Por fin, llegamos al cementerio,
encontramos la tumba de Viktor del
lado izquierdo. Nos acercamos a
ella con gran devoción. Junto al
monumento encontramos piedras que
le han dejado como homenaje y reconocimiento
muchas personas que, como nosotros,
lo admiramos y le agradecemos lo
que ha dado a la humanidad.
Elly nos comenta que a ella le gusta
recordarlo en la casa de Mariannengasse,
frente a su escritorio, presente
allí, cerca de ella.
Salimos de allí de regreso al centro.
La cercanía de Elly nos llena de
ternura; el amor que siente por
Viktor y su recuerdo en la casa
de Mariannengasse, donde vivieron
cincuenta y dos años, es el relato
central durante el largo camino
al hotel.
En el taxi Felipe le pregunta a
Elly dónde le gustaría comer.
- ¿Quieres que te conteste como
yo, o como lo hubiera hecho Viktor?-
pregunta ella a su vez.
Rápidamente tomo la voz diciendo
que como lo hubiera hecho él.
- Aquí, en este Mc Donalds que estamos
pasando -contesta Elly sonriente-.
A Viktor le gustaban las hamburguesas,
porque él nunca le dio demasiada
importancia a comer. Decía que el
servicio era rápido, cercano, limpio
y barato. Así que solía venir varias
veces al mes. En una ocasión, algunos
visitantes distinguidos lo invitaron
a cenar. Él les dijo: "A las siete
nos vemos aquí, en casa". Ellos
llegaron elegantemente vestidos
y Viktor les dijo: "¿Vamos a cenar
a donde yo quiera?" "Sí" le contestaron.
"Pues quiero ir a Mc Donalds".
Ellos no salían de su sorpresa,
salieron a caminar y llegaron a
cenar aquí. El gerente de este lugar
le dio a Viktor un vale vitalicio
para que viniera todas las veces
que quisiera.
Pero Felipe le se resiste: "No,
Elly, ya cumplí mi cuota de Mc Donalds,
te voy a llevar a donde yo quiera".
Así que nos vamos los tres a la
cafetería del Hotel Sacher.
Yo llevaba unos regalos de México
para ella y en ése momento se los
doy. Ella nos comenta que uno de
los regalos más conmovedores que
había recibido fue del Dr. Acevedo
de Argentina, que le había llevado
una bolsa de cuero, que nunca imaginó
una bolsa tan hermosa para ella.
No deja de sorprenderme la capacidad
amorosa de Elly. Recuerdo cómo sacó
de su bolsa otro sobre que contenía
las fotos más preciadas para ella.
"Éste es Viktor cuando nos conocimos,
éste es cuando… y éste es Alex,
mi nieto…" Termina por mencionar
lo que significa para ella cada
una de aquellas fotografías.
Le pregunto si puedo fotografiar
sus fotos, y ella me contesta con
un gesto cariñoso:
-Toma las fotos que quieras.
Aquellas fotografías son éstas que
ahora presento.
- Dime algo de tu nieto Alejandro-
le pido.
- Alex se parece a su abuelo- contesta-.
Aprendió logoterapia con Elisabeth
Lukas en Alemania. Estudia canto
en el Conservatorio en Viena y lo
hace muy bien. En una ocasión Viktor
y yo viajamos a Nueva York (creo
que fuimos más de ochenta veces
juntos), y al subir al avión escuchamos
Strangers in the Night. Me dijo
que esa canción hablaba de nosotros,
que le gustaba mucho. Alex lo sabe
y con un grupo de amigos me la grabó
en un disco cantada por él.
Continuamos durante dos horas una
conversación muy agradable y por
demás interesante. Elly nos cuenta
que ha encontrado muchas cartas
de Martín Buber y de Heidegger.
Este último estuvo varias veces
visitando a su esposo. En una ocasión,
estando ella presente, hablaron
sin parar durante tres horas.
-Al terminar el encuentro- prosigue
Elly-, le dije a Heidegger que durante
todo ese tiempo no había entendido
nada, a pesar de que habían hablado
en alemán. Él sonrió y luego nos
volvimos buenos amigos.
Nos anticipa un libro que pronto
se publicará de los textos inéditos
de un teólogo judío y Frankl a forma
de diálogo con el tema de Logoterapia
y religión.
El tiempo pasa raudo y pronto tenemos
que despedirnos de Elly, no sin
antes agradecerle su cortesía, sus
cuidados, sus atenciones y sus detalles
amorosos.
Continúa...
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