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Ricardo Peter

El Quehacer Pendiente en la Logoterapia

Resumen:
El concepto de responsabilidad, no el de sentido, es, en primera instancia, la problemática central de la Logoterapia. Pero en su tarea de orientar al hombre hacia su responsabilidad, la Logoterapia deja claro que la responsabilidad es sobre todo una posición ante el problema del valor y éste se asume como experiencia, es decir, es sentido, no alcanzado racionalmente. Sin embargo, la responsabilidad no se agota de cara al asunto del sentido de la vida, como subraya la Logoterapia, sino que hace frente al vivir mismo, a lo que la Terapia de la imperfección denomina el sentido del ser. De hecho, se es responsable no sólo de la existencia, sino también del existir. A este propósito, la Terapia de la imperfección señala que el corpus doctrinal de la Logoterapia demanda una ulterior reflexión, un avance en la tarea de alcanzar la cuestión del sentido en su totalidad, misma que rebasa el sentido de la vida y comprende el sentido del ser, que es donde el hombre se manifiesta primaria y radicalmente responsable.

 

 

Trabajo:
El esfuerzo revolucionario de la Logoterapia ha sido el de extender el horizonte psicológico más allá de lo meramente psicológico. La Logoterapia, en efecto, se solidifica como teoría en torno a cuatro elementos original y exquisitamente filosóficos que son los conceptos de persona, libertad, sentido y responsabilidad. Esta dilatación de lo psicológico hacia lo filosófico ha permitido a la Filosofía volver a ocupar un lugar en el campo de una corriente de la psicología contemporánea.

De aquí entonces que a diferencia de otras teorías psicológicas, la Logoterapia, entendida como sistema doctrinal, no en términos de método terapéutico, se caracteriza por estar centrada entorno a una filosofía explícita del hombre. Sin embargo, si nos preguntáramos cuál de esas cuatro nociones es el verdadero eje del entero sistema doctrinal, diríamos que la totalidad del aparato teórico de la Logoterapia, incluyendo tanto su horizonte psicológico como su práctica terapéutica, se aglutina y responde a una visión del hombre cuyo foco, centro y soporte, si podemos hablar así, no es, en primera instancia, el concepto de sentido, como suele creerse, sino el de responsabilidad.

Podemos, por tanto, sin temor a ser impugnados ni siquiera por el mismo Frankl, aseverar que con la expresión logoterapia, su autor ha revestido la problemática primordial de la responsabilidad, para exhibir y resaltar, posiblemente por motivos terapéuticos, la problemática del sentido, que, en realidad, es segundona en su concepción antropológica.

Así que la verdadera problemática de fondo del asunto humano que encara Frankl no es la del sentido, sino la de la responsabilidad. En términos estrictamente filosóficos, la problemática del sentido, repitámoslo, es dependiente, auxiliar, subsidiaria, de la problemática fundamental de la responsabilidad.

La problemática del sentido, que es la que resalta en primer plano cuando se habla de Logoterapia, representa solo una extensión, una dilatación, de la problemática central de la responsabilidad. Para Frankl, en efecto, “ser hombre en último análisis significa ser responsable” . La responsabilidad es, pues, el fundamento y la esencia de la visión logoterapéutica.

Y si bien, en el calificativo de Logoterapia, que fue la denominación favorita de Frankl, la palabra logos está por sentido, se me ocurre que su entera cosmovisión, pudiera también denominarse, sin menoscabo alguno, con el nombre de spondeoterapia, en vez de Logoterapia.

Spondeoterapia, del verbo latino spondeo, significa responder, sin embargo, su alcance etimológico no es meramente el de dar respuesta a una carta, a una persona que se escucha, de refutar a alguien o cosa por el estilo, sino de responder por alguien, salir fiador de alguien, comprometerse a favor de alguien, obligarse ante alguien. En resumidas cuentas, afirmar a alguien. Ahora bien: ¿quién puede ser ese alguien de quien salir fiador, por quien comprometerse y a quien afirmar si no es, en primer lugar, uno mismo? Pero, además, cabe todavía preguntarse: ¿fiadores y comprometidos de qué? ¿garantes de qué? Fiadores de la propia persona.

Este es el sentido pleno de la palabra responsabilidad: ser responsables de nosotros mismos es ser fieles, solidarios y buenos administradores de nuestra persona, lo que equivale a decir, de nuestra vida y de nuestro ser. Ser cabalmente responsables es ser dignos no sólo de lo que vivimos y de lo que sufrimos, sino dignos también de ser. Repetimos, de la propia vida o existencia y del propio ser.

En tal caso, cuando Frankl se pregunta dónde comienza lo antropológico, donde despunta la realidad que constituye al hombre en cuanto ser específicamente humano, cuando se pregunta dónde se detecta lo propiamente humano, comienza planteándose una pregunta que es, no cabe duda, de interés psiquiátrico, pero que, en última instancia, no es psicológica, sino filosófica. Trasciende el terreno de la psiquiatría y de la salud mental, rebasa la realidad psicofísica, lo impersonal, para penetrar la realidad existencial, se adentra en la dimensión personal del hombre. Y su respuesta ha sido inequívoca: la realidad del hombre inicia y se ostenta con la responsabilidad. Frankl sostiene que la capacidad de autodeterminarnos, la capacidad de tomar la responsabilidad de nosotros mismos, es lo que “hace de nosotros seres humanos” .

En la óptica de Frankl, el concepto de responsabilidad parece devolver al hombre su dimensión antropológica más esencial, es decir, su carácter decisional. La capacidad de decidir de sí es un aspecto talmente cardinal en la psicoterapia de Frankl que la llamada neurosis noogena surge precisamente con la disminución de la responsabilidad. Es decir, “el hombre no es sólo aquello que él es, sino aquello que él decide ser...El hombre no sólo decide ‘sobre’ algo o ‘de’ algo, sino que constantemente decide de sí mismo” . Lo humano se funda entonces en el carácter decisional.

De esta manera, al concepto de responsabilidad se anexa ahora de manera inseparable el concepto de libertad y ambos, a su vez, esbozan y proyectan la dimensión espiritual de la persona que caracteriza la visión logoterapéutica del hombre.

Sin embargo, al topar con la realidad de la persona, el mismo concepto de responsabilidad se trasmuta y asume ahora la expresión de sentido, siendo el asunto del sentido la expresión más cabal del concepto de responsabilidad. A este punto, el concepto de responsabilidad queda radicalmente referido al concepto de sentido.

De forma más sencilla y directa, pudiéramos también pensar que, en su esfuerzo por preservar la humanidad en el terreno de la psicología, al despejar el concepto de responsabilidad, Frankl topó inevitablemente con la problemática del sentido. Ahora sí vale la expresión de que todos los caminos llevan a Roma. En nuestro caso, los “caminos” de la responsabilidad y del sentido conducen a la dimensión espiritual de la persona.

Además, podemos ahondar en el asunto de la denominación de la Logoterapia y decir que también resulta paradójico que Frankl haya recurrido al término de logos en vez de utilizar directamente la palabra griega axia que se traduce por valor (en latín aestimabile, apreciación, estimación, evaluación, valor), y que concierne a los objetos de elección o de preferencia ética, porque lo que realmente subyace a la problemática de la responsabilidad y a la problemática del sentido es una cuestión de valores. La responsabilidad y el sentido son funcionales sólo en la relación y realización de valores.

Según Frankl, la responsabilidad de cara a la existencia se traduce en una toma de posición concreta frente a los valores, teniendo presente que en este terreno no hay posiciones neutrales o indiferentes. No hay terceras opciones.

El valor, para Frankl, es una “razón”, entre comillas, que se capta no a través del juicio o del conocimiento racional, porque el valor no es una lección, un escarmiento, un aprendizaje, sino a través de la intuición, pues el valor es una vivencia que se percibe en la experiencia misma de la vida aquí y ahora.

La Logoterapia quiere conducir al hombre hacia la vivencia del valor, es decir, hacia el sentido, que es lo mismo que decir, hacia el ejercicio de la responsabilidad.

De este modo, en la visión filosófica de la Logoterapia, la responsabilidad, la libertad y el sentido forman un tejido inseparable con la visión filosófica de la persona para quien la cuestión del valor es un asunto vital. Diríamos, de vida o muerte antropológica.

El valor es vital, es decir, es sentido, es algo experimentado, vivido, que carga o dota la existencia de significado. Es una experiencia, algo que hay que realizar, frente a un determinado acontecimiento, adverso, trágico, siniestro y que, en esa situación específica, sustenta la vida, la apoya, la impulsa, la inspira y sobre todo, la afirma. Afirmar es la verdadera función del valor.

El valor no es otra cosa que una experiencia de afirmación de la existencia. Pero, ¿cómo se afirma la vida? Frankl responde sin rodeos: la única manera de afirmar la vida es aceptándola. Aceptar la vida es dotarla de significado.

Pero es en este terreno, en la cuestión de la aceptación de la vida, donde queremos señalar una zanja o fosa que hay que rellenar y donde la Logoterapia tiene un quehacer en curso, una tarea pendiente.

Es claro que tratando de zanjar algo ideológico podemos encontrar resistencias, oposiciones, ortodoxias indiscutibles. El desacuerdo, sin embargo, no sólo es una necesidad mental: la divergencia es también necesaria a la verdad, que es un proceso, un desarrollo, no un embotellamiento del pensamiento.

Los movimientos ideológicos pueden oponerse a las diversas creencias que surgen en su seno y que de alguna manera parece que se alejan de la doctrina inicial, pero no pueden reprimir el desarrollo interno que, tarde o temprano, brota y tiende a desenvolverse desde su interior.

Por suerte, Víktor Frankl era suficientemente lúcido como para presumir que la Logoterapia, su construcción teórica, estuviera finiquitada. Era suficientemente perspicaz y genial para considerar su obra perfecta. Cuando una doctrina alcanza su acabamiento, en ese momento se acaba como doctrina y aunque un movimiento ideológico esté bautizado y confirmado, la discrepancia permite hallar nuevos surcos de crecimiento. De hecho, la Logoterapia no expira con la obra empezada y realizada por Frankl a lo largo de sus trabajos.

Además, digamos de paso, que en la visión de la nueva epistemología, particularmente en la de Popper, se reconoce la fuerza de la discrepancia, la pujanza del error. Una dosis de divergencia es pues necesaria al progreso y a la actualización de una doctrina.

Los casos de disidencia que conocemos como desviaciones, han tenido un gran cometido para la comprensión del hombre. Freud perdió a Adler y a Jung, pero, como consecuencia, la psicología ganó dos nuevas perspectivas. Adler perdió a Rudolf Allers y a Víctor Frankl, pero con ello, la psicología cosechó nuevos horizontes. El binomio resistencia-innovación, es fecundo, siempre que ésta última, la innovación, abra verdaderos espacios y perspectivas a la doctrina porque una doctrina, en sí misma, es inagotable.

Algunos pudieran pensar que al lado de la Logoterapia sólo puede existir la misma Logoterapia de siempre, la Logoterapia inicial, acuñada originalmente por Frankl; otros, en cambio, pueden pensar que la Logoterapia de Viktor Frankl sólo fue el comienzo de una investigación revolucionaria cuyo aspecto más revolucionario es precisamente que aún sigue desarrollándose.

Desde hace un tiempo, la Terapia de la imperfección viene señalando que Víktor Frankl se limitó a una hondura o profundidad de la problemática del sentido, pero no abarcó la entera problemática. Frankl concentró sus energías sobre el costado existencial del problema del sentido, no sobre su extremo o fondo y, por consiguiente, el concepto clave de responsabilidad quedó igualmente anclado a este nivel.

Pero sabemos que la existencia no agota el existir, que la vida no se remata con el vivir. Que entre mi ser y mi vida hay un trecho, un “intervalo” como señalaba Gabriel Marcel para quien “el ser y la vida no coinciden”, pues, argumenta el mismo Marcel: “yo no soy mi vida” .
El valor del ser es más que el valor de la vida y mucho más por supuesto que el valor del tener, que indudablemente suele ser, en el mundo del hombre, el valor más dominante y arraigado en la cultura. El ser no sólo da peso a la vida, sino que el ser es el asidero de la vida.

Es preciso entonces que los logoterapeutas fieles al pensamiento de Frankl, que afortunadamente es un pensamiento abierto al futuro, continúen su quehacer. Es necesario acudir a la demanda ontológica de la problemática de la responsabilidad, de los valores y del sentido, realizar un paso ulterior en la reflexión desarrollada por Frankl, ahondar en la problemática total, llegar el fondo de la misma y alcanzar de manera explícita y sistemática el nivel ontológico, donde la responsabilidad nos deja ver su finalidad y cometido más profunda.

De hecho, el problema fundamental de la problemática de la responsabilidad no es sólo descubrir y realizar el significado de la vida, que es una valiosa forma de responsabilidad ante los valores. El problema fundamental, dando a la palabra fundamental su origen etimológico de base, cimiento, está a un nivel que trasciende la existencia o espacio del sentido de la vida y confluye en el nivel ontológico o espacio del sentido del ser. Es aquí, en la actitud que se asume ante el sentido del ser, donde arranca la exigencia de la responsabilidad y donde arranca también la problemática del sentido.

A nivel ontológico, la situación que venimos examinando, se presenta de modo muy diferente del nivel existencial. Mientras en la esfera de la existencia se requiere, tal como propone la Logoterapia, de la búsqueda y del descubrimiento del sentido, en la esfera ontológica el ser no solicita que se le busque y rotule un sentido. El ser ilumina la vida desde su propio sentido. De aquí la expresión sentido del ser usada por la Terapia de la imperfección .

El ser es fuente de sentido. Es en esa acepción que usamos la expresión sentido del ser, y en momentos en que se dificulta descubrir algún sentido existencial, el ser es lo único que puede aportar valor y, como los fundamentos de una construcción soportan el peso del entero edificio, sostenernos en base a la valía de hecho de existir.

Si la finalidad propia de la Logoterapia es conducir al hombre hacia la responsabilidad del sentido de su existencia, la tarea propia de la Terapia de la imperfección es llevar al hombre hacia la responsabilidad ante su propio ser que, aun revelándose defectuoso y limitado, es fuente del sentido primario y radical, y que según expresión de Lévinas, constituye “el sentido de los sentidos”.

Es a este nivel profundo, donde se plantea la verdadera necesidad de la responsabilidad. Para la Terapia dela imperfección, la humanidad se funda en la responsabilidad que surge y asumimos ante el ser. Toca al hombre pues amparar, custodiar, sostener y proteger el sentido del ser que se ve afectado por el rechazo que genera el trastorno del perfeccionismo. Pero con respecto a esta disfunción profunda, el perfeccionismo, en los limites de espacio de estas reflexiones sólo podemos concluir denunciando que su dinámica alcanza y socava el sentido del ser .

 

De la antropología del significado a la antropología del límite

A diferencia de Freud y de otros psicólogos que han querido mantenerse libres de toda influencia o carga filosófica (mentalidad característica del siglo XIX), en Viktor Frankl reconocemos una postura decididamente filosófica y aunque, en concreto, Freud no alcanzó su objetivo, pues no pudo evitar de enturbiar con su conato metapsicológico las relaciones entre la filosofía y la psiquiatría, Frankl logró sustentar una singular imagen del hombre sobre la cual levantó su teoría psicológica y desde la cual elaboró sus “utensilios” psicoterapéuticos propios.
De esta manera, la pretendida distancia con respecto a la filosofía ha generado una forma de “ideología del hombre” en lugar de la filosofía del hombre. ¿Con qué consecuencias?
En la visión ideológica, el hombre se ha visto reducido en una de sus dimensiones esenciales dejando como resultado un ser gobernado por instintos primarios que son el origen de la motivación humana y la explicación última de su conducta. Esta situación la encontramos particularmente en las orientaciones psicodinámicas, como en el caso del psicoanálisis freudiano y en otra medida, en la psicología analítica de Jung, no obstante su in discutible fuerza filosófica, por no enfatizar sobre la “ideología del hombre” dominante en la psicología conductual de J.B.Watson y de B.F.Skinner.
Los paradigmas teóricos introducidos por las corrientes arriba señaladas limitaron la decisionalidad y la trascendencia del hombre. Este terminó siendo interpretado en clave ambientalista, biologista o psicologista. Los “fenómenos” ocultaron lo que está detrás del hombre: la persona, el amor, la creatividad, la responsabilidad frente a sí mismo y ante los otros, su necesidad básica de significado, su autonomía, sus experiencias cumbres o límites, su referencia a los valores, en una palabra, terminaron eclipsando al hombre mismo. Este fue el panorama “científico” que encontró Viktor Frankl alrededor de los años 20.
¿Cuál fue la respuesta de Frankl a lo que él mismo denominó una “psicología sin espíritu”? Frankl denunció la excesiva atención a la energía instintiva, al placer, a la avidez de poder (como privilegiaba Adler), en otras palabras, a lo biológico y a la mera dinámica de la psique. A continuación, Frankl inició un metódico proceso de confrontación de las teorías psicológicas vigentes, especialmente, de Freud, de Adler y de Jung, de quienes fue desgajándose. Pero no se dedicó solo a demoler, “vocación” tan dominante en Freud que pudiera constituir su complejo personal, sino que su empresa se centró más en lo positivo de la superación y la renovación de la psicología que en lo negativo de la denuncia y el ataque. En esto consistió su vigoroso esfuerzo.
Concretamente Frankl se acercó al hombre desde un concepto que constituye el eje de su reflexión filosófica del hombre. Para ello se sirvió de una palabra exquisitamente filosófica y exquisitamente bíblica y en ambos casos explicitó, por extensión, un alcance inusitado, pero nada arbitrario, de dicho término. Como sabemos Frankl recurrió a la palabra “logos” para identificar un método terapéutico y a la vez para definir un sistema teórico centrado sobre la problemática de la significatividad de la existencia. Dicho constructo quedó bautizado como “logoterapia”, donde el término “logos” recogió en su nueva acepción la tradición religiosa veterotestamentaria y la tradición metafísica griega.
Aunque etimologicamente “logos” esta por “razón de ser”, “tratado”, “conocimiento”, “entendimiento”, “palabra”, “verbo”, en la extensión operada por Frankl, “logos” alude a “sentido” y a su sinónimo “significado”.
¿Cómo realiza Frankl este paso? Aunque no me resulta que él lo haya explicado, podemos suponer el siguiente proceso. En base a su carácter filosófico, el concepto de “logos” demanda una coherencia interna: es inherente a un “tratado”, y a un “conocimiento” su lucidez y su conexión interna. A su vez, la “palabra” o el “verbo” no es solamente una realidad fonética, sino una unidad, como dirían los lingüistas, portadora de un sentido.
Por otra parte, el mismo concepto metafísico tiene una relevancia teológica tanto para los hebreos como para los cristianos. Para ambas confesiones, la Palabra, el “logos”, el Verbo, da lugar a una teología dialógica. Permitanme que haga una breve incursión en las Sagradas Escrituras.
Para los judíos, y es el caso de Viktor Frankl, los “misvá”, los mandamientos o palabras, salen, “mosa´” de la boca de Dios. En el Dt.8,3 se dice que el hombre no solo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La creación estuvo confiada a la Palabra, la Alianza de Dios con Israel fue sellada con la Palabra. La Palabra es el vehículo de la promesa. No acoger la Palabra es exponerse a la muerte, como se dice en 1Re.20,36. En cambio, guardar la Palabra es la manera de conservar la dicha, como leemos en el Salmo 119. La palabra entonces es vida por que está asociada al sentido: el hombre la “siente” no sólo como sonido, sino como significado. La Biblia de los cristianos subraya la condición salvífica y vivificante de la palabra al definir a Jesús como Verbo, “logos”, es decir, como “luz” porque el Verbo, la Palabra, tiene la función de “iluminar” el entendimiento: “Luz que brilla en las tinieblas”, precisa el Evangelio de San Juan (1,4-5).
En el caso de Viktor Frankl el “logos” fue la luz que brilló cuando su existencia se vio cuestionada por la privación de la libertad. Al apelar al concepto de “logos”, Frankl empleará, por extensión, volvemos a repetir, la acepción que a raíz del mes de noviembre de 1942 le permitiría resistir como ser humano en un campo de concentración: el sentido de la vida. Precisamente en el lugar donde vio desfilar la muerte de sus seres queridos, donde lo matricularon como un objeto y donde asistió diariamente al espectáculo del dolor, de la vida humillada, degradada y frustrada en todas sus esperanzas, en ese lugar, donde otros perecieron a causa del trabajo, de la mala alimentación, del lodo y del frío, Viktor Frankl preparó unos apuntes, donde la palabra “logos” se difundirá reiteradamente como un concepto fundamental. Más tarde, en 1946, producto de la recopilación de los estenógrafos del campo de concentración, Frankl publicará su primer libro donde la palabra “logoterapia”, y las tesis ahí contenidas originaran polémicas y admiración en toda Europa. Para entonces una nueva orientación se abría espacio entre la psiquiatría y la psicología modernas.
Señalemos que por esa época muchos psiquiatras y psicólogos de Europa como Minkowski, Von Gebsattel, Binswanger, Straus, Boss, inspirados por la filosofía fenomenológica-existencialista, en auge después del primer conflicto mundial, reconocían que la psicología estaba lejos de encontrar al hombre como persona, con sus crisis espirituales, con sus inquietudes tremendas y su angustia existencial. Alrededor de los años 20 brotan las primeras manifestaciones de lo que más tarde, en el ámbito de la psiquiatría, recibirá el nombre de “Daseinanalyse” o movimiento analítico existencial.
Para 1950 la orientación Frankliana, con sus fases y conceptos básicos, estaba completamente desarrollada. Su fecunda actividad de escritor difundirá el concepto de “logos”, traducido como “sentido” o “significado”, en más de sus 30 libros traducidos a más de 20 idiomas.
Ahora bien, ¿qué visión del hombre nos propone Viktor Frankl? Para percibir a fondo la comprensión antropológica de Frankl conviene dividir la palabra “antropología” en sus dos raíces griegas originales, “ánthropos” y “logos” y dar a ésta última la acepción que el mismo Frankl le atribuyó. De esta manera, en vez de una mera “antropología”, tratado filosófico sobre el ser humano, Frankl realizó una “ántropos” - “logos”, es decir, una “antropología del significado”. A tal punto valorizó la importancia del sentido que toda su visión del hombre quedó gravitando alrededor de dicho término.
Cabe señalar que Frankl mismo nunca usó la expresión que hemos mencionado, sino que definió su sistema como un proyecto de “Antropología psicoterapéutica”. Pero, podemos hipotizar que el autor, que era sumamente celoso de sus ideas, incluso terco y obstinado, como ha reconocido Joseph Fabry, uno de sus principales discípulos, no renegaría del uso que hacemos del término antropología para aludir a su sistema.
Más que hablar de una visión filosófica del hombre habría que referirse a una concepción existencial del significado, donde a través de éste se resalta el carácter espiritual-personal del hombre. O dicho diversamente, partiendo del significado, Frankl introduce la dimensión espiritual-personal del hombre en el terreno de la psiquiatría.
Al carácter espiritual-personal de la existencia se llega, bien desde el hombre considera do en su totalidad (contra el reduccionismo que ignora precisamente la pluralidad de dimensiones del hombre), bien desde el significado afirmado como la orientación primaria del hombre. En ambos casos se alcanza la esencia espiritual del hombre. Por ambas vías se termina atestiguando la dimensión humana del hombre. Se pudiera concluir entonces que la dimensión específica del hombre es lo humano y que lo específico de lo humano es lo espiritual y que lo característico de lo espiritual es la demanda de significado. Estos tres pasos resumen su profunda comprensión de la realidad del hombre.
A la pregunta: ¿en qué consiste lo humano? Frankl responde que la pregunta es de proporciones ontológicas y no meramente psicológicas. De aquí que Frankl nos hable de una realidad autotrascendente, dotada de intencionalidad, capaz de autodeterminarse y por lo mismo libre y responsable frente a las circunstancias de la vida. Si de algo entonces no se puede privar al hombre es de su capacidad de elegir una actitud interior aun cuando no queda espacio para ninguna opción. Tal es la real autonomía del hombre.
De esta manera la Logoterapia resolvía y devolvía al campo de la psiquiatría la cuestión antropológica de fondo: el carácter decisional del hombre. Esta es la consecuencia de la inserción de la dimensión espiritual en el horizonte de la psicoterapia.
Desde esta “ánthropos” - “logos”, Frankl aborda una serie de problemas no sólo filosóficos, sino propiamente psiquiátricos. O podemos decir: se ocupa de una problemática que para el hombre presenta dos vertientes: la filosófica y la psiquiátrica. Nos referimos
al sufrimiento, a la dolencia espiritual de quienes han sucumbido a un enfermedad psicótica, a la crisis espiritual, al vaco existencial, a la apatía, a la desesperación y demás problemas espirituales que la psicología médica anterior a Frankl no supo catalogar ni tratar y que aun presentando una sintomatología idéntica a la de los cuadros clínicos patológicos, poseen sin embargo una diversa etiología.
La novedad de la Logoterapia fue la de ofrecer una neta distinción entre lo espiritual y las patologías psíquicas. Por tal razón, lo espiritual no es patológico: enfermarse es propio del organismo psicofísico y no de la persona, que es una realidad espiritual. Frankl dirá que su sistema está muy lejos de la psicoterapia clásica cuya misión se reducía a capa citar al hombre para trabajar y gozar. Se hace también necesario capacitar al hombre para sufrir. ¿Por qué motivo? Porque la existencia no es primordialmente búsqueda de placer, sino búsqueda originaria de sentido en cualquier circunstancia, especialmente cuan do el padecimiento emocional y espiritual se vuelve inevitable, porque la vida incluye el amor desgraciado, la infecundidad, el envejecimiento, la soltería obligada y el agobio generado por múltiples circunstancias absurdas. Por ejemplo, ¿que sentido presenta la vida para quien sufre de Alzhaimer, mal de Parkinson, sida o cáncer terminal o para quien debe acompañar a un pariente con tales enfermedades o vivir toda la vida al lado de un hijo con síndrome down, autismo, esquizofrenia o de alguna grave cerebropatia? Pues aun en esas circunstancias la vida conserva un valor y presenta un sentido que podemos percibirlo cuando abandonamos la actitud hostil frente a aquellos aspectos ineludibles, insondables, insanables ( e insolentes) de la vida. Como explica Frankl: “La vida no se colma solamente creando y gozando, sino también sufriendo”.
La “antropología del significado” nos deja pues en presencia de lo humano y no del instinto, nos coloca de frente a lo espiritual. Es aquí donde Viktor Frankl chocó la mentalidad psiquiátrica de su época con su tesis original de la existencia en el hombre no sólo de un inconsciente impulsivo o instintivo, descubierto por Freud, sino de un inconsciente espiritual.
Si es cierto que todo lo humano está condicionando, también es cierto, como sostiene Frankl, que solo es propiamente humano aquello que supera su propio condicionamiento. Esta superación es facultativa. ¿De qué manera se cumple esta facultatividad?
Trascendiendo la vida fáctica a través del sentido. Decidiendo de sí mismo a través de la actitud que se toma ante los determinismos caracteriales, instintuales y ambientales que se padecen. La capacidad de tomar una actitud frente a los reales condicionamientos de la vida da un significado a la existencia en esas situaciones en que la vida se ve sin posibilidad de salida. El sentido se encuentra y se realiza a través de los valores, valores que no son nunca abstractos, valores en si, sino valores encarnados en algo, en una relación, o en alguien. A este propósito, los valores, en su más alta expresión, son valores actitudinales, afirma Frankl, radican en la actitud que asumo ante el destino, al punto de asimilarlo y cambiar el metabolismo del destino mismo; es decir, asumiendo y de esta manera transformando una situación ineludible. Esta es, para Frankl, la tarea fundamental del hombre: conservar el sentido de su existencia pese a las condiciones y circunstancias adversas que se presenten. Como diría Yehuda Bacon: “El dolor realmente tiene sentido cuando tú mismo realmente te conviertes en otro hombre”.
¿Cómo puede ser esto posible? El hombre decide de sí mismo, y aquí alcanzamos la columna que sostiene la Logoterapia, porque su yo más profundo se enraízo en el inconsciente espiritual. Aquí se origina la conducta humana del hombre: desde aquí surge la posibilidad y la capacidad de tomar una posición y de guiar la propia existencia. Aquí, pues, en esta dimensión inconsciente espiritual, está la persona. Este es el santuario del hombre. Desde aquí el hombre puede mirar sus condicionamientos, su propia contingencia y desde aquí mismo aceptar, como diría Norbert Wierner, “el triunfo de haber existido en algún momento de tiempo en un universo que parece mirarnos con indiferencia”.
Hasta aquí un esbozo de la teoría filosófica del hombre de Viktor Frankl que hemos calificado como una “teoría filosófica del significado” y por esta razón, la antropología termina en terapia.
Para abordar el segundo asunto de nuestra relación, la Antropología del límite, formula remos algunos preguntas que están relacionadas con la Logoterapia. En efecto, si hablamos de responsabilidad: ¿cuál es la primera y la última responsabilidad del hombre? Si hablamos de valor actitudinal: ¿cuál puede ser el valor actitudinal más alto, supremo, que el hombre pueda ejecutar? Si hablamos de libertad: ¿cuál es la primera y la última manifestación de libertad que el hombre puede cumplir? Y si hablamos de trascendencia, para referirnos a otro de los conceptos claves de la Logoterapia: ¿cuál es la primera acción trascendente que realiza el hombre? Y con respecto a la problemática del sentido, ¿no hay acaso un paso previo que llevar a cabo para que la vida tenga sentido? A este punto queremos cambiar de canal antropológico y referirnos a la Antropología del límite, una teoría filosófica del hombre que tiene como punto de partida la misma condición limitada del hombre, su finitud.
Los honrosos límites de espacio y de tiempo me obligan a referir algunos de mis libros para quienes quieran ahondar en este enfoque filosófico que sustenta una teoría psicológica denominada Terapia de la imperfección, correctiva de la neurosis del perfeccionismo (Ver: Una terapia para la persona humana, Cittadella editrice,Italia, 1994.Trad. al español: Conocer los propios límites, Editorial San Pablo, Madrid, 1995; Onora il tuo límite, Cittadella editrice, Italia, 1997. Trad. al español: Honra tu límite, Editorial San Pablo, Madrid, 1997).
Para la Antropología del límite la demanda de significatividad de parte del ser del hombre se cumple siempre y cuando el hombre se oriente previamente hacia su propia realidad limitada. Queremos decir, de antemano a lo que vamos a plantear, que la cuestión del sentido es posterior a la cuestión de la orientación del individuo hacia su realidad defectuosa y contingente, fuente de inseguridad, de tribulación y de incertidumbre permanente.
La Antropología del límite coloca como categoría central el concepto de indigencia. La aparición de la indigencia es la primera manifestación antropológica en el mundo de los organismos vivientes. El animal, en efecto, vive cerrado en el mundo de la necesidad. El desplazamiento de la necesidad a la indigencia constituye la primera forma de conciencia del propio ser limitado y con esta chispa de autoconciencia aparece el hombre. La autoconciencia, que en primera instancia es conciencia de ser limitado, es el primer acto de trascendencia que el hombre cumple con respecto a sí mismo. Es la primera lección de trascendencia. La indigencia a que nos referimos no proviene entonces del plano del tener, sino de la misma experiencia que hace el hombre de su ser, del plano de la existencialidad, para usar una expresión de Frankl, de lo que el hombre es en su dimensión más íntima y profunda:
“Esta es la ‘naturaleza’ de la indigencia: ser súplica de ser. La indigencia radica en la conciencia de querer ser. El hombre es mendigo de lo que ha recibido una vez: el ser. Su ser le ha sido entregado, obsequiado, pero bien sabe que su propio ser es subsidiado, pues todo lo que ha recibido es la mera contingencia de ser. Como consecuencia, aun siendo, el hombre no se basta a sí mismo. Existir es una forma de pedir.” ( Ricardo Peter, Etica para errantes).
Pero si el ser es lo dado, ¿qué otra cosa puede convenir al ser sino la de ser tomado, aferrado, aceptado? Como vemos aquí se encierran dos cuestiones que pudiéramos aclararlas recurriendo a la metáfora del regalo y del gesto. Con la palabra “gesto” aludimos a una opción por la indigencia, con la palabra “regalo”, a la opción de una posibilidad, entre otras, considerada la más valiosa en un momento dado de nuestra vida en una situación específica. A este propósito diremos que el gesto es lo primero y el regalo, lo segundo.
De hecho, cuando aceptamos un regalo, automáticamente lo estamos considerando precioso independientemente del precio y del valor o significado que tenga para nosotros. Pudiéramos decir que el primer “regalo” es el gesto, el hecho mismo, no el regalo como tal. Pero quien rechaza el don, no sólo desvaloriza el gesto, la acción, sino lo obsequia do. Igualmente, el hombre recibe, le es dado, el ser y el primer asunto que se le plantea es la actitud que asume ante lo dado. La actitud de aceptación o de rechazo no decide ni modifica, claro está, la condición de lo regalado, pero si afecta su valor y el gesto mismo.
Aquí resalta el carácter imparagonablemente paradójico de la indigencia. Para el hombre la indigencia de ser deriva de la conciencia de ser necesitado. En otras palabras, el hombre tiene que apropiarse de su propia indigencia, pues, la indigencia, el ser, es el gesto, y la natural finitud, el ser limitado, es lo que le ha sido regalado. ¿Cuál puede ser entonces el valor supremo, la primera y la última responsabilidad, el acto de libertad más decisivo y definitivo, la mayor expresión de trascendencia de parte del hombre? Perdón que mi respuesta sea repetitiva: el valor supremo es acoger el gesto, en primer lugar, y el regalo de su existencia limitada; la primera responsabilidad es ante el gesto, en primer lugar y el regalo su existencia limitada; el acto de libertad más decisivo se cumple de cara al gesto y al regalo de su existencia limitada y , por consiguiente, la mayor expresión de trascendencia es con relación al gesto, en primer lugar, y al regalo de su existencia limitada.
Volviendo a nuestra temática general, la relación entre ambas antropologías, el juego de palabras entre el don y lo donado, entre el gesto y el regalo, es solo una manera de introducir la prioridad del asunto de la dirección sobre el asunto del sentido. No aceptar el gesto equivale, en nuestro caso, a extraviar lo fundamental, a perder lo que cuenta, a desorientarse con respecto al don. No aceptar el gesto equivale a comprometer la dirección, la indigencia, no el sentido, el valor de la indigencia. Y sin la aceptación del don se pierde el valor de lo donado: sin dirección no hay posibilidad de descubrir el valor del regalo, de significar la existencia.
Así, la problemática de la indigencia viene antes de la problemática del significado. La problemática que plantea el recibir el ser viene antes del significado del ser.
Todo el acontecer del hombre tiene como punto de partida la indigencia. Se pudiera objetar que “gesto” y “regalo”, prosiguiendo nuestra metáfora, coinciden en la indigencia; que dirección y sentido se confunden y que estamos hablando de sinónimos, prácticamente de lo mismo. Pero en base a la experiencia clínica se puede responder que no toda dirección tiene sentido y que no todo sentido ofrece una dirección válida para la vida.
En el caso de la patología del perfeccionismo el individuo tiene un ideal, una dirección, que sin embargo termina conduciéndolo al rechazo de su ser indigente, de su existencia defectuosa. Pero al no haber dirección, porque el perfeccionista pierde de vista su indigencia, se extravía el sentido de la vida: quien no encuentra su indigencia, no alcanza un sentido. Por otra parte, en la búsqueda de bienes, de placer, prestigio, poder, riqueza, éxito, etc., hay un sentido, sin embargo nada de eso ofrece una dirección válida a la vida.
De hecho, ambos términos, dirección y sentido, derivan de raíces latinas diversas: “dirección” habla de gobernar, de regir, en otras palabras, de administrar lo que poseo; mientras “sentido”, es relativo a percibir. Es como decir: si no tutelo y me apodero de mi vida, tampoco puedo percibir su valor. Citándome a mi mismo diría:
“En efecto, lo que queda amenazado, en primera instancia, al contacto con un límite existencial no es el sentido de la vida, como pensaría Viktor Frankl, sino la misma orientación o dirección del ser ante su indigencia, es decir, la posición o alineación del individuo ante la propia realidad finita”.
“La orientación precede a la significación. La voluntad de sentido en una dimensión pro funda es indigencia de orientación. Esta afirmación no equivale a sostener la existencia de dos voluntades (de sentido y de orientación). No se introduce pues un nuevo modelo de voluntad, una nueva hipótesis teórica. Se trata de llevar a sus últimas consecuencias la intuición original de Frankl”.
“La falta de sentido (sentido entendido como significado) de que habla Frankl, produce los rasgos consecuentes a esta neurosis tales como aburrimiento crónico, apatía, falta de “sabor” por la vida, sensación de provisoriedad, y las perturbaciones psicosomáticas y funcionales que puedan desencadenarse a raíz de la frustración existencial, pero, en todo caso, el sentido de la vida es solo una consecuencia de la actitud que asumimos ante la indigencia que expresa la insuperable finitud del ser”.
“Dejemos claro entonces que la significación es fruto de la dirección u orientación hacia la indigencia. Si no hay respeto de los propios límites (que no son sólo existenciales, si no ontológicos, genéticos, circunstanciales y opcionales), tampoco hay sentido de la vi da. El sentido de la vida implica volver a la indigencia, encontrarla (aunque ya ella nos haya encontrado a nosotros) y abrazarla. La dirección es la condición de la significación de la vida. La búsqueda de sentido como significación es posterior a la búsqueda de sentido como dirección. Quien en la vida tiene dirección (es decir se orienta hacia su propia indigencia) tiene a su vez un sentido. La indigencia resulta por lo tanto el horizonte hacia el cual tender cada vez que se pierde el sentido en ambas acepciones”. (Ricardo Peter, Etica para errantes).
En el lenguaje propio de la Logoterapia pudiéramos decir que la dirección u orientación hacia la indigencia es un valor de actitud. Pero no se trata de cualquier valor, sino de un valor de actitud suprema. La aceptación de la indigencia es el primer agente de significación de la existencia.
Reconocemos una conexión entre dirección y sentido. Pudiéramos decir que orientación y sentido son la pareja fiel a la vida y que la infidelidad a la dirección hará vana e infructuosa la búsqueda del sentido. Para que esta pareja funcione debe existir una permanente forma de dialogo entre dirección y sentido. Algo así como preguntarnos a raíz de cada dificultad para encontrar el sentido a la vida, si me estoy llevando bien como mi propia realidad indigente o si acaso el obstáculo no sea debido a la actitud que asumo ante la “triada” del límite: los limites inevitables que provienen de uno mismo; los límites inevitables que provienen de los demás y los límites inevitables que provienen del mundo en qué vivimos. En pocas palabras, mi actitud ante la problemática de la indigencia.
Lo más frecuente es que esta pareja, dirección y sentido, se vuelva infiel y que el mal compañero sea la dirección. ¿Por qué motivos? Descubrirnos indigente, topar con nuestros límites, suscita miedo. La sola idea del límite nos traumatiza: “todo límite, como decía en otra ocasión, por pequeño que sea, nos enfrenta con el miedo fundamental a ser limitados. Cada límite, a su manera, nos anuncia que a consecuencia de ser limitados, se puede dejar de ser y que infaliblemente dejaremos de ser”.
Si el objetivo de la Logoterapia, como afirma Frankl en su “ensayo de patodicea” es el de capacitar al hombre para encontrar un sentido al sufrimiento; el objetivo de la Antropología del límite es el de capacitar al hombre para aceptar su indigencia, fuente de todas las actividades propiamente humanas y depositaria de una insatisfacción que dura más tiempo del tiempo que se pueda vivir. De aquí que la Antropología del límite mueva y encamine todos sus recursos hacia la comprensión del ser, que es lo mismo que decir, a la compasión por el ser indigente.
El objetivo de la Antropología del límite es reorientar al hombre las veces que, seducido por el ideal de la perfección, evade, huye o rechaza su ser cimentado en el límite. Esta reorientación a la indigencia es precursora de la revalorización de la vida, del dolor, del trabajo y del amor:
“ Desde este punto de vista, la aceptación del propio ser limitado constituye un problema no sólo psiquiátrico o psicológico. Se trata fundamentalmente de un problema filosófico y, más exactamente, del problema antropológico como tal” (Ricardo Peter, Honra tu límite, op. cit., p. 18).
La Antropología del límite plantea entonces que el modo de colocarnos ante el problema de la indigencia, que jamás seremos capaces de colmar, es la verdadera cuestión antropológica y psiquiátrica. Pudiéramos afirmar que el problema del significado de la existencia es un aspecto del problema de la indigencia. Responsabilizarnos de nuestro ser indigente no es solo un acto de libertad y de trascendencia, sino de valorización y significación de la misma. A la aceptación de la indigencia está vinculada la posibilidad de significar la existencia.
La Antropología del límite puede ser una buena pareja de la Logoterapia. La Antropología del límite, como cualquier psicología humanista, tiene deudas impagables con la Logoterapia, la más conspicua y observable, la introducción en el terreno de la psiquiatría y de la psicoterapia de la dimensión espiritual a través de la afirmación del inconsciente espiritual. Pero una y otra vez habría que recurrir a la expresión de Burton, que el mismo Frankl solía citar en los años 50: “Un enano que está sobre las espaldas de un gigante puede ver más lejos que el gigante mismo” y aplicarla en nuestro caso afirmando que la visión de Viktor Frankl tiene el efecto de un catalejos: gracias a él se puede ver más horizonte.

Consentir la pérdida.

 

Desafortunadamente, el equilibrio de la naturaleza estipula que la superabundancia de sueños se paga con el aumento de las pesadillas. 

Peter A. Ustinov

 

El pensamiento siempre implicar la interpretación de la realidad. Somos lectores impenitentes de las circunstancias, es decir, de todo lo que acontece en nuestras vidas. Sin embargo, la interpretación no surge necesariamente desde un pensamiento razonable, lógico, justificado, sino desde nuestra concreta y personal biografía, esto es, desde nuestros supuestos ideológicos y culturales. Esto significa que leemos y descodificamos la realidad basándonos en presuposiciones y no en hechos. La presuposición está a la base no solo de lo que los científicos y filósofos piensan del universo y de la naturaleza, de la vida y del más allá. Sin ir más lejos, la presuposición guía nuestras diarias interpretaciones acerca de lo que las personas piensan de nosotros y de lo que nosotros pensamos acerca de las circunstancias de la vida, es decir, de los otros, de los hechos, de las cosas y de las situaciones.

Pero, ¿es saludable presuponer algo? Hemos convertido nuestra mente en un proyector de presuposiciones. La presuposición está a la base de nuestros anhelos, empeños, pretensiones y voluntades. Pero, ¿qué sucede cuando creemos en lo que presuponemos?, ¿qué efectos tienen las presuposiciones en la mente, a nivel de nuestros pensamientos y de nuestras emociones? 

 

Investiguemos cuál es el alcance de la presuposición en nuestras vidas cuando empezamos a presuponer y preguntémonos: ¿qué sería nuestra vida sin presuposiciones? ¿Qué tal si viviéramos un día no digo sin mexicanos sino sin presuposiciones?

 

 

Varados por nuestras presuposiciones

 

1. Nos pasamos la vida haciendo presuposiciones y luego nos apegamos a ellas.

Presuponemos que para ser felices es necesario tener éxito, prestigio, riqueza o poder. Presuponemos que los demás tienen que ser amables, que nuestras parejas no deban provocarnos, que nuestros      padres tengan que apreciarnos, que nuestros hijos deban escucharnos, que los amigos deban llamarnos. Presuponemos que tiene que irnos bien en las iniciativas y decisiones que tomamos. Presuponemos que los otros no deberían juzgarnos. Presuponemos que nuestro matrimonio tiene que durar, que nuestra pareja tiene que ser fiel,  Presuponemos que tienen que tomarnos en cuenta en el trabajo o en las cosas importantes. Presuponemos que “querer es poder” y que basta decidir para hacer milagros con nuestras vidas, con nuestras personalidades.

 

 A nivel de género, las mujeres presuponen que los hombres deban caer rendidos a sus pies, que deben ser sensibles a sus miradas, provocaciones y seducciones; los hombres, por su parte, presuponen que su virilidad y valentía están mancomunadas con sus éxitos amorosos, con sus correrías afectivas y sexuales.

 

El problema, sin embargo, no es el mero hecho que pasamos la vida haciendo presuposiciones, sino que luego nos apegamos a ellas, nos acoplamos a algo que no existe. La presuposición tiende a establecerse, a guiar nuestras interpretaciones De aquí la necesidad de tener presentes los límites de nuestro pensamiento en relación con la realidad que está afuera.

 

2. Las presuposiciones engendran otras presuposiciones.

Presuponemos que tenemos que ser dichosos. Pero también presuponemos que las calamidades tocarán otras puertas, no las nuestras. Presuponemos que nuestra salud tiene que ser de hierro. Pero presuponemos también que podemos darnos licencia para desenfrenarnos con el alcohol, el tabaco, el sexo, las aventuras o las drogas. Presuponemos que los demás tienen que ser correctos, veraces y responsables. Pero presuponemos también que podemos ser deshonestos, falsos e irresponsables en determinadas circunstancias. Presuponemos que podemos darnos el lujo de mantener una relación extraconyugal, pero luego presuponemos también que, en cualquier momento, sabremos como terminarla o atajarla.

 

La lista de nuestras presuposiciones prácticamente es inagotable. La verdad es que estamos repletos de presuposiciones. Presuponemos que lo que ha pasado no debería haber pasado. Presuponemos que la vida es injusta, que el mundo es malo, que los hijos deberían hacernos caso, que hay un lugar para cada cosa, que cada asunto tiene su momento, que es necesario saber lo que hay que hacer, que la vida debería tener un sentido.

 

 

3. La presuposición es mi realidad, no la realidad.

La presuposición no es la realidad, sino la realidad tal como la entendemos y pretendemos. Las presuposiciones mitigan el choque con la realidad que está fuera de nuestra mente y sobre la cual no tenemos control. Construimos presuposiciones para ocultar lo que realmente acontece e irrumpe en nuestras vidas con impacto, como un detonante de la tristeza, del sufrimiento, de la soledad, del engaño, de la frustración, de la desilusión, de la falta de sentido

 

La presuposición es un pensamiento que nos permite hacer llevadero “lo que es tal como es aquí y ahora”y suplir esa realidad, en esos momentos de conflicto, con nuestra propia y casera “realidad”. Empleamos la presuposición para invalidar la dura realidad y suplirla con nuestra complaciente “realidad”.

 

Se deriva entonces que para mantener en pie nuestra “realidad”, presuponemos muchas cosas, pero lo que no suponemos es que precisamente, muchos de nuestros problemas con la vida se deben a que presuponemos muchas cosas.

 

4. Suponer no es lo mismo que presuponer.

El asunto puede resultar un poco técnico pero necesitamos analizar la discrepancia entre ambos términos. Hay una diferencia sustancial entre suponer y presuponer. Suponer es conjeturar, en cambio, presuponer es plantear demandas, poner condiciones, establecer prerrequisitos ideales a la realidad: a las cosas, a las personas, a los hechos y a las circunstancias de la vida. Quien presupone no sólo tergiversa la realidad, sino que la suplanta. Percibe las cosas, las personas, los hechos y las circunstancias de manera que sostengan sus expectativas. De esta manera, las presuposiciones le garantizan una realidad estable.

 

Si bien, los términos suponer y presuponer tienen cierta afinidad entre sí, ambos son procesos racionales, la “parentela”, sin embargo, no es tan estrecha. Digamos que son más allegados que consanguíneos.  Efectivamente, cada término acontece en el campo de la lógica de forma dispareja y con resultados diferentes.

 

Suponer, según el diccionario de la RAE es “dar existencia ideal a lo que realmente no la tiene”. Compro lotería porque supongo que me puedo sacar algún premio. En este caso, la suposición no se sale del terreno de lo especulativo. Pero, si además de suponer que me puedo sacar el premio que suele ser el “gordo”, fantaseo igualmente la manera como voy a invertir el premio, si hago cuentas sobre cómo pienso gastar el dinero del premio, me salgo de lo abstracto, irreal y estoy dando “por sentado” lo que supongo. Esto es ya presuponer, lo cual es motivo de una cierta ruptura con la realidad.

 

La diferencia entre suponer y presuponer no se reduce, pues, a una cuestión de prefijo. En el primer caso, en la suposición, se atribuye a algo existencial meramente racional. La existencia en este caso es imaginaria, abstracta, pero sabemos que ese algo en verdad no existe. En la filosofía escolástica se usaba el término “ens rationalis”, ente de la razón, para clasificar este tipo de “existencia”. La suposición queda en el ámbito de lo inmaterial, fantástico, imaginario. Lo supuesto es quimérico. Una ilusión.

 

Presuponer, en cambio, es “dar por sentado algo”, es afirmarlo, fundamentarlo, respaldarlo, instituirlo a través del manejo o negación de la realidad. ¡Qué extraño y curioso razonamiento! Mientras la suposición da carácter de existencia ideal a algo que no existe, la presuposición da carácter de inexistente a algo que si existe. Niega la realidad: al presente no sólo no dispongo del dinero del premio de la lotería, sino que ni siquiera dispongo del premio. La realidad (al momento no tengo posibilidades de adquirir nada) es sustituida o embrollada por la “realidad” de la presuposición, la forma como investiré el dinero del premio.

 

Bajo este aspecto, podemos considerarla una “hipótesis deductiva”. La presuposición es una teoría construida a partir de otra teoría, la suposición. Es una quimera ostentada como realidad. La presuposición no nos deja ver la realidad.Nos zambulle en nuestra aislada e impermeable “realidad”.

 

En el terreno de las relaciones interpersonales, el problema es creado por lo que nosotros presuponemos que los otros suponen.

 

5. La presuposición pareciera positiva pero no lo es.

Nuestras presuposiciones construyen “realidades” que con el tiempo se revelan dolorosas y se vuelven contra nosotros. La presuposición es una forma de polución del “medio ambiente” mental. ¿Con qué resultados?

 

Los efectos secundarios de la presuposición son el enojo, la desilusión, el desengaño, el desaliento, la desmoralización y la confusión como meta final del proceso. Lo que ocurre nos lleva a exclamar: “¿por qué a mí?”: Esta fue la declaración, en su primer encuentro con los medios, de Natascha Kampusch, la austriaca de 18 años que duro más de ocho años secuestrada en un escondite bajo un garaje cerca de Viena: “Me preguntaba una y otra vez por qué entre millones de personas me tuvo que pasar esto a mí”. Pero pudiéramos ir más allá de la confesión de Natascha y afirmar que si una vicisitud, un obstáculo, una desgracia pasara a un millón de personas, la pregunta “¿por qué a mí?”, permanecería ilesa. Cuando llegan los infortunios, gritamos “¿por qué a mí?”, “¿por qué yo”, aunque los malos tiempos afecten a todos. Se trata de algo difícil de demoler.

 

Cuando la madre abadesa vio llegar a la hermana cocinera con la bandeja, preguntó:

- ¿Para quién ese enorme plato de sopa?

- ¡Para Usted, Madre Abadesa!”

- ¿Para mí esa sopita?

 

Las expresiones “no es posible”, “no puede ser”, están en contraste con la realidad, pues eso que “no puede ser” es lo único que ha sido y ha tenido el éxito de acontecer. La realidad “es” e, inapelablemente, eso es todo.

 

Las expresiones “esto no debería ser”, “esto no debería haber sucedido” o “esto debería haber sucedido” son expresiones que reflejan nuestra “realidad” o presuposiciones sobre la realidad. Pero con estas expresiones, presuponemos la inexistencia de la verdadera realidad.

 

Por consiguiente donde quiera que hay un “debería” o un “no-debería”, hay una “condición previa”, un requerimiento, para validar o invalidar la vida, ahí hay una presuposición y, por lo mismo, un inconveniente, un conflicto, una dificultad, una confusión, un altercado, con la realidad. Donde se presupone un “debería” o un “no-debería” (por ejemplo, la gente no debería burlarse de mí, criticarme, meterse en mi vida, engañarme, mi marido debería apreciar mi trabajo en casa, mis hijos deberían ordenar sus cuartos, etc.), ahí estamos en apuros con la ineludible, irremediable e irrevocable realidad.

 

 

De lo saludable a lo dañino: de la suposición a la presuposición.

 

En sí, suponer no es dañino. El filósofo, el científico y el hombre de la calle lo hacen a menudo. Lo que se supone no alcanza la categoría del “debería”. Yo puedo suponer que es mejor ser rico, que pobre, estar sano que enfermo, ser guapo que feo. A primera vista mis suposiciones podrían parecer inobjetables. Supongo que un rico puede vivir más tranquilo y seguro que el pobre (pero habría que ver), que la persona que la pasa bien, sin enfermarse, evoluciona interiormente más que quien está en un hospital, enfermo (pero habría que ver) o que el guapo tiene menos riesgos y problemas existenciales que el feo (pero habría que ver).

 

Las suposiciones proporcionan alivio y nada más. De hecho, las cosas no están como las suponemos. Un pobre puede llevar una vida menos complicada y azarosa que un rico (aunque habría que ver), una persona sana puede ser más inmadura que un enfermo (aunque habría que ver) y un feo puede tener menos apuros y problemas que un galán (aunque habría que ver). Estas suposiciones pueden tener la finalidad de tranquilizar frente a otro tipo de consideraciones.

 

Las suposiciones pueden  sostener cualquier mentira y refutar cualquier evidencia, sin provocar daños a nadie.

 

Un ejemplo: afirmar que la vida es juego, es una suposición. En sí misma inofensiva. Incluso, la vida vislumbrada como juego puede resultar exaltante como una taza de café fuerte en un día deprimente. La mente se anima a base de ideas o conceptos guías. Otros han conjeturado que la vida es sueño, lucha, travesía, etc. En todo caso, habría que añadir a la suposición “la vida es juego” que la vida es, además, el más irreversible, convincente y absoluto de los juegos, lo cual, podemos presumir, deja de ser suposición, para volverse una inferencia, una deducción, una conclusión, un silogismo bien razonado de la suposición.

 

Esto equivale a decir que de una suposición puede nacer una teoría personal o científica, según el fenómeno o asunto que se considera o intuye.

 

Bajo esta conjetura, cuando nacemos –visualizando la suposición que estamos manejando- entramos en una especie de Casino planetario donde no podemos permanecer como observadores ajenos, distantes, a lo que sucede en este “local”, sino que estamos obligados a jugar. Jugar es entonces una forma de estar en coherencia con la vida. Jugar es la manera más profunda de respetar las reglas del “lugar”, es decir, de la vida.

 

Sin embargo, en la manera de jugar este juego podemos encontrar un disparate, un impedimento al juego, una presuposición plantada por la razón. La razón a través de sus presuposiciones parece dificultar la participación en el juego de la vida. ¿De qué manera?

 

Presuponiendo o sea “dando por sentado”, que el propósito o  el sentido del juego de la vida es ganar, que el juego en cuestión tiene como condición la ganancia.  Se trata de una pura presuposición.

 

Así, de una suposición inofensiva, la vida es juego, nos deslizamos a una presuposición peligrosa y funesta para la salud mental: hay que jugar a ganar. En este caso, la presuposición que estamos manejando no tiene conexión con la realidad. No hay ilación ni ninguna relación.

 

 

La razón, disfruta ganando.

Esto parece lógico y lo cierto es que es muy lógico. Pero la razón se traba cuando en lugar de ganancias hay quiebras, percances y desventajas, que es lo más frecuente en el “juego de la vida”, debido a su defectuosidad insuperable. La razón en efecto presupone que hay que vivir como jugadores que nunca tienen que perder.  Esta lógica, no obstante, no es funcional. Es ilógica. No se traduce en salud, aunque cuadre lógicamente en nuestro sistema mental.

 

La idea o suposición que la razón tiene de la vida como juego se ve afectada por la presuposición de que se trata de un juego que hay que ganar y no por una sola vez, sino por toda la vida, esto es, por todas las veces que se “apuesta”, que se juega.

 

No cabe duda que intentar ganar de por vida es lo más razonable para la razón. Lo ideal es siempre lógico. El nudo de la cuestión es que esta presuposición choca desde el principio pues el “juego” entero de la vida se pierde desde el momento mismo que se inicia la “partida”. Cuando por chiripa un espermatozoide se liga un óvulo, el resultado definitivo de este romance está abocado al fracaso.

 

Esto es lo que la razón no sospecha. Imagina –pasa de la suposición a la presuposición- que tenemos el poder para jugar y ganar el juego de vivir.

 

Me he referido a la muerte, en primer lugar. Esta claro que el juego de vivir finaliza con el morir que es el fin no sólo de la suposición de la vida como juego, de la idealidad, sino de la vida misma, de la realidad. No hay más remedio que ponerle buena cara a semejante pérdida total no sólo de vínculos familiares, lazos afectivos, raíces culturales y sociales, sino del desastre por completo del juego. Con la muerte nos retiramos del Casino.

 

Pero no es necesario recurrir al tema de la muerte para argumentar contra la presuposición de jugar el juego de la vida para ganar cuando el juego en su desenlace total está definitivamente perdido.

 

Desde que pueden nuestros padres, escuelas e instituciones religiosas y sociales nos contagian a la presuposición de jugar  a ganar el juego de la vida y, coherentemente con esta presuposición, nos entrenan únicamente para ganar.

 

Se juega para “ser el primero”: “Hay un juego para el segundo lugar, pero es un juego para perdedores, jugado por perdedores”, sostenía Vince Lombardi, mito del fútbol americano. Ya que participamos en el juego de la vida, deberíamos (se presupone) ganar.

 

Cuando nos “sueltan” ya no podemos evadir o salirnos de ese “entrenamiento”, que es, en realidad, una programación a la frustración, al sufrimiento continuo, a la marea de la confusión, a la pérdida del sentido y a la desorientación de nosotros mismos.

 

La razón funciona estableciendo suposiciones y presuposiciones sobre la estructura del mundo, de la naturaleza y de la vida cotidiana. Pero esas presuposiciones quedan desmentidas por como realmente marcha el mundo, por como realmente funciona la naturaleza y por como realmente se desarrolla la vida diaria.

 

A veces, las presuposiciones alcanzan incluso la categoría de las teorías y de paradigmas científicos. La teoría del marxismo, por citar un ejemplo, procedió  de suposiciones metafísicas y de ahí pasó a presuposiciones económicas y sociales. Del materialismo dialéctico, las rígidas leyes que rigen la lógica de la historia, se pasó al materialismo histórico y a presuponer unos movimientos sociales que el hundimiento de los gobiernos comunistas, desmanteló también  junto con las presuposiciones. 

 

A veces en base a lo observado se quiere predecir lo no observado u observable y esto da origen a presuposiciones que retrasan el conocimiento.

 

Las revoluciones científicas que nos han hecho pasar de la teoría de Copernico a la de Newton y de éste a la de Einstein, terminan manifestando que aun en ese terreno tan autorizado la “estirpe” de las suposiciones y presuposiciones tienen sus días (o sus siglos) contados.

 

Siguiendo nuestro asunto: las presuposiciones crean contradicciones y las contradicciones complejidades y las complejidades, complicaciones. Esto sucede en el ámbito científico: cada tanto tiempo se renueva nuestra concepción del mundo y del universo.  Sucede también en el campo de nuestra vida personal, que es el ámbito donde más nos golpean las presuposiciones.

 

Las presuposiciones son fuente de problemas, conflictos y dificultades en las relaciones interpersonales.  Al final, nos encontramos en aprietos.

 

A este punto, la razón recurre a las “matemáticas”. ¿Si tengo tal problema, cuál puede ser la solución? En efecto, la razón presupone que los problemas tienen soluciones. Pero a partir de entonces, todo el interés de la razón es la solución, la cual no hace más que crear más presuposiciones: más problemas. De esta manera el juego de la vida, volviendo a nuestra suposición original, se vuelve el tormento de la vida.

 

Las siguientes consideraciones escuchadas en el consultorio, frases que casi todos hemos tenido ocasión de oír, encubren o descubren presuposiciones:

 

 

  • Desde que era niña, el esquema familiar era que uno se comportara bien: jamás una palabra incorrecta. Tengo una lucha interior entre ser tierna y ser correcta. Vivo en esa polaridad. Me remito a mi infancia. Mi papá siempre me pedía que estuviera a la altura de los demás. (Daño ocasionado por presuposiciones de los padres)

 

  • Tengo una tendencia nata a la perfección. Siempre me ha regido el perfeccionismo y tiendo a exigirme más perfeccionismo. No son los demás, sino que soy yo misma que me lo exijo. No me perdono cuando me equivoco y no perdono a los demás cuando me fallan. (presuposición personal: los demás no deben fallarme)

 

  • Soy cruel conmigo misma cuando me yerro. Me portaba bien desde niña para ser aceptada. Me enseñaron dos cosas: no salirme de lo establecido y hacer las cosas bien hechas. (presuposición de la familia reforzada por la escuela).

 

  • Me molesto mucho conmigo misma cuando las cosas no son como yo quisiera. (presuposición personal).

 

  • Vivo sin la tranquilidad de tener una estructura. ‘Tengo que tener más estructura’, me digo. Esto me crea tensión: al mismo tiempo que quiero ser como debería ser, no puedo por la falta de estructura. Lamento no haber recibido estructuras de exigencias. (presuposición personal).

 

  • Las cosas se hacen bien o no se hacen. (presuposición socio-cultural).

 

  • En mi vida se dan muchos aires de rigidez (presuposición personal). Quiero ser recta, no rígida.

 

  • Una persona igual a mí me chocaría. (presuposición personal).Tendría dificultades para relacionarme con ella. Mi reacción primera sería el rechazo.

 

  • Perdón, Señor por no saber hacer bromas. (presuposición personal: ¿será realmente cierto que “no sabes” hacer bromas?)

 

  • Necesito que la vida tenga una estructura para sentirme segura. (presuposición personal: ¿estamos seguros que la estructura te dará estabilidad?)

 

  • Mi humor y mi autoestima varían de acuerdo a lo que los demás piensan de los zapatos que traigo puestos. (presuposición personal: ¿será totalmente cierto que los demás se ocupan de tus zapatos?).

 

A su vez, cuando en los laboratorios de Terapia de la imperfección pregunto: “qué es lo que más te molesta de ti”, las respuestas suelen ser del tipo siguiente:

  • La inseguridad para realizar ciertas actividades
  • Que me preocupo demasiado
  • Que me humillen
  • Que tomo muy a pecho las cosas
  • La falta de constancia: me propongo cosas y no las logro y esto me enoja conmigo mismo
  • Sentirme infeliz
  • Encontrar un error en mis actividades
  • La tendencia a desvalorarme
  • No entregarme tiempo para mi misma
  • Pensar que las cosas dependen de mí
  • No hacer rápido las cosas que quiero hacer
  • Cuando me descubro que no fui libre para algo
  • El no abrirme a los otros
  • Las molestias y achaques de la edad
  • No tener tiempo para el descanso
  • Cometer errores y equivocarme
  • No saber dar respuestas adecuadas
  • Dejarme condicionar por otras personas
  • La aprehensión con que tomo las cosas

 

¿No serán las presuposiciones presentes en cada una de las respuestas la verdadera causa de la molestia?

 

Y, a la pregunta ¿qué te molesta de los demás?, las respuestas son del tipo:

  • la falta de lealtad
  • la infidelidad
  • las críticas
  • que se entrometan en el terreno de mis intenciones

 

¿Cómo podemos jugar el juego de la vida con el tipo de entrenamiento que arrojan tales comentarios?

 

A su vez, cuando propongo la siguiente dinámica explorativa: “¿Qué opinas de la vida a estas alturas?”, recibo respuestas contaminadas por las presuposiciones del tipo:

 

  • es la oportunidad para expresarme como soy y de conocer cada día algo nuevo
  • sólo puedo decir que es algo maravilloso, un privilegio, una aventura sublime
  • un regalo constante  y una oportunidad para aprender a ser feliz
  • una espléndida oportunidad  de ser y disfrutar, de lograr metas
  • a través de la vida desarrollo todos los dones que Dios me ha dado
  • algo que hay que vivir a plenitud
  • es una canción
  • una ocasión para ser feliz, para disfrutar al máximo
  • algo maravilloso, dinámico, algo bello, divertido, apasionante, con aprendizajes valiosos para disfrutar y compartir con quienes me rodean
  • un tiempo de crecimiento
  • es buena, es linda es segura, digna de vivirse
  • es benévola, está llena de colores, un constante gozar y alcanzar los  éxitos planeados
  • es poder disfrutar del sol, el verde, de toda la naturaleza, del amor de la pareja y de los hijos
  • es esperanza, perfección, crecimiento, ilusión, amor
  • es progreso constante de nuestras habilidades, de forma ascendente y persistente hacia la perfección

 

Pero, cabe preguntarse: las presuposiciones acerca de la vida que contienen las frases elencadas arriba, ¿no vuelven el juego de vivir más complejo, difícil e incomprensible?

 

 

La presuposición tiene que ver con la inadecuación.

 

A raíz de estas presuposiciones, las personas que así responden, confiesan que experimentan una sensación de inadecuación cuando la realidad no tiene que ver con la propia “realidad”, cuando es diversa.

 

En efecto, cuando la razón no encuentra correspondencia entre sus presuposiciones y las circunstancias de la vida, tiende a interpretar sus “jugadas”, su vida en general, como algo que no va, como algo que no funciona bien y, a partir de tales interpretaciones, se genera, como respuesta, una necesidad de corregir, de arreglar, de enderezar, de reparar. Se experimenta una necesidad de controlar, manipular y reparar la realidad con nuevas presuposiciones.  Pero, reparar no es solo mirar con cuidado algo, sino pararse una segunda vez. Como quien dice oponerse dos veces al mismo golpe de la realidad.

 

Surge, lo que la Terapia de la imperfección denomina necesidad de estructurar, un arranque de control total sobre los propios pensamientos, sentimientos, relaciones interpersonales y sobre el mundo que nos rodea, las circunstancias, las personas, las cosas y los eventos.

 

La combinación de la sensación de inadecuación y la necesidad de estructurar, (como dinámica producida para atajar o eliminar la sensación de inadecuación), da lugar al trastorno del perfeccionismo que la Terapia de la imperfección describe como “perdida del sentido de orientación”. El sujeto deja de tener su condición limitada como referente, se extravía con respecto a su propia realidad defectuosa e imperfecta. En estas condiciones se adentra el perfeccionista en el “Casino” para jugar el juego de la vida.

 

 

Manejando las presuposiciones.

 

Los seres humanos aprendemos a pensar desde lo que la Terapia de la imperfección conceptúa como perspectiva de la indefectibilidad, o sea, desde la presuposición de la no defectuosidad, esto es, desde la negación o exclusión del límite. Dicho también de otra manera, desde la pretensión o presuposición de una realidad desprovista, despojada, de sus insuficiencias, defectos, fallos e irregularidades.

 

Enfocamos entonces las circunstancias de la vida rechazando lo que tiene carácter de torcido, equivocado, fracasado, imperfecto: las carencias, los defectos, los errores. A causa de este “paquete” de material excluido (pensamientos, sentimientos, hechos, cosas, personas que nos causan sensación de inadecuación), dañamos la posibilidad de jugar el juego de la vida.

 

La perspectiva de la indefectibilidad choca insalvablemente con lo que es, con la realidad sin los oropeles y tratamientos estéticos de nuestras presuposiciones.

 

Desde esta presuposición (o perspectiva de la indefectibilidad) del juego de la vida, es fatigoso preservar la propia existencia. Lo primero en saltar en pedazos es el sentido de la vida. El sentido, en efecto, se retrae, nos evade, cuando no se toma en cuenta el asunto del límite. El sentido de la vida florece con la inserción del límite y desaparece con su exclusión, negación o rechazo.

 

Podemos decir, siguiendo el glosario de la Terapia de la imperfección, que el sentido sucumbe con la perspectiva de la indefectibilidad y se recupera con la perspectiva de la defectibilidad, esto es con la inclusión del límite en nuestra percepción y relación con la realidad. Pero cuando el sentido de la vida se hace pedazos, el juego se viene para abajo.

 

¿Cómo podemos entonces transformar el juego en contra que estamos llevando a cabo por el juego a favor de nosotros, pues, el motivo del juego no es, básicamente, ganar el juego, sino cuidar o ganar al jugador?

 

 

Para salvar al jugador: aprender a perder.

 

El trastorno del perfeccionismo se caracteriza por una invadente y progresiva sensación de inadecuación que genera una dinámica de necesidad de estructurar. A través de las presuposiciones el sujeto perfeccionista  quiere dar horma a la realidad, meterla y mantenerla dentro de un molde, “regularla”, sujetarla a sus propias reglas.

 

El perfeccionista espera ser salvado por sus presuposiciones: “la vida no debería ser así”, se autoconsuela cada vez que la vida, en cambio, es así como es y no como presupone. Quiere determinar la existencia con sus  presuposiciones.

 

Creemos que manejarnos con nuestra “realidad”, fruto de nuestras presuposiciones, nos daña menos que encarar la realidad misma. Pero las cosas están de otra manera: nada es más desfavorable a nuestra vida que nuestras presuposiciones y fantasías sobre la realidad.

 

La verdadera realidad no golpea tanto como nuestras presuposiciones sobre la realidad.  Así, pues, lo peor que nos puede suceder no es la realidad en sí con toda su aspereza, rigor e inclemencia,  sino nuestras blandas presuposiciones sobre la realidad.

 

Las presuposiciones (los “deberías”) son conceptos o pensamientos que subyacen a nuestros procesos cognitivos de la realidad. En otras palabras, vivimos pidiendo “peras al olmo”. Este recurso, sin embargo, no nos impide ser alcanzados por la realidad. Esta nos golpeará igualmente, como cuando muere un ser querido, cuando perdemos a alguien por divorcio o separación, cuando la vejez hace sentir sus achaques, cuando la vida carece de sentido, etc.

 

El escudo conceptual de las presuposiciones (o “deberías”) causa nuestros problemas. Hemos empapelado la verdadera realidad con las presuposiciones (“deberías” y “no deberías”). ¿Con qué motivos? Con la única finalidad de controlarla. La locura consiste en presuponer: en querer controlar lo que sucede.

 

Siempre suponemos muchas cosas. No dejamos que la realidad nos alcance y nos quite la venda de los ojos. 

 

Desestructurar la mente o dejar de presuponer

 

La forma para sentirnos adecuados es dejar de presuponer. En otros términos, lo que requerimos urgentemente para jugar el juego de la vida (nuestra suposición inicial) no es jugar a ganar (nuestra presuposición), que es el entrenamiento que hemos recibido y la forma como estamos jugando, sino aprender a jugar a perder.

 

Cuando la mente declara la guerra a la realidad con sus presuposiciones hay “ganadores”. Lo que ocurre es que esa “ganancia” resulta un verdadero problema.  Vivir en un mundo donde el juego de la vida se convierte en un juego para evitar los errores, nos hace fallar como seres humanos.

 

Las perdidas en el juego de la vida se dan para conocer la vida. Y este conocimiento parece estar mediado por la inevitabilidad del error, de la falla, del fracaso, del sufrimiento, de la pérdida. Lo que aprendemos cuando perdemos es lo que, tarde o temprano, teníamos que aprender. La vida le dio a esa circunstancia la particular oportunidad de enseñarnos a perder.

 

Sin pérdidas no hay conocimiento,  tampoco hay sensación de vivir. No hay experiencia de la vida.

 

Las circunstancias de la vida tal como acontecen nos proporcionan conocimiento de nosotros y de los demás. Las cosas que nos suceden, sobrevienen para que nos descubramos y nos comprendamos. Para calar en lo que es.

 

Es la presuposición o rechazo de la realidad, la que provoca dolor. Afortunadamente, la realidad termina haciendo pedazos nuestras presuposiciones.

 

Así, pues, detrás del sufrimiento, hay una teoría, detrás de la teoría, hay una presuposición (“debería”) y detrás de una presuposición, hay una perspectiva perfeccionista.

 

El pensamiento perfeccionista no es más que un intento de querer controlar la vida. Lo que salva -al menos así piensa la Terapia de la imperfección- no es jugar a ganar (es decir, a no fallar) sino aquello que nos dispone a disfrutar nuestra humanidad. Consentir la pérdida es un compromiso con nosotros mismos.

 

-“Quizá no existan los errores, me decía un paciente que estaba aprendiendo a perder, porque si existen entonces significa que existía una alternativa perfecta”.

 

La realidad nos abre a nuevas historias y nos ofrece muchas posibilidades sin necesidad de presuponerlas. La presuposición establece una bipolaridad entre mi realidad y la realidad, además, no permite abrirnos a otros sucesos, oportunidades, perspectivas y horizontes.

 

La sensación de adecuación, la paz con nosotros mismos, la autoaceptación es una manera de pensar sin presuposiciones.

 

Para la Terapia de la imperfección, la realidad nos ofrece todo lo que necesitamos para sanar nuestra tendencia a presuponer. Pero para ello se requiere un nuevo punto de partida: la perspectiva de la defectibilidad: la inclusión del límite en nuestra relación con las circunstancias de la vida, es decir, la reconciliación con la realidad.

 

 



 

 

Construirnos como seres humanos (Vivir la vida desde el sentido del ser)

La construcción más grande es la de la comprensión.

El sentido de la vida está relacionado con algo que hay que “buscar”, según la terminología de la Logoterapia. Pero, en realidad, el término “búsqueda” del sentido de la vida es, rigurosamente hablando, inexacto. No se sale de caza de valores y significados como si fueran liebres y venados, ni siquiera se va al encuentro del sentido de la vida como se sale al encuentro de un conocido.

En rigor, no hay tal búsqueda, sino construcción del sentido de la vida. Y posiblemente así lo visualizaba Viktor Frankl más allá de la inexacta expresión “búsqueda del sentido de la vida” habitualmente usada en sus obras. La expresión de Frankl “a la búsqueda del sentido” si no se entiende como algo que hay que edificar, levantar, cimentar, más que escrutar, perseguir, encontrar, no devela, pues, valga la redundancia, su verdadero sentido. En términos propios, no hay búsqueda, sino construcción, del sentido de la vida. 

Ahora bien, antes de preguntar qué sentido (de orden productivo, relacional o actitudinal) tengo que construir para hacer frente a las crisis que ocasionan frustración, vacío y desmoralización en la vida, hay que resolver dos cuestiones. Primera, qué obstáculos o impedimentos debemos rebasar para emprender la construcción del sentido de la vida y, segundo, la cuestión fundamental: sobre qué plataforma, sustrato, fundamento o base se debe levantar la construcción del sentido de la vida o sentido existencial a fin de no construir sobre “tierra sin cimientos” (Lc. 6.46). 

Advertiremos que en la tentativa de edificar “sobre roca” para que la construcción del sentido de la existencia no se derrumbe frente a las lluvias torrenciales y vientos huracanados de la vida, la misma problemática planteada por Frankl, que constituye uno de los temas vitales de la psicología contemporánea, nos llevará inevitablemente a meternos en un asunto más vasto y más profundo que la cuestión del sentido de la vida. 

De esta manera, al ocuparnos de los obstáculos que hay que dejar atrás para facilitar la construcción del sentido, se nos abrirá la puerta a la entera problemática del significado, donde, a su vez, detectamos algo “anterior” al asunto del sentido de la vida que denominamos el sentido del ser o nivel ontológico de la problemática global del significado y de la cual Viktor Frankl no se ocupó directamente. Por lo menos, no lo hizo de manera metódica y sistemáticamente, como procedió, en cambio, con el tema del sentido de la vida.

De aquí, pues, que la construcción a que aludimos en estas reflexiones sobre el sentido de la vida termine, como es lógico, ocupándose de los cimientos de dicha problemática: del sentido del ser.

Ahora bien, ¿cómo proceder la “obra”, la construcción, en este caso? O formulado de otra manera: ¿qué aporta la Terapia de la imperfección a la Logoterapia en el terreno de la cuestión del sentido? 

Para facilitar la comprensión de nuestras reflexiones recurramos a dos metáforas. La primera concibe que los seres humanos somos como una nave que para sus largos recorridos por el mar dispone de instrumentos o mapas de ruta o rumbos de navegación; la segunda, hablando en términos arquitectónicos, sugiere que el levantamiento de un edificio es incompleto y arriesgado si primordial y elementalmente la parte externa de la obra, como quien dice, las paredes y el techo, carece de soporte firme que sostenga la entera construcción. 

La habilidad para construirnos como seres humanos estribará, en el caso de la primera metáfora, en la destreza para conservar la nave en aquellos casos en que la ruta de navegación se ve perturbada con peligro de naufragar y, en la metáfora del edificio, construirnos como seres humanos radicará en la calidad de los fundamentos sobre los cuales se asiente la parte visible de la construcción.

Ahora bien, ¿a qué impedimentos nos referimos cuando hablamos de “las lluvias torrenciales y vientos huracanados de la vida”? 

En la experiencia de la realidad, la pérdida del sentido es algo insalvable. Sin embargo, esta fatalidad no constituye una anomalía, sino una norma de la condición humana y, por lo mismo, podemos considerar la falta de semtido como situación propia de la vida. El hastío, el tedium vitae, o la esporádica desgana de vivir, el desinterés, la desilusión, el absurdo, hacen parte de las enseñanzas de la vida. Enseñanzas que sirven de contraveneno de las ilusiones, expectativas y “deberías” que exigimos de la vida. La falta de sentido, en ocasiones, puede agudizar, paradójicamente, el sentido de la vida, su valor inmensurable. En el mar desconocido de la vida nos vemos afectados por los torrenciales violentos y caudalosos de los límites existenciales que causan falta de sentido. A lo largo de su camino, el hombre tropieza invariablemente con los baches del sin-sentido. Y, en ocasiones, choca con fosas, porque esos tropiezos llevan a la sepultura del suicidio. Por un lado, el ser humano camina hacia la decadencia, hacia lo mísero, pero por el otro lado, los límites existenciales le vienen al encuentro lentamente.

La falta de sentido no es, pues, sinónimo de una mala vida, sino de lo que es propiamente la vida. Pues, ¿cómo afirmar la vida cuando lo cierto es, como bien dice Romano Guardini, que “la vida nunca cumple”?

Estamos rodeados y envueltos por una capa de misterio y otra de enigma y ambas capas generan numerosos y continuos contrastes en que todo se vuelve poco inteligible. Y si bien, es deber del hombre plasmar el sentido a pesar de las profundas capas de misterio y enigma que penetran su existencia, incluso éste deber inefable no consigue invalidar los sin-sentido y absurdos. ¿Qué tiene de extraño entonces que el hombre experimente el fracaso, la inseguridad emocional, el hastío, el engaño, la desolación, la enfermedad, la pérdida de seres queridos, incluso, la propia decadencia, como la condición de la existencia y el perfil de todas las cosas? Cabe decir que la falta de sentido se desliza en la vida por el propio peso de la vida. Por la vivencia misma de los límites infranqueables de la vida.

De aquí que alguien pueda preguntarse: “¿Acaso huyendo de la popa a la proa es como el piloto encontrará camino de salvación cuando fluctúe entre las ondas la combativa nave?

Abordemos nuestro asunto, los impedimentos para la construcción del sentido, preguntándonos inicialmente por el sentido, ¿qué es, donde se localiza?

Cuando mi mundo interior pierde el vínculo o nexo con determinada circunstancia o área de mi vida, en esa circunstancia o área de mi vida, experimento una falta de sentido. Ese “nexo” es simplemente un valor nuclear de la persona que se ha estropeado. El sentido entonces está “localizado”, se arraiga, en la “conexión” de la propia existencia con los valores nucleares e indivisibles de la persona (no con los valores de la personalidad). En efecto, la falta de sentido se experimenta como un divorcio o disolución entre un valor nuclear de mi mundo interior y ese acontecimiento, situación, hecho o persona. Cuando esto sucede, se dejado de “sentir”, de vivenciar, algún valor nuclear. El sentido no depende de la percepción, sino de la experiencia. El ”vivo sin vivir en mí” de Sta. Teresa se muda entonces en una especie de vivir sin sentir que vivo. Esto es el vacío existencial.

Así que más que descubrir o salir a buscar algo, la tarea consiste en construir, realizar algo, en una determinada situación. El hombre valoriza su existencia (y en esa medida la personaliza) construyendo valores, no buscándolos. Ocuparse del sentido de la vida en esa área o en ese momento de vacío, es desempeñarse como constructor. Es “trabajarse” un valor en uno mismo. El sentido es, pues, una relación (vínculo, nexo) de conciencia con la circunstancia. Así que cuando Viktor Frankl afirma “He encontrado el significado de mi vida en ayudar a otros a encontrar en sus vidas un significado” está declarando que ha construido su propio sentido ayudando a que otros lo construyan en sus vidas. El sentido es una tarea de albañilería.

¿Qué impedimentos pueden manifestarse en esa ocasión? Las posibilidades de construir un sentido se ven afectadas por nuestra propias “carpetas” mentales. Se trata de carpetas temporales, ya rancias y obsoletas, que mantenemos vigentes en una determinada situación o relación, y que consideramos permanentes e insustituibles. 

Para edificar un sentido valido en una determinada situación es necesario revisar nuestras carpetas mentales: ¿qué material ideológico (prejuicios, convencionalismos, presuposiciones, razonamientos categóricos, escrúpulos, expectativas, obsesiones, fanatismos, especulaciones, idealizaciones, convicciones dogmáticas y lecturas racionales) inculcado desde niños por la familia, la escuela y la sociedad, nos impide cambiar, desprendernos, modificar nuestra percepción y realizar otra lectura que nos permita recuperar la ruta de navegación, reconocer el valor de la vida a pesar de todo? ¿A qué se debe que mantengamos actualizadas carpetas mentales que fomentan el rechazo? ¿Qué teoría guardan nuestras carpetas que no nos dejan abrazar la existencia así como es: imperfecta, inacabada, inarmónica?

Mantenemos carpetas temporales cuyo contenido perjudica y estropea las posibilidades de construir valores. Carpetas que simulan valores pero que sólo nos angustian, carpetas que han dejado de ser válidas y que son sólo obstáculos para salir o superar una situación. Carpetas cuyo contenido se traduce en valoraciones de control, de dominio y de corrección de los demás. Carpetas cuyo asunto son idealizaciones y “deberías”. Idealizar a las personas es una forma de engañarse y toda idealización se tiende a pagar en términos de desilusión. Y exigir que la vida embone con nuestras expectativas y “deberías” no nos proporciona buenos momentos. Aquellas carpetas que impugnan la defectuosidad y falibilidad de la vida sólo libran actitudes de resentimiento, de irritación y de mal humor ante las circunstancias. 

Cuando los contenidos de las carpetas mentales dejan de ser válidas hay que eliminarlas, pues sólo ocupan un espacio cerrado a las nuevas experiencias. Las carpetas mentales que no nos hacen más compasivos y que no provocan entusiasmo por el milagro de la vida son un obstáculo para la fábrica de valores. 

¿Qué teoría sujeta y aguanta nuestras carpetas mentales, suministrándoles un carácter perdurable e imborrable? En términos generales, las carpetas mentales que impiden la construcción de valores tienen en común una insana referencia del sistema mental a un ideal metafísico que no permite la construcción del valor más grande, el de la comprensión. Nos referimos al perfeccionismo. Muchas carpetas mentales están viciadas y envilecidas por el trastorno del perfeccionismo. Desde esta teoría, nuestras carpetas mentales enfrentan, leen, procesan e interpretan las circunstancias (hechos, sucesos y personas). Pero el perfeccionismo es el revés de la construcción del sentido. Es su restricción. El perfeccionismo es la verdadera imposibilidad de construir y realizar valores. Hay que decir que el perfeccionismo no sólo no es una verdadera exigencia ética, sino que es un ideal que conduce al fracaso de la construcción como seres humanos.

Una gran parte de las carpetas temporales resultan ser productos racionales. De aquí el carácter restringido a la vida de dichas carpetas, pues, la razón no solamente no “encuentra” el sentido, sino que obstaculiza la tarea de construirlo, generando una oposición al sentido (a sentirlo). La razón opone el análisis, el cálculo, la especulación, la preocupación, el juicio, debilitando de esta manera el ánimo, la comprensión, el perdón, generando procesos de desaliento, rechazo, de inconformidad con lo humano. 

Desde la razón se debilitan las posibilidades de alcanzar las “enseñanzas” de todo lo que nos resulta misterioso, enigmático, absurdo (las capas que envuelven la existencia). La razón busca soluciones para los límites existenciales: el fracaso, la inseguridad emocional, el engaño, la soledad, la enfermedad, para las pérdidas y para todo lo extraño, anómalo, estrambótico, raro e irregular que forma parte constitutiva de la existencia. 

Sin embargo, en la problemática que estamos abordando, el sentido primero y decisivo no atañe a la existencia, a la vida, como patrocina la Logoterapia, sino que tiene que ver con el del hecho de ser. El sentido de la vida es contingente y de segundo orden, y está subordinado al sentido del ser (sentido necesario y de primer orden), como la ruta de navegación (en nuestra primera metáfora) está en función de la nave o como las paredes y el techo de un edificio (en nuestra segunda metáfora) están relacionados y conectados con los cimientos. 

De aquí que antes de preguntarnos qué sentido tengo que construir en determinado acontecimiento, hecho o situación crítica, hay que resolver, dijimos, sobre qué plataforma, sustrato, fundamento o base debo levantar la construcción del sentido existencial.

En muchos casos de pérdida de sentido, lo que está comprometido no es el sentido de la vida, como pudiera presumirse, sino el sentido del ser, el cual viene desamparado, desconocido, impugnado o simplemente desvalorizado. Como quien dice: peligra la nave y no sólo la ruta de navegación. Se ven amenazados los cimientos, no sólo la parte externa de la construcción.

En realidad, la entera problemática del significado designa dos niveles de sentido que aunque distintos son contiguos. El primer nivel comunica con lo real, el ser: el segundo con la realidad, la existencia. El primero es de orden ontológico, el segundo es de orden existencial. El primero, el sentido del ser, no necesita ser construido ni mucho menos buscado sino amparado, tutelado, sostenido en cualquier fase de la vida. Aceptar el sentido del ser es la primera inversión ética y antropológica; el segundo, el sentido de la vida, hay que construirlo, realizarlo. Ésta es la diferencia específica entre ambos sentidos.

El hecho de que lo real, el ser, no es rigurosamente y ajustadamente la realidad de la vida, hace que el sentido del ser sea el trasfondo de la entera problemática del significado. 

Sin el sentido del ser se produciría, usando una expresión de Frankl, la “ontización del ser” y, en este contexto, el sentido de la vida se debilita, se desvanece. El fluir de la vida se diluye: se nos escapa de las manos.

Pero así como la vida no coincide con la totalidad del ser, la cuestión del sentido de la vida no coincide con la totalidad de la problemática del significado. El sentido de la vida está subordinado al sentido del ser, como la existencia lo está al ser y como, a su vez, el sentido está supeditado a la orientación. 

La existencia puede ser mísera, como fue la situación de los prisioneros en los campos de concentración, quedar desnuda de sentido, pero el ser no pierde su valor. Por el mero hecho de ser, está dotado de sentido, el sentido del ser, y, a su vez, surtiendo de sentido a la existencia.

Hay que advertir, a este propósito, que dos peligros fundamentalmente amenazan el sentido del ser, la nave y los cimientos. Esos peligros son la finitud y el perfeccionismo. Éste último es adversario del primero. La finitud amenaza la entera problemática del significado y se coloca con anterioridad. Lo primero que surge es mi finitud, sobre la cual se asienta y yace mi ser, lo segundo es mi relación con lo temporal, con el sentido de la vida en las travesías de la nave. 

La inicial reflexión sobre el sentido arrastra en última instancia a la reflexión sobre el límite. La única verdad sustancial es la del límite. El límite es lo más firme de la realidad. La “angustia abismal” es anterior al vacío existencial. 

La orientación (la nave, los cimientos) y el sentido (la ruta de navegación, la parte externa de la construcción) se pierden cuando el hombre desconoce su finitud. Desconocer los límites es también perder la inocencia. Es querer ser “como dioses”. En la narración del Génesis, el perfeccionismo es el primer acto racional del hombre. El primer pecado contra su humanidad.

El sentido del ser es el de “estar siendo” y este es en definitiva el sentido primario y radical de la persona, pues la condición para ser, es ser insuficiente, es decir, imperfecto, limitado, defectuoso. Esto significa que el sentido de la persona es ser indigente. Y, paradójicamente, “estar siendo”, este ser indigente, es también la misma condición para dejar de ser. No se puede hablar de la persona sin referirse a su indigencia. No se puede hablar del sentido de la vida sin referirse al límite.

Desde la óptica que manejamos, resulta que toda falta de sentido de la vida o sentido existencial es consecuencia, en última instancia, de un tropezón o choque con algún tipo o categoría de límite que no se acepta y contra el cual se batalla. Es decir, toda pérdida de sentido de la vida es un encontronazo con algún límite existencial.

Resulta entonces, que la entera problemática del significado (en sus niveles existencial y ontológico) está afectada por la problemática de todas las problemáticas: la del limite o para mayor precisión, la problemática específicamente antropológica de la condición finita del hombre.

Así, con la falta de sentido, se insinúa o sale a luz un nudo mayor que tiene como efecto una desorientación de la persona con respecto a su propia indigencia y a las limitaciones de todo lo que es. Ahora bien, en caso de desorientación, lo que está comprometido no es el sentido de la vida sino el sentido del ser, el cual viene desamparado, desconocido, impugnado o simplemente desvalorizado cada vez que el hombre reniega o se culpa de su falibilidad, cuando se mueve desde el umbral del ideal de la perfección.

El perfeccionismo imposibilita construirnos como seres humanos porque embarga la defectuosidad del ser. Niega la persona en la medida que desconoce su indigencia.

Sólo en la medida que me acepto soy un ser orientado, me encamino hacia mi destino con dirección: conservo la ruta y preservo la nave.

Para construir el sentido de la vida necesitamos primero orientarnos hacia nosotros mismos porque nosotros mismos somos la dirección que necesitamos para dar con un sentido. El saber donde estoy (la orientación) me permite saber a donde quiero ir (el sentido).

A la pregunta: “a todo esto, ¿qué valor debo construir?”. Solidarizarnos con nosotros mismos. Es así como sostenemos y soportamos el ser y la existencia. El verdadero vacío existencial, la verdadera depresión, es dejar de amarse. La salud consiste en aceptarnos y ser buenos amigos de nosotros mismos. Para construirnos como seres humanos lo primero es no fallarnos como seres humanos.

Los valores de la existencia: creativos, relacionales y actitudinales (como los descompone Frankl) deben alzarse sobre el valor nuclear de la persona: el valor de ser: la tenacidad y resistencia frente a las amenazas de la nada del endiosamiento: la no-aceptación, el rechazo, la culpa. El perfeccionismo, en otras palabras.

El hombre “siente” el valor de su existir antes de ocuparse del sentido de su vida y mucho antes de argumentar sobre él. Posee, lo que Gabriel Marcel denomina “una comprensión prerreflexiva” de dicho valor.

Concluyendo: tanto la Logoterapia como de la Terapia de la imperfección se ocupan del mismo asunto: la cuestión del sentido. La logoterapia se ocupa del sentido de la vida en la pluralidad de sus “áreas”. Aquí el sentido se describe como la “razón” o “el nexo”, el “vínculo” que puede construirse en esa área o dimensión de la existencia; la Terapia de la imperfección se ocupa de la orientación y ésta puede figurarse como la aceptación, amparo y protección, de un significado “metido indisolublemente”, por usar una expresión de Simone de Beauvoir, en el ser.

La humanidad está amenazada por el desenfrenado incremento de la cotización de los valores de la personalidad o valores del tener: control, éxito, apariencia, prestigio, dominio, poder, por citar algunos. Valores meramente comerciales. Sin embargo, la excesiva valoración de los valores de la personalidad por encima de los valores de la existencia y de los valores del ser, amenazan lo humano en ambos sentidos: crean vacío y desorientación.

Sin embargo, la construcción como seres humanos descansa sobre esa roca que es la relación con mi finitud. Volverse persona no es un proceso jurídico, como volverse humano no es un proceso biológico. Volverse persona es un proceso que no culmina automáticamente como, a su vez, ser persona no significa ser humano por derecho. El hombre se va construyendo como persona y la persona se va construyendo como humana en la medida que se acepta. Ser persona implica la conciencia de la propia indigencia, mientras lo humano surge de la actitud ante la propia indigencia y la indigencia de los demás. 

 

La responsabilidad del terapeuta consigo mismo. Basicamente Humano.

El limite es la captación de nosotros mismos,
es nuestro sentido de la realidad,
la decisión de volvernos más humanos.

Toda terapia, cualquiera que sea su enfoque, para que sea eficaz y facilite la recuperación personal, desarrolla un cuádruple proceso que podemos describir en términos de autoexploración, autoconciencia, autocomprensión y automodificación de actitudes y conductas del cliente, en orden a favorecer la disminución de su sufrimiento emocional y acrecentar su capacidad de flexibilidad y elasticidad ante los acontecimientos de la vida que tienen un impacto negativo.

¿De qué depende el resultado positivo de la terapia? A este propósito, hoy en día está bien claro que el elemento fuerte de la terapia no radica fundamentalmente en el tipo de técnicas, estrategias o modalidades de tratamiento que se manejan, sino, como ya señaló Rogers en los años 50, en la calidad del funcionamiento del terapeuta como persona, que constituye la dimensión fundamental del entero proceso terapéutico. Este punto de vista se reveló correcto.

Aunque Rogers disipó debidamente esta cuestión, la mejor respuesta parece aportarla Carkhuff, discípulo de Rogers, quien en 1969, al elaborar un modelo de relación de ayuda más completo, subrayó dos cosas fundamentales: primero, que el funcionamiento del terapeuta como persona se define en términos de 9 variables que son la empatía, el respeto, la autenticidad, la especificidad, la confrontación, el impacto de personalidad, la autorevelación, la relación al momento y la autorrealización y, segundo, que sólo un alto nivel de funcionamiento como persona en tales variables (según una escala de cinco niveles de funcionamiento), podía estimular el crecimiento o el mejoramiento del cliente. 

Al destacar no sólo la importancia del funcionamiento del terapeuta como persona, cosa que ya había hecho Rogers, sino, sobre todo, la influencia del nivel que el terapeuta alcanza en su funcionamiento como persona en las nueve variables mencionadas, Carkhuff amplió el modelo anterior y ofreció, finalmente, una base sólida para la formación de los terapeutas. 

En realidad, teniendo en mente la interacción compleja entre dos dimensiones (la persona del terapeuta y la persona del cliente) Carkhuff transfirió la atención de la persona del terapeuta a su nivel de funcionamiento y de esta manera identificó el aspecto que constituye la eficacia de la psicoterapia, donde una de las dimensiones, la del terapeuta, se maneja a un nivel de ayuda (nivel tres en adelante) en las 9 variables mencionadas. 

Es así como la conducta y la actitud del terapeuta ofrecen al cliente una propuesta, una indicación más productiva, un modelo de cómo modificar sus actitudes y conducta y vivir de manera más eficaz y funcional. Pero también quedó confirmada la consideración contraria: si el terapeuta no funciona a un nivel superior al del cliente, éste puede empeorar y la terapia volverse potencialmente dañina.

Sin embargo, al hablar del funcionamiento como persona, Carkhuff y los demás maestros de la escucha terapéutica, omiten encarar algo esencial como es la actitud que el terapeuta asume ante su propia condición limitada, o si queremos, ante un amplio espectro de limitaciones que caracterizan la experiencia humana del terapeuta. ¿Es que los terapeutas están exentos de contradicciones y dilemas? ¿A qué se debe esta omisión o silencio?

Carkhuff no menciona, en efecto, qué lugar ocupan la falla, el error, y en general, los desarreglos o irregularidades inevitables del terapeuta en la empresa de funcionar como persona a un alto nivel. Pero entonces ¿un alto nivel de funcionamiento como persona (nivel cuatro o cinco, según la escala de Carkhuff) significa desempeñarse de manera intensamente correcta, sin posibilidad de manifestar desarreglos de ninguna clase? ¿Esta negación no será debida a la concepción que se tenga del término persona y, consecuentemente, de qué significa funcionar como persona a un nivel que sea satisfactorio para los fines de la terapia? ¿No estamos en realidad ante un modelo, y los mismo dígase de otros enfoques psicoterapéuticos, que genera expectativas perfeccionistas de alcanzar un nivel de funcionamiento como persona “libre-de-defectos”?

De hecho, entre las variables del modelo que estamos considerando no figura el error, siendo que el error está entrelazado con la persona y con su nivel de funcionamiento en su calidad de ser acosado por la limitaciones de su existencia.

Posiblemente el problema, que es ante todo filosófico y no meramente psicológico, reside en el mismo punto de partida del modelo, o sea en la visión filosófica de la persona. El mismo recurso a este tipo de concepto de persona -imperante en los diferentes modelos de relación de ayuda- así parece manifestarlo. 

El concepto que no se aclara en el modelo de Carkhuff es el de persona ¿Qué significa ser persona? ¿Ser persona es sólo cuestión de desempeñarse en 9 variables que implican eficacia, afirmación y valores positivos? ¿Qué papel - y esta es nuestra pregunta- juega la propia condición limitada del terapeuta en la tarea de abrirse camino como ser que intenta comunicar un alto nivel de funcionamiento como persona? 

Sería contraproducente para el éxito de la terapia que al resaltar la importancia y el nivel de funcionamiento que el terapeuta logra como persona se pretendiera que éste sea un dechado de cualidades psicológicas, estable y maduro en todas las circunstancias de la vida, dotado de una salud emocional a prueba de bombas, inmune o resistente a las dificultades existenciales. Un ser que no conociera crisis o que viviera los propios “pasajes”, mutaciones y cambios sin repercusiones desfavorables a su sistema mental y a su organismo en general. 

Sin embargo, un ser que siempre sintoniza con los demás, empático veinticuatros horas al día, que se “pierde” en la experiencia del cliente, capaz de expresar siempre respeto, genuino y sincero, directo, sensata y oportunamente automanifestativo, eficaz, constructivo, sensible, integrado, desinteresado, con motivaciones profundas, cuyo magnetismo personal provoca un buen impacto de personalidad, imparcial, que controla su cólera y, por último, que en base a sus estudios y experiencias tiene siempre a mano las respuestas a las crisis que atormentan a sus clientes, un ser así, decimos, aun no existe y no se va a lograr con ninguna formación o entrenamiento.

Una concepción así, que puede existir en quienes quieren ver de manera idealizada la vida del terapeuta, estaría no sólo altamente distorsionada, sino que eliminaría el núcleo mismo de lo que es ser persona. 

Tradicionalmente la sociedad parece pensar al terapeuta como a un individuo especialmente dotado para tratar los asuntos mentales e inmune a problemas de esa naturaleza. Y aunque, de hecho, el terapeuta sepa mucho de la vida, no sólo porque ha encontrado todo tipo de desordenes emocionales, sino porque ha percibido una extraordinaria variedad de creencias y estilos de vida, no se puede arrancarlo de su condición de mortal. 

Cuando nos referimos a la condición limitada del terapeuta hablamos de una trabazón consistente de limitaciones inherentes a su misma existencia, que está a la base de su existir concreto. También el terapeuta, por lo mismo, puede manifestar una cierta disfunción personal, pasar crisis, conocer la falta de sentido de la vida por el estrés de la pérdida, del divorcio, de la jubilación, de la falta de trabajo, por el envejecimiento o por causa de sus combates personales con los límites existenciales, y como consecuencia de esto, deteriorarse, agotarse y experimentar síntomas patológicos. 

Pero, claro está, no es la opinión vaga e idealizada que en términos generales tiene la gente acerca del terapeuta la que puede preocuparnos en esta ocasión, sino la visión de quienes proponen modelos de relación de ayuda. Pero, ¿acaso un modelo para ser efectivo tiene que formular la perfección? ¿La eficacia del modelo tiene que ver únicamente con la elaboración y propuesta correcta del mismo?

No cabe duda de la bondad del modelo presentado por Carkhuff quien para facilitar el entrenamiento del terapeuta, construye un patrón o ejemplar de relación de ayuda que permite medir y evaluar las habilidades del individuo como terapeuta. En su totalidad el modelo de Carkhuff (ampliado posteriormente en el 1978) es uno de los más ricos y científicos que existen en este ámbito. Solo que, como ya señalamos, la gran ausente del modelo es la contingencia misma del terapeuta, su finitud, cuyo nivel de funcionamiento como persona no puede considerarse como el de un ordenador compuesto de unidades lógicas.

Por supuesto: con estas reflexiones no queremos restar importancia a la enseñanza universitaria ni a la debida preparación en habilidades propias del manejo de la psicoterapia, ni a la calidad de la experiencia requerida, del trabajo de campo y la probada competencia en la práctica terapéutica. Es cierto que hay sujetos que no son aptos para ejercer esta profesión y toca a los responsables del proceso de admisión, de formación y de selección de eliminar a tiempo a los candidatos crónicamente inestables o con graves desordenes de personalidad sin posibilidad de cura. 

Precisamente lo relevante en el caso del terapeuta no es exclusivamente la formación académica en determinadas teorías psicológicas o el entrenamiento en un determinado enfoque psicoterapéutico, sino el desempeño o nivel de funcionamiento como persona. La eliminación de los aspirantes no idóneos puede ocurrir incluso durante el periodo de supervisión de la práctica clínica.

Pero, dando curso a nuestra reflexión, cabe resaltar que la pregunta que planteamos lleva por otro lado. Concretamente: ¿qué hacer con la participación o condicionamiento de los residuos de ambigüedades, incoherencias y de todo ese material compuesto de pequeños, medianos y grandes sucesos personales adversos que aun puedan pasar sus cuentas, de taras heredadas, de conductas familiares alteradas inducidas en la infancia, de heridas que aun no han cerrado o sanado del todo, de duelos de algún tipo, de errores que puedan pesar objetivamente, de opciones relevantes desafortunadas, de síntomas y manías domésticas? 

¿Qué hacer con el paquete de imperfecciones de la vida del terapeuta que derivan de su insuperable condición limitada y ejercen su influencia en el curso de ese proceso íntimo que es la terapia? ¿Qué hacer con relación a sus batallas en el terreno del sentido de la vida y del sentido del ser? . Y si alguien quisiera ahondar en este tipo de consideraciones podría examinar los resultados de las numerosas investigaciones recogidas por James D. Guy que permiten constatar la pluralidad de motivaciones no sólo funcionales, que las hay por supuesto, sino también disfuncionales y perturbantes que pueden animar a un individuo a emprender la profesión de psicoterapeuta . 

Todo lo anterior no debe sorprender a nadie pues sabemos que aun las opciones profesionales más racionales o de estados de vida moralmente elevados no son químicamente puras y que aún las carreras más nobles o caritativas que ofrecen un indiscutible servicio asistencial a la sociedad pueden estar simultáneamente afectadas, en su origen primitivo, por causas inmaduras y hasta disfuncionales, que sin embargo influyen en dichas elecciones.

Pero ¿acaso todo este “material” invalida al terapeuta para funcionar a un alto nivel como persona y para orientar a otros a que funcionen como personas? ¿Habría que pedirle que se abstenga de ejercer la práctica terapéutica hasta que no procese, destile y supere su propio material perturbador archivado y sedimentado en su vida? ¿Hay que insinuarle que cierre el negocio hasta nueva orden o qué se presente a la sesión sin su propia dosis de defectuosidad?

Además, el terapeuta tiene familia, normalmente está casado y tiene hijos, lo cual comporta otra dosis de disfuncionalidad o de conflictos que compartir, cargar, tolerar o asumir. La familia aporta motivos de satisfacciones, de euforia y bienestar, pero agrega también una carga adicional de estrés de naturaleza emocional y económica.

Para responder qué significa funcionar como persona, es necesario entonces aclarar qué es ser persona o descubrir desde qué posición filosófica estamos utilizando el concepto de persona.

Para la Antropología del límite el concepto de persona esta bien claro. Esta no es tal si no abraza sus límites. En efecto, para el hombre su “resultado” de ser humano está necesariamente referido a la aceptación del límite y a su afirmación en el límite. 

Así, pues, en coherencia con la visión filosófica de la Antropología del límite, el nivel de funcionamiento de la persona está referido a su nivel de aceptación de su condición limitada y a la posibilidad de devenir humano, que se manifiesta en la práctica de algunos valores actitudinales tales como la aceptación y la afirmación en las propias limitaciones.

Creemos, entonces, que la propuesta principal del terapeuta consista precisamente en esto: en que sus clientes puedan devenir humanos y, por lo tanto, personas que como tales funcionen al más alto nivel posible de orientación hacia la propia realidad limitada y de su aceptación. 

Esta es la transformación básica que opera la psicoterapia. Posiblemente el problema fundamental de la psicoterapia esta concentrado todo aquí: en la capacidad de devenir humano ante el reto de la propia inconclusión y finitud. 

El grito o el eco del grito que resuena sin cesar en el trabajo psicoterapéutico es “que nada se pierda” (Jn.6,12) y si algo lamentablemente se ha perdido, la tarea de parte de ambos actores de la terapia, cuyo cumplimiento provocará gozo y crecimiento, es dedicarse a su recuperación. Y es más, si algún fragmento de la experiencia humana no sólo está perdido, sino incluso “muerto” (autorechazo) la función terapéutica consistirá en operar el milagro de devolver lo muerto a la vida (Lc. 15, 32) .

Si el terapeuta es, pues, un agente de la resignificación (tomando prestado el objetivo de la Logoterapia) y de la reorientación (según la propuesta de la Terapia de la Imperfección) de la experiencia del cliente ante sus limites, fracasos, errores y equivocaciones, este mismo proceso el terapeuta está llamado a realizarlo, en la medida de sus posibilidades, y evidentemente a experimentarlo también en carne propia a través de su modo de ser ante su propia condición limitada que plantea sin cesar la necesidad resignificar y reorientar.

En estos términos, el terapeuta está siempre implicado en el proceso del cual es causa y también efecto. Pudiéramos decir que, de alguna manera, el proceso terapéutico comienza y termina en “casa”, que el efecto alcanza nuevamente la causa.

Después de todo, en una cierta medida, los síntomas, los fracasos, los errores y las imperfecciones, en otras palabras, el “material” al que hemos aludido, forma parte de la normalidad del ser humano. En realidad, este material por lo que respecta al terapeuta no lo vuelve menos creíble. Todo lo contrario, lo vuelve más creíble y tal vez hasta más profesional.

En complemento con lo que hemos dicho anteriormente, la Terapia de la Imperfección sostiene que a un nivel estrictamente terapéutico, la manera como el terapeuta encara y vive su ser limitado, es un elemento importante para ambas dimensiones (terapeuta-cliente) en el proceso terapéutico. 

Dicho en otras palabras, el nivel de funcionamiento del terapeuta como persona debe estar referido a un par de “variables”, para usar el mismo lenguaje de Carkhuff, que constituyen el núcleo del individuo como persona y que son sus cualidades específicas como ser. Concretamente:¿a qué nos referimos cuando hablamos de la condición limitada del terapeuta? ¿De qué “variables” hablamos y en qué consisten?

La práctica de la psicoterapia es una oportunidad privilegiada para manifestar o revelar que el error, el fracaso, la equivocación y la falla son aspectos de la calidad de ser humano, como, a su vez, lo es la compasión, que actúa como un medicamento del error. 

El proceso terapéutico permite familiarizarse y trabajar con este par de “variables”. Pero también se trata, no cabe duda, de una ocasión para desidealizar la figura del terapeuta ya sea en la percepción que el terapeuta pueda tener de sí mismo por el hecho de ser terapeuta, ya sea en la idea que el cliente tenga del terapeuta y ayudar a ambos a limpiar la mente de las expectativas perfeccionistas, donde el error es considerado incompatible con la existencia.

Ambas “variables”, entonces, el error y la compasión ante el error, vuelven al hombre un ser específicamente humano, con la salvedad de que una de ellas, el error, se produce espontáneamente, es una “variable” inevitable, no necesitamos programarla, calcularla o prepararla; la otra “variable”, en cambio, la compasión ante la falla, es una “variable” por disposición propia, es decir, hecha a propósito, determinada, ejecutada casi con osadía, de manera valiente e intencional. La aplicación de la compasión necesita de los valores actitudinales de la tenacidad y de la resistencia del hombre consigo mismo, porque, paradójicamente, el hombre es el primero en oponerse a su ejecución. ¿No decía Plinio que “el mayor número de males que padece el hombre proviene del hombre mismo”?

En suma, el concepto de persona, según la Antropología del límite, se sustenta o descifra en el concepto de humano y éste se describe como la insuperable aptitud para la falla y la capacidad para experimentar compasión ante quien falla. Ambas variables hace de la persona un ser específicamente humano. Esto es lo que significa ser humano. Y desde este punto de vista el nivel de funcionamiento como persona tiene que ver directamente con estas dos variables esenciales. La falla y la compasión ante quien falla son dos aspectos característicos del funcionamiento humano y por ende, del funcionamiento como persona.

Pero así como estas dos variables componen lo humano, por otra parte, el desprecio, la dureza, el desdeño, la crueldad, el despotismo frente a las propias fallas, errores y equivocaciones, en otras palabras el autorechazo, junto con el afán de la perfección, del ser siempre impecable e intachable, que lleva a experimentar rechazo, forman lo inexorablemente inhumano. 

Por esta misma razón, el perfeccionista, aunque pueda exceder en conductas intachables y altamente eficientes, manifiesta, desde el punto de vista de la Terapia de la Imperfección, un bajo nivel de funcionamiento como persona. Su tolerancia a la defectuosidad es muy baja.

De aquí que el trabajo del terapeuta puede consistir en deshacer ese par de entuertos que el cliente pueda igualmente estar practicando y sosteniendo consigo mismo. De hecho, el neurótico es un sujeto irresponsable frente a sus límites, los evade o toma la actitud de rechazarlos. El resultado de tales conductas es algún tipo de patología.

El terapeuta se dedica a ayudar a recobrar los fragmentos de humanidad perdida o rechazada, a adquirir la capacidad de ser compasivos ante las propias fallas, a mejorar el nivel de funcionamiento en términos de autorientación y de autoaceptación de parte del cliente. 

Pero en ese proceso de recuperación, repetimos, el terapeuta no es un observador que pueda hacer omisión de su propia contingencia. Y es aquí donde el proceso terapéutico envuelve, desafía o alcanza constantemente la condición de persona del terapeuta y su nivel de funcionamiento como persona. 

Precisamente, la humanidad del terapeuta, el verdadero núcleo de su calidad de persona y su nivel de funcionamiento como ser humano es lo que proporciona al cliente un cierto alivio y respiro en lo tocante a su propia vulnerabilidad. De aquí entonces que el terapeuta no necesite sentirse como Dios para desempeñarse profesionalmente bien. Sus derrotas no disminuyen su valía. 

Como dice Rollo May “una de las principales razones de la situación ambigua y difícil en la que nos encontramos los psicólogos es que hemos evitado permanentemente la confrontación con el dilema del hombre. A causa de nuestra tendencia a la reducción, aparentemente omnipresente, omitimos aspectos esenciales del funcionamiento humano. Y terminamos sin la ‘persona a la que ocurren estas cosas’. Nos quedamos sólo con las ‘cosas’ que pasan, suspendidas en medio del aire. El pobre ser humano desaparece en el proceso” 

En consecuencia, el topar, probar o conocer la vulnerabilidad del terapeuta, su condición de ser herido por lo finito, es también un elemento clave de la terapia misma. Los clientes no piden peras al olmo. Los clientes en la medida en que maduran saben, a su manera, que hay niveles de salud mental que tampoco pueden provenir del terapeuta. 

El psicoterapeuta debe entonces caracterizarse por brindar al cliente, en la asombrosa variedad que ofrece la vida, la posibilidad de intentar ser humano en relación consigo mismo y con los demás. 

Este sería, desde el punto de vista de la Terapia de la Imperfección, el objetivo fundamental del proceso psicoterapéutico. ¿Por qué motivos? Por la sencilla razón de que muchos de los trastornos se asientan, por así decirlo, sobre dos rasgos que son la actitud de dureza con las propias fallas, errores y defectos y sobre conductas viciadas por grandes autoexpectativas, o sea, por esquemas mentales perfeccionistas que funcionan con previsiones condicionantes de cómo deberían ser las personas o cómo debería ser la vida (la propia, la del otro y la del medio en que vivimos) y de esta manera evitar o rechazar los efectos de la contingencia de la vida. Estas dos rasgos, que en realidad pueden reducirse a uno solo, el rechazo, remiten al trastorno del perfeccionismo.

Podemos estar seguros de que muchos procesos patológicos con componentes mentales tales como las enfermedades psicosomáticas como dolores de cabeza, dolores de espalda, colitis, úlceras del estómago, gastritis y muchos trastornos de ansiedad, de depresión, de anorexia y bulimia nerviosas, de timidez y otros tienen que ver con una actitud base de autocastigo, de autoevaluación desmedida o con alguna expresión de rechazo. 

La Terapia de la Imperfección señala que por debajo de muchos trastornos hay una expresión de rechazo de sí mismo, que es lo propio, como señalamos, del perfeccionismo.

Las expectativas, por lo antes dicho, requieren entonces de especial atención de parte del terapeuta. En cuanto paradigma mental, constituyen un esquema que tiene la función de exorcizar lo que no nos gusta que suceda y de anhelar y esperar, en cambio, que suceda lo que nos agrada que suceda. Las expectativas son productos de un pensamiento dicotómico que “bifurca” la realidad en agradable y desagradable, en buena o mala.

Las expectativas funcionan como dispositivos inconscientes que generan demandas perfeccionistas acerca de nosotros mismos, de los hechos, de las personas, de las cosas y, por ende, actitudes y conductas de rechazo. 

En última instancia las expectativas se alimentan con el tipo de perspectiva desde la cual nos percibimos a nosotros mismos, a los hechos, a las personas y a las cosas y que conocemos como perspectiva de la indefectibilidad. 

La psicoterapia debe sujetar las expectativas al test de la realidad o a la prueba del límite, al cual debemos remitirnos para conservar una saludable percepción de la vida. Las grandes expectativas son propias de individuos que se manejan al estilo de “mejor, imposible”. De aquí que se sugiera que es mejor manejar preferencias que expectativas; esperanzas en lugar de falsificadores de la realidad limitada.

De esta manera, para la Terapia de la Imperfección el concepto de humano constituye el núcleo, lo específico de la persona y, a su vez, las cualidades de lo humano son el error y la compasión, de donde el nivel de funcionamiento como persona está determinado por el nivel de aceptación y de compasión que se alcanza con respecto a la propia capacidad de fallar. 

En cambio, desde este mismo enfoque, la peculiaridad de lo inhumano es el rechazo y, por consiguiente, toda forma de rechazo es índice del bajo nivel de funcionamiento como persona. 

El rechazo es un peligro no sólo para la empresa de devenir humano, sino para la salud mental, pues aquí la expresión “devenir humano” no tiene un sabor literario, para adornar el texto, antes bien, es la adecuación del hombre a su realidad limitada y básicamente a la posibilidad de vivir y de crecer a tenor con lo que es.

¿De que forma, entonces, el terapeuta se ve desafiado por el proceso terapéutico del cual es el agente principal? ¿Cómo puede repercutir el mismo proceso terapéutico sobre el terapeuta? 

Pudiéramos decir que con respecto a la tarea de devenir humano o, en otros términos, de favorecer la salud mental, el terapeuta tiene, usando una expresión de James D. Guy, un asiento de “primera fila”. Esta involucrado en primera persona. Lo deseable es entonces que gracias a su nivel de funcionamiento como persona en el sentido que hemos manejado, el terapeuta pueda ocupar un lugar entre esos asientos.

Cualquiera que sea su enfoque o su estilo como psicoterapeuta su función es facilitar que el cliente asuma el rol único de portarse humanamente consigo y con los demás. Ayudarle, independientemente del tipo de trastorno que presente y que deba atenderse, a dejar de herirse y de herir a los demás, que en el fondo es otra forma de autoagresión. A generar un sentimiento, un hábito o un proceso de reconciliación continua consigo mismo. 

¿Qué pide o espera, en el fondo, el cliente del terapeuta? Es importante que en la experiencia del encuentro con el terapeuta el clienta pueda abandonar la filosofía de los absolutos y que en este aprendizaje el terapeuta sea su guía y su maestro. Enseñar al cliente a usar el error a favor de la propia contingencia de la vida. A disponer a través de la relación terapéutica de nuevos hábitos mentales que incluyan el límite y fomenten la conciencia del límite. Claro que la manera como se aborda este tipo de proceso desde el punto de vista de la Terapia de la Imperfección está fuera del alcance que mueve estas reflexiones.

¿Qué hacer entonces cuando los propios defectos salen a gala? ¿Cuándo el terapeuta se percata de un error real? En este proceso, el terapeuta y el cliente, están acomunados por el mismo ejercicio y por la misma tarea: aprender a estimar y revalorizar las experiencias pasadas. Manejar las autointerpretaciones desde lo que la Terapia de la Imperfección denomina perspectiva de la defectibilidad. Desde esta perspectiva, fracasar no es ser un fracasado. El valor de conducta no es el valor de la persona. 

Hablar y etiquetar de “fracaso” es plantear mal el asunto. Es mantener una perspectiva no sólo equivocada, sino despiadada de sí mismo. Fracasar de varias maneras y en varios intentos pueden constituir una cuota de errores, pero no el fracaso de la vida, pues vivir, como alguien ha dicho, es siempre un éxito. La derrota, como señaló Charles Peguy, es una forma de alcanzar una profunda comprensión de la vida y esto es ya un buen resultado. El verdadero fracaso sólo se cumple en la falta de compasión ante los propios errores.

La terapia es un intento de ser humano a pesar de todo y de avanzar en este intento. Parafraseando a Víktor Frankl habría que decir: “pese a todo, sí a la compasión”. La tarea del terapeuta es antes que nada reconciliar al hombre consigo mismo, ayudarlo a perdonarse por el hecho de ser limitado y llevar comprensión a quienes están sumidos en la lucha encarnizada de ser humanos. En esta batalla en campo abierto, la responsabilidad del terapeuta es funcionar como persona, esto es, conservarse básicamente humano. Este es su triunfo.

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