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Encontrar a VIKTOR FRANKL: una experiencia inspiradora (cont..)
A estas alturas de nuestro encuentro, pedir y conceder son un mismo verbo, así que me decido a pedirle una fotografía.
El se echa para atrás al escucharme, hace cara de sorprendido por tanto atrevimiento, y sonriente, jala el cajón del escritorio y saca una fotografía a color. La voltea, escribe al reverso: "BY KATIA VESELY" y me pide:

- Cada vez que la publiques, debes escribir este nombre, quiero reconocer el buen trabajo que hizo mi nieta.
- Por supuesto asumo gustosa la promesa y tomo la fotografía.
- Así lo haré.

Ha pasado ya una hora cuando Franz se despide y entra a la habitación una de mis alumnas de México, Ivonne, con su esposo Hermán quienes también fueron de visita. Frankl nos habla de su relación con Elly, de sus viajes para impartir conferencias. Después, nos silba un tango que compuso, llevando el ritmo con los nudillos de la mano. Entretanto, Germán hace la traducción al español de lo que la canción decía. Es una canción alegre, de amor.

Elly nos invita a hacer un recorrido por la casa, el vestíbulo, el salón donde se encuentran tres togas y veintisiete títulos Honoris Causa, uno de los cuales es por haber cumplido exitosamente su curso por tres horas de piloto aviador y volado él sólo. Nos narra entusiasmado el episodio de haber estado en Palo Alto, California. Su cara se alegra, su voz es rápida y festiva, sonríe con satisfacción y dice:

-Cuando estaba a quince metros de lanzarme a volar, pensé tres cosas: Primera. Algo que yo decidí hacer, publicar mis libros, ya lo había hecho. Segunda. Mi esposa, tiene una pensión de qué vivir… -en ese momento Elly suelta una risa franca haciendo guasa de la "gran" pensión que tendrá cuando su marido se vaya de este mundo. Él no hace caso y continúa-. Tercera…

No puede seguir con la número tres, nuestras risas se lo impiden. Él, con orgullo e ignorando la interrupción, señala con el índice el título en la pared que dice: SOLO FLIGHT.

Nos enseña también el busto de Freud que se encuentra sobre una repisa, y todos los documentos archivados y sin archivar que ocupan por completo las paredes del salón. Vemos una paloma de cristal que simboliza la paz, igual a la que recibiera la Madre Teresa de Calcuta, y que fue otorgada también a Frankl.

Detenemos nuestra mirada en las fotografías que encontramos en el camino. Elly se siente feliz de enseñarnos su hogar, nos encamina hasta la recámara que fuera de su única hija, Gabriele. Terminamos el recorrido en la habitación en la que originalmente habíamos comenzado nuestra plática con Frankl. Elly nos comenta lo difícil que es vivir con el dolor de ver a su marido enfermo. Está continuamente, como decimos en México, con el Jesús en la boca: cuando el corazón le falla, cuando tiene que correr a ponerle el oxígeno, cuando suenan los innumerables faxes que interrumpen de madrugada el sueño de Viktor, cuando tiene que salir a la calle a hacer la compra y no quiere dejarlo solo. Nos damos cabal cuenta de que ser su esposa, de esta manera, con esta devoción, habla de la entrega incondicional de una mujer que ha dedicado la vida entera a su pareja.

- ¿Por qué no escriben un libro sobre su relación?- les pregunto.
- Un corresponsal de Chicago ya está trabajando en ello, haremos nuestra biografía- contestan los dos.1

Felipe le pregunta a Elly cómo se conocieron. Ella nos cuenta:

- Era el final de la guerra. Yo trabajaba como voluntaria en el Hospital. Se necesitaba una cama en Odontología, -área donde yo atendía -, para un paciente ingles de cirugía urgente en la mandíbula. Sabíamos que en Neurología estaba una vacía. Viktor era el flamante Director, recién liberado del campo de concentración. Su figura imponía a las compañeras y así yo fui la voluntaria que se atrevió a solicitársela. Me la prestó gustoso y establecimos desde entonces una relación cercana. Más tarde nos casamos y vivimos con lo mínimo, aquí mismo porque no teníamos dinero.

- ¿Es difícil ser la esposa de un hombre tan importante y conocido en el mundo entero?- le preguntamos.

Continúa...
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