Skip directly to content

Alexander Batthyany

Viktor E. Frankl y el desarrollo de la logoterapia y el análisis existencial

Traducción de María Elba Flores de Mallet

 

1923-1927. De la psicología individual a la logoterapia

En el año de 1926 un estudiante de medicina llamado Viktor Frankl empleó el término logoterapia por primera vez en un discurso dirigido a la Sociedad Académica para la Psicología Médica. En los siguientes diez años, influenciado por su trabajo en los centros juveniles de asesoramiento ─que él ayudo a fundar─ y por su formación en las especialidades de psiquiatría y neurología en los hospitales de Viena ─Rosenhügel, Maria Theresien-Schössl y la clínica psiquiátrica Steinhof─, Frankl gradualmente desarrolló la logoterapia como un sistema psicoterapéutico que se conoce en la actualidad como Logoterapia y Análisis Existencial.

A principios de los años 20 Frankl no hubiera imaginado fundar su propia escuela psicoterapéutica o psiquiátrica. Sin embargo, en 1926 aseveró que su único motivo de preocupación era la formación de un programa teórico y terapéutico que complementara el entendimiento de la neurosis, basado en el marco de trabajo de la psicología individual de Alfred Adler. En otras palabras, Frankl quería crear una mejor manera, para los terapeutas, de ayudar a los pacientes cuya visión de la vida ponía en peligro las expectativas de una terapia conducida exitosamente:

Uno no puede ayudar a una persona pesimista, inteligente y sensible a comer adecuadamente y practicar deportes solo dándoles consejos, porque para eso ─así como para su bienestar total─ su filosofía de vida no le brinda ninguna razón para hacerlo. Lo primero que tenemos que hacer es saber qué valor le da a la terapia para poner las bases para un futuro tratamiento; particularmente, su evaluación del hecho de no hablar sobre la neurosis (Frankl, 1925: 250).

En el marco de este modelo terapéutico, Frankl también desarrolló una fenomenología detallada y un sistema de clasificación de visiones del mundo distorsionadas (ej., Frankl, 1926a) y fue uno de los pioneros en el movimiento de la psicología individual en someter una investigación fenomenológica enfocada en orientaciones neuróticas hacia la vida. Es interesante notar que este sistema de clasificación no encontró su camino en la logoterapia moderna, sin embargo, Frankl utilizó algunos de los conceptos del año 1926, así como algunas observaciones subsecuentes como extractos en su Pathologie des Zeitgeists (Patología de los tiempos, Frankl, 1949). Mientras que esta última clasificación describía orientaciones anormales que fueron formuladas en el contexto de las experiencias de la segunda guerra mundial, la primera estaba dirigida a personas con puntos de vista distorsionados (Weltanschauungen). Como tal, ambas tenían la intención, en un sentido más estricto, de servir de diagnóstico y de hilos de conexión terapéutica en la práctica clínica.

Existen varias razones por las cuales Frankl pudo haber evitado el uso posterior de este sistema de clasificación: en primer lugar, en los años siguientes él había desarrollado la logoterapia y el análisis existencial como una forma de terapia completa e independiente, donde la clasificación de orientaciones neuróticas hacia la vida perdieron importancia en relación a las mayores aplicaciones de su nueva propuesta. En segundo lugar, Frankl reconoció las limitaciones de cualquier tipología o esquematización de diagnóstico dada la aplicación más amplia de su nueva forma de terapia, así, con el tiempo, puso la relación con la persona única del paciente como primer plano de la psicoterapia. Sin embargo, el sistema de clasificación que Frankl desarrolló, se presenta a partir de un diagnóstico diferencial y racional como un tema de investigación apremiante y permanente. Por ejemplo, uno puede mirar los patrones de pensamiento del neurótico intelectual en el marco de la logoterapia moderna como formas de expresión de una neurosis noógena en una personalidad específica. Este marco de trabajo proporciona lineamientos concretos que crean una apertura terapéutica a la vez que evitan sucumbir a la tentación de colocar la atribución tipológica prevaleciente sobre la individualidad misma de los pacientes. De cualquier manera, una verificación de los casos de estudio descrita en Die Psychotherapie in der Praxis (traducido al español como Psicoterapia en la práctica médica) sugiere que el mismo Frankl frecuentemente recurrió a su sistema de clasificación una década después.

El hecho de que Frankl haya reconocido que puede ser necesario, antes de empezar la terapia, hacer consciente al paciente del valor de hablar acerca de la neurosis revela una conceptualización de la persona y de la enfermedad en las que el éxito del curso de la terapia depende completamente de la buena voluntad y capacidad de introspección del paciente. Este no es un enfoque fundamentalmente nuevo, ya que todo médico que ejerce, así como todo terapeuta, saben que no todos los pacientes empiezan su terapia motivados de la misma manera. Lo que es nuevo, sin embargo, es el intento de Frankl por entender la razón de estas diferencias en la motivación como una expresión de su orientación hacia la vida, verlos como relativamente independientes del disturbio neurótico fundamental y brindarles la consideración debida.

Aunque ya se ha dicho previamente, aquello que llamamos patológico, es también falso. No es por ningún motivo cierto que por que encontremos una opinión intelectual o evaluación desajustada ─por ejemplo, desde el punto de vista de la psicología individual─ ésta sea en sí misma incorrecta (Frankl, 1926a, ix).

En otras palabras, no es por ningún motivo una expresión o síntoma definitivo de un desorden psicológico el hecho de que un paciente dude del sentido de la vida. Bajo ciertas condiciones y filosofías de vida en particular, esto puede ser muy racional y lógicamente consistente. En consecuencia, hay poca esperanza de alterar completamente la situación de vida de un paciente con un tratamiento para una enfermedad física o mental. Bajo este entendimiento, Frankl desligó la orientación a la vida de un paciente neurótico del estado de ánimo del paciente. Esto último puede indicar rasgos patológicos pero no anteriores, al menos no necesariamente. En caso de que este tipo de síntomas no sean tratados por un doctor o terapeuta, persistirán sin un cambio importante durante el curso del tratamiento y esto es precisamente porque no es un síntoma de enfermedad como tal.

Por otra parte, es obvio que cierto tipo de orientaciones hacia la vida pueden empeorar los síntomas existentes o socavar las perspectivas de éxito de la terapia desde el principio. Aun después de una terapia exitosa, algunas orientaciones hacia la vida hacen que las personas tengan un mayor riesgo de reincidir y esta es la razón por la cual es necesario en las fases de pre-atención y post-atención terapéutica llevar al pacientes a lograr tener una visión del mundo apropiada, (Weltanschauung), o poner frente a ellos la posibilidad de un enfoque positivo de la existencia.

Uno de los primeros maestros y mentores de Frankl, Rudolf Allers, también definió el propósito de todos los esfuerzos terapéuticos “como la empresa de llevar a cabo una reconciliación entre la Persona y el Mundo” (Allers, 1963/2005, 12). Existen todas las razones para creer que esto no sucede de una manera automática cuando la sintomatología de la enfermedad original se reduce a un grado tolerable o se cura completamente. Esto se debe al hecho de que, aun llevando a cabo una terapia exitosa, la enfermedad deja su huella en la biografía y por eso es importante conocer la historia del paciente para poder ayudar a modificar su filosofía de la vida.

Al mismo tiempo, no puede ser la meta de ningún tratamiento psiquiátrico o psicoterapéutico el suprimir la experiencia de vida y los aprendizajes de la historia del paciente. En primer lugar, hay que dudar si esto es posible dentro del marco de una psicoterapia ética y justificable, y aunque así lo fuera, tal acción sería contradictoria al entendimiento que tiene la logoterapia sobre la persona y la dignidad. Además, aun permanece la tarea de la psicoterapia en la fase post-traumática de llevar al paciente a un acuerdo libre y real con la vida con el cual el paciente tiene una base futura para poder seguir trabajando.

Años antes, en 1923, Frankl observó originalmente que existen formas de existencia equivocadas y tensionantes, cuya etiología no se limita únicamente a causas mentales o físicas, sino más bien a causas que subyacen enraizadas en las dimensiones filosófica y espiritual de la persona. En ese momento, el joven Frankl habló de la posibilidad de una “enfermedad espiritual en el sentido verdadero de la palabra, no en el sentido medico-clínico, porque yo hablo de espíritu, no de mente” (Frankl, 1923). Esta observación ha sido empíricamente comprobada (cf. Moolmal, 1989; Stewart et al., 1993; Testoni & Zamperini, 1998; McHoskey et al., 1999).

Ya como estudiante universitario, y aun desde la secundaria, las primeras teorías de Frankl se anticipaban ya al desarrollo de la psicología que solamente sería aceptada dentro de la comunidad científica décadas más tarde durante el periodo conocido como “La Revolución Cognitiva”. En la actualidad existe un amplio acuerdo referente al hecho de que en cualquier programa de investigación psicológica digna de respeto se debe tomar en cuenta la gran variedad de intereses humanos, actitudes y puntos de vista. Existen sólo pocos modelos que se sostienen obstinadamente y que buscan descalificar los motivos espirituales y preocupaciones de la humanidad como “nada” en el contexto de un reduccionismo ideológico, que buscan reemplazarlos con conceptualizaciones conductuales y dirigidas dinámicamente.

Podemos suponer que las primeras orientaciones de Frankl hacia lo espiritual y lo personal ayudaron a corroer su lealtad hacia sus dos primeros maestros, Freud y Adler. Al mismo tiempo, parece que él mismo no estaba totalmente consciente de la importancia de su deslinde entre lo espiritual y lo mental. Es también posible que él se haya rendido durante un corto tiempo bajo la influencia de su gran maestro Sigmund Freud. Su primera publicación científica en la Internationalen Zeitschrift für Psychoanalyse por lo menos distinguió al joven Frankl como un pensador con ideas originales ─allí intenta dar una explicación de las expresiones faciales afirmativas y negativas como continuación de las reacciones ante la nausea y el coito─. Pero aun así, él aparentemente sucumbe a la tentación de rastrear e investigar el problema de los intereses humanos fundamentales basándose una vez más en el sustrato psicodinámico, negando explícitamente que esa afirmación o negación de las que hablaba tuvieran un elemento espiritual:

No tenemos la capacidad de buscar los orígenes de las expresiones faciales de afirmación y negación de tal manera que pudiéramos interpretar los movimientos de cabeza relevantes como símbolos de una afirmación o negación intelectual (…) nos referiremos, llegando a un acuerdo, a los dos instintos de vida elementales ─el instinto maternal y el instinto sexual─ para dar una explicación del fenómeno (Frankl, 1924).

No es fácil reconocer al fundador de la logoterapia y el análisis existencial en estas líneas, pero poco después de su publicación Frankl empezó a distanciarse del psicoanálisis de Sigmund Freud y se unió a la psicología individual de Alfred Adler. Aparte del poco éxito que tuvo con el intento de empezar su análisis con Paul Federn ─como requisito del entrenamiento de cualquier psicoanalista─, hubo probablemente muchas otras razones que llevaron a Frankl a alejarse del psicoanálisis. Quizás la primera sea que el interés activo de Frankl en la filosofía y su compromiso social con la comunidad filosófica fueron totalmente ignorados por el psicoanálisis ─en realidad las primeras publicaciones post-psicoanalíticas de Frankl son dedicadas a estos dos temas─. Más aun, rápidamente tomó conciencia de que el modelo psicoanalítico sólo describía una parte de la psique humana, una psique cuyos aspectos superiores estaban continuamente expuestos al peligro del psicoanálisis por su tendencia a patologizar los aspectos metafísicos y filosóficos del paciente, más que darles reconocimiento y dirigirse a ellos en el marco de la terapia donde se consideran necesarios.

Estos pensamientos encontraron su expresión en la primera publicación de Frankl dentro de la escuela de psicología Individual. Tan sólo un año después de la publicación en el órgano psicoanalítico, publicó un artículo que anticipaba de muchas maneras su futuro trabajo de vida. En Psychotherapie und Weltanschauung (Psicoterapia y Visión del Mundo) Frankl escribe:

Los pacientes neuróticos no pueden ser felices porque no se han involucrado con la vida, porque la desprecian, la devalúan y la odian. Es tarea del psicoterapeuta el devolverle al paciente el amor por la vida y la voluntad hacia la comunidad y, si bien, no como pruebas empíricas, pero el terapeuta si puede fácilmente reinstalar este amor en el curso de una plática importante sobre el valor de la vida (Frankl, 1925).

El contraste entre estos dos pasajes podría en parte explicarse por la brecha de tres años que hay entre ellos, tres años en los que Frankl regresó una vez más a su concepto original de lo noético como una dimensión propia de lo humano. El no sólo volvió a este concepto, sino que intentó hacerlo terapéuticamente útil en el trabajo de la psicología individual de una forma más extensa y profunda.

En 1926 nos encontramos a Frankl como un adleriano activo, entre otras cosas, como un participante regular en las sesiones de dialogo en el Café Siller, así como su trabajo de editor del periódico Der Mensch im All-tag (traducido como La persona en la vida cotidiana) “para la proliferación de la psicología individual”. En septiembre del mismo año fue elegido para representar un papel importante en el Congreso Internacional para la Psicología Individual en Düsseldorf.

En esos momentos de su vida, probablemente Frankl ya había conocido a su primer mentor, Rudolf Allers, quien, recientemente, había terminado sus relaciones con Sigmund Freud. Aproximadamente a principios del año de 1925 se asoció con el círculo de Adler. Frankl ayudó a Allers, en 1925 y 1926, en el Instituto Psicológico de la Ciudad de Viena, durante los cuales Allers llevo a cabo sus estudios en los aspectos sensoriales y psicológicos sobre la percepción del color. Allers, junto con el futuro fundador de la psicoterapia psicosomática, Oswald Schwarz, encabezó el intento de unir el aspecto antropológico de la psicología individual, de cuyos aspectos filosóficos se había hecho cargo el mismo Allers desde 1924. Sin embargo, en el intento de estos esfuerzos surgieron conflictos de contenido con la psicología individual ortodoxa. Estos fueron fundamentalmente dos críticas principales referentes a la teoría de Adler, los cuales fueron expresados por el círculo antropológico de Allers, Schwarz y Frankl. Puede resumirse como una crítica a la imagen de dimensión única del ser humano de la psicología individual. En primer lugar, ellos debatían que Adler presentaba un concepto causal de la neurosis en un solo aspecto, que intentaba derivar los disturbios mentales casi exclusivamente de los conflictos entre sentimientos de pertenencia, poder y lucha por el éxito. En segundo lugar, les parecía que el mismo proyecto de un sistema antropológico, filosófico y comprensivo asociado con la psicología individual estaba amenazado, porque Adler observaba los valores básicamente desde el punto de vista de la utilidad psicológica y social de la persona, descuidando y omitiendo delinear la importancia de la distinción entre reglas y valores (Allers, 1924: 10). Una regla describe, en el mejor de los casos, la posibilidad para la realización de valores, sin necesariamente ser valores, y más aun, el énfasis en la naturaleza compulsiva de acuerdos sociales que establece un concepto de normas que una vez más intenta tomar antivalores como valores. Desde el punto de vista profundo de los valores, epistemológico y antropológico, las personas no son solamente responsables hacia la comunidad, sino sobre todo hacia sus propios valores, intuiciones y conciencias; esto es especialmente válido cuando se contraponen a las normas prevalecientes o a su utilidad actual. Años más tarde, en una retrospección acerca de estos debates filosóficos, Allers escribe:

No se requiere de mayor aclaración si se rechaza una estadística como base para una determinación limitante. Es obvio que el promedio sólo corresponde a lo normal si sucede de tal manera que el fenómeno normal constituye una mayoría notable. Esto significa que uno tiene que estar claro con uno mismo acerca de lo “normal” antes de usar datos estadísticos. En una población en donde 99% tiene tuberculosis el 1% sobrante sigue siendo representante de lo que es normalidad. Esto es tan cierto para la enfermedad así como para los otros aspectos de la existencia humana. Las estadísticas concernientes a moralidad no pueden proveer evidencia para lo que es moralidad normal; esta última debe ser definida, con el fin de usar las estadísticas de una manera significativa (Allers, 1963/2005: 123).

De la misma manera que Allers y Schwarz, Frankl primero tuvo la esperanza de reformar la psicología individual desde el fondo, de poner la teoría en un fundamento filosófico y antropológico más firme (Frankl, 2002; 43). Sin embargo, después del mencionado congreso de 1927, Frankl decidió abandonar las bases de la psicología individual ortodoxa, describiendo entonces a las neurosis no sólo como un conjunto de factores, sino como una expresión autentica de la persona. Los desacuerdos entre el ala antropológica de la psicología individual y Adler aumentaron, poco después de esto la ruptura se hizo pública:

Y llegó (…) la tarde de 1927 en la que Allers y Schwarz dieron las explicaciones para su ya previamente anunciado retiro de la Sociedad de Psicología Individual. La asamblea se llevó a cabo en el gran salón de discursos del Instituto Histológico de la Universidad de Viena. En las últimas filas estaban sentados unos cuantos “freudianos” que se recreaban viendo el espectáculo, lo que ahora sucedía con Adler era igual a lo que lo que le había sucedido a Freud, cuya Asociación Psicoanalítica de Viena, Adler, de la misma manera, había abandonado (Frankl, 2002: 42).

En 1927, unos pocos meses después de que los maestros y mentores de Frankl, Rudolf Allers y Oswald Schwarz, anunciaron su retiro de la Sociedad de Psicología Individual, Frankl fue expulsado de ella por deseo personal de Adler, en vista de sus “puntos de vista poco ortodoxos”.

1927-1930. Consideraciones de la psicología del adolescente

Para Frankl, la ruptura con la psicología individual significaba no sólo la perdida de la ilusión de reformar desde el fondo la que, en aquel momento, era todavía la escuela psicoterapéutica más inclinada hacia la libertad de pensamiento en Viena. Más aún, él también perdió un importante foro en el cual podía discutir sus ideas y los avances clínicos de la psicología individual con Adler y sus socios más cercanos.

Al mismo tiempo, los siguientes años trajeron nuevos retos para Frankl y su modelo terapéutico. Un tiempo de mucha actividad siguió a la expulsión. Fue un tiempo durante el cual Frankl reunió importantes experiencias en el curso de su práctica clínica. Ya en el año de 1926 había señalado en numerosas publicaciones (cf. Frankl, 1925b, 1926c) la necesidad de una atención psicológica para los adolescentes. Se motivó mucho con la fundación de centros de atención en Viena para las personas que estaban hastiadas de la vida. Por una parte, es cierto que instituciones similares ya estaban siendo coordinadas en Viena por psicólogos pertenecientes a la psicología individual y los primeros defensores de la psiquiatría social austriaca; ellos dirigían sus servicios de atención básicamente a padres y educadores, aunque no a los adolescentes. En realidad, sus preocupaciones e intereses apenas tuvieron algo de importancia:

Cualquier persona que esté familiarizada con la psicología de los adolescentes sabe lo suficientemente bien cuál es la causa final y más importante (de las necesidades que tienen los adolescentes). Básicamente es el hecho de que les ofrecemos muy pocas oportunidades a las personas jóvenes en estos días para hablar y compartir los asuntos de la vida que los presionan con personas maduras y con disposición para ayudarlos a combatirlos, así como los conflictos que significan todo para ellos. Ni las relaciones entre un niño y su padre, que no son exactamente ejemplares, ni las relaciones de los adolescentes con los educadores les permiten abrir sus corazones y de alguna manera obtener algún consejo. Ellos están ahí, dependiendo de los amigos, a los que les falta madurez y conocimiento, y son abandonados a sí mismos con sus preocupaciones. (…) No sólo buscamos la exigencia y la posibilidad del establecimiento de centros de asesoramiento juvenil, también buscamos apoyar su formación y facilitar su realización, preferentemente de una manera suave y activa porque tiempo significa vida (Frankl, 1926b: 8).

Después de su éxodo de la psicología individual, junto a sus antiguos colegas del círculo de Adler –entre ellos Rudolf Allers, August Aichorn, Wilhelm Börner, Hugo Lukacs, Erwin Wexberg, Rudolf Dreikurs y Charlotte Bühler─ Frankl contestó la petición que él mismo había hecho. Inicialmente en Viena en el año de 1928, y subsecuentemente en otras seis ciudades europeas después del modelo del grupo de Viena, Frankl organizó centros de asesoramiento juvenil en el que adolescentes con dolores emocionales eran atendidos psicológicamente para liberarse de la carga y la soledad. El asesoramiento tenía lugar en el departamento u oficina del colaborador voluntario (de igual manera se llevaba a cabo en el departamento de los padres de Frankl en la calle de Czerningasse 6, en Leopoldstadt; incluso este departamento era identificado en todas las publicaciones y folletos como la dirección de contacto para encauzar a los jóvenes a los centros de asesoramiento).

En vista del hecho de que Frankl llenó una brecha importante en la atención de una problemática contemporáneo de la ciudad de Viena, no es sorprendente que las peticiones de asesoramiento y consultoría eran muchas y que el trabajo de los centros de asesoramiento a los jóvenes fuera extraordinariamente exitoso. La información de cuán exitoso –y cuán necesarios— era, aparece en un artículo de Frankl en el que hace un informe retrospectivo y resume su actividad como consejero juvenil. En dicho artículo, Frankl se refiere aproximadamente a 900 casos que el sólo atendió (Frankl, 1930; Frankl, 1935a; Fizzoti, 1995) y al mismo tiempo hace un balance de la situación preocupante de los adolescentes en Viena: al menos 20% de aquellos que buscaban asesoramiento mostraban “cansancio permanente de la vida y pensamientos suicidas”.

Desde el año de 1930, Frankl puso especial atención en la forma en que la incidencia de suicidios estudiantiles aumentaba, considerablemente, los días en que antecedían y seguían a la repartición de calificaciones. En ese mismo año, Frankl organizó una campaña especial para asesoramiento juvenil, con especial atención en el periodo crítico del fin del año escolar:

Los asesores juveniles de Viena han creado un centro de asesoramiento especialmente enfocado a ofrecer servicios permanentes para llevarse a cabo en el día en que se entregan las calificaciones, así como los días anteriores y posteriores. (…) Este tipo de esfuerzo valdrá la pena con el hecho de que se presente un sólo chico; este esfuerzo dará fruto ─para el asesoramiento juvenil como tal─ y permitirá a Viena servir como el mejor ejemplo de un modelo para la creación de programas extranjeros para el bienestar. Mientras tanto, estamos muy satisfechos de que los directores de las escuelas de la ciudad han acogido nuestra nueva campaña. (…) El gobernante de la ciudad, el señor Tandler dijo en una ocasión: “¡Ningún niño en Viena debe morir de hambre!” y nosotros le añadimos: ¡Ningún niño en Viena tiene que sufrir de aflicción psicológica sin saber que alguien lo apoya y esta a su lado! Bajo este espíritu, pueda nuestro llamado y nuestra campaña de fin de año tener éxito (Frankl, 1931).

Efectivamente, desde el primer año (1930) la campaña tuvo gran éxito ─la incidencia de intentos de suicidio entre los estudiantes bajo considerablemente─. Por primera vez en muchos años, en 1931 no se registró ningún suicidio de estudiantes en Viena. En consecuencia, hubo un gran reconocimiento para Frankl en los medios de comunicación: “Fue una idea extraordinaria del fundador y líder honorario de la iniciativa de asesoramiento para jóvenes en Viena, el doctor Viktor E. Frankl, el hacer de los centros de asesoramiento una realidad” (citado en Dienelt, 1959), escribió el editor en jefe de un periódico vienes el 13 de julio de 1931.

Frankl había sido un “medico joven” desde 1930. Había terminado exitosamente sus estudios de medicina y comenzó su entrenamiento de especialidad en psiquiatría y neurología en cuatro de las clínicas psiquiátricas y de los hospitales de salud mental más renombrados de Viena en aquella época. Ahí, tuvo la oportunidad de obtener una mayor percepción y conciencia gracias al contacto directo con los pacientes que básicamente moldearon la naciente logoterapia y análisis existencial. Para la publicación de Der Mensch im Alltag, y durante sus actividades de asesoramiento, se había interesado básicamente en la profilaxis de la crisis y la higiene psicológica. Ahora, en el campo de la práctica psiquiátrica, podría ampliar su terapia.

Podemos ver qué tan madura era ya su teoría de la motivación en aquellos momentos por un trabajo de 1933, cuya importancia histórica ha atraído poco la atención de la investigación de logoterapia hasta ahora. En dicho trabajo se puede encontrar virtualmente cualquier concepto fundamental de la logoterapia y el análisis existencial: Frankl describe la angustia noética y mental de los desempleados, la cual interpreta no sólo social y económicamente, sino que la relaciona con un déficit en la conciencia del sentido. A propósito, Freud y Adler todavía ponían sus objetivos terapéuticos de la capacidad de obtener placer, la capacidad de trabajar, la capacidad de sufrir en la cara de un destino determinado que emerge como una meta terapéutica suplementaria.

Lo que le falta a este segmento de la juventud que se caracteriza por la apatía, lo depresivo y lo neurótico, más que el trabajo en sí, o la actividad profesional como tal ─y esto no puede ser enfatizado lo suficientemente─ es la conciencia de vivir sin un sentido. Los jóvenes apelan de una manera muy fuerte por un propósito en la vida, por una meta y objetivo, por un significado de la existencia, así como lo hacen por el trabajo y el pan. Los jóvenes (…) que me buscan me piden con desesperación que los ocupe con encargos o me hacen propuestas grotescas (uno de ellos me solicitaba, invariablemente, después de cada hora de consulta, limpiar el vestíbulo.

Sin embargo, también estamos familiarizados con hombres y mujeres jóvenes a quienes debemos referirnos como héroes. Con estómagos vacíos trabajan en diferentes organizaciones, por ejemplo, están activos como voluntarios en bibliotecas o llevan a cabo servicios administrativos en centros de educación para adultos. Están comprometidos y con una gran devoción a una causa, a una idea, y posiblemente hasta con una lucha por tener mejores tiempos –lograr un nuevo mundo que resolvería aun el problema del desempleo─. Su “lamentable” abundancia de tiempo libre y disponible la llenan con valiosas ocupaciones. “Yo tengo la sensación de que subestimamos a la generación de los jóvenes; con respecto a su capacidad de sufrir (a pesar de todo, uno ve en ellos una cara alegre) y con respecto a su capacidad de logro” (Frankl, 1933).

En el mismo artículo, también encontramos por primera vez los valores de actitud en contraposición con el sufrimiento inevitable, el concepto de valores de creación en presencia del sufrimiento que sí es remediable, y la neurosis noógena no como psicológica, sino más bien para el sufrimiento limitado espiritualmente; asimismo, el diálogo socrático como un método terapéutico para el tratamiento del vacío existencial:

Es en este espíritu que yo le planteo la pregunta a la juventud descorazonada, si en realidad creen que lo que hace que la vida realmente valga la pena de ser vivida es que uno trabaje durante ocho horas diariamente para un jefe de edad avanzada o que uno se fatigue por trabajarle a un hombre de negocios o algo parecido. La respuesta es “no”, y yo les explico a los jóvenes lo que su repuesta positiva significa: ¡el trabajo profesional no representa la única forma de darle a la vida un significado! La errónea identificación de la vocación y del llamado de vida forma la base espiritual para el perfil de un estado apático.

Desafortunadamente, el consejero puede, a duras penas, alterar la posición económica de los adolescentes; principalmente, lo que se puede hacer es influenciar en sus actitudes hacia ello. El consejero debe de llevar a cabo este tipo de ajuste en el adolescente para lograr obtener la habilidad de soportar sus necesidades, cuando sea necesario, y de remediarlo cuando sea posible (Frankl, 1933).

​​​​​​​1930-1938. El joven médico: logoterapia en la práctica psiquiátrica

Bajo este entendimiento teórico-psiquiátrico y estas herramientas terapéuticas, Frankl tomó su entrenamiento en la especialidad de medicina. En el artículo que escribió en 1933 ya había puesto mucha atención al problema del sufrimiento inevitable en personas psicológicamente sanas. En la clínica psiquiátrica de Steinhof se encontró con el sufrimiento psicopatológico de pacientes psicológicamente enfermos (atendió principalmente a pacientes depresivos). Aquí también el tuvo la oportunidad de observar los efectos de los recursos espirituales que previamente había descrito como un elemento crucial del tratamiento durante la terapia consecutiva, así como para el asesoramiento de la juventud desempleada (Frankl, 1933).

Parece ser que el trabajo de Frankl en psiquiatría fue la primera prueba práctica y posiblemente el nacimiento real de la logoterapia como la conocemos hoy en día. Con el objeto de comprender plenamente la magnitud de este desarrollo, debemos tener conciencia de la situación de Frankl en aquella época: un joven médico descubre lo que ninguno de sus maestros anteriores (Freud y Adler) pudieron ver: que la dimensión noética del ser humano puede hacer una contribución en la historia del asesoramiento y la terapia, y que esto se puede llevar a cabo debido a que es relativamente independiente de la enfermedad: la persona es libre hasta el último momento a pesar de una existencia cotidiana y muy opresiva. En el curso de su asesoramiento y de sus actividades terapéuticas, el joven doctor observó que este principio fundamental tenía efecto sobre una serie de problemas, tal como en el caso de pacientes neuróticos, estudiantes a punto del suicidio y jóvenes desempleados. En consecuencia, su experiencia le enseñó que ni el destino social ni el destino psicológico pueden privar a la persona de la libertad espiritual. También le enseñaron que la libertad existencial de la persona es no sólo un hecho antropológico de la experiencia, sino que también puede ser clínicamente eficiente debido al hecho de que la libertad existencial devuelve a los pacientes su autonomía y asertividad cuando son amenazadas por un destino psicológico o social.

Con todo este conocimiento, junto a los métodos que surgieron de los esfuerzos dirigidos a regresarle al paciente su plena conciencia, el darse cuenta de su libertad de elección, Frankl dio un paso adelante en un grupo de pacientes cuya enfermedad se expresaba biológicamente a la vez que también estaban condicionados social y psicológicamente hablando. ¿Sería confirmado aquí su descubrimiento de que lo noético está relativamente independiente del destino? La respuesta a esta pregunta era, por lo menos y por primera vez, incierta: el componente biológico de la depresión endógena había hecho imposible discutir acerca de la neurosis y de cosas semejantes. Más aun, la pregunta se presentaba a sí misma: ¿cómo podría determinar el entendimiento de la dimensión noética de la persona en aquellos pacientes severa y crónicamente afectados por la depresión, apelando a la responsabilidad personal, sin intensificar las características ya de por sí exageradas de sentimiento de culpa en este grupo?

Como solución a este problema, Frankl procedió de una manera más fenomenológica que terapéutica. En breve, hizo observaciones cuidadosas. En retrospectiva, escribió alguna vez que durante este periodo los pacientes mismos se convirtieron en sus maestros, de acuerdo a sus propias declaraciones, intentó en estos momentos “olvidar lo que él había aprendido del psicoanálisis y de la psicología individual” (Frankl 2002: 52). A diferencia de sus mentores y maestros académicos, Frankl se dirigía ahora a sus pacientes con el objetivo de descubrir medidas más allá de las intervenciones psiquiátricas o psicoterapéuticas, que pudieran contribuir a su recuperación y curación. Una vez más, su modelo de lo noético probó su validez, independientemente de la presencia de la enfermedad. Frankl pudo ver en los pacientes que se habían recuperado, que los recursos espirituales de la persona no sólo podían ayudar a los pacientes apáticos y neuróticos, sino a los pacientes psicóticos que se encontraban estables, a aceptar una posición de responsabilidad autoelegida hacia su propia enfermedad, lo que a su vez influía en el curso de la enfermedad misma.

Es en este contexto que Frankl acuñó el término patoplástico –la habilidad retenida de las personas enfermas de moldear (hasta cierto punto) la naturaleza de sus síntomas, o de moldear una existencia que ha sido ensombrecida por una enfermedad psicológica─. Fuera de esta área de conflicto entre una enfermedad fatal y la respuesta elegida libremente surgió el concepto permanente de libertad, el cual define la contingencia humana no como un impedimento sino más bien como un ímpetu de la libertad. Ya que una libertad que se comprueba a sí misma aun cuando ─y especialmente en esto— las circunstancias internas o externas parecen arrolladoras, es una libertad que persiste no solamente como habilidad teórica o compromiso filosófico-moral, sino más bien como una realidad habitable que permanece hasta una magnitud clínicamente relevante aun frente a un destino biológico.

Este modelo tiene importantes consecuencias para la terapia aplicada, porque la actitud del paciente tiene influencia sobre la enfermedad y esto lo hace particularmente a largo plazo (esto ha sido demostrado suficientemente, por ejemplo, con respecto a pacientes afectados por enfermedades que pasan por diferentes fases y quienes toman responsabilidad por su propio cuidado frente a una nueva sintomatología). En segundo lugar, porque los pacientes mediante el distanciamiento de ellos mismos respecto a los eventos asociados con la enfermedad, funcionan no solamente como portadores pasivos de síntomas y buscadores de asistencia sino hasta cierto punto se convierten en colaboradores del doctor: “Sin embargo, la libertad y la responsabilidad no están garantizadas en el caso de que la autonomía de las personas enfermas ─aun su autonomía del doctor─ no esté protegida o resguardada” (Frankl, 1986: 223).

Naturalmente, los límites realistas deben ser establecidos considerando estos nexos con el paciente. Por ejemplo, el intento colaborativo de tener a la enfermedad bajo control presupone un entendimiento fundamental de la enfermedad que los pacientes psicóticos en una etapa aguda de la enfermedad, como regla general, no poseen. Más aun, esta colaboración debe ser suspendida cuando el doctor encuentra al paciente no como colaborador, sino como paciente clínico, quizás prescribiendo una terapia medicinal. Frankl no concibe una democratización socialmente romántica y mal concebida de la terapia, sino más bien busca apreciar el alma de la persona enferma para hacer este proceso útil, terapéuticamente hablando, permitiendo al paciente influenciar positivamente el curso de la enfermedad y de la terapia. Una vez más, por ejemplo, en el caso de depresión endógena, este tipo de colaboración puede solamente significar, momentáneamente para el paciente, no hacer nada que no sea permitirle al doctor trabajar y tolerar los esfuerzos terapéuticos hasta que el tratamiento haya hecho efecto.

Tenemos que traer a los pacientes a un lugar adonde no traten de “aliarse con la depresión” sino, por el contrario, adonde permitan que la depresión se quite, se aparte, tanto como sea posible, que la tomen precisamente como endógena, en una palabra, que la objetivicen y así puedan distanciarse de ella, y esto es posible a la luz de casos moderados. Si una persona ceteris paribus se distancia de su depresión endógena, mientras otra se permite sucumbir a la depresión, esto se basa no en la depresión endógena en sí misma, sino en el aspecto existencial de la persona; ya que la persona estuvo siempre “trabajando”, siempre ejerciendo algún efecto, siempre co-formando el resultado de la enfermedad (Frankl, 1986: 237).

El descubrimiento más importante de su periodo de entrenamiento en el Steinhof fue la confirmación de la eficacia de la libertad espiritual aun frente a un destino biológico: “Siempre co-forma el resultado de la enfermedad”. Pero ¿cómo lo co-forma y bajo qué criterio? Con el planteamiento de esta pregunta, Frankl dio vuelta atrás y retomó la dialéctica entre destino y libertad, regresó a la pregunta de si valía la pena discutir acerca de la neurosis. En el caso de personas psicóticamente enfermas, la percepción del valor de discutir la enfermedad no de una manera aislada sino junto con la postura del paciente hacia la enfermedad fue lo que probó ser más eficaz. También de gran importancia fue la pregunta sobre si era real o no, y hasta qué punto, el hecho de que los pacientes estaban listos para hacer uso de su relativa libertad. Esto colocó dos conceptos principales de la logoterapia ante una verdadera prueba: primero, la capacidad de los seres humanos de sufrir frente ante un destino inevitable; y segundo, la voluntad de sentido de la persona, es decir, la capacidad de la persona de soportar circunstancias difíciles en la vida porque hay algo “más” a través de lo cual el sufrimiento puede llegar a ser aceptable.

En su artículo del año 1933 sobre la aflicción de los adolescentes desempleados, Frankl había señalado que el tener conocimiento de un sentido de la existencia protege de la depresión, de la resignación y de la apatía. Frankl fue también capaz de confirmar estas observaciones en sus pacientes depresivos quienes estuvieron bajo vigilancia por intento de suicidio en el Steinhof:

Ahora, llegando a este punto, es necesario evaluar precisamente hasta qué grado es la seriedad de riesgo de suicidio que una persona representa, ya sea cuando uno está determinando la conveniencia y sensatez de dar de alta al paciente de una instalación cerrada, o durante la admisión inicial de un paciente a un cuidado institucional. Yo mismo he creado un método estándar que prueba ser efectivo y que no tiene fallas. Nos permite dar un  diagnóstico del continuo riesgo del suicidio, o más bien hacer un  diagnóstico del disimulo de las tendencias suicidas como tales. Primero, le planteamos la pregunta al paciente respectivo de si él o ella aun alimentan sus intenciones suicidas. En cada caso, tanto en el caso de que esté diciendo la verdad así como en el caso de mero disimulo de intenciones suicidas reales, negaran nuestra primera pregunta, y así continuamos con la segunda pregunta que suena casi brutal: ¿por qué no desea ya quitarse la vida? Y ahora se muestra, regularmente, que aquella persona que no tiene realmente intenciones suicidas, inmediatamente da una serie de razones y contraargumentos que todos hablan en contra de quitarse la vida: que ella espera que su enfermedad sea curable, que ella toma en consideración a su familia o piensa en su compromiso moral, que todavía tiene muchas obligaciones religiosas, etc. Mientras que la persona que solo ha disimulado sus intenciones suicidas, será expuesta por nuestra segunda pregunta, y no teniendo una respuesta para ello, reaccionará desde una posición caracterizada por vergüenza. Esto es verdaderamente simple tomando en cuenta el hecho de que se pierde en la pregunta y no encuentra un argumento que hablaría en contra del suicidio (Frankl, 1947: 121).

Alexander Batthyany
Presidente del Viktor Frankl Institut en Viena.
Miembro del Departamento de Filosofía de la Universidad de Viena.

Nota del editor: El presente artículo consta de dos partes, la primera se presenta a continuación y la parte complementaria se presentará en un número posterior de nuestra revista, donde se incluirá todo lo referente a la bibliografía citada, la cual no está incluida en la primera parte.