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Encontrar a Viktor Frankl: una experiencia inspiradora

Nunca imaginé que mi admiración a Viktor Frankl, surgida de la lectura de EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO -bien conocida por su impacto en aquellos que tenemos la oportunidad de recorrerla párrafo a párrafo, línea por línea- llegara a tal profundidad dentro de mí.

En 1985, después de los terremotos de la ciudad de México, llegó a mis manos una invitación para asistir al V Congreso de Logoterapia que se llevaría a cabo en Toronto el año siguiente. Lo convocaba el Instituto de Logoterapia de Berkeley de San Francisco, California, entonces dirigido por Joseph Fabry.

Yo había convivido con los socorristas y topos que trabajaban entre las ruinas de la ciudad de México hacía tan sólo unos meses atrás. Esta experiencia me hizo constatar mi incapacidad para manejar grupos en situación de crisis.

"Que yo conozca, no existe nada que pueda darme luz para manejar el sufrimiento, excepto Viktor Frankl y su logoterapia"- pensé. Así que, como es mi modo necio, definitorio y animoso, llegué a decirle a Felipe, mi esposo, que quería ir a Toronto, que viajaría con una compañera y que estaría allí muchos días. "Quiero estar en todo -le dije-, en el Pre-congreso, para tener como maestro a Fabry; en el Congreso, para conocer a Viktor Frankl, y en el Post-congreso para escuchar a Elisabeth Lukas que impartirá el tema Intervención en Crisis. 

Felipe, que casi siempre me comprende y se adelanta a mis deseos, asintió de buena gana, no solamente porque veía mi motivación enorme, sino también porque se celebraba el Mundial de Futbol en México y podía estar tranquilo y dedicado a nuestro hijo en ese evento. 

Fue una decisión crucial, y fue el momento en que la logoterapia se metió en mis entrañas; algo en mi interior gritaba: "ESTO ES LO MÍO". No pude comer los días que estuve fuera; era intensa la tensión por aprender en un idioma que no me era usual, y más aun por ingresar en una temática que ya me apasionaba. 

El encanto que Joe Fabry ejerció en mí y la relación que mantuve mantengo desde entonces con él se iniciaron la mañana en que el Pre-congreso se llevó a cabo hasta el día de su muerte. Su ternura, humildad y sencillez me conmovieron. 

Y por fin llegó el famoso Congreso que me había encaminado a conocer en persona al siempre presente en mí, Viktor Frankl. Pero, ¡Oh desilusión!, no llegó. Frustración, tristeza, desaliento y no sé cuántos sentimientos juntos llegaron a mí y se instalaron por varios días. "No es posible que no venga", me decía, "No quisiera posponer mi encuentro con él. ¿Hasta cuándo lo voy a conocer?" 

Tuve la suerte de encontrar a una colega sueca, Birguitta Hëdstrom. Juntas compartimos, desde entonces, nuestros anhelos y trabajos. Su actitud y su sensibilidad recogieron mi desilusión, y pronto me recuperé porque el Post-Congreso estaba ya en puerta. Debía estar en plenitud, porque comprender las enseñanzas de Elisabeth Lukas no sería tarea fácil. Aunque no había conocido a Frankl en persona, desde entonces su logoterapia ha formado parte inexorable de mi ser.

En 1988, en Guadalajara, Jalisco, el grupo de Gente Nueva anunciaba la presencia de Viktor Frankl. Debo ir -me dije-, ahora sí tengo que hablar con él. Invité a Yoya Blanco, una amiga de la infancia, para que me acompañara. Nuevamente le hice la reseña a Felipe de lo que sería ir a conocer a Frankl. Y nuevamente asintió. La Juli, mi hija, me acompañaría también.

¡Allí sí estuvo presente Viktor Frankl! Llevé mi grabadora, una cámara y la ilusión de encontrarme con él a solas para compartirle mis ideas. Yoya y Juli me decían que por la forma en que yo le escuchaba parecía la fan adolescente de un cantante. Yo creo que era y es así; fui desde entonces y hasta ahora su admiradora -no secreta- y su seguidora incondicional.

Pude tener unos minutos con él, le hablé de mi idea de iniciar un centro donde enseñar la logoterapia en México. Él sonrió complacido y aceptó posar para una fotografía junto a mí, acompañado de Elly, su inseparable esposa.

Me impresionó la forma en que se dirigió a los jóvenes y les habló de los riesgos que el mundo actual presenta. Llevaba unos anteojos obscuros pues ya sufría con los flashes de las cámaras y la luz que suelen tener los foros. Su imagen en medio de la multitud, su voz firme, sobria, su tono invitador, convincente, hacía que los muchachos se dirigieran a él con confianza y que los adultos aceptáramos sin reservas su profunda convicción de que el hombre es un ser buscador de sentidos, que es, además, el ser que decide y que de él depende la capacidad de enfrentarse a las situaciones más difíciles, porque es transformador, y que su actitud frente a la vida, frente al destino inapelable, es su privilegio.

Él será mi guía -pensé en lo más hondo de mí-, su logoterapia me convence, es lo que México y el mundo necesitan hoy. Esperanza y fe, sentido para superar el vacío existencial que se aparece inoportuno en la vida de cualquiera de nosotros. 

Con su aceptación tomé cartas en el asunto. Inicié el primer grupo de especialistas en logoterapia. Treinta y dos personas creyeron en ese momento en mí y recorrieron este sueño conmigo por más de dos años. Juntas pudimos crear, modificar, transformar y definir lo que hoy es la Especialidad en Logoterapia.

Dos pilares esenciales me sostenían: Ernesto Rage, con sus profundos conocimientos en Psicología y Desarrollo Humano, quien ha sido mi amigo y el apoyo medular hasta el día de hoy, y Miguel Mansur, que estaría a cargo de la Filosofía, regalándonos sus conocimientos y su sabiduría hasta el día en que se despidiera del mundo para siempre. 

Viktor Frankl y el Instituto de Viena estaban siempre al tanto de nuestros pasos en este transitar en una escuela nueva, sin antecedentes en nuestro país, pero con enormes posibilidades de aplicación en un sinnúmero de áreas.