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Encontrar a VIKTOR FRANKL: una experiencia inspiradora (cont..)
Me impresionó la forma en que se dirigió a los jóvenes y les habló de los riesgos que el mundo actual presenta. Llevaba unos anteojos obscuros pues ya sufría con los flashes de las cámaras y la luz que suelen tener los foros. Su imagen en medio de la multitud, su voz firme, sobria, su tono invitador, convincente, hacía que los muchachos se dirigieran a él con confianza y que los adultos aceptáramos sin reservas su profunda convicción de que el hombre es un ser buscador de sentidos, que es, además, el ser que decide y que de él depende la capacidad de enfrentarse a las situaciones más difíciles, porque es transformador, y que su actitud frente a la vida, frente al destino inapelable, es su privilegio.

Él será mi guía -pensé en lo más hondo de mí-, su logoterapia me convence, es lo que México y el mundo necesitan hoy. Esperanza y fe, sentido para superar el vacío existencial que se aparece inoportuno en la vida de cualquiera de nosotros.

Con su aceptación tomé cartas en el asunto. Inicié el primer grupo de especialistas en logoterapia. Treinta y dos personas creyeron en ese momento en mí y recorrieron este sueño conmigo por más de dos años. Juntas pudimos crear, modificar, transformar y definir lo que hoy es la Especialidad en Logoterapia.

Dos pilares esenciales me sostenían: Ernesto Rage, con sus profundos conocimientos en Psicología y Desarrollo Humano, quien ha sido mi amigo y el apoyo medular hasta el día de hoy, y Miguel Mansur, que estaría a cargo de la Filosofía, regalándonos sus conocimientos y su sabiduría hasta el día en que se despidiera del mundo para siempre.

Viktor Frankl y el Instituto de Viena estaban siempre al tanto de nuestros pasos en este transitar en una escuela nueva, sin antecedentes en nuestro país, pero con enormes posibilidades de aplicación en un sinnúmero de áreas.

VISITA A VIKTOR FRANKL

En 1996 acompañé a mi esposo Felipe a la ópera en Salzburgo. Era abril cuando llegamos a Viena y el día 23, viernes santo, cuando finalmente decidí entrevistarme con el Doctor Frankl.

Llamé a su casa por teléfono. Mi emoción era mayor al miedo de hablar en otro idioma, así que estaba dispuesta a escuchar una voz que sabría Dios cómo y en qué lenguaje me contestaría.

- ¿Quién habla?- pregunté.

- Soy Viktor Frankl- respondió.

- Yo vengo de México, soy Leticia de García, aquí… Él interrumpió mis balbuceos y dijo:

- Se quién eres y posiblemente puedo verte mañana a las once. Yo te llamaré al hotel y te diré cómo me siento. Todo depende de eso, si me encuentro bien podré darte diez minutos.

- Estaré listísima a esa hora- le contesté.

Nos levantamos temprano al día siguiente, desayunamos y esperamos ansiosamente su llamada. Poco antes de las diez, el Doctor Frankl llamó y nos dijo:

-Aquí los espero, hoy me siento muy bien.

Nada más colgar, brincaba a pesar mío, porque la alegría me inundaba por completo. Ahora estaría a su lado, realizando una enorme ilusión: tenerlo cerca, platicarle de mis anhelos, preguntarle sobre él, sobre su vida, escucharlo de su propia voz…

Felipe se encargó de preparar la cámara de video, yo la de fotografías.

Recuerdo momento a momento, con el corazón palpitante, una experiencia emocional para mí desconocida.

Llegamos a Mariannengasse #1, antes de tiempo. No nos atrevemos a tocar todavía. Miro desde la acera contraria el edificio de cuatro pisos, me acerco y leo su nombre en el tablero del timbre: Dr. Viktor Frankl.

-Es la casa que el gobierno austriaco restituyera le diera a Viktor al salir de los campos de concentración y a su regreso a la Policlínica de Viena- nos diría posteriormente Elly, su esposa.

Continúa...
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