido del exterior. En ocasiones difieren diariamente los puntos de vista con respecto al mundo del vecino. Por eso existen muchas dificultades en la comunicación (pareja, familia, compañeros…).

Se puede decir que la neurosis es el arte de hacerse infeliz con estructuras distorsionantes. El neurótico es la persona que se especializa en aplicar formas desafortunadas allí en donde otros pueden aplicar formas positivas. Por tanto, el alivio de la neurosis no reside en el cambio de las circunstancias externas, sino en el cambio de la forma o estructura que el sujeto aplica a ese dato externo
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Ellis (1973. P. 29), dice, al responderse a la pregunta ¿qué es un neurótico?: “Básicamente es un individuo que siempre procede de manera ilógica, irracional, inapropiada e infantil. Si bien en teoría es capaz de pensar por su cuenta y de organizar una vida provechosa y feliz, en realidad su conducta no llega a ser inteligente, no alcanza sus más caras ambiciones y sabotea sus mejores potenciales”.

Hay un proverbio oriental que dice: “Cada uno fabrica sus propios fantasmas y muere a mano de ellos”; así:

a) El pesimista tiende a aplicar formas oscuras.
b) El optimista aplica formas color de rosa.
c) El fariseo aplica formas rígidas y moralizantes.
d) El suspicaz siempre está viendo “moros con tranchetes”
e) El temeroso aplica formas que le hacen sentir miedo ante situaciones completamente inocuas

En síntesis:

El mundo que fabricamos no depende exclusivamente de las circunstancias externas. Cada persona puede tomar consciencia de las formas que aplica y puede, por consiguiente, cambiarlas. Sin embargo, también aprendemos a desarrollar en nosotros una imagen de Dios, conforme a la cual fuimos creados, y de esto vamos a tratar a continuación.

Ser a imagen y semejanza de Dios

Muchas personas tratan de encontrar a Dios con toda sinceridad. Sin embargo, si se les pregunta qué es lo que quieren decir exactamente con eso, de qué manera podría suceder ese encuentro, les resultaría difícil dar una respuesta llena de significado. Aunque obviamente si existe algo que podemos llamar “encontrar a Dios”.

Hay varias formas de hacerlo.

1) En todas las religiones importantes se habla de la regla de oro, que es “amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”. Del Dios revelado nos hablan las religiones. Dentro de la judea-cristiana se nos dice que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios (Gen. 1, 26-27). San Agustín dijo: “Nos creaste para ti y nuestro corazón sólo encontrará la paz en ti”.
Dentro del cristianismo aprendemos a conocer a Dios a través de la Sagrada Escritura y de la Tradición. Es una religión de amor a Dios, a nuestro prójimo y a nosotros mismos.

2) Por otro lado, se trata de un proceso muy concreto. No es algo brumoso, irreal o ilusorio. Encontrar a Dios significa hallar nuestro ser verdadero, la imagen y semejanza de Dios, conforme a la cual fuimos creados. Si nos encontramos a nosotros mismos, estamos hasta cierto punto, en un nivel de armonía. Podríamos percibir y comprender las leyes del universo.

Somos capaces de realizarnos, de amar y experimentar la dicha; somos verdaderamente responsables de nosotros mismos. Tendríamos la integridad y el valor de ser nosotros mismos, aun a costa de perder la aprobación de los demás. Todo esto significa que has encontrado a Dios. También se le podría llamar “volver a casa desde la autoalienación”.

3) Encontrar a Dios es la única manera de alcanzar la felicidad. Y se le puede encontrar aquí y ahora mismo. ¿Cómo? A menudo la gente se imagina que Dios se encuentra inconmensurablemente lejos en el universo y que es imposible alcanzarlo. Eso está muy lejos de la verdad. El universo entero se encuentra dentro de cada persona, de modo que Dios está dentro de cada quien. Cada criatura viviente tiene una parte de Dios dentro de sí. La única manera de alcanzar esa parte divina que se halla adentro de uno, es recorriendo el empinado y estrecho camino del autodesarrollo (hacerse persona). La meta es la perfección. La base es conocernos a nosotros mismos. Esto significa enfrentar muchos rasgos poco halagadores.

4) Este proceso supone una búsqueda larga, continua e interminable. Algunos aspectos son los siguientes: ¿Qué o quién soy? ¿Qué significan mis reacciones, no sólo mis actos y pensamientos? ¿Mis acciones están respaldadas por mis sentimientos o tengo motivos detrás de esos actos que no corresponden con lo que me gusta creer sobre mí mismo o con lo que me gusta que crea el resto de la gente? ¿He sido honesto conmigo mismo hasta ahora? ¿Cuáles son mis errores? Es un hecho que la mayoría de las personas ignora una buena parte de sus debilidades (por muchas razones). Esto representa un gran obstáculo, incluso para aquellos que han avanzado en este camino. No es posible sobreponerse a lo que se desconoce. Cada defecto es una cadena que nos ata. Pero con el abandono de una imperfección, se rompe una cadena y nos hacemos más libres acercándonos a la felicidad. La felicidad es para cada individuo, pero es imposible alcanzarla si no se eliminan las causas de la infelicidad, es decir, de los propios defectos o cualquier tendencia que rompa alguna ley espiritual.

Para quienes realmente se desarrollan, existe una profunda y apacible satisfacción, seguridad y sentimiento de plenitud. Cuando estas cosas hacen falta, significa que no estamos en el camino correcto o que no hemos alcanzado la liberación que nos está destinada, una vez que hayamos superado las dificultades iniciales que hay en este camino. Sólo cada uno de nosotros conocerá la respuesta y en qué parte del camino nos encontramos. Nadie más puede ni tiene que responder a esta pregunta en nuestro lugar. Por otro lado, sabemos que siempre habrá problemas en la vida, pero eso no debe desanimarnos. Más aún, es posible que la forma externa del conflicto interior que estamos trabajando en este momento, no pueda disolverse tan rápidamente.

Mientras más dirijamos las corrientes internas del alma hacia los canales correctos, cambiarán más las formas exteriores correspondientes, lenta pero seguramente. Sabemos que el problema exterior no puede desaparecer Automáticamente hasta que el proceso no se haya realizado por completo. La impaciencia sólo será un obstáculo. Si estás en el camino correcto, vivirás y sentirás la gran realidad del mundo de Dios en tu vida diaria. Ya no será una teoría o un mero conocimiento intelectual. Vivirás en este mundo y sentirás sus efectos sobre ti.

En la relación Yo–tú está la creatividad. En esta relación se vive el amor, el dolor, el sacrificio, el sufrimiento… al mismo tiempo, una adhesión, una libertad, una esperanza, una exigencia, una alegría y una paz… que se pueden integrar con creatividad. Es una relación de persona a persona. La primera es con el Dios amoroso que nos creó a su imagen y semejanza, que nos impele a vivir nuestras relaciones interpersonales, creativas y de calidad, con las características antes mencionadas.

Ninguno de nosotros está solo. El amor de Dios está siempre en nuestras vidas y nos acompaña en todo momento. Debemos vivir en paz y seguir nuestro camino hasta el encuentro pleno con Él.

Por todo lo anterior, es muy importante conocernos y aceptarnos como somos. John Powell (op. Cit. Pp. 17 y ss.), habla de diez signos que él considera evidentes en aquellos que se aceptan a sí mismos:

1° Las personas que se aceptan a sí mismas, son felices. Las que disfrutan sinceramente lo que son, siempre tienen buena compañía en los momentos buenos y malos.

2° Las personas que se aceptan a sí mismas, se acercan a los demás con mayor facilidad. Mientras más nos aceptamos como somos, mayor será nuestra confianza de que seremos del agrado de los demás.

3° Las personas que se aceptan, siempre están dispuestas a ser amadas y sanamente halagadas. Si de verdad nos aceptamos y disfrutamos, comprenderemos que otros nos amen.

4° Las personas que se aceptan, tienen la facultad de ser en “verdad” ellas mismas. En la medida en que me acepto sincera y gozosamente tal como soy, me rodeará la autenticidad que proviene de la genuina aceptación de sí mismo.

5° Las personas que se aceptan, lo hacen tal como son en el presente. El que fui ayer es historia. El que seré mañana es desconocido. Aunque no es fácil desprenderse del pasado o de fantasear el futuro, se puede decir que la única aceptación verdadera debe dirigirse hacia quien su yo es en este momento.

6° Las personas que se aceptan, pueden reírse de ellas mismas con frecuencia y fácilmente. Tomarse demasiado en serio es un síntoma casi inconfundible de inseguridad. Una antigua beatitud china decía: “Bienaventurados los que pueden reírse de sí mismos, porque nunca dejarán de divertirse”. Esto supone una seguridad interior que nace de la aceptación de sí mismo.

7° Las personas que se aceptan, tienen la capacidad de reconocer y satisfacer sus propias necesidades. Ellas están en contacto con sus propias necesidades físicas, emocionales, intelectuales, sociales y espirituales. Y la caridad comienza en casa. Si no me amo a mí mismo, ciertamente no podré amar a los demás. Más aún, buscan vivir el estilo de vida equilibrado que satisface sus necesidades.

8° Las personas que se aceptan, son personas de libre determinación. Obtienen sus pautas de su propio interior, no de otras personas. Hacen lo que piensan que es correcto y apropiado y no lo que los demás puedan pensar o decir. Saben decir no, sin un persistente sentimiento de remordimiento o culpa.

9° Las personas que se aceptan, establecen un contacto con la realidad. Esto supone aceptarnos realmente como somos y a los demás como son, implica, entre otras cosas, no vivir en la fantasía de lo que puede ser o hacer.

10° Las personas que se aceptan, son seguras de sí mismas. En otras palabras, saber ser asertivas. Sostener nuestro derecho a que nos tomen en serio. A tener mis propias decisiones, a entrar en relaciones como iguales, esto es, relaciones yo-tú. No manejar la manipulación del desvalido, del auxiliador compulsivo de los desvalidos. La gozosa aceptación de nosotros mismos nos reta a ser asertivos, a respetarnos, a expresarnos abierta y honestamente; no agresivamente.

 

¿Cómo podemos conocer a Dios?

1° Lo más sencillo y rudimentario es el conocimiento en función de imágenes y conceptos. Este es el modo típico del catecismo y de la teología. Sin embargo, este modo dista mucho de ser el más
adecuado. El sujeto aplica una forma a la materia que le viene del exterior, y de esta manera forma su imagen y concepto de Dios. Entre estos conceptos referentes a Dios, se encuentran los siguientes: el Padre, el Señor, el Altísimo, el Ser perfecto, el Infinito, el Creador, la Bondad suma, el Ser supremo… La teología es una elaboración mental en función de conceptos, raciocinios, tesis y demás instrumentos propios del intelecto. El concepto de Dios es la base de estas elaboraciones mentales.

2° Es el de la intuición o captación holística del Ser. Gracias a este procedimiento el hombre no aplica una forma o estructura a los datos que percibe. Es un conocimiento más puro, pero también
más obscuro. En consecuencia, menos adaptado a las definiciones y raciocinios del nivel científico.
El conocimiento holístico o intuitivo, es el conocimiento de Dios más apropiado en el terreno religioso. Es posible que una persona con sano espíritu religioso no sepa definir a Dios, pero gracias al conocimiento holístico tiene una comunicación más cercana e íntima que el anterior.
Allport (1960), habla, respecto de la religión, que existen dos aspectos muy importantes:

1° El de la religión intrínseca o madura, que puede proporcionar sentido y dirección a la vida. Rechaza la postura más típicamente freudiana de que la religión constituye una manifestación de una enfermedad neurótica. Vivimos rodeados de muchas incógnitas y, a pesar de los grandes adelantos de la ciencia, el “sentido de la vida” no se ha manifestado al hombre de nuestros días como apareció entre los filósofos de la antigua Grecia.

2° La religión extrínseca (como se expresó arriba), está llena de ritualismos que han perdido su verdadero sentido. El símbolo no expresa ya su significado, es decir, no se sabe el porqué de sus acciones. Simplemente se vive la “orden”, pero sin saber lo que realmente significa.
La verdad lógica es la verdad ontológica

1ª. La verdad lógica es la adecuación de la mente con la realidad. Esta es la definición tradicional. La mente capta un dato a partir de la realidad y consigue una adecuación con ella. Sin embargo, es
posible la distorsión, ya que cada sujeto defiende su propio punto de vista como el único verdadero, y ataca a las divergencias que se den con su propio pensamiento, como si todos los demás estuvieran en el error.

2ª. La verdad ontológica es la adecuación del ser consigo mismo. El hombre se aproxima a esa verdad ontológica por medio de su mente, pero el conocimiento ordinario tiende a colocar una diferencia con respecto al ser en sí mismo. Por lo tanto, se puede decir que la verdad lógica es sólo una aproximación a la verdad ontológica. Es un hecho innegable que cada uno tiene su propia perspectiva para ver y juzgar las cosas. Esto no es una teoría. Lo que interesa, entonces, es investigar si acaso existe un procedimiento humano para llegar a captar el ser en sí mismo, si la verdad lógica puede llegar a identificarse con la verdad ontológica.

Sentido de vida

Cada persona tiene un sentido de vida que difiere del de los demás. Más aún, difiere del propio de un momento a otro. De aquí que el sentido de vida general, no es tan importante como el concreto de la vida de cada persona, en un momento dado (Frankl, 1946a, p. 107). Toda persona tiene una misión que debe cumplir y ésta es eminentemente dinámica. Sabemos que cada instante es único e irrepetible y cada tarea participa de esa unicidad en su oportunidad de instrumentarla.

Jung (citado por Yalom, 1984) dice que la falta de sentido le parece una enfermedad porque inhibe la plenitud de la vida. La carencia de un significado vital desempeña un papel crucial en el desarrollo de la neurosis. En última instancia hay que entender la neurosis como un sufrimiento del alma que no ha descubierto su significado. Aproximadamente la tercera parte de mis casos, dice Jung, no padecen de ninguna neurosis clínicamente definible, sino la falta de un sentido y propósito de sus vidas.

Jung (1955, p. 26), dice: “Cuando digo religión, no quiero decir un credo”. Sin embargo, es cierto que en alguna medida toda confesión se basa originalmente en la experiencia de lo numinoso, y por otra parte, en el “pistis”, la lealtad, la confianza, la fe respecto a un aspecto numinoso definido como experimental y la subsiguiente alteración de la conciencia… Es decir, que “religión” es el término que designa la actitud peculiar de una conciencia que ha sido alterada por la experiencia de lo numinoso. Por lo que podría decirse que el término “religión” expresa la particular actitud de una conciencia transformada por la experiencia de lo numinoso.

Por lo tanto, la religión es un asunto de experiencia. El hombre no conoce a Dios como un concepto teológico, sino como una experiencia a partir de la cual pueden formularse los subsiguientes conceptos. Por esta razón Jung se refiere a Dios como la imago de Dios o el símbolo de Dios, dado que un símbolo, por su propia naturaleza, es capaz de revelar la realidad de modos vedados a cualquier otro medio.

Otros de los grandes psicólogos, como Allport, Maslow, etc., consideran la presencia religiosa del hombre como un aspecto vital e importante en su encuentro consigo mismo. Asimismo, se puede citar a otros investigadores como Vogler y Ebersole (1983), Bergin (1983), Sharkey y Maloney (1986)…

Abgano (1974, p. 1006), dice en cuanto al sentido religioso, que es “la creencia en una garantía sobrenatural ofrecida al hombre para su propia salvación, así como las practicas dirigidas a obtener y conservar esta garantía”.

a) La garantía que apela la religión es sobrenatural: porque va más allá de los límites a los que pueden llegar los poderes reconocidos como propios del hombre. De que obra puede obrar también en donde tales poderes se reconocen como impotentes y de que el modo de acciones es misterioso o inescrutable.

b) El origen sobrenatural de la garantía: no implica necesariamente que sea ofrecida por una divinidad y que, por tanto, la relación con la divinidad sea necesaria a la religión. En realidad,
dice el autor, existen religiones ateas.
Frankl (1974, p. 81), dice:

“la religiosidad sólo es auténtica allí en donde es existencial, es decir, allí donde el hombre no es impulsado de algún modo a ella, sino que él mismo se decide por ella”.

La religión es un fenómeno del hombre y del paciente. Un fenómeno entre muchos de los que encuentra la logoterapia. En principio, tanto la existencia religiosa como la no religiosa son para la Logoterapia, fenómenos coexistentes, es decir, que frente a ellos el logoterapeuta debe adoptar una actitud neutral (Frankl, 1977, p. 109).

Propósito en la vida

En los Evangelios encontramos una frase de Cristo que nos dice: “La verdad os hará libres”. La vida del ser humano es una búsqueda consciente o inconsciente de esta realidad, ya que el intelecto lucha por encontrar la verdad. Su voluntad desea obtener un bien más grande. Su imaginación suspira y su alma anhela una vida más plena. Y a través de todas estas vías el hombre intenta llegar a una meta de la vida, al objetivo de su existencia.

Es un hecho que el ser humano se enfrenta a una serie de sentimientos de fragilidad, de impotencia, de desamparo y al temor de una muerte que es inevitable. El mayor deseo del hombre es existir, y no se resigna a dejar de ser, a no estar, a no permanecer, a no sobrevivir. La muerte se asocia con la nada y al referirnos a ella significa negación, carencia y vacío.

El hombre se encuentra en una crisis que derrumba sus esperanzas y proyectos futuros. La búsqueda de respuestas se puede considerar como un absurdo. El problema está allí: es angustioso, torturante, especialmente en las horas de reflexión o en los momentos dolorosos de la existencia. Esto puede ser el inicio de una situación de momentos dolorosos de la existencia. Esto puede ser el inicio de una situación de frustración existencial. Este hecho nos puede llevar a dos tipos de respuesta:

1ª Vivir con esta frustración, caer en la desesperanza y en la depresión.

2ª Replantearse el sentido de la existencia: la vida puede tener un propósito, a pesar de todas las dificultades que se nos presentan. Más aún, es posible que tenga el poder de NO destruir el sentido último de cada vida humana.

Los cuestionamientos sobre la esencia del hombre y sobre el significado de su existencia siempre han estado allí, se imponen por sí mismos e irrumpen en la existencia y se plantean por su propio peso. No obstante, esta reflexión se presenta en general cuando el hombre se enfrenta con el choque con la realidad y vive la experiencia de la frustración, de la derrota o del fracaso.

Gavaert, (1974, p. 15) comenta que:

“el infortunio, un accidente de tráfico, la muerte de los padres, de la esposa o de un hijo; la guerra, el genocidio, los campos de concentración… nos arrancan cruelmente de la dispersión para ponernos frente al problema del significado fundamental de la propia existencia”.

La derrota de nuestros propósitos o proyectos, el cansancio de vivir, el no poder alcanzar la paz constante y una felicidad real. La soledad y el abandono, en una palabra, lo que uno es y lo que le gustaría ser en plenitud, son otras opciones que nos invitan a meditar y a producir los cuestionamientos de siempre:

¿Quién es el hombre? ¿Quién soy? ¿Para qué he nacido? ¿Para qué vivo? Éstas y otras más son interrogantes que se presentan independientemente del credo religioso al que se haya afiliado un hombre.

El vacío existencial no es en realidad un hecho patológico. Esta abrumadora conciencia de la carencia de significado es el primer “signo de recuperación”. Poner en cuestión el problema del sentido de la vida no es una enfermedad, sino una verdadera expresión del ser humano. Esta expresión hay que concluirla, llevarla a cabo, ya que muchos hombres hacen de su paso por la tierra una tragedia sin sentido, una vida estéril y frustrada, una existencia vacía e inútil… y al hacerlo se hacen culpables de no haber vivido… el hombre debe “hacer de su vida una experiencia fantástica e indescriptible” (Villanueva, 1985, p. 236).

Hambre de pan y hambre de sentido

Todos sabemos lo que significa el hambre, sólo tenemos que echar una mirada a nuestro alrededor, para ver cuánta gente sufre por no tener qué comer ni en dónde vivir. De acuerdo con Maslow estaría preponderantemente en su primer escalón de la pirámide, en donde habla de las necesidades básicas. No obstante, existe otro tipo de hambre. La depresión de la gente joven se puede atribuir al hecho de que ellos se decían: estoy en paro; por tanto, soy un inútil y, por consiguiente, mi vida carece de sentido. En realidad, se trata de una carencia de sentido lo que había provocado la depresión. Cuando se logra vivir un trabajo o actividad significativa, desaparece la depresión, a pesar de que el estómago pueda seguir vacío. Frankl comenta un caso en el que uno de esos “parados” le gritó: “Lo que queremos, lo que nos hace falta, no es sólo dinero, gracias al cual podamos vivir; sino en primer lugar, algo por lo que podríamos vivir: algo que dé sentido a nuestra vida”.

No existe sólo una necesidad de pan, sino que con toda seguridad existe hambre de sentido. Desafortunadamente, esto se tiene poco en cuenta actualmente. El sentido no es tenido en cuenta por la sociedad. Las personas pueden tener un buen trabajo, incluso éxito, pero desean suicidarse porque encuentran su vida carente de sentido.

Vacío interior

Estamos viviendo una época de gran automatización en la que la tecnología ha traído grandes beneficios a la humanidad; pero también ha generado fuertes problemas como el desempleo o, en el mejor de los casos, un incremento de tiempo libre. No sólo hay tiempo libre de algo, sino también para algo. No obstante, dice Frankl, el hombre existencialmente frustrado no conoce nada con lo que podría llenar su vacío existencial. La existencia del fenómeno del aburrimiento refuta la afirmación de que la total homeostasis, la satisfacción perfecta de necesidades, significaría realización y no más bien lo contrario de realización, es decir, carencia y vacío.

El hombre debe hacer frente a la pregunta de cómo debe enfrentarsu tiempo: incluso el envejecimiento de la población confronta al hombre en su trabajo profesional y con su vacío existencial. Tanto la vejez como la juventud, se hacen la pregunta acerca de la voluntad de sentido. En este fenómeno aparece la llamada “frustración espiritual” como un elemento decisivo. La frustración existencial apenas se puede soportar y empuja a una compensación y a un aturdimiento.

El vacío existencial no siempre se pone de manifiesto. En ocasiones está latente, larvado, enmascarado… Existen unas “máscaras” detrás de las cuales se esconde este vacío: la voluntad de poder, la voluntad de dinero… son formas para enmascarar la voluntad de sentido. Se vive una depresión que se puede manejar con un exceso de trabajo (neurosis de domingo) o al contrario, como en el caso de México, con paros. Ahora bien, la depresión depende no sólo de “paro”, sino que se considere la vida como carente de sentido o no. No sólo hay estómagos vacíos, sino un vacío interior, y éste existe con o sin trabajo. Puede existir a pesar o a través del trabajo, ya que el vacío existencial se ha convertido en una neurosis de masas a nivel mundial. Se han elaborado test (PIL, Logo tests…) y estadísticas de investigadores de todo el mundo.

Nuestra sociedad industrial aspira a satisfacer todas las necesidades del hombre. Como necesidad de consumo, produce algunas necesidades para después poderlas satisfacer. Sin embargo, queda una sola necesidad sin satisfacer, la más humana de todas, la voluntad de sentido.

Ahora bien, ¿cómo se exterioriza ese sentimiento omnipresente de carencia de sentido o sentimiento de vacío? Frankl menciona como características principales el aburrimiento y la indiferencia.

1° El aburrimiento: se puede definir como una falta de interés. En muchos casos al hombre de hoy le falta un verdadero interés por el mundo.

2° La indiferencia: como una falta de iniciativa. Para completar el cuadro, se puede decir que ante la falta de interés se le añade la falta de iniciativa.

Lo que les falta a los hombres es el compromiso de empeñarse en algo que es digno de compromiso, la entrega a una tarea por la que se pueden decidir libremente. Según la encuesta del IFG, en Austria, el 29% de los austriacos encuentran muy poco sentido a la vida. Según las estadísticas de la “Caritas” alemana entre jóvenes, se llega al 42%. No obstante lo expuesto, el médico tratará de manejar el vacío interior con medicamentos (un coctel ataráxico); esto es, reducir el problema a situaciones somatógenas, que ignora lo espiritual. El psicólogo tratará de reducir la problemática espiritual a aspectos psicológicos, tratando de evitar el valor del sufrimiento inmodifi-cable. La voluntad de sentido representa el fenómeno más humano que posiblemente pueda existir, ya que no considera al sufrimiento que no se puede evitar, como patológico o enfermizo. Así, dice Nietzsche: “Sólo quien tiene un por qué vivir, soportará casi cualquier cómo”.

El análisis existencial es búsqueda de sentido, pero concreto, tanto en la peculiaridad de cualquier persona como en la singularidad de cualquier situación. Es un sentido ad personam et ad situationem, ya que sólo se puede atribuir una relevancia terapéutica a un sentido concreto y personal semejante.

Falta de modelos

A lo expuesto anteriormente, se junta la falta de modelos que nos muestren con su vida el ejemplo de la entrega a una tarea. Las personas que tienen mayor impacto no son los políticos, ni los investigadores, ni los artistas célebres o deportistas conocidos, sino las personas “que superan las situaciones difíciles”. Las que con grandes sacrificios personales intervienen a favor de otros y los ayudan. Estos constituyen el 47% (Instituto imas, Australia). De acuerdo con el Instituto Fessel, el 83% de los jóvenes expresan el deseo de ayudar a otras personas.

Al parecer, las anteriores cifras no son totalmente aplicables a países tercermundistas. Sin embargo, la orientación de sentido, vista desde la perspectiva psicológica, no sólo es importante para vivir, sino también para sobrevivir.

Suicidio crónico

Existe un enorme peligro para las jóvenes generaciones que se perfilan como una “generación sin sentido y sin futuro”, ya que este vacío existencial amenaza con proliferar aquella “triada neurótica de masas: depresión, adicción y agresión”, lo que significa prácticamente suicidio, en el sentido estricto de la palabra, suicidio crónico en el sentido de la drogodependencia y, sobre todo, violencia contra otros. Frankl habla de “recuperación” a través de una exigencia por medio de una tarea. La pregunta que se hace el autor es: si la entrega voluntaria a una tarea común es capaz de superar la agresividad y la violencia, ¿se podría aplicar esto a los grupos y aun a la humanidadentera?

El hombre en busca del sentido último

Para Freud la motivación humana primaria es el principio de placer, y el principio de realidad es una extensión de aquél. Sin embargo, el principio del placer está al servicio de otro más amplio: el principio de la homeostasis, cuya meta es la reducción de la tensión, para recuperar el equilibrio interno.Por otro lado, Adler ve en el hombre a un ser que lucha por superar una cierta condición interna, esto es, su sentimiento de inferioridad, del que trata de desembarazarse desarrollando la búsqueda competitiva de superioridad, un concepto que en gran parte coincide con la voluntad de poder de Nietzsche.

Comenta Frankl que Freud no tomó en cuenta una característica humana fundamental: la autotrascendencia. En otras palabras, es el hecho intrínseco que el ser humano siempre está relacionado con y señala a algo o alguien distinto de sí mismo. Frankl dice que a través de la autorreflexión ontológica comprensiva, el hombre sabe que se está autorrealizando en la medida que se olvida de sí mismo, y se olvida de sí mismo, al “darse” a sí mismo, ya sea sirviendo a una
causa noble o amando a otra persona. “La autotrascendencia es la esencia de la existencia humana”.

Tanto Freud como Adler trabajan en la psicología de lo profundo. Frankl más bien habla de una psicología de altura que toma encuenta las aspiraciones superiores de la psique humana. En otras palabras, no sólo se trata de la búsqueda de placer o poder por parte del hombre, sino también su voluntad de sentido. Se puede decir que es necesario reconocer que la cima espiritual es tan poderosa como su profundidad instintiva.

La primera trata de los fenómenos específicamente humanos, como son el deseo del hombre de encontrar un sentido para su vida y hacerlo realidad; o bien, aquellas situaciones de la vida de los individuos que lo obligan a enfrentarse consigo mismo. A esto Frankl le llama voluntad de sentido. En la actualidad, la voluntad de sentido se ve frustrada a nivel mundial. Existe un número creciente de personas que están obsesionadas por un sentimiento de falta de sentido —insignificancia, absurdidad—, que a menudo va acompañado del sentimiento de vacío existencial, que se manifiesta principalmente por el aburrimiento (falta de interés por el mundo) y la apatía (ausencia de iniciativa para hacer algo o cambiar algo).

Una de tantas definiciones que se han hecho del hombre, es la que dice que es un ser que se hace preguntas. Y ciertamente, una de las preguntas más profundas: ¿existe realmente un sentido en mi vida? Más aún, ¿existe tal sentido?

Frankl (1988) dice que, en cierto modo, el vacío existencial puede muy bien ser considerado como una neurosis sociógena. Tanto la sociedad industrializada como la de consumo están en condiciones de satisfacer todas las necesidades humanas y aun crear nuevas. Sin embargo, la más humana, la necesidad de encontrar y hacer realidad un sentido en nuestras vidas, se ve frustrada por esa sociedad. Lo alienan de sus propios valores y desarraigan de sus tradiciones.

Las generaciones más jóvenes son las que se ven más afectadas por el sentimiento resultante de carencia de sentido. Fenómenos como la adicción, la agresividad y la depresión se deben, en último análisis, a un sentido de futilidad. Parece ser que se olvidan que la vida tiene un sentido bajo cualquier circunstancia.

Cada situación vital con la que tenemos que enfrentarnos nos plantea una demanda, una cuestión a la que nosotros debemos responder, haciendo algo con la situación indicada. Es un hacerse repentinamente consciente de una posibilidad sobre el telón de fondo de la realidad. Sabemos que la vida nunca deja de ofrecernos un sentido hasta el último momento de nuestra existencia. Frankl dice que existen tres caminos principales que conducen a la realización de sentido:

  1. Valores de creación: consisten en llevar a cabo una acción o crear una obra.
  2. Valores de experiencia: supone experimentar algo o encontrarse con alguien. En otras palabras, el sentido puede hallarse no sólo en el trabajo, sino también en el amor.
  3. Valores de actitud: este camino es el más importante: es enfrentarnos a un destino que no está en nuestras manos cambiar, nos sentimos interpelados a sobreponernos y a crecer más allá de nosotros mismos, esto es, a cambiarnos. En este camino, el autor habla de la triada trágica: dolor, culpa y muerte. Sin embargo, también habla del optimismo trágico: se trata de sacarle la vuelta al sufrimiento ineludible, a la culpa inexcusable y a la muerte inevadible.

De esta manera:

a) El sufrimiento se puede convertir en servicio, en una realización y logros humanos. El sentido se puede alcanzar a pesar o mediante el dolor inevitable. Si es evitable, hay que quitar la causa, ya sea biológica, psicológica o sociológica. Sufrir innecesariamente sería masoquismo, más que un gesto heroico.
b) La culpa es un cambio hacia algo mejor.
c) La muerte, es un acicate para la acción responsable. Esto es, ver en la transitoriedad de la vida un incentivo para actuar comprometidamente.

Frankl, al hablar del sentido último, hace el siguiente planteamiento:

Un chimpancé no puede comprender el sentido del sufrimiento, en función de lo que éste viva en un experimento científico. De la misma manera, el hombre tampoco podrá entender el valor del sufrimiento a través de la dimensión espacio temporal (con un enfoque científico). La ciencia deja en la sombra el sentido último, pero no por eso lo va a negar. Lo incognoscible no tiene que ser necesariamente increíble. Es fundamental pasar a una tercera dimensión,la espiritual, que está más allá de la mera razón o inteligencia, para poder obtener una respuesta integral.

Logoterapia y religión

Es un hecho que no todo puede explicarse en términos significativos. Hay cosas que aparecen como imposibles desde un punto de vista puramente intelectual. Por eso, como se decía arriba, lo incognoscible no es necesariamente increíble. Donde el conocimiento cesa, la antorcha pasa a manos de la fe. No es posible decidir intelectualmente si cada cosa carece de un sentido último, o por el contrario, si detrás de todo se esconde dicho sentido. Donde fracasa el conocimiento intelectual, hay que echar mano de una decisión existencial. Desde este ángulo se pueden ver las cosas como absolutamente significativas o absurdas. Creer a través de la fe, es una forma de pensamiento con una realidad sobreañadida, a saber, la existencialidad del sujeto pensante. El existencialismo dice “nada es realmente nada”. Dios no es una cosa entre otras, sino es Ser (con mayúscula, como dice Heidegger). Por tanto, no se puede situar al ser último en el mismo plano de las cosas.

Existe un abismo entre lo que está llamado a servir de símbolo y lo que debe ser simbolizado. El símbolo nunca puede identificase con aquello que simboliza. Por ejemplo, si se quiere simbolizar el cielo, se podrán pintar algunas nubes. Sin embargo, éstas no son el cielo; más bien, lo ocultan y nos impiden verlo. No obstante, son un símbolo. De la misma manera, lo divino se simboliza por algo que no lo es: sus atributos son propiedades humanas e incluso demasiado humanas.

A Dios se le representa de forma más o menos antropomórfica. Sin embargo, esto no nos autoriza a descartar la religión por sus ingredientes antropológicos. Frankl (1990, p. 292), citando a Konrad Lorenz (1987), dice: “Si compara usted la validez de la cosmovisión de la mujer de un granjero de los Alpes, con la validez de la visión del mundo de B.F. Skinner, descubrirá que la mujer del granjero, la cual cree en la inmaculada concepción de la Virgen María, en el Buen Dios y en todos los santos, está más cerca de la verdad que el behaviorista”.

Por otro lado, dice Frankl, (op. cit.) que siempre que nos embarcamos en un antropomorfismo acrítico, nos exponemos sin duda a una serie de trampas en las que podemos caer. Se puede definir la religión como “un sistema de símbolos, es decir, símbolo de aquello que los seres humanos no están capacitados para captar en términos conceptuales”. Sin embargo, ¿no es acaso la necesidad de símbolos, la capacidad de crearlos y de servirse de ellos, una característica del ser humano como tal? ¿No se reconoce en la capacidad de hablar y de comprender el habla, un rasgo distintivo de la humanidad? Sin embargo, al comparar la religión con el lenguaje, se debería tener muy presente que nadie está autorizado a afirmar que el lenguaje particular que yo hablo es superior a cualquier otro. En todo lenguaje es posible llegar a la verdad única o caer en el error uno mismo y mentir.

Frankl (1990, p. 294-295) dice que es necesario afrontar tanto el problema del pluralismo lingüístico como el religioso, ya que en este último, la religión aparece escindida en diversas confesiones, y una confesión no puede ser superior a las demás. El autor se pregunta si tarde o temprano será posible que se supere el pluralismo religioso para dar paso al universalismo de una religión. Él mismo contesta diciendo que en su opinión no es probable que una especie de esperanto religioso pueda servir como sustitutivo de las confesiones individuales. Más bien, la religión tiene que hacerse algo profundamente personalizado, que a cada ser humano le permita hablar un lenguaje propio cuando se dirija al ser último. No se trata de que las confesiones particulares con sus instituciones y organizaciones desaparezcan, ya que hay y seguirán habiendo símbolos comunes a las diversas comunidades. De la misma manera que diversos idiomas tienen el mismo alfabeto.

Quizá los conceptos de Dios de algunas confesiones son estrechos. A menudo describen (¿denigran?) a Dios. Es la deformación de un concepto sólido de divinidad. Es necesario presentar una imagen creíble de Dios, al mismo tiempo que los creyentes han de actuar en forma que resulte creíble. En otras palabras, no se trata de que sus representantes traten de configurar una imagen de Dios, como alguien que primordialmente está interesado en ser creído e insiste rigurosamente en que quienes crean en él deben afiliarse a una iglesia particular. Añade Frankl (op. cit.) que la manera de dirigirse a la divinidad debe ser en la forma de expresión más personal posible. A este modo de hablar se le llama oración. Orar es hablar de persona a persona. Es el clímax de la relación “YO-TU”, que de acuerdo al pensamiento de Martín Buber representa la cualidad por excelencia de la existencia humana, a saber, su dimensión dialógica. Por otro lado, dice Frankl, los diálogos no sólo son interpersonales, sino también intrapersonales, esto es, diálogos interiores, dentro de nosotros mismos. Son entre un ego y un alter ego. El autor (1990) ofrece una definición de Dios a la que llegó cuando tenía 15 años: “Dios es el interlocutor de nuestros más íntimos soliloquios”. Es decir, siempre que usted se habla a sí mismo con total sinceridad y en soledad última, aquel a quien usted se está dirigiendo puede ser llamado con toda razón DIOS. Esta definición, dice Frankl, burla la bifurcación entre cosmovisión atea y la teísta. La diferencia entre ellas emerge sólo después, cuando la persona no religiosa insiste en que sus soliloquios son precisamente eso: monólogos consigo mismo. En cambio, la persona religiosa interpreta los suyos como auténticos diálogos con alguien distinto a ella misma. Esto último supone una gran rectitud y sinceridad supremas. Añade Frankl (op. cit. p. 297), “Estoy seguro de que, si Dios existe realmente, no les va a echar en cara a quienes se dicen ateos el hecho de haberle confundido con su propio yo y haberle dado, como consecuencia, un nombre equivocado”. Dice Frankl (1990) que la cuestión que está pendiente es saber si realmente existen “personas ateas”. En su libro “La presencia ignorada de Dios” (1988), dice que cada una de las personas existe y muestra su presencia un cierto sentido religioso, aunque soterrado o reprimido en el inconsciente. En otras palabras, parafraseando a Freud, que dijo que no sólo el hombre es a menudo más inmoral de lo que cree, sino que es también mucho más de lo que piensa, Frankl dice que a menudo el hombre es mucho más religioso o creyente de lo que él está dispuesto a admitir.

a) Esta omnipresencia de la religión —entendida en su más amplio sentido—, su ubicación en el inconsciente, puede explicar el hecho de que personas que se consideran ateas, sean más capaces de encontrar un sentido a su vida que aquellas que se consideran a sí mismas creyentes, como demuestran empíricamente los test y las estadísticas.
b) No es extraño que esta religión inherente —aunque sin explicitar—, pueda ser más persistente de lo que se podría esperar, hasta el punto de que es capaz de desafiar tanto a las circunstancias internas como externas, hasta un grado difícil de creer. Frankl (1988) expresa que una vida religiosa pobre no podía hacerse remontar simplemente al impacto de una imagen negativa del padre. Ni la peor imagen del padre impide que la persona alcance una sólida cosmovisión religiosa.
c) En cuanto al medio ambiente, la fe en Dios es incondicional o no es fe en lo absoluto. Si es incondicional, se mantendrá firme ante cualquier cosa, por grave que sea, como el holocausto nazi. Si no es incondicional, se desmoronará ante la perspectiva de que un solo niño tenga que morir. Dice Dostoievski: No existe un punto crítico para el regateo con Dios, Por ejemplo, razonando: “Hasta seis mil o incluso un millón de víctimas del holocausto yo mantengo mi fe en ti, pero a partir de un millón de víctimas ya no hay nada que hacer y, aunque lo siento, renuncio a seguir creyendo en ti”.
d) Frankl comenta que entre las personas que vivieron la experiencia de Auschwitz, el número de las que sintieron que su vida religiosa se hacía más profunda, a pesar de la experiencia, fue mayor con mucho, que el de las que abandonaron la fe. Las dificultades y catástrofes contribuyen a debilitar una fe ya de por sí débil, mientras que robustecen una fe fuerte.

En síntesis, del pensamiento de Frankl se pueden hacer las siguientes reflexiones:

1ª Frankl dice, que después de sugerir una definición tan operativa de religión, tan imparcial y neutral como la suya (que abarca el agnosticismo y ateísmo), hace las siguientes afirmaciones:

a) Que como psiquiatra (psicólogo) estaba autorizado a abordar el tema de lo religioso.
b) Que a través de su exposición, se mantuvo en el plano que convenía a un psiquiatra, al tratar la religión como un fenómeno humano o, más específicamente, como una consecuencia de lo que
en su opinión constituye el fenómeno humano por excelencia, a saber, la voluntad de sentido. Se atreve a decir que la religión se ha revelado como la realización o cumplimiento de lo que ahora podemos llamar, la voluntad de sentido último.

2ª La definición que propone Frankl, se aproxima mucho a la presentada por grandes pensadores como: Albert Einstein (1950), que dice así: “Ser religioso significa haber encontrado una respuesta a la pregunta de cuál es el sentido de la vida”. Ludwig Wittgenstein (1960) dice: “Creer en Dios es ver que la vida tiene un sentido”.

3ª Frankl (1990) se hace la siguiente pregunta: ¿hasta qué punto estas tres definiciones de religión pueden ser aceptadas por la teología? Los psiquiatras, añade, sólo pueden mantener abierto el diálogo entre la religión y la psiquiatría, con un espíritu de tolerancia.

4ª El hombre necesita de un significado. El hecho de vivir sin él, sin metas, valores o ideales, parece provocar algunos trastornos considerables. En casos extremos puede llevar al ser humano a la decisión de poner fin a su vida.

5ª El ser humano necesita de ideales y aspiraciones, así como guías para configurar sus vidas. Existe una tendencia a la búsqueda de significado, que lo lleva a enfrentar y organizar los acontecimientos que ocurren al azar en su vida, igual que todas sus experiencias para resolver su situación existencial.

6ª Cuando la persona no tiene la capacidad de encontrar coherencia, no sólo se muestra inquieta e insatisfecha, sino también desamparada. Si tiene un sentido, experimenta seguridad y dominio, y nos aferramos a él como si en ello nos fuera la vida (op. cit. 553).

7ª La búsqueda de significado es paradójica, ya que cuando más nos empeñamos racionalmente en buscarlo, menos lo encontramos. Las preguntas que nos planteamos acerca del significado siempre van más allá de todas las respuestas.

8ª El significado consta de un sentido de plenitud que implica compromiso; éste nos permite encontrar una respuesta a la carencia de significado, con independencia del origen de esta carencia. El compromiso pleno nos ayuda a organizar los eventos de la propia vida conforme a un patrón coherente.

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