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Visita a Viktor Frankl

En 1996 acompañé a mi esposo Felipe a la ópera en Salzburgo. Era abril cuando llegamos a Viena y el día 23, viernes santo, cuando finalmente decidí entrevistarme con el Doctor Frankl. 

Llamé a su casa por teléfono. Mi emoción era mayor al miedo de hablar en otro idioma, así que estaba dispuesta a escuchar una voz que sabría Dios cómo y en qué lenguaje me contestaría. 

- ¿Quién habla?- pregunté. 

- Soy Viktor Frankl- respondió. 

- Yo vengo de México, soy Leticia de García, aquí… Él interrumpió mis balbuceos y dijo:

- Se quién eres y posiblemente puedo verte mañana a las once. Yo te llamaré al hotel y te diré cómo me siento. Todo depende de eso, si me encuentro bien podré darte diez minutos. 

- Estaré listísima a esa hora- le contesté. 

Nos levantamos temprano al día siguiente, desayunamos y esperamos ansiosamente su llamada.

Poco antes de las diez, el Doctor Frankl llamó y nos dijo: 

-Aquí los espero, hoy me siento muy bien. 

Nada más colgar, brincaba a pesar mío, porque la alegría me inundaba por completo. Ahora estaría a su lado, realizando una enorme ilusión: tenerlo cerca, platicarle de mis anhelos, preguntarle sobre él, sobre su vida, escucharlo de su propia voz… 

Felipe se encargó de preparar la cámara de video, yo la de fotografías. 

Recuerdo momento a momento, con el corazón palpitante, una experiencia emocional para mí desconocida. 

Llegamos a Mariannengasse #1, antes de tiempo. No nos atrevemos a tocar todavía. Miro desde la acera contraria el edificio de cuatro pisos, me acerco y leo su nombre en el tablero del timbre: Dr. Viktor Frankl.

-Es la casa que el gobierno austriaco restituyera le diera a Viktor al salir de los campos de concentración y a su regreso a la Policlínica de Viena- nos diría posteriormente Elly, su esposa. 

Entramos al edificio. Un elevador de hierro que se mueve como canastilla llega por nosotros; subimos un piso y se inician las sorpresas. Elly está en la puerta, esperándonos. Sonriente como es ella, nos pide que dejemos nuestros abrigos en el vestíbulo. 

- Viktor está esperándolos en su habitación, sean bienvenidos.

En efecto, Viktor, sentado frente a su escritorio, de espaldas a una vidriera que da a la calle, se encuentra mirando hacia nosotros cuando entramos a la habitación. Hay una cama con el tanque de oxígeno a un lado y una silla cerca del escritorio. Se encamina a saludarnos y hace la señal de tomar asiento. Felipe se sienta en la cama. Elly también, y yo me acomodo junto a él, a un costado del escritorio. "No quiero que se vaya de mí este momento, quiero capturar toda la experiencia, estar aquí y ahora con él" pienso. Al principio me cuesta entender todo lo que dice, pero me acerco confiada y le entrego dos trípticos sobre el curso para que él los revise. 

Los toma y los coloca cuidadosamente sobre su escritorio. Nos pregunta cómo ha sido nuestro viaje. 

A Felipe le entusiasma comentarle lo hermoso e interesante que fue estar en la Ópera de Salzburgo y yo quiero que me hable de él. Iniciamos una conversación familiar, cercana. 

Nos habla de su visita a Argentina, de su gusto por el idioma castellano, de su relación con Elly por cincuenta y dos años. 

- ¿De qué es de lo que se siente más orgulloso, Doctor?- le pregunta Felipe. 

- De haber publicado mi libro Psicoanálisis y Existencialismo, mi primer libro - hace la seña de llevarlo bajo el brazo-. Me lo publicó la misma editorial que le publicaba a Freud-. Se ve satisfecho por este logro. 

Se encamina al librero que está frente a nosotros para enseñarnos sus libros, traducidos algunos al castellano y otros a numerosos idiomas incluido el chino. 

Felipe le pregunta: - Dr. Frankl, ¿Le importaría si tomamos un video de esto que nos está diciendo? 

- No, háganlo, pero cuiden de no utilizar flash porque me afecta a la vista. 

Felipe inicia la grabación. Entonces le pido a nuestro anfitrión que mande un mensaje a nuestros alumnos y maestros. Le explico que un mensaje del Dr. Frankl sería muy apreciado… De aquel encuentro atesoro estas frases textuales que quedaron grabadas en mí de manera indeleble y hasta hoy resuenan para darme ánimos e inspiración cuando lo necesito: "Puedo expresar en pocas palabras: tú promueves la logoterapia, enseñas logoterapia; yo hablo, dicto, escribo y publico sobre logoterapia. Lo cierto es que ambos hacemos algo por ella. Cada uno realizamos lo que podemos desde nosotros mismos; tenemos en común nuestra devoción por hacer algo para los demás, por la causa en la que estamos comprometidos...Lo que puedo decir y afirmar al conocerte es que bajo tu guía los estudiantes encontrarán interés por la logoterapia y el gusto por estudiar mis libros en castellano... Sabiendo que mi herencia está en tus manos y en las de tus colaboradores, es más fácil para mí morir"... Espero que esta causa sea trascendente para ti y para mí." 

Al terminar, le agradezco su mensaje y le digo: 

- Dr. Frankl el mundo ha recibido un gran regalo, lo que usted ha ofrecido al mundo es muy valioso-. Él toma mi mano y le da un beso gentil. 

Elly se pone de pie y abre la puerta a otro visitante, es Franz Vesely su yerno, que viene a saludarnos y a pedirme que me comunique a Madrid con María de los Ángeles Noblejas, quien desea iniciar un centro en España.

¿Qué le parece lo que hacemos en México?- le pregunto a Frankl. 

-Bien, muy bien- contesta al tiempo que me reclama uno de los folletos que yo había rescatado de debajo de su mano para llevárselo a María de los Ángeles. Dentro de mí sonrío. Frankl había dicho que no ve bien y sin embargo, está al tanto de cuidar sus dos trípticos.

Le pido que me haga una caricatura y él la hace juguetonamente. Al lado del dibujo escribe: FRANKLY SPEAKING FRANK IS SPEAKING (Francamente hablando, Frankl está hablando). 

A estas alturas de nuestro encuentro, pedir y conceder son un mismo verbo, así que me decido a pedirle una fotografía.

Él se echa para atrás al escucharme, hace cara de sorprendido por tanto atrevimiento, y sonriente, jala el cajón del escritorio y saca una fotografía a color. La voltea, escribe al reverso: "BY KATIA VESELY" y me pide: 

- Cada vez que la publiques, debes escribir este nombre, quiero reconocer el buen trabajo que hizo mi nieta. 

- Por supuesto asumo gustosa la promesa y tomo la fotografía. 

- Así lo haré. 

Ha pasado ya una hora cuando Franz se despide y entra a la habitación una de mis alumnas de México, Ivonne, con su esposo Hermán quienes también fueron de visita. Frankl nos habla de su relación con Elly, de sus viajes para impartir conferencias. Después, nos silba un tango que compuso, llevando el ritmo con los nudillos de la mano. Entretanto, Germán hace la traducción al español de lo que la canción decía. Es una canción alegre, de amor.

Elly nos invita a hacer un recorrido por la casa, el vestíbulo, el salón donde se encuentran tres togas y veintisiete títulos Honoris Causa, uno de los cuales es por haber cumplido exitosamente su curso por tres horas de piloto aviador y volado él sólo. Nos narra entusiasmado el episodio de haber estado en Palo Alto, California. Su cara se alegra, su voz es rápida y festiva, sonríe con satisfacción y dice: 

- Cuando estaba a quince metros de lanzarme a volar, pensé tres cosas: Primera. Algo que yo decidí hacer, publicar mis libros, ya lo había hecho. Segunda. Mi esposa, tiene una pensión de qué vivir…- en ese momento Elly suelta una risa franca haciendo guasa de la "gran" pensión que tendrá cuando su marido se vaya de este mundo. Él no hace caso y continúa-. Tercera… No puede seguir con la número tres-, nuestras risas se lo impiden. Él, con orgullo e ignorando la interrupción, señala con el índice el título en la pared que dice: SOLO FLIGHT. 

Nos enseña también el busto de Freud que se encuentra sobre una repisa, y todos los documentos archivados y sin archivar que ocupan por completo las paredes del salón. Vemos una paloma de cristal que simboliza la paz, igual a la que recibiera la Madre Teresa de Calcuta, y que fue otorgada también a Frankl. 

Detenemos nuestra mirada en las fotografías que encontramos en el camino. Elly se siente feliz de enseñarnos su hogar, nos encamina hasta la recámara que fuera de su única hija, Gabriele. Terminamos el recorrido en la habitación en la que originalmente habíamos comenzado nuestra plática con Frankl. Elly nos comenta lo difícil que es vivir con el dolor de ver a su marido enfermo. Está continuamente, como decimos en México, con el Jesús en la boca: cuando el corazón le falla, cuando tiene que correr a ponerle el oxígeno, cuando suenan los innumerables faxes que interrumpen de madrugada el sueño de Viktor, cuando tiene que salir a la calle a hacer la compra y no quiere dejarlo solo. Nos damos cabal cuenta de que ser su esposa, de esta manera, con esta devoción, habla de la entrega incondicional de una mujer que ha dedicado la vida entera a su pareja. 

- ¿Por qué no escriben un libro sobre su relación?- les pregunto. 

- Un corresponsal de Chicago ya está trabajando en ello, haremos nuestra biografía- contestan los dos.1

Felipe le pregunta a Elly cómo se conocieron. Ella nos cuenta:

- Era el final de la guerra. Yo trabajaba como voluntaria en el Hospital. Se necesitaba una cama en Odontología, -área donde yo atendía -, para un paciente ingles de cirugía urgente en la mandíbula. Sabíamos que en Neurología estaba una vacía. Viktor era el flamante Director, recién liberado del campo de concentración. Su figura imponía a las compañeras y así yo fui la voluntaria que se atrevió a solicitársela. Me la prestó gustoso y establecimos desde entonces una relación cercana. Más tarde nos casamos y vivimos con lo mínimo, aquí mismo porque no teníamos dinero. 

- ¿Es difícil ser la esposa de un hombre tan importante y conocido en el mundo entero?- le preguntamos. 

- En cierta forma, sí. Hemos sido inseparables desde hace más de cincuenta años. Yo he sido su pareja, su amiga, su enfermera, su secretaria (contesto muchas cartas y le leo todo lo que llega). Él casi no tiene descanso, ni yo tampoco. Le entusiasma tanto impartir sus pláticas. He podido acompañarlo cientos de veces a distintos lugares del mundo. 

Leo en la cara de Elly el amor que siente por su esposo, por su Viktor. Cuando pronuncia su nombre le sale como un canto. Contemplo el valor de una relación como la suya, de entrega, de sacrificio; incondicional, cercana y amorosa. 

Es tiempo de decir adiós. Ya han pasado dos horas. 

-Es importante que Viktor descanse- nos dice Elly. Nos ponemos de pie, tomamos nuestros abrigos y Viktor, el amigo, sale a despedirnos hasta el elevador, que él mismo cierra. Regresa a su casa y nosotros bajamos en ese elevador que tarda en descender hasta el nivel de la calle. Mi alma está gozosa. Tengo como testigos de mi vivencia el corazón que me late muy fuerte y el video que Felipe grabó. 

El maestro tenía 91 años cuando tuvimos este memorable encuentro, puedo afirmar que su inteligencia, su memoria, sus pasos ágiles y firmes, su espalda recta, la capacidad para cambiar de idioma del inglés al alemán me pareció un muy joven y lleno de energía.

1KLINGBERG JR. HADDON, La llamada de la vida Ed. Integral- Barcelona 2002