Cuando un hijo muere: logoterapia y ayuda mutua en el proceso de duelo. GUSTAVO Y ALICIA BERTI Autor: Berti, Gustavo y Alicia
CUANDO UN HIJO MUERE. Logoterapia y Ayuda Mutua en el Proceso de duelo. Experiencia de los Grupos Renacer
INTRODUCCION
" Hay eventos de tan sobrecogedora magnitud que uno no debe recordarlos todo el tiempo, pero tampoco debe olvidarlos" Rabino Israel Spire
Nuestra experiencia de 14 años con la tarea de ayuda mutua en los grupos Renacer, para padres que han perdido hijos, nos permite afirmar que la Logoterapia, modelo filosófico-antropológico creado por Viktor Frankl y que presenta la característica particular de ser aplicable tanto como modelo terapéutico (psicoterapia), como para el hombre no enfermo que busca respuesta a los grandes interrogantes existenciales, puede convertirse en el fundamento o sustento filosófico-antropológico para cualquier grupo de ayuda mutua. Estos grupos, vistos desde la perspectiva de una comunidad de seres sufrientes pueden ser considerados como "gritos no escuchados que claman por sentido"( unheard cry for meaning), y para ellos éste modelo centrado propiamente en la búsqueda de sentido y que ve al hombre como un ser consciente(libre) y responsable, viviendo en la tensión entre el ser y el deber ser, puede ser aplicable, independientemente de las causas que originen la necesidad de la ayuda mutua.
El propio Frankl, saliendo de su hora más oscura, escribiendo en soledad, casi en forma de oración, en esa maravillosa obra que es " El Hombre en busca de Sentido", nos dice que "Es difícil intentar una aproximación metódica del tema, ya que la psicología exige un cierto distanciamiento científico. ¿Pero es que el hombre que hace sus observaciones mientras está prisionero puede tener el distanciamiento necesario? Sólo los que son ajenos al caso pueden garantizarlo, pero es mucha su lejanía para que lo que puedan decir sea realmente válido. Únicamente el que ha estado dentro sabe lo que pasó, aunque sus juicios tal vez no sean del todo objetivos y sus estimaciones sean quizás desproporcionadas al faltarle ese distanciamiento..."(1) A su manera Frankl nos dice que en situaciones de verdaderas crisis existenciales sólo podemos recostarnos, en busca de ayuda, en otros seres que han sufrido idénticas experiencias, en otras palabras en la ayuda mutua, que queda de esta manera convalidada desde hora muy temprana, no sólo en la teoría frankliana sino en la experiencia personal del creador de la Logoterapia.
En su libro "Psicoanálisis y Existencialismo" nos dice Frankl: "... la Logoterapia guarda relación, por lo común, con hombres que sufren espiritualmente, pero que no deben ser considerados como enfermos en sentido clínico"(2). Sumando estas conclusiones podemos, entonces afirmar que, frente a crisis existenciales que son fuente de sufrimiento sin constituir una enfermedad, la verdadera salida existencial para el ser sufriente yace en la ayuda mutua, para la que, el fundamento filosófico-antropológico adecuado es la Logoterapia y más específicamente el análisis existencial.
Deseamos hoy, en esta tónica, presentar la experiencia de Renacer como un exponente de la ayuda mutua sustentado en la Logoterapia y dejar abierta la posibilidad de extrapolar esta experiencia a todo grupo de ayuda mutua, independientemente de su causa. Es necesario ahora detenernos, muy brevemente, en la definición de la ayuda mutua como: "Un encuentro existencial de seres sufrientes que confluyen en un objetivo común, trascender el sufrimiento" para ver cómo comienza a plasmarse un concepto distinto de otros grupos denominados de autoayuda. Concepto que yace implícito en la definición de encuentro visto como una relación con un semejante, con un “otro”, en la que se reconoce a éste como ser humano, relación en cuyo marco ambos integrantes del par “Yo-Tu” se reconocen en toda su humanidad y, si también se reconocen en su singularidad y unicidad, el encuentro se convierte en relación de amor(Frankl).
En este proceso trataremos también de mostrar cómo los principios de la Logoterapia pueden ser aplicados exitosamente por el hombre común sin conocimiento previo en la materia, confirmando que la voluntad de sentido es innata al hombre y que si bien puede estar habitualmente encubierta por la voluntad de placer o poder, siempre aflora en las grandes crisis existenciales. Pero aquí hay algo que es necesario aclarar: el modelo frankliano nos facilita el lenguaje y los conceptos para definir y transmitir lo que ya experimentamos, lo que percibimos en nuestro propio despertar a una nueva manera de vivir, lo que sentimos en esa nueva dimensión de nuestro ser al luchar con dignidad, al ser capaces de enfrentarnos y oponernos a esa parte nuestra que quiere morir con nuestros hijos. Para describir este proceso de transformación interior a otros padres que están por comenzar este trágico y a la vez maravilloso camino, para esto nos sirve la Logoterapia. El mismo Frankl ha dicho en sus obras que la Logoterapia no es sino el lenguaje del hombre común y corriente que lucha por encontrar sentido a los interrogantes de la vida, traducido al lenguaje de la ciencia. Nuestra introducción a Frankl vino un año después que habíamos comenzado a trabajar con los grupos, y desde el punto de vista de la Logoterapia es importante destacarlo puesto que valida, vivencialmente, la aserción antes mencionada de Viktor Frankl.
En la elección del término ayuda mutua por sobre autoayuda hemos respetado el concepto logoterapeutico de la felicidad como resultado y no como meta, y consideramos que la ayuda a uno mismo es el resultado de una tarea adecuadamente cumplida que consiste en la ayuda a un hermano que sufre y en ese proceso de ayudar a otro me ayudo a mí mismo en una tarea de ayuda mutua. Esta vuelta de tuerca existencial de "recibir para después dar", tan frecuente en los esquemas de grupos de “autoayuda”, hacia el “dar para recibir” de Renacer, es consistente con el postulado cristiano, ratifica al hombre como un ser abierto al mundo y a los hombres, y confirma la autotrascendencia del ser humano que se reconoce en la frase de Frankl: “El hombre que se levanta por sobre su dolor para ayudar a un hermano que sufre trasciende como ser humano”. En este proceso de cooperación mutua Renacer se ha enriquecido con la incorporación de este modelo tan profundo y a su vez ha contribuido a su difusión en el mundo merced a la tarea de cada uno de sus grupos hermanos que han adoptado como lema: " A Pesar de Todo Sí a la Vida"
RENACER fue creado por nosotros en Diciembre 5 de l988, en la ciudad de Río Cuarto, Argentina, seis meses después que nuestro hijo de 18 años, Nicolás, falleciera en un accidente de moto. Actualmente existen centenares de grupos en Argentina, Uruguay, Paraguay, España, Panamá, México y esta en sus albores en Perú y Australia. Funciona de acuerdo con algunas de las pautas clásicas de los grupos de ayuda mutua, es decir: grupos de pares, horizontales, sin jerarquías y sin profesionales, salvo que hayan perdido hijos y participen en condición de pares.
Hace ya 14 años, cuando iniciamos esta tarea, lo hicimos con el firme convencimiento que el sufrimiento no es una enfermedad, sino una condición existencial del hombre, y que, aún en casos de enfermedades, el hombre no es su enfermedad, que el ser humano es infinitamente más que su enfermedad, y que precisamente en ese ser más que... es donde se hallan los recursos necesarios para trascender esa conmoción existencial. El siguiente párrafo del libro "Una Vida Fascinante" de Elizabeth Lukas nos ayuda a comprender esto:
" Todo lo que el ser humano 'tiene' puede enfermar: cuerpo y alma (psiquis. El intelecto y el sentimiento pueden ser perturbados por la enfermedad. A pesar de esto, nunca puede enfermar lo que la persona "es": la persona espiritual. Por definición algo espiritual se encuentra más allá de salud y enfermedad, y por lo tanto más allá de la vida y la muerte. Por supuesto la persona espiritual que un ser "es" necesita de un medio de expresión, que el ser humano "tiene" en forma de su organismo psicofísico, similar a como la música necesita del violín para ser escuchada. Cuando el violín tenga un desperfecto ("está enfermo") nadie dirá que la música tiene un desperfecto ("está enferma"); y cuando el violín se haya roto ("muerto"), de manera que nunca más pueda tener sonido, nadie dirá que la música se ha roto ("muerto")(3)
También hemos aprendido a ver a la muerte de un hijo como una verdadera conmoción existencial, una situación límite en la existencia humana. Fue Jaspers quién introdujo el término "Situaciones Límite" para definir crisis existenciales de una severidad y complejidad tal que producen verdaderas conmociones existenciales en el ser humano(4). Instancias de la existencia impensadas, inesperadas... e inescapables. Situaciones que producen un cisma en la vida, que hacen, quizás por vez primera, al hombre darse cuenta que es un ser histórico, inmerso en el devenir de su propio ser. Y lo que es más importante aún, le hacen ver que su pasado, que su historia ya realizada no puede ser cambiada y por eso mismo lo confrontan, esta vez de manera ineludible, con su propia conciencia en un diálogo que no permite el escape ante la responsabilidad existencial. Frente a esta profunda señal de alerta implícita en la crisis, el hombre despierta a su intuición, a ese "autoconocimiento axiológico prerreflexivo"(presaber intuitivo) del que nos habla Frankl, y conoce, sabe que la salida existencial yace por delante de él, en lo que aún queda por realizar de ese futuro en el que yacen las posibilidades aún no concretadas, se da cuenta que ésta vez debe elegir opciones con sentido, que la única manera de eliminar la oscuridad es dejando entrar la luz.
A lo largo de estos años de trabajo sobre el sufrimiento y los grupos de ayuda mutua hemos tratado de transmitir la idea de algo común a todos los grupos de ayuda mutua: que todos tienen que ver con el sufrimiento humano, más allá del origen de ese sufrir y que por lo tanto deben estar orientados hacia el hallazgo de sentido en ese sufrimiento, que el objetivo común no debe ser no sufrir sino no sufrir en vano, que, como dice Lukas, deben ayudar a sus integrantes, no a trabajar con los hechos del pasado que no pueden ser cambiados, sino a abrirse a ese mundo en el que esperan las posibilidades aún latentes en sus vidas; que deben ayudarlos a elegir correctamente entre todas las posibilidades, que deben encontrar las opciones con sentido(5), que deben emprender el camino, el único camino con sentido que esa conmoción existencial les plantea: el camino final de humanización.
Desde la perspectiva del análisis existencial, podemos ver a cada grupo de ayuda mutua como un microcosmos, donde el sufrimiento representa lo esencial necesario —en el sentido de lo común y no contingente—, y la existencialidad está dada por la manera personal y única en que cada integrante lleva su sufrimiento (6). De esta manera nos vamos introduciendo en una exégesis ontológica del sufrimiento. Para Frankl, la Logoterapia y, más específicamente el análisis Existencial, está orientada hacia el acompañamiento y la ayuda al hombre sufriente, y trata de descubrir y ayudar a emerger aquello que es lo más personal, aquello que es lo individual, lo excepcional, en otras palabras, el aspecto existencial del sufrimiento. Insiste Frankl en éste aspecto al decir que el sentido no yace en el propio sufrir sino en la manera de hacerlo.
¿ Cuál es el primer paso en este largo y difícil camino que los grupos de ayuda mutua ofrecen? ¿ Cómo hacer para sacar a los integrantes de estados de profunda concentración en sí mismos y preocuparse por el otro? Se hace necesario comenzar por aprender nuevas maneras de comunicación que partan desde lo mejor de cada uno hacia lo mejor del otro, aprender en ese proceso a ver al otro como aquél para quién yo soy el otro. Y lo mejor de cada uno es ese amor que aún tenemos, por la vida, por los que nos rodean, por Dios o por uno mismo, puesto que si los corazones estuviesen secos, sin nada de amor, nadie estaría en grupo alguno.
Elizabeth Lukas nos deja la "convicción de que toda persona, aunque psíquicamente sea sumamente contrahecha y acorralada, podrá salvar su alma por la entrega de un poco de amor" Y el amor es humilde y es desapegado y es autorrenuncia, y estas tres características humanas han estado dormidas en la existencia de la mayoría de los integrantes de los grupos, y los tres son fenómenos específicamente humanos que reflejan la autotrascendencia propia del hombre. Hemos llegado así a “descubrir”, a des-ocultar, en el sentido heideggeriano, que la respuesta del hombre al sufrimiento yace en la trascendencia que aflora en medio del dolor, y de esta manera se hace evidente una conclusión más: el sufrimiento no puede ser curado, ni resuelto, ni elaborado, el sufrimiento sólo puede ser... trascendido.
Pero si bien ha sido la obra de Frankl la que nos dio los fundamentos teóricos, fue su vida la que nos dio un mensaje invalorable y nos sirvió de ejemplo: prisionero en 4 campos de concentración nazi durante la segunda guerra mundial donde perdió a su esposa y un hijo por nacer, su madre y padre y un hermano, y aún pudo decir "A pesar de todo, sí a la vida... "
DESARROLLO
Nosotros consideramos la pérdida de un hijo (irrespectivamente de la edad y causa de la muerte) el desafío existencial más severo que el ser humano pueda vivir, desafío para el que no encontramos referencia previa en nuestra historia personal que nos ayude a superarlo en soledad. Nunca es el ser humano confrontado con el sufrimiento, la culpa y la muerte tan abruptamente como cuando pierde un hijo. Muy profundo dentro de nosotros nos damos cuenta que esto que nos sucede no es una enfermedad, sino una situación de gran sufrimiento espiritual por lo que no encontramos, en la mayoría de los casos, ayuda adecuada de instituciones o profesionales. Como dice Frankl: “Solo el hombre que está adentro sabe. Su juicio puede no ser objetivo, su evaluación fuera de proporción, esto es inevitable...” Este sólo pensamiento convalida la creación de grupos de ayuda mutua para personas que enfrentan un sufrimiento espiritual, una verdadera conmoción existencial inevitable. En las palabras de Elisabeth Lukas: “Donde el conocimiento científico fracasa, lo esencialmente humano debe prevalecer. En los límites de la comprensión la empatía debe encontrar las palabras”(7)
Durante el primer año de trabajo en el grupo recogimos experiencia de una manera intuitiva. También aprendimos de Kübler Ross que el proceso de duelo en padres dolientes se asemeja estrechamente a las etapas por las que atraviesa un paciente terminal (8):
1-Shock, negación. "No, no mi hijo", cuando se nos notifica del accidente, o se nos da un diagnóstico.
2-Enojo, rebelión. "Por qué yo", "por qué mi hijo", "Dios no existe", "Qué clase de Dios es este"
3-Negociación. (generalmente con Dios) "Si me dejas ver a mi hijo una vez más te prometo..."
4-Depresión. "La vida no tiene sentido"
5-Aceptación. "Todo está bien"
Sin ayuda social (el grupo) hemos visto a padres quedarse en cualquiera de las primeras cuatro etapas por largos períodos de tiempo, pueden ser años, y en muchos casos puede prolongarse de por vida.
Inicialmente trabajamos de una manera intuitiva, con el concepto de que en medio de tanta adversidad, nosotros debíamos no solo sobrevivir, sino llevar nuestro sufrimiento con dignidad, "caminar con la frente alta". Estábamos siendo, sin advertirlo, testigos del despertar "del poder indomable del espíritu", llegándose muy profundo dentro de la dimensión de la libertad humana no sujeta a leyes deterministas. Un año después un "regalo de Dios" vino a nuestras manos en forma de un pequeño libro: "El hombre en Busca de Sentido" de Viktor Frankl. Al leerlo experimentamos el fenómeno del ¡ahá! (9).
Inmediatamente encontramos un paralelo entre nuestros sentimientos y los de los prisioneros en campos de concentración:
Como el prisionero, para el padre que pierde un hijo, el tiempo parece ilimitado y eterno. Frankl lo llama "la extraña experiencia del tiempo", un día puede antojársenos eterno, mientras que una semana puede pasar inadvertidamente en su totalidad. Cada día debe ser vivido con todos sus minutos, con los recuerdos diarios y las rutinas sin la presencia del ser amado. Confrontados con la realidad de nuestro hijo muerto sentimos, como lo expresa Frankl que "todo lo que poseemos es nuestra existencia al desnudo". La experiencia nos muestra con toda su crudeza y por primera vez, la transitoriedad de la vida. Confronta a los padres con su propia finitud. Como el prisionero, ven ahora la existencia como provisional y de duración desconocida. No saben cuánto tiempo se sentirán de esta manera, no saben cuánto tiempo podrán vivir de esta manera. Frankl dice que "el hombre que no puede ver el fin de su existencia provisional es incapaz de plantearse una meta en su vida. Cesa de vivir para el futuro". En nuestro caso la vida misma no puede ser concebida sin ese hijo, esa posibilidad nunca fue siquiera considerada. Por lo tanto debemos encontrarle un nuevo sentido a nuestra existencia.
Hemos perdido aún nuestra identidad, ya no sabemos cuáles son nuestras creencias, y nos cuesta reconocer nuestra propia imagen en el espejo.
Frankl nos dice, más adelante, que cuando el hombre se rinde y es incapaz de ver el futuro, vive de pensamientos retrospectivos (10). El pasado atenúa el horror del presente haciéndolo aparecer menos real. Y así ocurre con nosotros cuando tratamos de vivir en el pasado donde aún estaba nuestro hijo en su presencia física. Hemos visto repetidamente que esta faceta del duelo puede no ser trascendida jamás, haciéndose así evidente la cualidad atemporal del dolor cuando no existe ayuda adecuada; esto es lo que los analistas existenciales han denominado sufrimiento anancástico. Este aspecto es de una gran importancia práctica puesto que una de las cosas que más alteran a los padres que inician este largo camino es la incapacidad para alejar de su pensamiento la manera en que su hijo ha fallecido, es decir el momento y la forma del accidente, asesinato, suicidio o, en caso de enfermedad, los sufrimientos padecidos. Estos pensamientos se transforman, para muchos padres, en verdadera tortura por su continuidad temporal y la imposibilidad de su alejamiento o reemplazo por otros pensamientos. En nuestra experiencia, este problema sólo puede resolverse mediante un abordaje prospectivo, es decir orientado hacia el futuro, en otras palabras, es necesario que los padres asuman compromisos existenciales con orientación al futuro. No alcanza con comprender este hecho, es necesaria la acción. Para aclarar este punto que es, insistimos, de vital importancia en el comienzo de duelo, debemos detenernos por un instante en algunos conceptos heideggerianos sobre el ser-en-el-mundo y la temporalidad.
Entendemos por mundo la estructura de relaciones significativas en la cual la persona existe y participa en su diseño. Estar consciente del mundo propio implica al mismo tiempo estar diseñándolo. Este mundo incluye los eventos pasados que condicionan nuestra existencia y todo aquello que nos determina. Pero son estos eventos en la manera en que soy consciente de ellos, que los llevo, que los moldeo y los voy formando en cada minuto de mi existencia. El mundo no se limita a los eventos determinantes del pasado, sino que incluye las posibilidades que se abren ante nosotros, es decir aquello que yace en nuestro futuro y espera ser realizado por nosotros. Es esta apertura del mundo lo que distingue el mundo humano del mundo cerrado de los animales y las plantas.
En el pensamiento occidental ha predominado la tendencia a pensarnos como seres espaciales, a pensarnos, desde Descartes, como res extensa, como cosas u objetos materiales “frente a los ojos”, cuando en realidad somos seres temporales, y esta temporalidad nos marca el hecho que somos seres proyectantes, siempre orientados, proyectados hacia algo que no somos nosotros mismos. Ahora bien, si perdemos la proyección, si desaparece la orientación hacia las posibilidades latentes en el futuro, entonces sólo queda morar en nuestra temporalidad ya pasada (el mundo de los recuerdos), o en nuestra espacialidad presente, actual y experimentarnos entonces como res extensa. Desde una perspectiva ontológica esto implica una transformación existencial de un ser-ahí a un ser-así, fijo, sin posibilidad de cambio. Esta falta de futuro, de deseo de futuro, de deseo de proyección, esta an-orexis, esta falta de deseo existencial-temporal nos convierte en seres primariamente espaciales, extensos, biológicos. La persona, al reducirse temporo-existencialmente se agranda corporalmente, se espacializa, de aquí la prominencia de los síntomas somáticos al comienzo de un duelo. Para Heidegger son los sentimientos los que abren al hombre el mundo y a sí mismo y así también abren lo vivido que permanece para siempre en el mundo de nuestro pasado como lo ya realizado, lo eternizado en la realidad más indestructible. Estamos hablando de un pasado que es accesible, es decir, al que se puede acceder, que contiene valores realizados, que es teñido por el sentimiento o la emoción que lo evoca y que es influenciado por las decisiones que se toman y los proyectos que se tienen y que, a su vez, tiene influencia en la producción de los estados de animo o temple.
En la situación que nos atañe, si existe como proyecto de vida el ayudar a otro padre que ha perdido un hijo, es necesario que del pasado se rescate sólo el hecho neutro, el fenómeno, que el ayudador también ha perdido un hijo, pero no se puede dotar a ese hecho, no se puedo vestirlo, con emociones y sentimientos negativos, dolorosos, puesto que si se procede de esta manera es evidente que no se estará en condición de ayudar a esa persona. Si, por otra parte, no existe proyecto alguno, entonces se vivirá en el pasado y rescatará continuamente el hecho en si, pero esta vez vestido con todas las emociones que a él corresponden y propias de un mundo cerrado, sin horizontes, sin proyectos, sin nada por lo que valga la pena seguir viviendo, por lo que es de esperar que se priorice el rescate de aquello más doloroso, aquello que más sufrimiento ha originado y que, además, se vuelva una y otra vez, en un eterno movimiento circular, a aquello que tanto nos ha marcado; lo que muestra la manera peculiar de manifestarse en oleadas de la hiperreflexión.
Por otra parte, en la medida en que el pasado no es el ahora que fue, sino que es la dimensión en la que queda guardado todo lo realizado por el hombre, el granero del que habla Frankl, es, a la vez, el reservorio de donde ese hombre puede seleccionar y rescatar todo aquello que sea útil a sus proyectos, todo aquello que sea de valor, todo lo que ayude a ese hombre a encontrar sentido. Dicho en otras palabras, lo que el hombre aspira a ser determina, en gran medida, lo que rescata de su pasado, de su ha-sido. En este sentido podemos decir que es el futuro el que determina el presente del pasado.
Tomemos ahora como ejemplo el recuerdo de un ser querido que ha muerto y nuestras maneras de recordarlo. Cuando lo recordamos, no lo percibimos como realidad frente a nosotros sino como recuerdo (realidad inmanente) Esta distinción no hace a la persona percibida en su con¬tenido fáctico, sino al modo en que se lo capta. Las maneras de darse del ser captado en la rememoración son diversas: ser imaginado, deseado, amado, pensado. Todo esto se lleva a cabo en una actitud fenomenológica. Si ahora, con una actitud natural, empírica, recordamos nuevamente a ese ser querido, lo hacemos de otras maneras, también diversas pero naturales (psicológicas): dolor, pena, angustia, bronca, ira, etc. (11). Esta manera de ver nuestra existencia en situación de duelo, es decir con la capacidad de desapego suficiente como para poder discernir que todas estas maneras de rememorar son reales y posibles de ser realizadas, nos ha de permitir elegir un modo de recordar más suave, más dulce, más amoroso.
El anclaje existencial en el pasado, que afecta a tantos padres sufrientes se expresa también por una incapacidad para tomar decisiones, para cambiar, justificada por muchos padres al decir que no pueden cambiar puesto que “ellos son así”, haciendo gala de lo que se ha llamado fatalismo neurótico. Aquí es importante analizar los conceptos de Jaspers sobre la historicidad del hombre. De acuerdo a Jaspers el ser no puede ser comprehendido sino en su historicidad, en un determinado modo, dado que para él el ser es como un horizonte en el cual todo se ve nítido, pero cuando creemos haberlo alcanzado nos damos cuenta que delante de nosotros hay un nuevo horizonte. Podemos entonces decir que el hombre que puede ser dicho, comprehendido, no es el hombre verdadero. Cada hombre es inagotable; por eso al examinarlo, queda reducido(12). Mucho tiempo antes que Jaspers, Lao Tse ha señalado que el Tao que puede hablarse no es el Tao eterno (13).
Esto tiene su importancia, como hemos mencionado, en la medida en que nos brinda una alternativa para resolver el problema de lo que hemos llamado “fatalismo neurótico” en el duelo. Si nos remitimos a lo analizado previamente, ahora le podemos hacer ver a esos seres sufrientes que es ese momento de su persona que es así, y que de él depende que sea sólo un momento histórico, un horizonte al que se ha llegado, para de nuevo emprender un camino, solo que esta vez puede ser un camino nuevo, diferente, un camino mejor, un camino que lo aleje del ser-así para conducirlo nuevamente a una manera de ser-ahí.
¿De qué manera puede un grupo de ayuda mutua auxiliar más adecuadamente a esa persona para llegar a un nuevo ser histórico? ¿Haciéndole reflexionar y analizar continuamente las dificultades que este momento de su persona le plantean? ¿O abriéndole su horizonte de libertades —posibilidades— y ayudándole de ésta manera a encontrar su nuevo momento histórico, su nueva manera de ser, en ese, su nuevo camino, sólo que esta vez acompañado y ayudado por sus compañeros de destino? Parece evidente que al hombre que tiene que hacer su viaje por la vida con un platillo de la balanza sobrecargado por las realidades que el destino, ya sea biológico, psicológico o circunstancial le ha deparado, la mejor forma de ayudarlo no es alivianar el platillo de su destino —hecho de por sí imposible de llevar a cabo—, sino cargando el platillo de sus posibilidades —que esperan ser realizadas— más que el del destino. Es sabido que para apuntalar un arco o una bóveda es necesario aplicarle peso encima, y con el hombre pareciera ser igual.
Retornando al paralelismo entre los padres sufrientes y los prisioneros del campo de concentración, podemos ver que, confrontados con la pérdida de un hijo, algunos padres se sienten prisioneros de campos de concentración, pero no de guerra, sino del destino, el que aparece no sólo como un cruel guerrero sino también como el regidor de sus vidas.
También muchos puntos en común con la Logoterapia se hicieron evidentes, particularmente el hecho que pone el acento en la vida desde este momento en adelante, preocupándose no por los de dónde y los por qué sino por los para qué y trabajando con los aspectos más fuertes de nosotros mismos, haciéndonos ver que no somos víctimas indefensas del destino. Como dice Elisabeth Lukas, nuestra lucha con el destino no es tan desigual como parece. Él nos interroga —para algunos las preguntas pueden ser más complejas (el suicidio de un hijo, la pérdida de un único hijo, la pérdida de todos los hijos)—, pero nos da a todos igual oportunidad de responder, como tan bellamente lo dijera Rilke al comienzo de su Libro de Horas:
"la hora gravita y me invade con su nota metálica y clara. Tiemblo, y siento que puedo, son mías las formas del día",
y si elegimos responder a través de los valores de actitud lo hacemos de la manera más digna y elevada que el hombre puede elegir. Pues estos valores que emanan del hombre mismo, no están dirigidos a él —aunque eventualmente retornen a su origen—, sino a los demás, a la vida misma, a Dios, y representan el máximo grado de responsabilidad individual ante la vida.
Se hace necesario, en este momento, una breve digresión sobre el destino, tema este de profundos planteamientos existenciales por parte de los padres, planteamiento que en algunos nunca puede ser superado, con todo lo que ello significa en un proceso de duelo. Las situaciones límites extremas, de las que la muerte de un hijo es la más severa, presentan al hombre la oportunidad de lograr la pérdida de la angustia ante la posibilidad de tener que “elegir”, puesto que ya todo ha sido elegido por él. Según Kierkegaard, el ansia o la angustia en el hombre se debe a la necesidad o la obligación de tener que decidir. Siguiendo esta línea de pensamiento podemos decir que aquello que sucede en la existencia a partir de un destino que no puede ser cambiado, presenta en sí una enorme capacidad redentora, pudiendo transformarse en una experiencia liberadora. Esto no es una mera especulación teórica puesto que en los grupos de ayuda mutua para padres que han perdido hijos, muchos de ellos manifiestan haber perdido el miedo ante la incertidumbre a partir de su pérdida. En esos casos es muy común escuchar: “¿Qué más puede pasarme ya? ¿Qué me queda por perder? ¿Qué miedo puedo tener ante lo que vendrá?”
El sufrimiento, el sufrimiento intenso, ese sufrimiento que lleva implícito en él la capacidad de aniquilar al hombre, así como la de elevarlo, presenta la característica de poder conducirlo por un camino existencial peculiar por su bidireccionalidad, puesto que puede hacer que seres humanos retrocedan a la categoría de entes al dejarse vencer por un sufrimiento al que no han sabido encontrarle un sentido, pero también puede hacer que otros seres al haber perdido la angustia merced a una decisión que ya ha sido tomada por el destino, y usando esa libertad plenamente, lleguen a adquirir una experiencia del ser tan intensa, tan profunda, que los lleve a un estado de iluminación, de gracia, de profunda paz interior, de plenitud existencial.
LA PREGUNTA SOBRE EL SENTIDO DE LA VIDA
Mientras el trabajo con los grupos proseguía se hizo muy claro que, como dice Elisabeth Lukas: "Nunca la pregunta por el sentido de la vida está tan presente como ante una pérdida dolorosa"(14). Todos los padres se preguntan si la vida aún tiene sentido. Algunos temen el vacío existencial que perciben les espera, mientras que otros se dan cuenta por primera vez que éste ha sido el compañero inseparable de sus vidas.
Y así como Frankl les dice a sus camaradas prisioneros(15), nosotros lo hacemos en el grupo: que no importa lo que nosotros esperemos de la vida sino lo que la vida aún espera de nosotros. Que debemos dejar de preguntarnos sobre el sentido de la vida y más bien vernos a nosotros mismos como los que estamos siendo cuestionados, y que la pérdida de un hijo es la pregunta más importante que la vida nos ha hecho. Cómo respondemos a este interrogante marcará la diferencia entre una vida llena de sentido —quizá por primera vez— o una sumida en la desesperanza y la tristeza. Más aún hará la diferencia entre encontrar sentido en la partida de nuestros hijos o llorar para siempre sobre preguntas sin respuesta, permitiendo así que nuestra vida sea destruida por esa persona que tanto amamos. Si nuestra elección es la primera, al vivir nuestra vida en homenaje a nuestros hijos los hacemos trascender en la forma en que la vivimos. En otras palabras: siendo responsables.
En los grupos se enfatiza que, como seres únicos e irrepetibles que somos merecemos vivir una vida plena de sentido, y nuestro desafío yace en descubrir qué tarea la vida aún nos reserva. Nadie puede vivir nuestra vida por nosotros, el grupo puede sostenernos, apoyarnos, amarnos y guiarnos para encontrar nuestro propio camino, pero no puede cargar nuestra cruz individual. Nuestra oportunidad se encuentra en la forma en la que llevamos nuestra carga. Saber que nuestro sufrimiento puede tener un sentido nos ayuda a darnos cuenta de la oportunidad de crecimiento personal y espiritual inherentes al sufrimiento, haciéndolo más dulce y fácil de llevar.
De acuerdo con Frankl hay tres caminos principales para llegar al sentido de la vida y los hemos visto hacerse realidad en RENACER(16):
1- A través del encuentro con alguien, o sea los valores vivenciales.
2- A través de los valores de creación, realizando una tarea.
3- Simplemente viviendo nuestra vida cuando las circunstancias no pueden ser cambiadas; tratando solo de comprenderla tal como es y vivirla con coraje; no escapándose de ella, no ocultándose de ella, enfrentándola con valentía, sea lo que sea, buena o mala, divina o maligna, el cielo o el infierno. Recordemos que Frankl dijo en una ocasión: “de las cosas que más orgulloso me siento son aquellas que nadie me envidiaría, son los sufrimientos vividos con dignidad”. En otras palabras, sufriendo cuando el tiempo de sufrir ha llegado, pero sufriendo con dignidad, elevándonos por encima de nosotros mismos, trascendiendo ese sufrimiento y demostrando así uno de los aspectos más humanos del hombre: la capacidad de convertir una tragedia personal en triunfo. Estos tres caminos confluyen en uno sólo, como quizás en ninguna otra ocasión en la vida, en RENACER: el ser sufriente a quien ayudar se vuelve la tarea a cumplir, a través de los valores de actitud (17).
Y así lo hacen los padres, al emerger más sabios, más amorosos, más receptivos hacia aquellos que los necesitan, preparados para extender una mano o prestar un hombro hermano. Sabiendo que, frente a lo irreversible, frente a aquello que no puede ser cambiado, el hombre tiene aún la última de las libertades individuales: elegir la actitud conque lo enfrentará. Si será como la débil hoja arrastrada por los primeros vientos de otoño, o como el árbol fuerte pero flexible que se inclina y estremece pero se yergue fortalecido cuando la tormenta pasa. En las palabras de Kübler Ross: “Si protegiéramos las quebradas de los vendavales nunca veríamos la belleza de sus tallados”
De esta manera, los padres en los grupos son testimonio viviente que hay una dimensión en el ser humano que lo ayuda a trascenderse a sí mismo hacia metas más allá de sí, hacia un sentido que está más allá de sus necesidades personales. Es esta libertad individual lo que le da propósito y sentido a la vida. Y nosotros sabemos que esto es lo menos que les debemos a nuestros hijos y a nosotros mismos.
En las reuniones de grupo tres instancias se suceden, como veremos más adelante, sin que esto implique un orden o duración estrictas de las mismas. Si bien en un primer momento consideramos que una primera instancia debía ser la de catarsis, pronto nos dimos cuenta que este volver atrás sobre los hechos dolorosos y la exploración de emociones tan encontradas y negativas, propias de los primeros tiempos después de la partida del hijo, nos mantenía en un nivel emocional desde donde se hacía muy difícil vislumbrar un proyecto de vida. Y lo que es más aún, se hacía difícil no caer en la hipereflexión, consecuencia lógica de este tipo de procesos.
Eventualmente nos dimos cuenta que los padres que se acercan a RENACER lo hacen en realidad no sólo porque han perdido un hijo, sino que habiéndolo perdido no quieren seguir viviendo como lo están haciendo. La mayoría de ellos han hecho catarsis, quizá durante el velorio del hijo, los días posteriores con amigos, o familiares. Al llegar al grupo y advertir inmediatamente que no son los únicos que sufren, su perspectiva cambia inevitablemente. Como una primera instancia entonces, hemos llamado "el recibimiento", a ese espacio de tiempo antes de la reunión en sí, donde los padres más antiguos van recibiendo a los nuevos, en una atmósfera distendida, de una manera cálida, interesada, y si no ha habido contacto previo con este papá, es esta la oportunidad de enterarnos de sus nombres, el nombre del hijo que partió, y su circunstancia particular de vida.
Hay un aspecto que es necesario aclarar con respecto a la catarsis, y es que lo correcto es decir que no la fomentamos, no que no la permitimos. Así es que los padres que coordinan las reuniones —y que rotan en cada reunión—, han aprendido que si la primer pregunta que se le hace al padre que se acerca por vez primera es ¿Cómo estas?, ¿Cómo te sientes?, o algo similar, la respuesta invariablemente es una catarata de llanto y catarsis, la que, a su vez, es contagiosa para el resto del grupo; por eso es que primero hablan los padres más antiguos y hacia la mitad de la reunión se les da la palabra a los padres que recién se acercan y se les pregunta ¿Qué opinan de lo que han escuchado? ¿Se sienten cómodos? U otras preguntas que tienden a hacer dirigir la mirada hacia los otros integrantes del grupo. También se les pregunta por las dificultades puntuales que están encontrando en sus vidas, sobre sus dudas y todo aquello que pueda ser respondido desde una perspectiva existencial antes que psicológica o emocional. Muchas veces el primer contacto se hace a través de una nota personal y algún material de RENACER, y quizá una visita previa antes de la primera reunión, lo que facilita la inserción del padre nuevo al grupo. De esta manera, y mezclando padres con diversos tiempos de duelo y asistencia a RENACER desde el primer momento los padres que recién ingresan tienen la posibilidad de incluir a otros en su vida (dereflexión)
Con respecto a la catarsis, si bien como hemos dicho, no es fomentada, es importante describirla solamente con el fin de objetivar los inconvenientes previamente señalados. Durante la catarsis los sentimientos de culpas y pérdida de la auto estima predominan. Hemos encontrado que el continuo desmenuzamiento de la forma en que los hijos se van, de lo que ocurrió ese día etc. no es útil para el proceso de recuperación, por el contrario, es el aquí y ahora que deben ser considerados y toda las energías puestas en planear el futuro sin el ser amado. El grupo asiste al padre a comprender la futilidad de mirar hacia el pasado que no puede ser cambiado, ya que, como padres, hemos actuado "de la mejor manera que supimos y pudimos" y al mismo tiempo enfatiza el potencial positivo de la culpa y lo que podemos aprender de nuestros errores de manera de no repetirlos. De esta forma el padre se da cuenta que el cambio, la transformación, es una actitud redentora que ayuda en la recuperación de la autoestima
En algún momento comienza la aceptación de la realidad, al comprender el padre que ya su hijo “no volverá”. Es aquí que debemos aprender a dejar ir a esos hijos con nuestro permiso, después de todo es lo más importante que han hecho en su vida; puede no gustarnos, pero debemos respetarlo. Hemos encontrado que ésta es una instancia muy importante para dejar el enojo y la rebeldía atrás y concentrarse en responder la pregunta: ¿Qué hago con mi vida de aquí en más? Al distanciarse el padre de sus sentimientos que hasta ese momento no lo han dejado ver con claridad, al comenzar a aceptar la realidad, puede ahora escuchar y considerar las ideas y perspectivas expresadas por los miembros más experimentados del grupo quienes ya han vivido lo mismo, para aplicar a su propia realidad. En este momento el padre tiene la oportunidad de verse reflejado en los otros padres, quienes hacen las veces de espejos o referentes, ayudándolo a comprender, aceptar y finalmente trascender los sentimientos negativos, reemplazándolos por otros más positivos y constructivos. Esto ayuda a esclarecer conceptos e ideas que hasta ese momento han sido considerados desde una perspectiva totalmente negativa. Es aquí donde el ejercicio de la dereflexión -según es explicada por la Logoterapia- es especialmente útil. A los padres se les explica cómo una misma situación, o un mismo sentimiento pueden ser vistos desde una perspectiva totalmente opuesta, mucho más reconfortante y constructiva, y el énfasis es puesto en los aspectos positivos de la vida de la persona, en sus puntos fuertes, lo que le ayudará a construir su nueva vida a partir de allí.
A medida que el padre va descubriendo más aspectos positivos en su vida, ésta aparece como un proyecto a considerar nuevamente, pero de otra manera. Hasta ese momento el dolor lo ha hecho consciente sólo de sus necesidades, nadie sufría más, ningún otro dolor importaba. Ahora incluye a otros en sus consideraciones, y se da cuenta que, simplemente llegándose al otro, elevándose más allá de sí mismo hacia un hermano que sufre, provee a su propio sufrimiento de sentido, haciéndolo más suave de llevar. Como lo dice la Logoterapia: la derreflexión es una liberación de la hiperreflexión y el egocentrismo. En las palabras de Elisabeth Lukas: "Es un impulso hacia la dimensión espiritual del ser humano". Cuanto más pronto el padre trascienda su propio sufrimiento, más pronto logrará tomar responsabilidad por su propia vida.
Frankl nos dice que el sentido de la vida no puede prescribirse, debe ser hallado individualmente en las opciones concretas que la vida presenta al hombre. Sin embargo hemos visto que RENACER provee a muchos padres, durante un período en sus vidas en el que el sentido no se encuentra (y mucho menos se lo espera), con un sentido colectivo (principalmente aliviando el sufrimiento del otro) que está allí para tomarlo. Esta opción es ansiosamente aceptada por muchos padres mientras comienzan a reconstruir sus vidas destrozadas y, al tener nuevos proyectos, ayudados e incentivados por el grupo, comienzan la búsqueda por un nuevo proyecto de vida.
En este punto hemos visto que los pensamientos de Frankl sobre el sufrimiento resolviéndose a través del servicio y la culpa a través del cambio existencial se hacen realidad. Y más aún, la muerte ya no es el temido enemigo porque los padres aprenden a apreciar las oportunidades que la vida les ofrece para realizar acciones de valor en homenaje a sus hijos, y deben hacerlo hoy, ya que desconocen la duración de sus propias vidas.
Nosotros consideramos a RENACER como un grupo de crecimiento interior y transformación y como tal de potencial ilimitado. Y no puede ser de otra manera.
Confrontado el hombre con una verdadera conmoción existencial como la pérdida de uno o más hijos, tarde o temprano se enfrasca en un diálogo mano a mano con su conciencia. Allí surge, sin cuestionamiento o racionalización alguna, todo lo bueno y lo malo que hemos hecho y por sobre todo surge aquello que debe ser cambiado. Pero todo cambio asusta y más un cambio existencial. Allí es donde el grupo acompaña a cada uno de sus integrantes a dar ese gran salto, le apoya y fortalece, le da las herramientas para ese cambio que, después de todo, sólo puede hacerse en la más absoluta soledad existencial.
Y siguiendo con esta misma línea de pensamiento podemos decir que toda persona que ingresa a un agrupo de ayuda mutua lo hace porque está atravesando una circunstancia de vida muy difícil para ser trascendida individualmente, y si bien es verdad que los padres inicialmente identifican "trascendencia" con "dejar atrás el dolor", pronto se dan cuenta que fundamentalmente significa elevarse por encima de si mismos para dirigir su esfuerzo y amor hacia otros. Desde ese momento el grupo se vuelve una entidad capaz de facilitar su crecimiento interior. Ya hemos visto que la mayoría de los padres dolientes que se acercan a RENACER lo hacen porque no les gusta la forma en que están viviendo sus vidas. Esto implica un deseo, consciente o no, de lograr una transformación interior, de ser, de alguna manera, diferentes y por sobretodo, mejores personas de lo que fueron alguna vez. En muchos grupos esto es descrito como un camino a la espiritualidad, que podría ser definida como un estado de conciencia ampliado, expandido, en el que valores como la solidaridad, el bien, la compasión, la justicia y el amor incondicional predominan.
Desarrollo de una reunión Antes que nada es necesario aclarar que en la reunión participan todos los padres que asisten al grupo, sin importar la causa de la muerte ni la edad del hijo o hijos al morir puesto que aquello que une a todos los integrantes es el hecho de haber entregado hijos a la vida antes de lo que hubiéramos deseado. La importancia de esta decisión de estar todos juntos desde el primer momento ha probado ser valiosa para desalentar la hiperreflexión y favorecer el despliegue de la autotrascendencia, como veremos más adelante. Hemos visto ya que antes de comenzar con la reunión propiamente dicha existe una instancia que hemos llamado el “recibimiento” que facilita la inserción grupal de los que recién llegan.
Volviendo a las diferentes instancias que generalmente se desarrollan durante una reunión, podemos ahora hablar de los diferentes niveles en los que el grupo puede funcionar, y así describir tres niveles en RENACER. Esto no significa tres grupos distintos, sino niveles o momentos dentro de la misma reunión:
l) Tradicional: en este nivel el grupo está más orientado a lo que podemos llamar comportamiento testimonial, en el que la catarsis y las emociones predominan. Uno de los problemas que estos padres confrontan es la disolución como grupo luego que todos los testimonios se conocen tan bien que no queda ya nada por decir; otra posibilidad es la transformación en un grupo de víctimas, en el los integrantes se reúnen para luchar contra los victimarios, reales o supuestos. A este sentimiento de victimización están particularmente expuestos los padres de hijos asesinados, o muertos en accidentes de tránsito por responsabilidad ajena, real o supuesta. El problema que esto plantea es que es característica de la víctima transferir la responsabilidad existencial —es decir por su vida y cómo la vive— al victimario; lo que implica que la victima nunca puede ser responsable por su vida y, por lo tanto, elegir cómo vivir su duelo, su sufrimiento.
2) Análisis Existencial: en este nivel de funcionamiento los padres actúan como seres a quienes la vida les ha hecho una pregunta extremadamente dura, y bucean en su inconsciente espiritual por recursos interiores con los que ni siquiera habían soñado inicialmente. Aquí el grupo funcionaría en el nivel de análisis existencial. A los padres que ingresan al grupo se les ofrece precozmente una alternativa que ha demostrado ser muy valiosa para inducir una temprana dereflexión y facilitar, a la vez, la fase de análisis existencial: se les dice que pueden ver al grupo de dos maneras, una es acudir para buscar consuelo y un hombro donde apoyarse y que en general eso ayuda pero no alcanza, la otra forma de ver al grupo es como un lugar donde van para dar algo en recuerdo y memoria de sus hijos. La mayoría de los padres elige la segunda opción y es ahora cuando se les plantea la siguiente pregunta: ¿Qué van a dar en memoria de sus hijos? ¿Qué es lo único que un padre puede dar en memoria de sus hijos? ¿Odio? ¿Bronca? ¿Ira? ¿Deseo de venganza?, a partir de aquí surge, de manera espontánea, el amor, el mismo amor que los padres sienten por sus hijos, como única respuesta. Desde este momento en adelante se hace posible trabajar con lo más sano, lo más valioso de cada padre.
Para Viktor Frankl, el análisis existencial entiende al hombre como un ser esencialmente responsable(18). Y agrega que no es el hombre el que debe cuestionar a la vida, sino que es él el que está siendo interrogado; solo que su respuesta debe siempre basarse en la acción, es solo a través de su accionar que las "preguntas vitales" pueden ser respondidas. Aquí Frankl va más allá aún para decir que la responsabilidad es la base fundamental del ser humano en cuanto representa una dimensión espiritual y no meramente impulsiva. Es aquí donde RENACER actúa como una escuela de vida, asistiendo a cada padre en su propio análisis existencial, rescatando todas las experiencias positivas y cambiando todo lo que necesita ser cambiado. Es cuando los padres utilizan el grupo en este nivel cuando las preguntas que componen la tríada trágica: sufrimiento, culpa y muerte encuentran respuesta. El sufrimiento puede ser resuelto a través del servicio, hacia otros padres dolientes o cualquier otro ser sufriente, así vemos muchos padres miembros de los grupos que visitan orfanatos, hogares de ancianos, fomentan la donación de órganos, constituyen fundaciones para el alivio del mal responsable por la partida de sus hijos, etc. La culpa es resuelta a través del cambio existencial y la muerte ahora se convierte en acicate para la acción responsable.
Cuando los padres comienzan a darse cuenta que una persona que ha perdido uno o más hijos nunca volverá a ser la misma, que algo cambia para siempre, es aquí donde RENACER se abre al análisis existencial. Ahora, apoyado por sus pares, el padre dolorido logra percibir, no aún de una forma consciente, que lo que debe morir es su ego y no su ser. Comienza a comprender, con el apoyo del grupo, que la pérdida de un hijo es la pregunta más importante que la vida le ha hecho, y por lo tanto la respuesta debe ser de igual importancia. El todavía no sabe cuál es esta respuesta, pero su intuición le dice que debe estar basada en una transformación espiritual. En este nivel, el grupo continua funcionando como un grupo de análisis existencial, el que puede continuar a lo largo de toda nuestra vida.
3) Trascendental: este nivel lo podemos llamar de "iluminación", trascendencia de los problemas analizados a un nivel existencial; liberación, que en nuestro caso significa, llegar a un estado de paz interior, pero también haciendo uso de la responsabilidad que viene con la libertad, dándonos cuenta que somos responsables frente a nosotros mismos, frente a la sociedad, frente a Dios, y por sobre todo frente a aquellos que en los momentos difíciles de la vida nos están mirando y protegiendo, y que son nada menos que nuestros hijos quienes nos han precedido en el viaje evolutivo que llamamos muerte. De esta manera, los padres se muestran capaces de responder a las preguntas del destino en la forma más elevada posible, a través del ejercicio de los valores de actitud, que en este momento, con total comprensión de su significado, se vuelven contagiosos en el grupo de pares.
El grupo se expande al máximo de su potencial cuando cualquiera de los miembros trasciende sus sentimientos expresados en el nivel de análisis existencial y comienza a trabajar como ayudador. Después de una reunión a la que asistió una mamá por primera vez con todo su dolor, otra madre con un poco más de experiencia en el grupo dijo: “es la primera vez que he podido dejar mi dolor de lado y pensar solo en el suyo, y lo que podía hacer para ayudarla”. Cuando los padres comienzan a distanciarse de su dolor y comienzan a prestar más atención al de los otros, frecuentemente mencionan la falta de palabras para describir sus sentimientos más íntimos, los que llegan a mucho más que la mera "felicidad", o un deber que ha sido cumplido, es más una sensación de que "todo está bien, que están finalmente en paz con la vida, que quizá este fue en realidad, su destino ". Que la vida, después de todo, necesita seres compasivos, y que es extremadamente difícil volverse compasivos leyendo libros, que es sólo como dice Frankl, a través del “sufrimiento sufrido con coraje” que la compasión puede ser ganada.
Cuando un padre nos dice que no puede contener su asombro ante lo que siente cuando sus esfuerzos para ayudar a alguien han sido respondidos, y que carece de palabras para describir estos sentimientos, nosotros sabemos que una comunión absoluta, un verdadero encuentro con el otro ha sido logrado, y ahora podemos detenernos brevemente en el significado de encuentro: es la reunión de dos o más personas en la que que el contacto o el vínculo se da a partir de lo humano en cada uno de ellos, y lo humano en el hombre es su dimensión espiritual. También hemos mencionado que se produce, merced al encuentro, una comunión, alcanzada a través de la intuición. En las palabras de Bergson: “intuición es la empatía a través de la cual nos transportamos dentro de lo más íntimo del otro para coincidir con lo que es único y por lo tanto inexpresable”(19). ¿Y qué puede ser más único e inexpresable que la muerte de un hijo?
Existen padres que pueden trascender su dolor más rápido que otros y obtener así una mejor calidad de vida. Estos son los que rápidamente se acomodan en el nivel trascendental. Son capaces de levantarse por sobre su dolor, “mirar al horizonte” y usar su capacidad para auto-distanciarse y muy rápidamente comienzan a ayudar al hermano que sufre. Son personas importantes como ayudadores, siempre con la palabra justa, con una actitud consoladora mientras se convierten no solo en referentes para el grupo, sino también en referentes sociales. Ellos son prueba, una vez más, que la única forma de ser ayudados es ayudando a otro. Estos padres se consideran a sí mismos seres totalmente responsables por sus propias vidas, han llegado a ver en la muerte de un hijo una pregunta muy importante que espera ser respondida, y es que precisamente ayudando a un hermano que sufre donde se encuentra la respuesta.
Teilhard de Chardin, tuvo ocasión de experimentar el fenómeno de la ayuda mutua durante la primera gran guerra y, en cartas que escribía a una prima suya surge con fuerza indescriptible la comunión alcanzada con sus compañeros de destino: “existe un lazo que, sin inquirir sobre modos, espíritu y convicción, une a los más dispares, contradictorios y contrarios entre sí, en un sólo, viviente, actuante y sensible cuerpo: el compañerismo, el participar de idéntico destino”... “En la guerra se había producido una rajadura en la costra de las banalidades y convenciones. Una 'ventana' se abrió a los mecanismos misteriosos y a las caras profundas del acontecer humano. Se había formado un ambiente donde le fue posible al hombre aspirar un aire cargado del cielo... En la paz, todas las cosas se cubrirán otra vez con el velo de la monotonía y de la pequeñez” Aquí Teilhard nos estaría dando una visión transubjetiva (trascendental) de una experiencia grupal, donde se analiza la existencia humana al desnudo, que podría compararse a la experiencia de Frankl y tantos otros héroes anónimos en los campos de concentración durante la segunda guerra mundial. Es importante notar que estos conceptos, que en esencia hablan sobre la ayuda mutua en situaciones límites, fueron escritos casi dos décadas antes de la aparición en los Estados Unidos, en 1934, del primer grupo de autoayuda, es decir de Alcohólicos Anónimos. Conclusiones
En la tarea de la ayuda mutua se yergue omnipresente, como hilo conductor, el fenómeno de la trascendencia del ser humano, de su auto-trascendencia, de su ser-siempre-proyectado, fenómeno sin el cual ésta tarea sería imposible.
Está implícito, desde el comienzo, el carácter fenomenológico tanto de la manera en que los grupos funcionan, como del presente análisis. Es precisamente esta metodología la que nos permite obtener las siguiente conclusiones sobre la autotrascendencia tal como se despliega en los padres sufrientes, a menudo muy rápidamente, por no decir en la reunión inicial, en otras ocasiones a medida que pasan las reuniones —dos veces al mes— y se dan cuenta que sin la presencia del otro no habría grupo alguno:
1- El hombre como ser humano es trascendente( autotrascendente), no puede no serlo. Los padres prontamente se dan cuenta que no existe ayuda mutua sin la presencia del otro frente a ellos. En palabras de Levinas “no soy el otro; no puedo ser sin el otro”. El ser humano puede ilusionarse, dejar que un velo lo cubra, y creer que no es autotrascendente, hacer como si no lo fuera. Hecho este que lo lleva a la desesperación o angustia existencial, y que en el grupo se manifiesta por estados de profunda hiperreflexión, durante los cuales los padres sólo ven su propio dolor, fenómeno que hemos llamado como “el cortaplumas cerrado”, que impide toda observación e integración al mundo. Cuando la autotrascendencia es ignorada sistemáticamente aparece la neurosis existencial, el hombre vive escapando del ser(Heidegger). Transita, sin darse cuenta, del ser-ahí al ser-así(Frankl). En el grupo se manifiesta por lo que hemos descrito como sufrimiento anancástico o, en términos franklianos, depresión noógena.
2- Durante los primeros 6 años de actividad los grupos Renacer se autodenominaron de “autoayuda”. A medida que transcurrió el tiempo los integrantes comenzaron a darse cuenta que lo realmente valioso era el hecho de ayudar a otro padre sufriente, que en la medida en que se preocupaban más por el dolor del otro menos intenso era el dolor propio; aprendieron entonces que ese “alivio” de su sufrir era resultado de la ayuda brindada al “otro”, aún cuando inicialmente había sido la meta personal. De Frankl hemos aprendido que la felicidad no puede ser una meta sino el resultado de una tarea o una misión llevada a cabo adecuadamente, por lo tanto podemos afirmar que “la autoayuda es el resultado de una tarea adecuadamente cumplida que consiste en la ayuda a un hermano que sufre, y en ese ayudar a otro nos ayudamos a nosotros mismos en un proceso de ayuda mutua”. Esta vuelta de tuerca existencial, que va de “recibir para después dar” (tan frecuente en los objetivos de grupos de autoayuda) al “dar para recibir” de Renacer es consistente con el postulado cristiano y reafirma al hombre como un ser abierto al mundo y a los hombres. A partir de esta comprensión los grupos han decidido cambiar su denominación de autoayuda a ayuda mutua.
3- Cuando los padres dolientes descubren a la tarea grupal como un “encuentro existencial de seres sufrientes que confluyen en un objetivo común: trascender el sufrimiento”, descubren también al hombre, a sí mismos, como seres autotrascendentes, libres para decidir su actitud frente al sufrimiento, y responsables por esa decisión.
4- La decisión existencial de la ayuda mutua, conceptualizada en la frase: “El padre sufriente a quién amar se vuelve la tarea a cumplir, a través de los valores de actitud”, lleva al hombre a un cambio existencial de un ser-para-sí-mismo a un ser-para-otro, permite la reafirmación absoluta del tú, ayuda al ser sufriente a desplegar o explicar, casi sin darse cuenta, la autotrascendencia propia de su existencia y facilita el salto por sobre la barrera de sus emociones, arrastrado por la necesidad existencial de ayudar al hermano que sufre.
5- La ayuda mutua es una obra de amor, no puede no serlo, y el amor es el verdadero encuentro entre personas, relación en cuyo marco ambos integrantes del par “Yo-Tú” (Buber) se reconocen en toda su humanidad.
6- Renacer es el encuentro de padres y madres, hermanas y hermanos, abuelas y abuelos que concurren a dar algo de sí mismos en memoria de esos hijos, y si ese algo es el mismo amor que ha de perdurar y derramarse hacia la vida misma, entonces habremos comenzado a recorrer el único camino que esta conmoción existencial nos permite, el camino final de humanización.
Bibliografía
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Bibliografía Adicional de Los Autores
1-Gustavo Berti y Alicia Schneider Berti. Life after the Death of a Child. Palliative Care Today,Vol II Number III:42-44, Londres, 1993
2-Gustavo A. Berti y Alicia Schneider-Berti. When Your Child Dies: Logotherapy and Self-Help Groups. Journal Des Viktor-Frankl-Instituts (Viena) Volume 2, Number 1 (Spring 1994): 7-19
3- Gustavo A. Berti y Alicia Schneider-Berti. When an Offspring Dies: Logotherapy in Bereavement Groups. The International Forum for Logotherapy(USA) Vol 17, Number 2, Autumm 1994:65-69
4-Gustavo A. Berti y Alicia Schneider-Berti. Mutual Help and Logotherapy:From Despair to Logos. Journal Des Viktor-Frankl-Instituts (Viena) Volume 4, Number 2 (Fall/Winter 1996): 29-39
5- Gustavo A. Berti y Alicia Schneider-Berti. La Muerte de un Hijo. Ayuda Mutua en el Proceso de duelo. Archivos Argentinos de Pediatria, Vol.94, Número 5, 1996:323-333
6- Gustavo A. Berti y Alicia Schneider-Berti. On the Meaning of Sacrifice and Self-Renunciation. Journal of the Viktor Frankl Foundation of South Africa, Vol.4, Number 1, 1999: 57-60
7- Gustavo A. Berti y Alicia Schneider-Berti. Mourning and Logotherapy. Journal of the Viktor Frankl Foundation of South Africa, Vol.4, Number 1, 1999: 87-89
Dr. Gustavo A. Berti
Diplomate American Board of Neurological Surgery Titular, Asociación Argentina de Neurocirugía Titular, Colegio Argentino de Neurocirugía Diploma de Especialista en Neurocirugía, Academia Nacional de Medicina Presidente Fundación para Crisis Existenciales
Alicia Schneider-Berti
Profesora Superior de Inglés, Universidad Nacional de Río Cuarto Vicepresidente Fundación para Crisis Existenciales
**Publicado en la Revista Mexicana de Logoterapia #10 EDICIONES LAG, MÉXICO