| 1. Volver
a dar dignidad al hombre.
La “fe incondicional en un significado
incondicionado” de la vida (Frankl 1998, p.164)
no ha hecho ciertamente simpático a Frankl en
el mundo de los psiquiatras, demasiado preocupados por
encontrar sólo el vínculo entre la modalidad
de existir y estructura neurológica, o tal vez
aquél mundo de los sociólogos, orientados
a ver únicamente los condicionamientos culturales,
familiares, políticos, en lugar de ver la capacidad
radical –jamás perdida –de la persona
singular, que sabe asumir con dignidad y coraje una
actitud en confrontación a los condicionamientos,
y mas aún en aquél de los psicólogos,
sólo capaces de ver en medio de la psique las
pulsiones inconscientes que amenazan con detonar, cuando
menos se espera, abdicando por tanto a cualquier posibilidad
de decisión responsable.
Ya en 1945, causó estupor su declarada decisión
y convicción contra el concepto de culpa colectiva.
“Recibí tirones de orejas de diversas organizaciones”
– recuerda hace algunos años en un inolvidable
encuentro con miles de personas en el aula magna de
la Universidad Salesiana de Roma–“No obstante
aquello, continué hablando contra la culpa colectiva
y lo hice incluso delante de un general que comandaba
las tropas francesas de ocupación, en ocasión
a la que había sido invitado a ofrecer una conferencia
en la zona ocupada de los franceses. Al día siguiente
vino a verrme un profesor universitario, en un tiempo
oficial de la S.S, y me preguntó con lágrimas
en los ojos donde encontraba el valor de declararme
así, abiertamente, contra el juicio general.
“Usted no puede hacerlo–le respondí-,
porque hablaría pro domo sua. Pero yo, que he
sido el detenido n.119.104 en Dachau, yo sí que
puedo hacerlo. Es mas, debo hacerlo. Me toca hacerlo:
es una obligación”” (Frankl 1993,
p. 102.)
Y de igual forma se expresó en la gran plaza
delante del palacio municipal de Viena 50 años
después, frente a miles de personas. Coherente
con su profesión de fe en el hombre, en su libertad,
en su dignidad y su responsabilidad, pronunció
con voz firme su rechsazo a cualquier tentativa de minimización
y reducción de la persona humana y simultáneamente
su profunda convicción de que siempre y dondequiera,
el hombre es capaz de trascenderse, de ver mas allá
que sus estrechos horizontes cotidianos, de alcanzar
la profundidad espiritual del propio inconsciente, mucho
mas que único e inexorable receptáculo
de instintos e impulsos ciegos, privados de cualquier
rendija de auténtica libertad, así como
ha enseñado el psicoanálisis por decenas
de años (Frankl 1988.)
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2. Descubrimiento
del encuentro.
“¿Si no lo hago yo,
quién lo hará? ¿Si no lo hago ahora,
cuándo lo haré? ¿ Si lo hago sólo
para mí, quién soy yo?” Estas tres
frases del rabino Hillel, que vivió hacia fines
del primer siglo a.C., regresan como un estribillo en
los textos de Frankl, para subrayar tres aspectos centrales
de su pensamiento:
a) La unicidad de la persona, más
allá de cualquier tentativa de masificación.
b) La unicidad del momento presente, más allá
de cualquier refugio en el mundo ilusorio de la irresponsabilidad
y de una eternidad impersonal y privada de relación
con la tragedia cotidiana.
c) La orientación hacia el mundo de los valores
y de la tarea que cada uno debe descubrir y realizar,
día a día, sin esperar recompensa a
cambio. Y todo en un contexto de redescubrimiento
del encuentro, como un lugar de fidelidad al ser,
a la vida y a la relación, con la conciencia
del fácil riesgo de la manipulación
y de la despersonalización.
Y es ésto, quizá, una de
las contribuciones más significativas de Frankl
a la historia, y no sólo de la psicología
y de la psiquiatría, del hombre de hoy y del
hombre de siempre: volver a dar al encuentro “un
carácter esencial, es decir, un carácter
adecuado al ser humano” (Frankl, 1977 p. 275.)
Lo que quiere decir preguntarse con sinceridad: ¿La
persona que encuentro es para mí única?
¿Tiene para mi un nombre? ¿Atrás
de su cara leo una historia? ¿Participo de su
historia y él de la mía? ¿O es
un simple títere, un personaje anónimo
funcional a mi actividad y para mí, por tanto,
estar de frente a él o a otra persona no hace
ninguna diferencia?.
En último análisis: está él
para responder a mis deseos, a mis necesidades, o soy
yo en cambio quien se pone a escuchar atentamente su
única e irrepetible existencia? (Punzi, 1994,
p.76.)
El encuentro entre dos personas únicas e irrepetibles
– subraya Frankl – es realmente auténtico
en la medida en la cual recoge “la dimensión
inmediatamente superior, aquella en la cual el hombre
va tras la dirección de un significado y en la
cuál, toda la existencia se pone en confrontación
directa con el logos” (ibidem) De otra manera,
un diálogo y un encuentro no abierto al sentido
y, por tanto, no basado en una intersubjetividad autotrascendente,
se reduce a un diálogo y un encuentro sin “logos”,
una pura mistificación cerrada en el estrecho
horizonte de lo inmanente, a la búsqueda sólo
de las raíces, y por lo tanto, en la única
dirección de las necesidades a satisfacer, y
no en cambio a un descubrimiento objetivo, carente de
reclamos y de provocación, que tiene un carácter
imperativo y pide ser realizado.
Desde que era un joven estudiante universitario, Frankl,
manifestó la profunda pasión por el hombre
y por su libertad responsable que caracterizó
su rica actividad de psiquiatra, de escritor, de conferencista,
de profesor universitario. El compromiso que tenía
con los jóvenes desorientados, lo llevó
en el lejano 1927 y cuando contaba apenas con 22 años
de edad, a impulsar el Centro de Consultoría
Psicopedagógica en Viena. Y las modalidades existenciales
con las cuales encontró a numerosos jóvenes
que pedían ayuda, testimonian una riqueza de
humanidad poco común, hasta el punto de recoger
las llamadas más intimas y de hacerlos sentir
acogidos, comprendidos, amados y sobre todo con la convicción
de que siempre y donde quiera, el hombre no pierde nunca
el sentido de su propia existencia y todo se hace para
ayudarlo a descubrir tal sentido y a traducirlo en el
comportamiento y en la elección de cada día
(Frankl, 2000.)
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3. La imagen
del hombre en el joven Frankl.
Pero otras ventajas derivan a Frankl
de la intensa actividad volcada a favor de los jóvenes:
logró contactar muchas personalidades, aún
extranjeros que se interesaban en psicología
y psicoterapia, y sobretodo, confirmó algunas
intuiciones que había tenido en los años
precedentes. Él, en efecto, atendiendo a los
estudios de medicina y a las lecturas de filosofía
entre las cuales destacan Max Scheler, Karl Jaspers,
Martín Heidegger, Ludwig Binswanger, y Martín
Buber, llegó a la convicción que era indispensable
poner un acento sobre la persona humana considerada
única, original, irrepetible, unidad corpóreo-psíco-espiritual,
orientada hacia la individualización del significado
de su existencia y hacia la realización del fin
personal que se le ha legado. Además en la relación
entre terapeuta y paciente consideraba que debía
evitarse cualquier esquematización, estandarización
o visión determinista del hombre y del problema
psíquico, en cambio se debía evidenciar
la singularidad de las situaciones específicas
y la consiguiente individualización de actitudes
de respeto, de comprensión y de profunda participación
en los problemas del paciente.
El acento sobre la persona humana en una perspectiva
global, que abarca varias dimensiones (biológica,
psicológica, sociológica, espiritual-noética),
caracteriza en forma muy clara y evidente los escritos
del joven Frankl. Publicando, en 1925, en el Internacional
Zeitschrift fur Individualpsichologie [1] un breve ensayo
sobre relaciones entre psicoterapia, valores y visión
del mundo, él escribía así: “Urge
ahondar críticamente el tratamiento del neurótico
intelectual, así como de la psicoterapia en general.
Es necesario tener claro que el principio de la psicoterapia
es esencialmente ético, en el sentido de valorar
que cada tratamiento se fija el objetivo de la curación
y por lo tanto tiene en sí mismo un valor vital.
Al mismo tiempo no se debe ignorar que el presupuesto
de nuestra valoración puede ser solo esencialmente
crítico. De hecho, los valores no se pueden demostrar
a priori. Aquello que podemos demostrar –y debemos
demostrar al neurótico que argumenta filosóficamente
es que todo su desprecio por la vida, por el mundo,
por la sociedad, es acrítico y por lo tanto,
“no válido”. El no hace mas que definir
la vida privada de valores, en cuanto no la considera
válida -o verdaderamente la considera odiosa,
triste, dolorosa, porque la valora negativamente–aunque
si en la realidad no lo hace, pero cree hacerlo, como
si la despreciara–por motivos que el análisis
después delineará” (Frankl 1925,
p. 251.)
En las últimas líneas del artículo,
comentando la frase de Espinosa “ Beatitudo non
est virtutis praemium, sed ipsa virtus”, Él
agregaba, “el neurótico no puede ser feliz
porque no es aficionado a la vida, la desprecia, la
desacredita, la odia. Trabajo del psicoterapeuta entonces
es aquél de restituirle en plenitud el amor por
la vida y el valor de la comunidad, y ésto, a
través de una discusión crítica,
en la cual el sentido de vida y los valores de la comunidad
resultan evidentemente no demostrables, pero dados;
no buscados, pero ya instalados en el interés
personal. Porque el camino que conduce a la felicidad
personal, a la satisfacción, a la “beatitudo”,
pasa a través del sentido de la comunidad, el
valor de vivir, la “virtud”” (ibidem,
p. 252.) ¡Cuándo escribía esta frase
Frankl, tenía apenas 20 años!
De la autobiografía publicada hace no mucho tiempo,
sabemos que Frankl, en los años en los que perteneció
a la sociedad Adleriana de psicología individual,
tenía bosquejado un sistema de pensamiento en
el cual profundizaba las bases filosóficas de
una psicoterapia, que fuese mas allá del reduccionismo
freudiano y pusiese, al centro, la capacidad radical
del hombre de buscar valores y significados para su
existencia. El texto que debía ser publicado
en 1927 de la casa editora Hirzel, llevaba el prefacio
de Owsald Schwars en el cual se decía que el
libro “ofrecía a la historia de la psicoterapia
una contribución comparable a aquél representado
por la “Critica de la razón pura”
de Kant para la historia de la filosofía.”
Es interesante notar que, delante a este lisonjero juicio,
el mismo Frankl quedó de tal manera desconcertado
que sintió la necesidad de agregar en forma de
comentario: “No estoy en verdad convencido de
esto” (Frankl 1997 p. 40.)
La ruptura con Adler y la salida, junto con Rudolf Allers
y con Oswald Schwars, de la Sociedad de Psicología
Individual, impidieron la publicación del manuscrito.
Las ideas principales en él contenidas, fueron
sin embargo profundizadas y verificadas en los años
siguientes y encontraron una adecuada expresión
en dos ensayos que aparecerían en 1938 y en 1939.
En el primero, con título Zur gestingen Problematik
der Psicotherapie[2] , el joven Frankl delinea el punto
de partida de su investigación y también
la revisión de las posiciones del psicoanálisis
freudiano y de la psicología individual adleriana,
desde una triple perspectiva: Considerar al hombre partiendo
un punto de vista espiritual–noético, superando
los límites del psicologuismo ( hablará
presisamente, enseguida, de psicología de altura
en contraposición a la psicología de profundidad
); individualizar la categoría de valores que
resultan fundamentales para la búsqueda y realización
del sentido de la vida; proyectar lo positivo del dolor
y la posibilidad de asumir siempre una actitud, aún
en las situaciones límite. Y sabemos muy bien
que estos tres núcleos han sido objeto de ulteriores
reflexiones y profundizaciones en las numerosas obras
publicadas por Frankl de la posguerra en adelante.
El punto de partida fue claramente la convicción
de que “ser yo quiere decir ser conciente y ser
responsable” (Frankl 1938, p.34.) En consecuencia,
“el psicoanálisis y la psicología
individual toman en consideración cada una en
su propio campo de visión, un aspecto de la existencia
humana, de la cual extrapolan una interpretación
de la afección neurótica. Esto, al menos,
explica al mismo tiempo que los sistemas no se han elaborado
casualmente, sino que, con una correspondencia científico-teórica,
parten de una necesidad ontológica, y bajo este
aspecto, su unilateralidad y su carácter antitético
los hacen efectivamente complementarios” (ibidem.)
Y analizando mas a fondo los presupuestos antropológicos,
los objetivos y la práctica terapéutica
de las dos escuelas, Frankl confirmaba lo que ya en
años precedentes -y en contextos no todavía
específicamente clínicos–había
intuido: la exigencia de considerar a la persona capaz
de ir mas allá del plano puramente psíquico,
intrapsíquico, ambiental y de orientarse a través
de la búsqueda de valores y de significados.
”Preguntándonos entonces –así
escribía él –si además de
la adaptación y la organización no hay,
por así decirlo, una ulterior dimensión,
en la cual la persona pueda encontrarse si se quiere
curar, o bien, cual es la última categoría
por incluir en nuestro cuadro de la persona humana,
si se quiere hacer justicia a su realidad psico-espiritual,
llegamos a la idea de la realización del cumplimiento
de un sentido. Es de notar a propósito, que la
realización del hombre va mas allá de
la formación de su vida, en el sentido de que,
mientras que la formación es una realización
extensiva, la búsqueda y con la consiguiente
realización de un sentido, representa una grandeza
vectorial. La búsqueda de sentido tiene una orientación,
se enfoca hacia la posibilidad de valor reservada, o
para decirlo mejor, asignada a cada persona humana y
que debe ser realizada; se dirige hacia aquellos valores
que cada hombre en particular debe realizar en la unicidad
de su propia existencia y en la singularidad de su propio
espacio vital” (ibidem, p.35.)
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4. La relación
terapeuta paciente en una perspectiva de apelación
a los valores.
En un contexto antropológico,
ello significaba poner las bases para una visión
del hombre que, superadas las restricciones del psicologuismo
y del reductivismo, aceptarse a pleno título
la dimensión espiritual –noética.
En referencia a la relación terapeuta-paciente,
esto representaba un derrumbamiento de la idea de que
la curación fuese de exclusiva competencia del
terapeuta, en el sentido que tocase a él dar
la “verdadera” interpretación etiológica
del disturbio y, en consecuencia, proveer las “verdaderas”
indicaciones del tratamiento, dejando al paciente como
un puro y simple ente eu ha de adecuarse pasivamente.
En vez de que “en el ámbito del análisis
existencial y gracias al invento del psicoterapeuta,
el paciente se haga consciente de su esencial responsabilidad
y responda a las siguientes preguntas fundamentales:
1) ¿delante a quién se siente responsable?
( Si por ejemplo delante a su propia conciencia o delante
a Dios.) y 2) ¿de que cosa se siente responsable?;
esto es ¿a cuáles valores concretos se
dedica, en cual dirección encuentra el sentido
de su propia vida y cuales tareas lo comprometen ?”
(ibidem p. 38.)
Retomando y profundizando algunas de estas ideas, Frankl
publicó, en 1939, un artículo titulado
“Filosofía y Psicoterapia”, Zur Gruendlegung
einer Existenzanalyse[3] , en el cual subrayaba una
vez más, los límites del reduccionismo
por el que “la imagen de la persona que viene
delineada al nivel de proyección psicológica
es por consiguiente parcial” (Frankl 1939. p.
708.) Y haciendo explícita referencia al psicoanálisis,
él recordaba que este “no abarca la totalidad
de la persona (...) en cuanto a la triada Eros-Logos-Ethos,
toma en consideración sólo el primer elemento
con la consiguiente destrucción de la triplicidad
de la antropología filosófica” (ibidem.)
Al contrario la psicoterapia “debe considerar
la totalidad del ser humano. La visión de la
persona como una unidad corpóreo-psico-espiritual
debe estar presente, también, desde el punto
de vista de la persona psíquicamente enferma
para poder así -y solo así– satisfacer
en cierta medida las exigencias de la crítica
de la conciencia” (ibidem.)
Aceptar al hombre como totalidad quiere decir, para
el joven Frankl, reconocer como pleno derecho la confrontación
entre terapeuta y paciente sobre las cuestiones radicales
de la vida, en la prospectiva de una Weltanschauung[4]
que ponga en primer plano la búsqueda de respuestas
significativas y no la dinámica intra-psíquica
de complejos o de sentimientos de inferioridad “2x2
= 4 ¡incluso si es un paralítico el que
lo afirma! Sin duda no advertimos un error de cálculo
en cuanto a psiquiatras, sino solo rehaciendo las operaciones
matemáticas.
Por este motivo, entonces, el médico debe esforzarse
por escuchar al paciente filósofo y no debe permitirse
huir delante de las argumentaciones con un cómodo
en lugar de refutarle objetivamente, afirmándose
en el nivel de contraposición teórica”
(ibidem.)
Y es interesante realzar que en el ya citado artículo:
Psichotherapie und Weltanschauung. Zur Grundsätzlichen
Kritik ihrer Beziehungen,[5] de 1925, él había
afirmado que “en tales circunstancias, es tarea
de la terapia, remover la sobre-estructura lógica
de la visión del hombre y del mundo, junto con
la infraestructura afectiva de los neuróticos:
de otro modo, la ideología afectiva que permanece,
ofrece un terreno fácil para reproducir nuevamente
lo neurótico. Al mismo tiempo, no debemos sin
embargo olvidar, que en determinadas circunstancias
es necesario, antes que nada, agredir la sobre–estructura,
quitando al neurótico, su sostén abstracto
y sus fijaciones, para así, eliminarla más
fácilmente. Esto será importante para
aquellos individuos particularmente inclinados a las
argumentaciones conceptualmente retorcidas en cuanto
al propio programa de vida, pero que pueden ser contados
desde un punto de vista intelectual entre los mejores
de la sociedad.
Al confrontarlos -proseguía Frankl–debemos
por consiguiente proceder con contra-argumentaciones
filosóficas, por que cualquier otro argumento
resulta inconsistente. No se puede de hecho ayudar a
un pesimista, muy inteligente y conocedor, aconsejándolo
nutrirse bien y hacer ejercicio, por que tales argumentos,
como el resto de todo lo que atañe a la salud,
no toca su filosofía” (Frankl 1925 p. 250.)
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5. De la neutralidad
a la confrontación responsable.
Surge en este punto un problema esencial,
y es el de la neutralidad al interior de la relación
terapéutica. Por una parte, en efecto, parece
suficientemente claro que el terapeuta tiene la posibilidad
de influenciar la visión de la vida y del mundo
del paciente. Por otra, es obvio que el paciente tiene
el derecho de ver respetadas y no evaluadas sus convicciones
y, sobre todo, el de ser ayudado a obrar con libertad
y responsabilidad.
“Nos encontramos, pues frente al dilema: de una
parte la necesidad y la presuposición de valores,
por otra, la imposibilidad moral de una imposición.
Y considero que es posible una solución, ¡pero
sólo una determinada solución! En efecto,
existe un valor ético formal que constituye la
condición indispensable para cualquier otra valoración,
sin por esto determinar alguna garantía: ¡la
responsabilidad! Ella representa aquél valor
límite de neutralidad ética, hacia el
cuál la misma psicoterapia, en cuanto procedimiento
que expresa una valoración implícita o
explícita, puede y debe adentrarse.
El paciente que en el tratamiento psicoterapéutico
y a través de él adquiere un profundo
conocimiento de su propia responsabilidad, como característica
esencial de la propia existencia, consigue automáticamente
las valoraciones que están en consonancia consigo
mismo, con su personalidad única y con su propio
e irrepetible destino.
La responsabilidad constituye, en cierto sentido, el
lado subjetivo, mientras que en el lado objetivo se
encuentran los valores: su elección y su reconocimiento
vienen sin ninguna imposición por parte del médico.
(Frankl 1939, p.708-709.)
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6. Exigencias
para un encuentro auténtico.
¿Cuáles exigencias
son necesarias entonces, estando frente a un auténtico
y responsable encuentro, como para ayudar a la plena
maduración de motivaciones auténticas?
Aquí exponemos brevemente algunas:
a) Salir del anonimato constituyendo
una identidad fuerte, gracias a la cuál actuar
con responsabilidad y con entusiasmo, sin medias tintas,
sin escondites, sin máscaras. Salir del anonimato,
quiere decir conquistar un modo de pensar, un modo
de relacionarse con los otros, un estilo de vida,
un corazón que late con quien sufre y que sabe
tomar posición incluso al ver estructuras excesivamente
monolíticas, incapaces de flexibilidad y orientadas
sólo a la observancia de normas de comportamiento
frías e impersonales. Salir del anonimato quiere
decir ser creativos en las iniciativas, participar
activamente en el gozo y en el dolor, saber llamar
por su nombre a cualquier persona, sea enferma o sana
o incapacitada o de color o analfabeta.
b) Participar activamente, esto es en el sentido de
que cada gesto, aunque pequeño y escondido,
contribuye a la transformación del mundo, así
como cada gota de agua va a alimentar de un modo u
otro al gran océano, y es en el sentido de
que es importante no estar en la ventana viendo aquello
que unos, quizá por intereses privados, deciden
sobre la piel de los otros. La participación
exige un empeño social concreto, hecho de elecciones
valientes, algunas veces contra la corriente, capaces
de poner siempre en evidencia las exigencias y los
derechos de las minorías, de los pobres, de
los últimos, de los excluidos, de los marginados.
c) Sentirse parte de un grupo: ésto no solo
representa la solución a la soledad que frecuentemente
envuelve al hombre y le impide ser sereno ( solo estaremos
en la perspectiva de las necesidades ), sino que constituye
el lugar en el cual encontrar otros sujetos únicos
y singulares, también en camino, también
en la misma orientación hacia un fin, también
animados por una profunda voluntad de significado.
Pertenecer entonces quiere decir aceptación
de la diversidad, comprensión de los límites,
reconciliación consigo mismo ( porque quizá
han surgido motivaciones erróneas en los principios
de la propia elección de vida) y reconciliación
con los otros ( porque también ellos pudieron
haber obrado mal eligiendo sólo como fuga o
como remedio.) Pertenecer significa realizar el transito
de un sistema motivacional insuficiente y quizá
reductivo, de poca cabida, a un sistema abierto, de
amplio respiro, capaz de abrazar al otro en su pobreza
y en su escasez demostrándole calor, soporte,
amistad, fraternidad, solidaridad, consuelo, cercanía.
d) Escoger un guía espiritual que no substituya
las propias decisiones personales y no se haga garantía
indiscriminada de eventuales fallas, quitando la libertad
y la responsabilidad, pero que camine al lado suscitando
preguntas y respuestas, sosteniendo en las dificultades
y regocijándose en las alegrías, favoreciendo
el esfuerzo y esperando con paciencia cuando el paso
se hace un poco mas lento. Una guía espiritual
obviamente no se comporta con una actitud de devoción
casi histérica, con una sumisión impersonal
y anónima, o con un continuo procesar intenciones
y comportamientos.
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7. Estrategia
de la esperanza.
Hay una pregunta que surge al principio
de la humanidad y que acompaña su historia en
forma continua y penetrante y que se revela a cada hombre,
en cualquier tiempo, en cualquier lugar, en cualquier
situación: “¿Dónde estás?,
¿Dónde te encuentras en este momento?”
Es la pregunta revelada por Dios al primer hombre que
se oculta después de ser avisado dramáticamente
de su finitud, de su límite, podríamos
decir, de su muerte:
”¿Dónde estás? ¿Estás
en camino? ¿Si sí, en que punto te encuentras?
¿Y en cuál dirección vas caminando?”.
¿Cuándo se nos revela esta pregunta? Esta,
concretamente surge, cada vez que un hombre se encuentra
con otro hombre. Es el otro en efecto, el que estimula
la pregunta. No somos nosotros los que la ofrecemos,
es el otro con su misma existencia, quien pregunta
”¿Dónde estas?”
El encuentro con la persona que sufre, con el anciano,
con el enfermo terminal nos ofrece ciertamente la interrogación:
“¿Me ayudas? ¡Te necesito!”.
Pero a un nivel más profundo, mas intimo, pregunta
a cada uno: <<¿Tu donde estas? ¿Qué
quieres hacer de tu vida? ¿En qué dirección
vas?”
El mecanismo de la compasión, del cum patire,
destruye en tal modo el aislamiento, el cerrarse en
sí mismo, que hace salir del caparazón
y abre una rendija a cualquier cosa, a cualquiera que
nos busca, abre la posibilidad del encuentro, de la
acogida.
Atendiendo a la pregunta que el otro me hace, por el
simple hecho de que existe, que yo lo veo y lo encuentro,
mi vida se convierte en camino y se transforma en estrategia
de esperanza, porque su fuerza descansa en el valor
de amar.
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8. Encuentro
en el amor.
Frankl afirma que quien vive una relación
de amor descubre, mas bien anticipa a sí mismo,
cualidades escondidas en la persona amada que piden
ser realizadas. “El amor descubre y abre (....)
la posibilidad de valor en su amado. También
el amor en su penetrante mirada espiritual, anticipa
cualquier cosa: se trata de las posibilidades personales,
no realizadas todavía, que la persona amada en
su concreción, aún esconde dentro de sí.”
(Frankl, p.39.)
Las situaciones más escabrosas, las más
lacerantes, aquellas que parecen haber perdido todo
rastro de humanidad, piden ser enfrentadas con un gesto
absolutamente gratuito, un acto de amor que solo puede
intuir las posibilidades de dignidad aparentemente desaparecidas.
Cada acto de amor no puede mas que ser un regalo, pero
cada regalo solicita una respuesta. Cada acto de amor,
cuando es verdaderamente tal, descubre las posibilidades
y al surgir creación, mejora. Cada acto de amor,
cuando se transforma en un encuentro sincero y gratuito
con el otro, hace surgir el camino de la esperanza y
es capaz de ir mas allá de la pura y simple satisfacción
de las necesidades. Cada acto de amor, por tanto, salvaguarda
la persona individual con su rico mundo interior, con
sus pertenencias, con sus tensiones y sus inclinaciones.
“Se acepta sólo a quien se conoce. Pero
se conoce solo en el amor”, escribe Romano Guardini
(1992,p.30.) Y, por tanto, en la relación.
Cualquier tentativa de reducir al hombre, a cualquier
hombre, va junto a la necesidad, o de considerarlo,
aquello que no es, en su unicidad e irrepetibilidad,
o hacerle y hacerse violencia. Pero en la violencia
no hay conocimiento ni esperanza.
“Conocimiento y esperanza es darse la posibilidad
de llamar al otro por su nombre. Es construir lugares
de autentica humanidad. Es tener el valor de programar
la propia acción, la propia estructura y la propia
existencia misma, de modo tal, que el espacio y el tiempo
puedan ser contenidos. Es realizar una estructura en
la cual se pueda romper el vínculo del “hacer”
para garantizar y proteger los momentos de crecimiento”
Punzi 1994, p.71.)
La confusión, la carrera, el ansia de producir,
son el presupuesto de la torre de Babel: la ilusión,
aquélla de alcanzar la máxima visibilidad,
pero la imposibilidad trágica de no poder escuchar
ni siquiera, a aquél que está al lado
y construye con nosotros.
El hombre que nosotros encontramos, el hombre herido,
el hombre que vive en la noche, tiene delante dos posibilidades:
rechazarse, o al contrario aceptarse a sí mismo.
Y nosotros sabemos que se acepta solamente el que ha
experimentado el amor, la verdadera acogida, la solidaridad.
Es esta condición que conduce al hombre a tomar
posición respecto a su presente y a su pasado.
Es la realización de aquellos que Frankl llama
“valores de actitud” (Frankl 1977, p.85.)
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9. Riegos
del encuentro.
Cada encuentro, sin embargo, no es solo
un lugar de fidelidad al ser, a la vida y a la relación,
en la medida en la cual el horizonte es la autotrascendencia.
Cada encuentro lleva consigo también riesgos.
Frankl, refiriéndose a la acción terapéutica,
nos indica dos: la cosificación del hombre y
su manipulación (Frankl 1977, p.273-276).
La cosificación tiene lugar cuando el proceso
de satisfacción de las propias necesidades ocupa
la casi totalidad del espacio y del tiempo, en lugar
de ser la ocasión para la manifestación
y la comprensión del hombre en su totalidad.
La manipulación se verifica desde que cada uno
pone la propia experiencia, los propios esquemas y los
propios valores culturales, englobando o redimensionando
aquello que es propio de la persona que encuentra “Soy
capaz de prever y satisfacer todos tus deseos”,
parecería decir de esta manera. El paso hacia
el delirio de omnipotencia es, a este punto, breve.
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10. Actitud
para una auténtica apertura a la esperanza.
¿Cuál actitud asumir para
realizar encuentros abiertos a la esperanza?
En general se puede decir que son necesarios el optimismo
hacia todas las manifestaciones de la vida y de la realidad,
la fe en la dimensión espiritual, en la capacidad
de decidir y en la posibilidad de significado, siempre,
como-sea y donde-sea, el sentido de la propia responsabilidad.
A nivel más específico, es necesario alimentar
dentro de sí la acogida del otro como persona,
sin esconderse ni defenderse dentro del propio rol y
por esto, sin tratar al otro como un caso, sino reconociéndole
plena confianza y total dignidad, cualquiera que sea
su estado, aunque sea un barbón que hace años
no se baña y apesta.
Es necesario, en fin, escuchar al otro y comprenderlo,
así como aceptarlo en su globalidad, como es
en realidad y no como quisieras que fuera. Y consentirle
que se exprese libremente y que tome decisiones con
responsabilidad personal, de modo de percibir de la
manera más amplia posible el propio horizonte
intencional, y así encontrar caminos alternativos,
ensanchando espacios y dimensiones de la vida.
La relación, entonces, antes de ser y delinearse
en su dimensión psicológica y social,
representa el desarrollo de un encuentro entre dos personas
que tienen dignidad. Y sobre este plano, primero aún
que todas las palabras, todos los mensajes no verbales,
que todas las esperanzas y todos los condicionamientos,
se comunica esencialmente una única, gran verdad:
<<¡Tú para mí existes! Y estoy
contento de compartir contigo el camino fatigoso y,
a veces, fallar en apariencia en la búsqueda
de sentido”.
Lo importante pues, es caminar juntos, porque solo un
itinerario de solidaridad permite descubrir las infinitas
posibilidades de significado encerradas en nuestra existencia.
Y tenía razón por eso el psiquiatra Karl
Jaspers al afirmar que “Aquello que el hombre
es, lo es en virtud de lo que logra hacer suyo”
( Frankl 1978, p.181.) Así como se vuelven de
profunda actualidad las palabras de Kierkegaard, también
hechas propias por Frankl: “Para mí, la
puerta de la felicidad no se abre hacia adentro, así
que lanzarse contra ella no sirve de nada; sino que
se abre hacia afuera y por lo tanto no hay nada que
hacer>> (Kierkegaad 1972, p.10.)
Un día hace muchos siglos, un rabino, perteneciente
a un movimiento místico hebraico, entró
en la sala en la cual algunos estudiantes de leyes estaban
escondidos jugando damas. Temerosos por su aparición
los muchachos pusieron rápidamente el tablero
en otra parte. El rabino se dio cuenta y en lugar de
reprobarlos, les quiso dar una lección de vida.
Trataba justamente del juego en el que se estaban entreteniendo.
Y les dijo: “¿saben decirme cuales son
las reglas de las damas?” Los muchachos se quedaron
perplejos y no sabían qué responder. A
lo que él agregó: “y bien, les explico
yo: las reglas del juego de las damas son 3: 1) dar
un paso por vez; 2) solo se puede mover hacia delante;
3) una vez que se llegó a lo alto, se puede ir
a donde se quiera” El anhelo es que cada uno de
nosotros, alimentando y calificando la propia concepción
de la vida con la contribución de la logoterapia
de Frankl, sea capaz de proceder con pequeños
pasos, caminando siempre adelante, mirando con constancia
y con empeño a la realización de encuentros
únicos y originales, capaces de inundar la vida
de sentido y de esperanza.
Bibliografía
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la speranza, in: Fizzotti E. – I. Punzi, Solidarietà
come ricerca di senso, Salcom, Brezzo di Bedero, pp.
65-72.
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Notas
- Revista para la psicología
individual
- Hacia la problemática espiritual
de la psicoterapia.
- Hacia las bases fundamentals del existencialismo.
- Visión del mundo
- Psicoterapia y visión del mundo;
hacia los fundamentos de la crítica de su relación.
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