"Por extraño que parezca, un
golpe que incluso no acierte a dar,
puede, bajo ciertas circunstancias,
herirnos más que uno que atine en
el blanco. Una vez estaba de pie junto
a la vía del ferrocarril bajo una
tormenta de nieve. A pesar del temporal
nuestra cuadrilla tenía que seguir
trabajando. Trabajé con bastante ahínco,
repasando la vía con grava, ya que
era la única forma de entrar en calor.
Durante unos breves instantes hice
una pausa para tomar aliento y apoyarme
sobre la pala. Por desgracia, el guardia
se dio media vuelta y pensó que yo
estaba holgazaneando. El dolor que
me causó no fue por sus insultos o
sus golpes. El guardia decidió que
no valía la pena gastar su tiempo
en decir ni una palabra, ni lanzar
un juramento contra aquel cuerpo andrajoso
y demacrado que tenía delante de él
y que, probablemente, apenas le recordaba
al de una figura humana. En vez de
ello, cogió una piedra alegremente
y la lanzó contra mí. A mí, aquello
me pareció una forma de atraer la
atención de una bestia, de inducir
a un animal doméstico a que realice
su trabajo, una criatura con la que
se tiene tan poco en común que ni
siquiera hay que molestarse en castigarla.
(...)
El aspecto más doloroso de los
golpes es el insulto que incluyen.
En una ocasión teníamos que arrastrar
unas cuantas traviesas largas y pesadas
sobre las vías heladas. Si un hombre
resbalaba, no sólo corría peligro
él, sino todos los que cargaban la
misma traviesa. Un antiguo amigo mío
tenía una cadera dislocada de nacimiento.
Podía estar contento de trabajar a
pesar del defecto, ya que los que
padecían algún defecto físico era
casi seguro que los enviaban a morir
en la primera selección. Mi amigo
se bamboleaba sobre el raíl con aquella
traviesa especialmente pesada y estaba
a punto de caerse y arrastrar a los
demás con él. En aquel momento yo
no arrastraba ninguna traviesa, así
que salté a ayudarle sin pararme a
pensar. Inmediatamente sentí un golpe
en la espalda, un duro castigo, y
me ordenaron regresar a mi puesto.
Unos pocos minutos antes el guardia
que me golpeó nos había dicho despectivamente
que los 'cerdos' como nosotros no
teníamos espíritu de compañerismo."
(PG. 34-35).
"... cuando en el curso de nuestra
diaria búsqueda de piojos, veíamos
nuestros propios cuerpos desnudos,
llegada la noche, pensábamos algo
así: Este cuerpo, mi cuerpo, es ya
un cadáver, ¿qué ha sido de mí?. No
soy más que una pequeña parte de una
gran masa de carne humana... de una
masa encerrada tras la alambrada de
espinas, agolpada en unos cuantos
barracones de tierra. Una masa de
la cual día tras día va descomponiéndose
un porcentaje porque ya no tiene vida."
(PG. 40).
"Una mañana
vi a un prisionero, al que tenía por
valiente y digno, llorar como un crío
porque tenía que ir por los caminos
nevados con los pies desnudos, al
haberse encogido sus zapatos demasiado
como para poderlos llevar. En aquellos
fatales minutos yo gozaba de un mínimo
alivio; me sacaba del bolsillo un
trozo de pan que había guardado la
noche anterior y lo masticaba absorto
en un puro deleite." (PG. 41).
"Cuando los prisioneros sentían
inquietudes religiosas, éstas eran
las más sinceras que cabe imaginar
y, muy a menudo, el recién llegado
quedaba sorprendido y admirado por
la profundidad y la fuerza de las
creencias religiosas. A este respecto
lo más impresionante eran las oraciones
o los servicios religiosos improvisados
en el rincón de un barracón o en la
oscuridad del camión de ganado en
que nos llevaban de vuelta al campo
desde el lejano lugar de trabajo,
cansados, hambrientos y helados bajo
nuestras ropas harapientas.
(...)
A pesar del primitivismo físico y
mental imperantes a la fuerza, en
la vida del campo de concentración
aún era posible desarrollar una profunda
vida espiritual. No cabe duda que
las personas sensibles acostumbradas
a una vida intelectual rica sufrieron
muchísimo (su constitución era a menudo
endeble), pero el daño causado a su
ser íntimo fue menor: eran capaces
de aislarse del terrible entorno retrotrayéndose
a una vida de riqueza interior y libertad
espiritual. Sólo de esta forma puede
uno explicarse la paradoja aparente
de que algunos prisioneros, a menudo
los menos fornidos, parecían soportar
mejor la vida del campo que los de
naturaleza más robusta." (PG. 43-44).
"Mientras marchábamos a trompicones
durante kilómetros, resbalando en
el hielo y apoyándonos continuamente
el uno en el otro, no dijimos palabra,
pero ambos lo sabíamos: cada uno pensaba
en su mujer. De vez en cuando yo levantaba
la vista al cielo y veía diluirse
las estrellas al primer albor rosáceo
de la mañana que comenzaba a mostrarse
tras una oscura franja de nubes. Pero
mi mente se aferraba a la imagen de
mi mujer, a quien vislumbraba con
extraña precisión. La oía contestarme,
la veía sonriéndome con su mirada
franca y cordial. Real o no, su mirada
era más luminosa que el sol del amanecer.
Un pensamiento me petrificó: por primera
vez en mi vida comprendí la verdad
vertida en las canciones de tantos
poetas y proclamada en la sabiduría
definitiva de tantos pensadores. La
verdad de que el amor es la meta última
y más alta a que puede aspirar el
hombre. Fue entonces cuando aprehendí
el significado del mayor de los secretos
que la poesía, el pensamiento y el
credo humanos intentan comunicar:
la salvación del hombre está en el
amor y a través del amor. Comprendí
cómo el hombre, desposeído de todo
en este mundo, todavía puede conocer
la felicidad -aunque sea sólo momentáneamente-
si contempla al ser querido. Cuando
el hombre se encuentra en una situación
de total desolación, sin poder expresarse
por medio de una acción positiva,
cuando su único objetivo es limitarse
a soportar los sufrimientos correctamente
-con dignidad- ese hombre puede, en
fin, realizarse en la amorosa contemplación
de la imagen del ser querido. Por
primera vez en mi vida podía comprender
el significado de las palabras: 'Los
ángeles se pierden en la contemplación
perpetua de la gloria infinita'.
(...) Continúa...