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Susana Signorelli

Cuando tenemos que decir adiós

Serán muchas las veces que en nuestra vida nos toque decir adiós, algunas por propia elección, otras por decisión de otros, y otras, por situaciones no elegidas por ninguna de las partes. Todas son penosas, aunque tal vez, alguna de ellas conlleve cierta alegría, pero ciertamente la más triste de todas las despedidas es cuando el ser amado se va para siempre.

A mí me tocó una despedida que llevó largo tiempo, fue una despedida de a poco, mientras él dejaba cada elección de su vida: ahora ya no manejo, ahora ya no atiendo (a sus pacientes), ahora ya casi no camino, ahora ya casi no como, ahora ya no puedo mantenerme en pie, mas otros ahora ya no…Todo era doloroso y como él mismo decía: es dejar atrás lo amado alguna vez. 

Así y todo no quería que muriera, todavía podíamos hablar y darnos caricias, aunque alguna vez, cuando me decía "¿cómo se hace para vivir así?", le di “permiso” para que dejara de vivir, si eso aliviaba su sufrimiento, igual luchaba, amaba la vida.

Pero un día sucedió, estuve hora tras hora esperando ahí sentada que sucediera lo más terrible que me pudiera suceder, (no sé si era lo más terrible para él o para mí, da lo mismo) esas insoportables horas en las que nada podía hacer, sólo acariciarlo y besarlo para que no muriera solo, como siempre decía que el hombre muere solo, aunque es mejor acompañado, y yo le prometí y así lo hice, estuve a su lado hasta el final, su último aliento se quedó conmigo.

Y ahora qué… en medio de no saber qué hacer con mi propia vida deshecha, comenzaron los trámites, uno y miles, no se terminaban nunca, hoy, mañana y pasado mañana, así en el transcurrir de días y días. Retomé mi trabajo en medio aún de la confusión, del aturdimiento, no podía creer que ya no estaba, lo buscaba como para encontrarlo, o no quería mirar sus lugares, sus objetos o acudía a ellos como para encontrar algo de él y cuando me volvía a encontrar conmigo misma sólo sentía desolación, si, es un mundo sin sol, no hay futuro…

Casi cuarenta años de mi vida estuvieron proyectándose en esa nostridad y de golpe, tengo que armar mi vida sin él, pero es un sin él en presencia física, ya que indudablemente sigue en mí, sin embargo esa ausencia física es desgarrante. Ningún otro abrazo me consuela de ese sufrimiento tan profundo. Una parte mía tampoco está más, comienza el duelo por quien se fue y por mí misma sin él.

Luego vienen las personas que se acercan y otros con quienes me voy encontrando en la calle, sobre todo siendo conocida por mucha gente, incluidos los vecinos y ante cada uno, siento que se oprime mi corazón y es como que todo vuelve a empezar. Pasa el tiempo y a veces creo que el dolor se acalla, me aturdo con otras cosas, pero cada noche vuelve, es mi nuevo compañero de ruta. 

De pronto estoy pensando en cualquier cosa, o veo televisión o voy caminando por la calle y en cada situación aparece algo que me lo recuerda, una música, un lugar, una persona y estoy ahí, en medio de la nada y tengo que seguir, ¿para qué?…las lágrimas brotan solas, ni las llamo, vienen.

Te dicen que es cuestión de tiempo, que el duelo pasa, yo me pregunto tiempo de ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuánto?, acaso él ¿se merece mi “olvido”? Cómo dejarlo ir, si mi vida está indisolublemente unida a él, cuando de lo anterior a conocerlo casi ni tengo memoria. Sé por teoría, y por convicción de nuestra manera de ser, que la mejor forma de tenerlo presente es continuar con la obra que iniciamos juntos, que su palabra siga viva a través de los escritos que dejó para la humanidad, que aunque él no esté pueda seguir ayudando a otros, ese era el sentido de su vida y yo tengo la misión de continuarlo. Sé que él querría que no me quede en el pasado sino que organice y proyecte mi propio futuro. 

No deja de darme tristeza, con cierta alegría desdibujada, ver cuánta gente lo quería y lo tenía en cuenta, tanto pacientes como otros profesionales, tanto argentinos como extranjeros, que no siempre él consideró que así fuese y ahora al morir, no se enteró de este reconocimiento y de tanta gente que se acercó a mí con ese sentimiento, cosa imposible pero me hubiera gustado compartirlo con él.

No sé bien para quién escribo esto, simplemente tuve necesidad, tal vez cuando uno comparte su dolor siente que se aquieta el torbellino íntimo y quizás pueda ayudar a otros seres que tienen que ver partir al ser amado, poniendo en palabras lo que probablemente también sientan.

También lo escribo con la idea de compartirlo con alguien. Siempre fui muy reservada en mis sentimientos más profundos, sólo los compartía con Pablo, pero ahora tengo necesidad de que vuelen.

Y ahora, pasado casi un año, siento que el tiempo no transcurrió, que tengo una vida vacía, sin proyectos aunque sí los tengo, miro para atrás y este año casi ni existió, aunque estuve muy activa, estoy como desdoblada, una es la cotidiana, la que trabaja, vive, y la otra es la de la intimidad solitaria, a quien le falta su presencia. No hay día en que este aspecto de mi ser no se me revele, a veces es de golpe y es como un golpe, lo recibo así como un arrebato y otras viene de un modo más sereno, pero siempre triste. 

Temo dejarlo ir y hasta me parece injusto, pero también deseo dejarlo ir, pero entonces, la existencia ¿es sólo un pasaje hacia el olvido? No, me resisto a eso. 

También me acompaña la culpa, no sé bien porqué. Me pidió perdón por si alguna vez me trató mal y yo le dije que no tenía que pedirme perdón, que todo lo que pasó lo entendía, pero yo no le pedí perdón por si alguna vez lo lastimé y me quedé con eso no dicho, que me vuelve y me vuelve. Culpa por alegrarme por ciertas cosas cuando en realidad no siento alegría. Culpa por vivir, porque eso me lleva a otros lugares no habitados por nosotros sino sólo por mí.

Y en mi futuro me espera mi muerte, quién esperará a mi lado a que esto ocurra, tal vez mis hijas, tal vez nadie, es todo posibilidad incierta dentro de la certeza última. Me asusta. Pablo no quería morir, aceptó los mil y un sufrimientos y yo misma viví situaciones que nunca creí que podría afrontar si las hubiera imaginado con anterioridad, venían a mí y yo estaba ahí para sostenerlo en la vida, pero murió y me sigue pareciendo como algo imposible, siendo tan cierto que me deja anonadada. Cómo es posible seguir viva sin ese sentimiento de partida, partida en el doble aspecto de partida en pedazos, y de partir de mi vida anterior. Tal vez la vida ahora sea así. Ni siquiera la plenitud de otros tiempos es consuelo.

Escrito en alusión al fallecimiento de Pablo Rispo acaecido el 21 de julio de 2008. Argentina.