A estas alturas de nuestro encuentro,
pedir y conceder son un mismo verbo,
así que me decido a pedirle una
fotografía.
El se echa para atrás al escucharme,
hace cara de sorprendido por tanto
atrevimiento, y sonriente, jala
el cajón del escritorio y saca una
fotografía a color. La voltea, escribe
al reverso: "BY KATIA VESELY" y
me pide:
- Cada vez que la publiques, debes
escribir este nombre, quiero reconocer
el buen trabajo que hizo mi nieta.
- Por supuesto asumo gustosa la
promesa y tomo la fotografía.
- Así lo haré.
Ha pasado ya una hora cuando Franz
se despide y entra a la habitación
una de mis alumnas de México, Ivonne,
con su esposo Hermán quienes también
fueron de visita. Frankl nos habla
de su relación con Elly, de sus
viajes para impartir conferencias.
Después, nos silba un tango que
compuso, llevando el ritmo con los
nudillos de la mano. Entretanto,
Germán hace la traducción al español
de lo que la canción decía. Es una
canción alegre, de amor.
Elly nos invita a hacer un recorrido
por la casa, el vestíbulo, el salón
donde se encuentran tres togas y
veintisiete títulos Honoris Causa,
uno de los cuales es por haber cumplido
exitosamente su curso por tres horas
de piloto aviador y volado él sólo.
Nos narra entusiasmado el episodio
de haber estado en Palo Alto, California.
Su cara se alegra, su voz es rápida
y festiva, sonríe con satisfacción
y dice:
-Cuando estaba a quince metros de
lanzarme a volar, pensé tres cosas:
Primera. Algo que yo decidí hacer,
publicar mis libros, ya lo había
hecho. Segunda. Mi esposa, tiene
una pensión de qué vivir… -en ese
momento Elly suelta una risa franca
haciendo guasa de la "gran" pensión
que tendrá cuando su marido se vaya
de este mundo. Él no hace caso y
continúa-. Tercera…
No puede seguir con la número tres,
nuestras risas se lo impiden. Él,
con orgullo e ignorando la interrupción,
señala con el índice el título en
la pared que dice: SOLO FLIGHT.
Nos enseña también el busto de Freud
que se encuentra sobre una repisa,
y todos los documentos archivados
y sin archivar que ocupan por completo
las paredes del salón. Vemos una
paloma de cristal que simboliza
la paz, igual a la que recibiera
la Madre Teresa de Calcuta, y que
fue otorgada también a Frankl.
Detenemos nuestra mirada en las
fotografías que encontramos en el
camino. Elly se siente feliz de
enseñarnos su hogar, nos encamina
hasta la recámara que fuera de su
única hija, Gabriele. Terminamos
el recorrido en la habitación en
la que originalmente habíamos comenzado
nuestra plática con Frankl. Elly
nos comenta lo difícil que es vivir
con el dolor de ver a su marido
enfermo. Está continuamente, como
decimos en México, con el Jesús
en la boca: cuando el corazón le
falla, cuando tiene que correr a
ponerle el oxígeno, cuando suenan
los innumerables faxes que interrumpen
de madrugada el sueño de Viktor,
cuando tiene que salir a la calle
a hacer la compra y no quiere dejarlo
solo. Nos damos cabal cuenta de
que ser su esposa, de esta manera,
con esta devoción, habla de la entrega
incondicional de una mujer que ha
dedicado la vida entera a su pareja.
- ¿Por qué no escriben un libro
sobre su relación?- les pregunto.
- Un corresponsal de Chicago ya
está trabajando en ello, haremos
nuestra biografía- contestan los
dos.1
Felipe le pregunta a Elly cómo se
conocieron. Ella nos cuenta:
- Era el final de la guerra. Yo
trabajaba como voluntaria en el
Hospital. Se necesitaba una cama
en Odontología, -área donde yo atendía
-, para un paciente ingles de cirugía
urgente en la mandíbula. Sabíamos
que en Neurología estaba una vacía.
Viktor era el flamante Director,
recién liberado del campo de concentración.
Su figura imponía a las compañeras
y así yo fui la voluntaria que se
atrevió a solicitársela. Me la prestó
gustoso y establecimos desde entonces
una relación cercana. Más tarde
nos casamos y vivimos con lo mínimo,
aquí mismo porque no teníamos dinero.
- ¿Es difícil ser la esposa de un
hombre tan importante y conocido
en el mundo entero?- le preguntamos.
Continúa...
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