Skip directly to content

Graciela L. Equiza

El Psicólogo frente a la problemática de la infidelidad

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española en 1992 define fidelidad como lealtad, observancia de la fe que uno debe a otro; e infidelidad: falta de fidelidad, deslealtad, carencia de la fe católica, en el año 2000 agrega: falta de fidelidad especialmente en el matrimonio.

Etimológicamente fidelidad proviene del sustantivo “Fides” que significa lealtad y de “Foedus” que es alianza, también del adjetivo latino “Fidelis”: “de confianza”, “seguro”.
Desde el punto de vista jurídico la ley 23515 en su artículo 202, inciso primero del código civil toma el adulterio como causal de divorcio en los juicios controvertidos, que se demuestre el adulterio tiene efectos patrimoniales pero no impide nuevas nupcias y no hay sanción penal, la ley 24453 derogó el artículo 118 del código penal, a partir del 7/3/95 el adulterio no es un delito penal, sólo es una figura civil.
Desde un punto de vista religioso, en la Suma Teológica, Santo Tomás, trata el tema de la infidelidad conyugal (adulterio) cuando estudia los vicios y las virtudes: el vicio en cuestión es la lujuria y la virtud opuesta es la templanza, el adulterio supone una oposición especial al matrimonio por cuanto viola la fe matrimonial que cada uno debe a su cónyuge, el matrimonio se ordena al bien de la familia humana, en el adulterio se vulnera el bien de la comunidad familiar de modo que la infidelidad es ante todo un acto de injusticia.
Desde el aspecto psicológico, la mayoría de los textos que he consultado, coinciden en distinguir diferencias entre los géneros, la infidelidad masculina estaría vinculada a un impulso sexual originado en lo biológico que no involucra el amor como una categoría espiritual sino sólo lo genital, de modo que la infidelidad ocasional no pondría en riesgo la comunidad familiar ni la pareja conyugal, pero, cuando la infidelidad es sostenida y sistemática entran en juego los sentimientos, no se trata solo de un tema sexual sino que se establece un compromiso que puede debatirse en dos puntas: la esposa y la amante.
La infidelidad femenina no goza de los atenuantes pulsionales, se cree, en líneas generales, que cuando la mujer establece un vínculo sexual la motiva un sentimiento amoroso aunque éste no llegue a comprometerla espiritualmente. Pareciera que la mujer es más “íntegra” que el varón en el sentido de “completud”: la instancia genital está precedida por algún tipo de enamoramiento. La excepción la encontramos en la prostitución, esta palabra deriva de “Pro Estare” y significa: la persona que está en el lugar de otra en el amor.
A la luz de estas reflexiones, la fidelidad trasciende el aspecto sexual, se refiere a un pacto de fe establecido entre dos personas que se comprometen a sostener lealmente un proyecto de vida compartido, esto incluye las relaciones sexuales, la residencia común, la cooperación económica y la procreación, los cónyuges se comprometen a observar el criterio de prioridad: el “nosotros” supera al yo.
La infidelidad, entonces, es cualquier traición a ese pacto de fe, en donde el adulterio puede ser tanto el principio como el final de una cadena de deslealtades a lo largo de la convivencia.
Ahora bien, ¿Es la fidelidad un valor absoluto o relativo?
Lo absoluto significa “lo absuelto”, es decir, “desatado”, lo que vale por sí mismo, lo relativo significa “lo relacionado”, si algo es relativo a “tal cosa” depende de esa cosa, si hay relatividad hay dependencia.
Si pensamos la fidelidad como valor absoluto significa que una persona toma para sí un valor objetivo y lo transforma en subjetivo patentizándolo en actos, al traicionar ese valor, en primer lugar, se traiciona a sí misma, no da respuesta frente a aquello que libremente eligió, esta distancia entre el ser y el deber ser genera un malestar en la persona que llamamos conflicto moral, la manifestación del conflicto es física o psíquica pero el origen es espiritual.
En cambio, si pensamos la fidelidad como un valor relativo, la permanencia de una persona observando este valor “depende” de las circunstancias, es decir, el valor está “sujeto” a condiciones, por eso hablamos de valores subjetivos. En este caso el compromiso de lealtad es, en primer lugar, hacia el otro porque en definitiva “depende” del otro mi observancia del pacto de fe.
La discusión sobre si los valores son absolutos o relativos excede la pretensión de este trabajo, sin embargo, creo necesario que el psicólogo reflexione al respecto y tome concientemente una postura no para imponerla a sus pacientes sino para poder comprender y respetar la cosmovisión del consultante.
El Dr. Eugenio Fizzotti en su libro “El despertar ético” cita el desarrollo moral según Bull quien presenta cuatro estadios en el desarrollo del juicio moral en el niño:

- La anomía o amoralidad: es la ausencia de la norma o la regla.
- La heteronomía: se refiere a la disciplina impuesta por los otros, en esta categoría se controla la conducta por miedo al “castigo”.
- La socionomía: se observa la norma con el fin de ser estimado por los otros, en esta instancia se percibe la alabanza y el desprecio social.
- La autonomía: es el estadio moral del individuo en el cual su conducta no depende de una autoridad externa ni del miedo a la opinión pública sino que sus acciones se convalidan con las decisiones que toma según los valores en los que cree, en este caso, las sanciones provienen del interior del individuo mismo.

La persona que recibimos en la consulta puede estar en cualquiera de las cuatro categorías nombradas, ¿Es función del psicólogo en el curso de la psicoterapia estimular la autonomía? Concretamente en el tema de la infidelidad: ¿Debemos mantener una neutralidad valorativa dejando entre paréntesis la libertad y la responsabilidad del ser humano concreto que consulta, o debemos hacer conciente el inconsciente espiritual?
En mi experiencia clínica he recibido consultas individuales, familiares y de pareja que traen esta problemática como fuente de sus padecimientos, los motivos de consulta podría agruparlos de la siguiente manera:

1.- personas que consultan porque fueron víctimas de una traición (adulterio).
2.- personas que cometieron adulterio y agotaron los argumentos que justificaban su modo de actuar.
3.- parejas que intentan reconstruir el vínculo luego de la infidelidad descubierta o declarada.
4.- familias en crisis que pierden la lealtad y el respeto hacia el padre ofensor.
En la mayoría de los consultantes aparecían síntomas psicológicos como angustia, depresión, ansiedad, etc., y también la mayoría tenía la expectativa de encontrar en la sesión algo así como un árbitro o un juez neutral que decidiera por ellos, que absolviera los pecados o que, con una actitud pedagógica, explicara las causas o los motivos que provocaron la situación conflictiva con el fin de justificar los hechos.
En una ocasión acude a la consulta una mujer casada hacía l5 años, con 5 hijos, ama de casa, con el siguiente motivo de consulta:
“Vengo porque le pedí a mi marido el divorcio y él no quiere saber nada, me dijo que viniera a terapia para rever la situación, él ha sido infiel en varias ocasiones y yo ya no lo tolero más, antes lo perdoné pero estoy cansada, él no va a cambiar”.
Sugerí que en la siguiente sesión vinieran los dos, así fue.
El señor se presentó muy enojado con el siguiente argumento:
“Yo mandé a mi mujer a la terapia porque es ella la que tiene que entender que yo estoy enfermo, esto que me pasa es una enfermedad, cuando nos casamos ella prometió estar a mi lado tanto en la salud como en la enfermedad, es ella la que no cumple”.
¿Es la infidelidad una enfermedad? ¿Es síntoma de alguna enfermedad?
La infidelidad no es una patología en sí misma, sin embargo, puede ser un síntoma frecuente en algunas patologías, por ejemplo: en el trastorno narcisista de la personalidad según el DSM IV este trastorno lo padecen el 16% de la población clínica y menos del 1% de la población general; también está presente en el trastorno histriónico de la personalidad, en los trastornos disociativos, en casos de homosexualidad reprimida, en las compulsiones y en algunas crisis existenciales en las que se exacerba la actividad sexual.

De modo que, si un paciente se presenta con el argumento de enfermedad es menester realizar un psicodiagnóstico para obtener datos objetivos que confirmen o no los dichos del consultante, desde luego, la psicoterapia apuntará en primer lugar a atender la patología si la hubiera.

Suponer que todas las personas que consultan tienen algún trastorno es caer en el patologismo desestimarlo a priori es una imprudencia.
He advertido, en los pacientes que consultan, que vivencian el deber ser disociado del placer o del deseo, aquello que implica un compromiso está rodeado de pesar o disgusto aún cuando hayan decidido libremente comprometerse con tal o cual cosa, entonces, si dan rienda suelta al placer, paradojalmente, sufren, porque se sienten culpables y si dan respuesta al deber ser también sufren porque lo que deben (aunque lo hayan elegido) no está asociado a lo placentero.

Tal vez, el problema resida en la decisión, este acto se desarrolla en dos momentos: primero elegimos algo, luego aceptamos la pérdida de lo no elegido, si nos quedamos en el primer momento aquello que no elegimos se presenta a diario como una oferta tentadora que es desestimada gracias a la represión.
En esta línea de pensamiento, aquellos que cumplen con lo que deben añorando diariamente lo que quieren terminan calificados como reprimidos con justa razón.

Estas personas, según las categorías de Bull, se encuentran en el estadio de la heteronomía o de la socionomía, la represión, como mecanismo de defensa, es útil para bajar los niveles de ansiedad pero no modifica la realidad, por lo tanto, si se agota abre el paso a los conflictos psicológicos que suelen ser motivo de consulta.

La tarea del psicólogo, requiere definiciones claras a la hora de decidir los objetivos del tratamiento, es necesario responder algunos interrogantes: ¿es beneficioso apuntalar la represión para que la persona pueda seguir dando respuesta a lo que eligió? ¿Es oportuno confrontar al paciente con sus valores aumentando la carga y los niveles de ansiedad? ¿Es útil tomar el rol que los consultantes nos piden, cuidador, árbitro, pedagogo, etc., para establecer la alianza terapéutica? Si no llegamos a diagnosticar ninguna patología ¿es conveniente que las entrevistas se dirijan a estimular la autonomía?

Las respuestas a estos interrogantes dependen de la cosmovisión del terapeuta, de sus juicios, de sus prejuicios, de su preparación intelectual y de su posibilidad de discernir entre “…lo simplemente humano y lo propiamente enfermo”.
En nuestra época, plantear conflictos significativos es un tanto desactualizado, las palabras compromiso, fidelidad, pacto de fe, lealtad, responsabilidad, alianza, escala de valores, etc., nos obliga a reflexionar sobre nosotros mismos, a tomar posición, a decidirnos como personas, reconozco que es un poco incómodo, no hacerlo termina siendo doloroso.

La calidad de vida de las personas que sufren por infidelidad está seriamente dañada, pensar en una familia funcional es pensar en una familia que siente confianza, entre sus miembros puede haber cualquier tipo de conflictos pero todos confían que no van a ser traicionados, la traición deja huellas que condicionan las futuras relaciones tanto de los cónyuges como de la descendencia.
En síntesis, la tarea del psicólogo frente a la problemática de la infidelidad en algún momento debe abordar lo valorativo, debe afrontar el reto de trascender lo estrictamente psicológico y promover un diálogo que apunte a mejorar la calidad de vida, la logoterapia es esencialmente educación para la responsabilidad.

Por último, una frase de V. Frankl, de su libro “Psicoanálisis y Existencialismo”:
“La satisfacción del impulso sexual produce placer, las relaciones eróticas del enamoramiento causan alegría, el verdadero amor depara al hombre la dicha”.